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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 91

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  4. Capítulo 91 - 91 El Borracho
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91: El Borracho 91: El Borracho “Mi nombre es Lucca, y soy de la raza de los brócolis…

o sea, soy un brócoli”, anunció el anciano con orgullo, aunque su voz seguía entrecortada por los hipidos.

“¿Así parece?”, respondió Mok con un tono profesional que ocultaba una pizca de ironía en su voz.

Lucca vestía un traje rojo granate algo desgastado, y su cabello, de un verde vibrante, caía en pequeños rizos ondulados sobre su frente.

“Ya veo…

Su forma es diferente a la nuestra”, comentó Mok, tratando de mantener una actitud respetuosa a pesar de la extraña situación.

“¿Está seguro de que está bien?

Parece que ha bebido mucho”, preguntó Mok, frunciendo ligeramente el ceño al percibir el fuerte olor a alcohol que emanaba del anciano.

“¡No, no, tonterías, hijo!

¡Hip!

¡Hip!

Yo bebo, pero no tengo problema.

Seguramente alguien en la taberna me echó algo”, respondió Lucca, comenzando a revisarse los bolsillos con torpeza.

De pronto, su expresión cambió a una de preocupación.

“¡Me robaron!

¡Maldición, me han robado mi bastón!

Seguramente fueron esos jóvenes de ahora, que les gusta coger las cosas sin permiso.

Será mejor que me retire, joven mayordomo.

¡Hip!

¡Hip!” El anciano intentó ponerse de pie, pero sus pasos eran inestables, tambaleándose de un lado a otro no solo por el efecto del alcohol que aún nublaba su coordinación, sino también por una pierna que cojeaba visiblemente, como si llevara años cargando el peso de una vieja lesión mal curada.

Mok lo detuvo antes de que pudiera avanzar demasiado.

“El señorito Paltio me llamaría la atención si no ayudo a este sujeto”, pensó Mok para sí mismo.

“Después de todo, Paltio siempre ayuda a quien necesita su apoyo.

Pero también podría tratarse de alguna especie de trampa elaborada, y eso podría poner en peligro a mi joven maestro.

No puedo bajar la guardia”.

Tras meditarlo cuidadosamente, Mok decidió intervenir.

“Señor Lucca, no puede irse en este estado.

Permítame ayudarlo.

Acompáñeme al carruaje”, dijo con firmeza, pero cortésmente.

El anciano intentó rechazar la oferta, moviendo las manos como si quisiera alejar la idea.

“No quiero incomodar, joven.

Estoy bien, solo necesito…

¡Hip!

¡Hip!

…

encontrar mi bastón”.

Mok insistió, sabiendo que el hombre no llegaría muy lejos en su estado.

Con paciencia, lo ayudó a caminar hacia el carruaje, sosteniéndolo firmemente para evitar que se cayera.

Al llegar al vehículo, Lucca miró a través de la ventana y divisó a Paltio durmiendo plácidamente dentro, con su elegante traje real.

El anciano abrió los ojos sorprendidos.

“Este joven…

seguramente debe ser alguien importante.

¿Es su señor?”, preguntó Lucca, señalando a Paltio con curiosidad.

“Así es”, respondió Mok con un tono lleno de respeto y orgullo hacia su príncipe.

Luego, al voltear hacia el otro lado, Lucca vio a Lukeandria.

La armadura de la Sombra Roja brillaba bajo la luz tenue, y el anciano dio un brinco hacia atrás, asustado.

“¡Es un soldado de la Sombra Roja!

¡Seguramente esto es una trampa!”, exclamó Lucca, su voz temblorosa por el pánico.

Mok rápidamente intentó calmarlo, colocando una mano sobre su hombro.

“No es una trampa, señor.

Por favor, guarde silencio.

Ambos están entrenando en el plano mental y no deben ser interrumpidos”.

Para tranquilizarlo aún más, Mok decidió resumirle brevemente la historia de su viaje mientras preparaba un brebaje especial.

“Bébalo.

Esto eliminará por completo el estado alcohólico que trae, además de limpiar cualquier veneno de su organismo”, explicó, ofreciéndole una pequeña taza humeante.

El anciano dudó al principio, mirando el líquido con recelo.

Sin embargo, tras unos segundos de vacilación, tomó la taza y bebió hasta la última gota.

Al terminar, sintió cómo su mente comenzaba a despejarse y su equilibrio regresaba poco a poco.

“Ya me siento mejor.

Muchas gracias, joven mayordomo, por el brebaje que me dio”, dijo Lucca, inclinándose levemente en señal de gratitud.

“Ya veo”, dijo Lucca, asintiendo lentamente mientras procesaba la información que Mok le había proporcionado.

“Así que este es el príncipe de Avocadolia, y está en búsqueda del Cetro de Avocios.

Algo sabía…

Los de ese reino eran a quienes nuestro dios les había dado el poder”.

El anciano estiró el cuello con energía renovada, moviendo las manos de un lado a otro como si se preparara para una batalla.

“Bien, gracias por despertarme y ayudarme con mi problema.

Debo irme; tengo que ir a la taberna y enfrentar a unos mocosos malcriados”.

Mok observó al anciano, notando que aún caminaba con dificultad.

Decidió intervenir: “Lo ayudaré si no nos desviamos mucho de nuestro camino.

Estamos rumbo al Reino Reedalia”.

Lucca accedió rápidamente.

“Si van por ahí, hay una ruta que los puede llevar más rápido a ese reino faltante”.

“Eso sería lo mejor.

Ya no le quedan muchos días al príncipe”, murmuró Mok, pensativo.

Ambos subieron al carruaje, donde Paltio, Lukeandria y Rykaru permanecían dormidos, sumergidos en sus respectivos entrenamientos mentales.

Aunque Rykaru estaba completamente dentro del plano mental, Lucca no lo notó, ya que su presencia era casi imperceptible desde el mundo físico.

Durante el trayecto, Lucca dio indicaciones precisas mientras admiraba el vehículo con fascinación.

“Qué fascinante transporte… Nunca había visto nada igual”, comentó, acariciando el acabado lujoso del carruaje.

Antes de llegar a lo que parecía una comunidad pequeña y olvidada, decidieron dejar el vehículo en un lugar seguro, donde nadie pudiera llevárselo o hacerle daño a Paltio.

Caminaron hacia el pueblo, que parecía una tierra abandonada, como si fuera un lugar destinado al olvido.

Las calles estaban llenas de polvo, y las casas tenían un aire decadente, como si nadie se hubiera preocupado por mantenerlas en buen estado durante años.

Finalmente, llegaron a un local que parecía estar a punto de colapsar.

El techo estaba inclinado, las paredes agrietadas y el letrero encima de la puerta apenas se sostenía.

Lucca entró primero, cojeando ligeramente.

Dentro, un hombre robusto atendía la barra, claramente el cantinero y dueño del lugar.

Junto a él, una mujer voluptuosa —al parecer su esposa— limpiaba vasos con desgana.

Ambos pertenecían a la raza Coliflor, con piel verde pálida y formas bulbosas características.

Lucca se acercó a la pareja con una voz sorprendentemente serena y cortés: “Bella dama, por casualidad, ¿vio el bastón que traía conmigo?

¿O recuerda a los acompañantes con los que estaba?” La mujer levantó una ceja, cruzándose de brazos.

“¿Se refiere a unos jóvenes ajíes rojos que estaban con usted?

Pues no lo sé”, respondió con una expresión de pocos amigos.

“¿Qué le parece si le doy un incentivo?”, propuso Lucca, intentando sonar convincente.

“¡Usted no tiene dinero, viejo tonto!

Ayer se gastó todo, ¿no se acuerda?

Así que no me haga perder el tiempo”, replicó la mujer con brusquedad, girándose hacia el mostrador.

“Señor, ¿puede ser que yo los haya visto?”, intervino el cantinero, mirando a Lucca con astucia.

“Pero si me da algún incentivo, tal vez le diga”.

“¿Qué no escuchaste, o eres sordo, hombre?

¡Ese viejo no tiene dinero!”, interrumpió la mujer, lanzándole una mirada fulminante a su esposo.

Mok, al ver que la situación no avanzaría ni hacia adelante ni hacia atrás, decidió intervenir.

Sacó un par de monedas de su bolsillo y las colocó sobre la barra con una sonrisa amable.

“¿Qué les parece esta cantidad?”, preguntó, su tono tranquilo pero firme.

El cantinero y su esposa intercambiaron una mirada rápida antes de centrar su atención en Mok.

La pareja de esposos miró las monedas con avaricia, pero su expresión cambió rápidamente a una mueca despectiva.

“Sí, sí, puede ser que te digamos algo…

Pero no nos gusta tu clase”, espetó la mujer, señalando a Mok con un gesto brusco.

“¿Cómo que mi clase?”, preguntó Mok, confundido, alzando una ceja con elegancia.

“No nos gustan los ricachones que se creen superiores solo porque tienen dinero en estas tierras que no son de nadie”, respondió la esposa con desdén, lanzándole una mirada venenosa al ver la sonrisa amable de Mok.

“¡Ups!

Se me olvidó decirte eso, Mok.

Aquí a la gente no le gusta la gente bien vestida y ricachona, y peor aún si son creídos”, intervino Lucca, rascándose la nuca con nerviosismo.

“¿Cómo que creídos?

Yo solo les sonrío en señal de buena fe”, replicó Mok, tratando de mantener la calma.

“Sí, pero aquí no es así”, murmuró Lucca, visiblemente incómodo.

El cantinero silbó fuertemente, y de inmediato, de las mesas dispersas por el local se levantaron varios matones de diversas razas.

Algunos tenían marcas de cicatrices profundas, otros lucían tatuajes intimidantes, y algunos incluso llevaban parches en el ojo, como si fueran un montón de forajidos reunidos bajo el mismo techo.

“Creo que fue mala suerte venir por aquí, muchacho”, susurró Lucca, acercándose a Mok con preocupación.

“Esta será tu tumba, o nos servirás como rehén, sujeto bien vestido y adinerado”, declararon los esposos con una sonrisa maliciosa.

“¡Muchachos, a él!”, gritó el cantinero, señalando a Mok.

Los matones comenzaron a rodearlos lentamente, bloqueando cualquier posible salida.

El ambiente en la taberna se volvió tenso, cargado de hostilidad y amenazas implícitas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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