La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 92
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- Capítulo 92 - 92 El Bastón
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92: El Bastón 92: El Bastón “¡Muchachos, a él!
Luego nos repartiremos el botín una vez que lo desfalquemos”, dijo la mujer, desenvainando una espada con un brillo siniestro en los ojos.
Los demás matones no tardaron en seguirla, blandiendo armas improvisadas y rodeando a Mok con intenciones hostiles.
Un grupo de sujetos se acercó por la espalda, pero Mok giró con elegancia, evitando cada intento de golpe con movimientos precisos.
“No quiero hacerles daño.
Solo denme la información y nos iremos”, dijo con calma, su voz tranquila contrastando con la tensión del ambiente.
Mientras hablaba, esquivaba ataques con la gracia de un bailarín experto.
Venían por todas partes: espadas, puños y patadas dirigidas hacia él, pero el mayordomo bloqueaba y desviaba cada uno sin romper su compostura.
Ni una gota de sudor aparecía en su frente, ni una mota de polvo manchaba su impecable traje.
“Vaya, sí que es bueno ese mayordomo”, murmuró Lucca desde una esquina, observando con asombro cómo Mok se movía como si fuera parte de una coreografía perfecta.
“Es increíble que aún tenga el traje intacto y ni un cabello fuera de lugar”.
“¡Maldito mayordomo!
¡Ya ríndete y seremos buenos contigo!”, gritó uno de los atacantes, desenvainando dos espadas con un destello amenazante.
Pero Mok no se inmutó.
Era diestro en el arte de la defensa, incluso contra varios oponentes a la vez.
Se movía como un pez que nada contra corriente, esquivando y bloqueando cada ataque con una precisión admirable.
Sin usar armas ni causar daño real, lograba someter a sus adversarios con una habilidad que rayaba en lo artístico.
“Si Paltio lo viera, se emocionaría”, pensó Mok mientras se movía y esquivaba.
“¡No te muevas, tonto mayordomo!”, rugió la mujer, acercándose junto a su esposo, ambos blandiendo espadas con fiereza.
Mok, con un movimiento rápido, zigzagueó entre ellos, tomándolos del antebrazo y haciendo que giraran sobre sí mismos.
Las espadas salieron volando de sus manos, clavándose profundamente en la pared detrás de ellos.
Más sujetos llegaron al combate, pero Mok se arrodilló rápidamente, apoyando las manos en el suelo.
Con un giro elegante, lanzó patadas circulares que derribaron a todos los hombres que ya había desarmado.
Un sujeto enorme, de la raza de las Berenjenas, avanzó entonces con pasos pesados.
Su cuerpo descomunal y su fuerza exagerada hicieron temblar el suelo cuando dio un golpe brutal, partiéndolo en dos con un ruido ensordecedor.
Sin embargo, Mok saltó ágilmente, aterrizando con precisión sobre el brazo del gigante.
El sujeto intentó golpearlo con el otro brazo, pero Mok lo esquivó con facilidad, lanzándose al aire y propinándole una patada directa en la cara.
El impacto fue tan fuerte que lo mandó volando hacia uno de los muros del lugar, dejándolo inconsciente.
Los pocos sujetos restantes, al ver que no eran rivales para el elegante mayordomo, decidieron huir despavoridos.
“¡Maldito seas, mayordomo!”, gritaron mientras abandonaban el lugar, dejando atrás el caos que habían intentado iniciar.
“Vaya, hay cada tipo de gente incivilizada en este mundo…
Y ni siquiera tienen modales”, comentó Mok, ajustándose los puños del saco con aire despreocupado mientras miraba a Lucca, que se había sentado en la barra del bar.
“Pues sí que eres bueno, mayordomo”, dijo Lucca, sonriendo con admiración.
“Si tú solo puedes con todos estos, eres la persona indicada para ayudarme a recuperar mi bastón”.
Viendo a la pareja en el suelo, Mok se acercó con pasos tranquilos pero firmes.
“Y bien, díganme: ¿dónde están los acompañantes de Lucca y su bastón?”, preguntó con una calma que contrastaba con la tensión del momento.
Sin más, y asustados por la paliza que les había dado el mayordomo, los esposos decidieron hablar.
“Está bien, está bien…
Te lo diremos”, balbucearon, mirándose nerviosamente.
“Eso hubieran dicho cuando el mayordomo les dio el dinero, y se hubieran evitado que su taberna de mala muerte quedara peor”, comentó Lucca mientras se levantaba del asiento con esfuerzo, lanzando una mirada despectiva al lugar.
Según la pareja, los acompañantes de Lucca se encontraban en la posada detrás de una torre de reloj antiguo.
Mok ayudó al anciano a caminar, preocupándose por su estado.
“¿Por qué necesita ese bastón?”, preguntó el mayordomo mientras avanzaban.
“Quizá pueda hacerle otro con alguna madera que consigamos por aquí”.
“No es solo el bastón en sí, sino que lleva algo preciado para mí”, respondió Lucca con un tono melancólico, como si el objeto guardara una historia importante.
Al llegar, divisaron a un grupo de cinco sujetos con características de ajís rojos reunidos alrededor de una fogata.
Tenían caballos atados cerca y parecían estar discutiendo animadamente.
Uno de ellos sostenía el bastón de Lucca, cubierto de piedras que brillaban como rubíes y bañado en oro.
“Este viejo tonto tenía esto consigo”, dijo uno de los hombres, admirando el bastón con codicia.
“Debe valer una fortuna”.
“Sí, además menos mal que le puse ese brebaje en su bebida”, añadió otro con una risa burlona.
“Hiciste un gran favor al viejo; ya está más para allá que para acá”, comentó un tercero, encogiendo los hombros.
“Aunque igual se lo hubiéramos quitado.
Ese viejo confiaba en todo lo que veía, además de ser un viejo débil”, concluyeron entre carcajadas.
Mok estaba a punto de adelantarse, pero Lucca lo detuvo con un gesto firme.
“Gracias, mayordomo, por tu ayuda, pero este asunto es mío y debo arreglarlo personalmente”.
“Pero, señor…”, intentó replicar Mok, preocupado.
“Tranquilo, muchacho, yo voy a estar bien”, aseguró Lucca con una sonrisa llena de determinación.
Los cinco hombres seguían riendo y examinando el bastón, planeando derretirlo para venderlo, cuando escucharon unos pasos acercarse.
“Vaya, es el viejo”, dijo uno de ellos al ver a Lucca cojeando hacia ellos.
“¿Qué quieres, anciano?
¿Tu tonto bastón, seguro?”, preguntó uno de los hombres con ironía, levantando el objeto en alto como si fuera un trofeo.
“Así es, muchacho.
La gente no puede tomar las cosas de otros sin permiso”, respondió Lucca con calma, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de dignidad y furia contenida.
“¡Tonto viejo!
¿Y qué vas a hacer?
Nosotros somos cinco.
Acaso lo que te pusimos no te mató”, se burló otro de los hombres, cruzándose de brazos con suficiencia.
“No, y ahora les tendré que dar una lección a ustedes, mocosos malcriados”, declaró Lucca con firmeza, enderezando su postura a pesar de su cojera.
“Vaya, viejo, tan desesperado estás por morir”, se burló uno de los hombres, cuya voz sonaba autoritaria.
Llevaba un sombrero de vaquero que lo distinguía como el líder del grupo.
Miró a otro de sus compañeros, un sujeto con un parche en el ojo, y le dijo: “Bien, tú, acaba con ese viejo.
No quiero perder más tiempo con esto”.
“Bien, lo acabaré de una vez para que no ande molestando”, respondió el del parche, desenvainando un cuchillo largo y afilado con una sonrisa siniestra.
Mok, desde su posición, observaba con preocupación creciente.
Quería intervenir, pero el señor Lucca lo detuvo con una mirada llena de dignidad y seriedad.
Era como si el anciano quisiera transmitirle que este era su momento, su batalla personal.
“Pero, ¿cómo será posible?”, murmuró Mok para sí mismo, frunciendo el ceño.
“Con las justas puede moverse”.
El muchacho del parche avanzó hacia Lucca con paso firme, levantando el cuchillo listo para clavárselo en el pecho.
Lucca, sin embargo, permaneció inmóvil, con una expresión de calma que contrastaba con la tensión del momento.
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