La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 94
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94: Lugar Oculto, ¿Resistencia?
94: Lugar Oculto, ¿Resistencia?
“¿Hay otro dios aparte de Avocios?”, se preguntó Golden en voz baja, pensativo.
“Quizá sea uno de sus hermanos…
¿Quién será ese Serlet que tanto mencionó Lucca?” Golden seguía rumiando en silencio mientras observaba a Paltio entrenar con Toco-Toco.
La luz morada que Lucca describió y el hecho de que este ser regalara armamento con materiales tan valiosos lo intrigaban profundamente.
“¿Quién puede ser?
¿Y por qué alguno de los hermanos de Avocios estaría por aquí?”, se cuestionaba, buscando respuestas en su mente sin llegar a ninguna conclusión clara.
Por otro lado, Paris y Kilibur estaban llegando a una especie de desierto congelado.
El paisaje era desolador: enormes dunas cubiertas de hielo brillaban bajo la tenue luz de la luna, y el aire helado cortaba como cuchillas invisibles.
Paris se detuvo frente al grupo.
“Debemos desmontar y seguir un camino angosto a pie”, indicó con calma.
Kilibur asintió y desapareció a los caballos ilusorios con un gesto elegante.
Sin perder tiempo, comenzaron a adentrarse por el sendero estrecho, rodeados de altas paredes de roca cubiertas de escarcha.
De pronto, sintieron que varias miradas los observaban desde las sombras.
Entre las rocas, empezaron a surgir figuras envueltas en trajes marrones y máscaras que ocultaban completamente sus rostros.
Cada uno llevaba arcos y flechas, apuntándolos con precisión militar.
Uno de los sujetos avanzó hacia ellos con paso firme.
“¿Qué hacen aquí?
Todo intruso será aniquilado”, advirtió con una voz fría y amenazante.
“Tranquilos, soy yo, Paris”, respondió ella, levantando las manos en señal de paz.
Su tono era calmado pero firme, tratando de disipar la tensión.
Los sujetos permanecieron inmóviles, tensando aún más sus arcos.
“¿Quién es Paris?”, preguntó uno de ellos, su voz cargada de desconfianza.
La tensión en el ambiente era palpable cuando, de repente, una voz ruda resonó entre las rocas.
“¡Descansen, soldados!
Está bien, yo la conozco”.
Un hombre musculoso emergió de entre las sombras.
Su cuerpo estaba cubierto de rayas tanto en su piel como en su rostro, y un cuerno prominente sobresalía de su frente.
Vestía un chaleco negro ajustado, pantalones plomo y unas botas enormes que resonaban contra el suelo helado.
“No lo puedo creer… ¡Gikel!”, exclamó Paris con una mezcla de sorpresa y alivio.
“Hola, muchachita.
¿Cómo te las arreglaste para llegar por tu cuenta?
¿Y con quién vienes?”, preguntó Gikel, acercándose para abrazar a Paris con un gesto protector.
“¿Cómo que cómo lo hice?
Gracias a ustedes, que lanzaron un ataque contra Pinkertalia donde estaban las Sombras Moradas”, respondió Paris con una sonrisa irónica.
“Pues no te equivocas; no hemos vuelto a ir a ese lugar desde la fallida misión que realizamos”, intervino una mujer que apareció detrás de Gikel.
Tenía el cabello ondulado y verde como una lechuga, y sus ojos azules penetrantes parecían capaces de leer las mentes.
Vestía un traje blanco ajustado, como si estuviera lista para entrenar.
“Ah, eres tú, Ludra”, respondió Paris con una leve inclinación de cabeza.
“¿A quién esperabas?
¿A ‘X’ o a Karpi venir por todo este alboroto?”, replicó Ludra con una sonrisa sarcástica.
Miró a Paris con admiración contenida, aunque su tono seguía siendo burlón.
“Pero qué bueno que estés viva, Paris.
Y veo que trajiste al niño zorro”.
Ludra no podía creer cómo su compañera había logrado tal proeza.
Si ni siquiera era alguien que supiera defenderse por sí sola, ¿cómo había sobrevivido y llegado hasta allí?
“Bueno, es una larga historia”, respondió Paris con calma, cruzándose de brazos.
“Pues creo que me interesaría conocerla”, interrumpió alguien detrás de Ludra y Gikel.
Ambos se giraron rápidamente y vieron a su líder, X, acompañado por Karpi.
Esta última, que traía un overol azul con una camisa blanca y un casco amarillo con piel anaranjada, sonrió ampliamente al ver a Paris y le dijo: “¡Hola, chica!
¿Qué tal?”, mientras levantaba una mano manchada de aceite, señal evidente de que había estado reparando vehículos.
X, por su parte, vestía una capa larga que cubría casi todo su cuerpo, incluyendo una mascarilla que ocultaba su rostro y nos lentes oscuros.
Solo algunos mechones de cabello amarillo sobresalían de su cabeza, brillando bajo la luz tenue.
Su presencia imponente llenó el lugar instantáneamente.
“Será mejor que pasen y lo discutamos dentro”, dijo X con voz firme pero tranquila.
Todos lo siguieron, incluidos Paris, Kilibur, Nakia y Chiki.
Kilibur miró a X con curiosidad, tratando de determinar si era alguna clase de ilusión o truco visual.
Sin embargo, pronto concluyó que solo era alguien con un disfraz extremadamente cuidadoso.
Una vez dentro de la estructura, que tenía forma de cúpula, se encontraron en un espacio amplio con varios cuartos adyacentes.
X hizo pasar a su equipo a una sala principal, pero indicó a uno de los guardias que llevaran a Kilibur y a los dos animales —Nakia y Chiki— a otro lugar.
Sin más opción, los tres obedecieron y entraron en un cuarto donde una mesa con platos de comida los esperaba.
“Primero que nada, qué bueno que estés bien”, comenzó X, su voz calmada pero cargada de seriedad.
“Pero, segundo, ¿cómo es eso de que tienes al niño zorro?
Y tercero, ¿quién te ayudó?” Paris levantó las manos como si intentara detener el torrente de preguntas.
“Guau, son muchas preguntas”.
La chica tomó un momento para ordenar sus pensamientos antes de responder.
Aunque sabía que X era su líder, no pudo evitar sentir que esto era más un interrogatorio que una reunión donde celebrar que estaba con vida.
“Bien”, empezó Paris, respirando profundamente.
“Primero que nada, me encontré con Lukeandria.
Viajaba con el príncipe de Avocadolia, un mayordomo y otros dos jóvenes.
Ellos me ayudaron a salvar al zorro y a mi claro está.
Y bueno…
creo que ustedes lanzaron un contraataque para que pudiéramos escapar”.
“¿De qué estás hablando, niña?”, replicó Ludra, frunciendo el ceño y levantando una ceja con incredulidad.
“¿No te dije que no fuimos nosotros?” Paris la miró confundida.
“Después de ingresar a esa ciudad y perder a un miembro tan importante como Chip…
Bueno, dejarte a ti a merced de los enemigos nos dolió a todos.
Sabes que no es nada personal, solo es parte de la misión.
La causa siempre está antes que el apego”.
“Sí, lo sé”, murmuró Paris, bajando la cabeza con resignación.
“No te sientas mal”, intervino Karpi, tratando de suavizar el tono cortante de Ludra.
“Sabes cómo es de directa”.
“¿Estás segura de que hubo explosiones?
El único que podía hacer algo así era Chip”, añadió Ludra, cruzándose de brazos.
“¿No te lo habrás imaginado?” “¡Claro que no!”, exclamó Paris, levantando la voz ligeramente.
“Pero todos lo vimos perecer”, interrumpió Karpi con un tono de tristeza que resonó en la sala.
“Entonces, si no fueron ustedes, ¿fue alguien que copió nuestras armas?”, preguntó Paris, confundida, tratando de unir las piezas del rompecabezas.
“No lo sé, chica”, respondió Ludra, cruzándose de brazos con gesto pensativo.
“Pero, ¿y dónde están el príncipe, el mayordomo y la temeraria de Lukeandria?
Quería ver si sigue en nuestro bando”.
“¡Claro que está en nuestro bando!”, exclamó Paris con firmeza.
“Y los chicos que la acompañan me protegieron y me mantuvieron a salvo, además de ser enviada a una gran misión por orden del mismo líder de las sombras”.
“Entonces eso quiere decir que le debemos tu regreso a ellos”, intervino X, su voz calmada pero cargada de curiosidad.
“Pero ¿qué hace un príncipe de un reino lejano fuera de este lugar?” Paris procedió a explicarles sobre la búsqueda del príncipe Paltio y su misión por recuperar el cetro.
A medida que hablaba, todos en la sala adoptaron expresiones de intriga, como si estuvieran intentando procesar la magnitud de lo que decía.
“Debiste empezar por ahí”, comentó Ludra, interrumpiendo nuevamente con su característico tono directo.
“No seas tan ruda con la chica”, dijo Karpi, lanzándole una mirada de reproche a Ludra.
“Ese príncipe suena interesante”, reflexionó X, inclinándose hacia adelante con interés renovado.
Paris, nerviosa pero decidida, tomó la palabra nuevamente: “Líder, es por eso que hemos venido.
El príncipe cree que sus amigos siguen con vida, y pensábamos que tal vez estarían aquí.
Pero ahora que dices que no fueron ustedes…
entonces, ¿quién tuvo el valor de atacar a las Sombras Moradas?” X se puso en modo pensativo, su capa moviéndose ligeramente mientras permanecía en silencio durante unos momentos.
Finalmente, habló: “Pues no, no hemos visto a esos chicos con las características que describes.
Recuerda que todos nuestros reinos sucumbieron ante las sombras.
Solo hay refugiados aquí con nosotros, y los únicos reinos intactos han sido los de los Avocados, aunque no sé por qué.
Pero, en ese caso, deberías volver con ese príncipe y hacer que forme parte de nuestra resistencia, ahora que tenemos al arma secreta: el zorro”.
“¡Pero, señor, no podemos!”, replicó Paris, elevando la voz ligeramente.
“Como les comenté, está en la búsqueda de la última parte del cetro.
Debemos apoyarlos; de lo contrario, acabarán con todos en su reino.
¡El mismo Tejod está allá!”, insistió.
“Así que el jefe de las sombras se encuentra en persona en Avocadolia…
Entonces debemos prepararnos e ir para allá”, declaró X, desviando la atención del llamado de ayuda de Paris para centrarse en la misión estratégica.
Todos comenzaron a opinar y discutir sin ponerse de acuerdo, dejando de lado lo que Paris realmente quería: encontrar a los amigos de Paltio.
Mientras tanto, Paris se hacía una pregunta en silencio: “¿Dónde están Alita y Ron?” En otro lugar, en lo que parecía un desierto de arena interminable, había alguien de espaldas jalando un trineo.
Sobre el trineo había unas mallas que cubrían algo que se movía debajo de ellas.
El viento soplaba fuerte, levantando remolinos de arena que dificultaban ver claramente la escena.
La figura avanzaba con determinación, como si supiera exactamente hacia dónde se dirigía.
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