La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 95
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 95 - 95 Alguien Conocido
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
95: Alguien Conocido 95: Alguien Conocido Una figura encapuchada avanzaba con paso firme por el inhóspito desierto de arena, jalando un trineo con una cuerda resistente atada a su cintura.
El abrigo que la cubría por completo ondeaba con el viento, ocultando cualquier rasgo distintivo bajo capas de tela gruesa.
Cada paso era pesado, pero no vacilaba ni disminuía el ritmo.
Su determinación parecía inquebrantable.
Finalmente, llegó a lo que parecía ser la entrada de una cueva.
Con movimientos precisos, desató la cuerda y retiró la lona que cubría el trineo.
Debajo, se revelaron tres figuras: Alita, Ron y Zor.
Este último estaba atado de pies y manos, con una mordaza que le cubría la boca.
La figura se detuvo, se sacó la capucha y la mascarilla que ocultaban su rostro.
La luz tenue de la cueva apenas iluminaba su perfil, pero su voz grave y autoritaria resonó como un eco imponente.
Se acercó lentamente a Zor y, sin ceremonias, le arrancó la mordaza.
“Habla”, ordenó con un tono que no admitía réplicas.
“¿Qué les estabas haciendo a estos jóvenes junto a ese tonto doctor que quedó aplastado por una parte del edificio?” Zor tragó saliva, sus ojos fijos en la figura que lo alumbraba con una pequeña lámpara.
La luz creaba sombras que distorsionaban su apariencia, haciéndola aún más enigmática.
Aunque intentaba mantenerse firme, su voz tembló al responder.
“No me das miedo”.
Pero incluso él sabía que era una mentira.
La sola presencia de aquel desconocido lo paralizaba; su voz, profunda y amenazante, hacía que cada palabra fuera un recordatorio de su vulnerabilidad.
“Habla ya, o puedo encontrar mil maneras de hacerte cantar como un canario”, respondió el sujeto, inclinándose hacia él con una mirada que parecía perforar su alma.
Entonces, se retiró un poco más la capucha, permitiendo que Zor distinguiera sus rasgos.
Era un avocado dorado mayor, con una cara que inspiraba tanto respeto como terror.
Sus ojos brillaban con una intensidad casi sobrenatural.
Zor sintió cómo su vida pendía de un hilo.
“Mi.… mi jefe, el General de las Sombras Moradas, quiere información sobre dos fugitivos.
Y posiblemente están viajando con un príncipe”.
“¿Un príncipe?
¿Qué príncipe?”, preguntó el sujeto, su tono ahora aún más amenazador, cargado de una mezcla de curiosidad y furia contenida.
“El…
el príncipe Paltio”, balbuceó Zor, su voz entrecortada por el miedo.
El avocado dorado se acarició la barba, pensativo.
“Interesante…” Murmuró para sí mismo antes de dar un paso atrás.
“Bueno, es hora de que descanses”.
Sin previo aviso, extendió su mano y golpeó a Zor en la sien, dejándolo inconsciente al instante.
Desde las sombras, una nueva voz irrumpió en la escena.
“Vaya, señor, usted es impresionante e intimidante a la vez.
Lo felicito”.
El avocado dorado giró su cabeza hacia la figura que emergía de la oscuridad.
Era un joven humanoide con rasgos similares a los de un tomate, vestido con una especie de túnica improvisada hecha de trapos.
Le faltaba un brazo, pero eso no parecía detenerlo.
“Chip”, dijo el avocado dorado con un tono más relajado.
“Veo que te sientes mejor, muchacho”.
“Gracias a usted, señor Rodelos”, respondió Chip con gratitud.
“Si no hubiera llegado cuando lo hizo, yo habría muerto allí, atravesado por ese fierro oxidado.
Fue dejar mi brazo o perder la vida.
No tenía muchas opciones”.
Rodelos asintió con solemnidad.
“A veces, las decisiones difíciles son las que nos salvan.
Ahora, cuéntame qué has averiguado mientras te recuperabas”.
“Se lo digo, señor, le estoy eternamente agradecido”, dijo Chip con voz sincera, inclinando ligeramente la cabeza hacia Rodelos.
Este último se acercó a la tenue lámpara que iluminaba la cueva y, con movimientos lentos pero seguros, se quitó la capa y los restos de su abrigo.
Ahora, bajo la luz parpadeante, quedó al descubierto un anciano avocado de piel dorada, como los miembros de la nobleza de Avocadolia.
A pesar de su edad avanzada, su cuerpo seguía siendo firme, con músculos bien definidos que denotaban años de entrenamiento y disciplina.
Vestía un chaleco negro ajustado, un pantalón de mezclilla desgastado y botas robustas que parecían haber recorrido miles de kilómetros.
“Espero mejorar pronto, señor”, continuó Chip, mirando su brazo amputado con una mezcla de determinación y tristeza.
“Quiero volver con los míos y decirles que sigo vivo.
Pero aún siento dolores…
Creo que no debí ser tan temerario”.
Rodelos soltó una risa baja, cargada de sabiduría y experiencia.
“Bah, tonterías, muchacho.
Yo a tu edad era igual de imprudente, siempre rodeado de peligros y decisiones apresuradas.
Lo importante es que estás aquí ahora”.
Hizo una pausa antes de añadir: “Por cierto, gracias a tus aparatos pudimos coordinar el ataque contra las Sombras Moradas y salvar a estos chicos, además de unos cuantos más que están en la otra parte de la cueva”.
Justo entonces, Chip levantó la vista hacia la entrada de la cueva.
“Mire, señor, parece que los dos últimos chicos que trajo están despertando”.
Alita fue la primera en abrir los ojos, confundida y desorientada.
“¿Dónde estamos?” preguntó mientras intentaba incorporarse.
Ron, a su lado, se llevó una mano a la cabeza.
“No vuelvo a tomar…
Ni siquiera tomo, pero este dolor de cabeza es insoportable”, murmuró con una mueca.
Rodelos se acercó a ellos con paso tranquilo, su figura alta proyectando sombras imponentes sobre las paredes de la cueva.
“Vaya, parece que ya despertaron”, dijo con su voz grave y resonante.
Al verlo, ambos jóvenes retrocedieron instintivamente, intimidados por su presencia.
“Tranquilos, muchachos, ya están a salvo”, aseguró Rodelos con un tono más suave.
Su expresión severa se suavizó al notar el miedo en sus rostros.
“¿Ya estamos a salvo?” preguntó Alita, sorprendida.
Miró a Ron y luego a Rodelos.
“Lo último que recuerdo es que un tal doctor Ribeus nos inyectó un líquido extraño…
Pero mi cabeza da vueltas, todo está confuso”, balbuceó Ron, todavía desconcertado.
Ron volvió a mirar al anciano y, tras unos segundos de silencio, sus ojos se abrieron como platos.
“Es…
usted es…” titubeó, incapaz de terminar la frase.
“Es el abuelo de Paltio, Rodelos I”, completó Alita rápidamente, reconociendo al legendario ex rey de Avocadolia.
“Sí, es él”, confirmó Ron, aún impresionado.
“Así es, muchachos, soy yo, Rodelos, ex rey de Avocadolia”, dijo el anciano con una leve sonrisa.
Los jóvenes, al darse cuenta de quién era, se inclinaron rápidamente en señal de reverencia.
“No necesitan hacer eso, niños”, respondió Rodelos entre risas, aunque su voz seguía siendo cálida y autoritaria.
“Oiga, no me dijo que era parte de la realeza”, interrumpió Chip, fingiendo estar ofendido.
Rodelos rio nuevamente.
“Se me pasó, muchacho”, admitió con un guiño.
Luego, volviéndose hacia Alita y Ron, preguntó con curiosidad: “Y bien, ¿qué hacen tan lejos de casa?” “Pues…
estuvimos viajando con su nieto, buscando las partes del Cetro de Avocios”, explicó Alita, tratando de organizar sus pensamientos.
“¿Y mi nieto?
¿Dónde está?” preguntó Rodelos, frunciendo el ceño.
“Eh…
Verá, nos separamos.
Un tal Zor nos capturó y nos alejó de él”, respondió Ron.
“¿Te refieres a ese sujeto?” preguntó Rodelos, señalando al prisionero con un gesto despreocupado.
“Sí, ese maldito cobarde”, gruñó Ron con rabia apenas contenida.
“Ya no les hará daño, muchachos”, aseguró Rodelos con firmeza.
“Ahora, cuéntenme todo.
Necesito estar al tanto de la situación”.
Alita y Ron querían contarle todo de inmediato, pero ambos comenzaron a hablar al mismo tiempo, superponiendo sus palabras en un caos de voces entusiastas.
Rodelos levantó una mano para detenerlos.
“Uno por uno, por favor”, dijo con una sonrisa paciente.
Los muchachos se pusieron de acuerdo y comenzaron a contarle toda la historia de su viaje a Rodelos.
Hablaron de cómo Tejod, el líder de las Sombras Rojas, había convertido al hijo de Rodelos y al reino entero en jade rojo.
Explicaron que Paltio, su nieto, estaba buscando las piezas del Cetro de Avocios para salvarlos.
“¡Ah!
Ya veo”, murmuró Rodelos, pensativo, mientras escuchaba atentamente.
“Mi hijo y el reino están bajo el control de ese maldito Tejod…
Y ahora mi nieto anda buscando las piezas del cetro”.
Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
“Lo bueno es que está con Mok.
Eso me alivia”.
“Sí, y también nos encontramos con otras personas durante el camino”, añadió Alita, interrumpiendo brevemente el relato.
Estaba a punto de mencionar el nombre cuando Chip la interrumpió emocionado: “¿Te refieres a Paris?” “Sí, esa misma”, confirmó Alita con un asentimiento.
“Qué bueno.
Entonces fue liberada”, dijo Chip, visiblemente complacido.
Su mirada se iluminó con esperanza.
“Sí, esa misma”, confirmó Alita con un asentimiento.
Luego, tras una breve pausa, continuó: “Y también tienen al niño zorro”.
“Qué bueno”, respondió Chip, visiblemente complacido.
Su mirada se iluminó con esperanza.
“Excelente.
Esto es algo muy bueno para la resistencia”, añadió Chip, compartiendo la emoción del momento.
“Señor Rodelos, debemos volver con Paltio”, intervino Ron con urgencia.
“Él se dirige al reino de Reedalia y va a necesitar toda la ayuda posible”.
“Lo sé, muchacho, no tienes que decírmelo”, respondió Rodelos con calma.
“Pero en su estado actual, ustedes no podrán hacer nada.
Lo mejor será que descansen”.
“Oigan, si hablan de Paris, lo más probable es que, con las explosiones que organizamos junto al señor Rodelos, puede que ella haya ido a nuestra base secreta pensando que fui el grupo a su rescate”, indicó Chip, tratando de ser útil.
“Chip, ya te dije que no seas tan formal.
Solo dime Rodelos”, replicó el anciano con una leve sonrisa.
“Sí, señor, pero ahora que sé que es alguien de la realeza, eso lo cambia todo”, argumentó Chip, intentando justificarse.
Rodelos le lanzó una mirada penetrante que dejó al joven humanoide helado.
Sin decir una palabra más, Chip corrigió rápidamente: “Sí, Rodelos”.
“En serio, entonces debemos ir”, dijo Alita, levantándose de golpe.
“Es probable que Paltio haya ido hacia allá pensando que seguimos con vida o algo por el estilo”.
“Sí, es momento de volver con mis amigos y apoyarlos”, añadió Chip, decidido.
“¡Bien, entonces qué esperamos!
¡Vamos!” exclamó Ron, lleno de energía.
“Un momento, chicos”, los detuvo Rodelos con firmeza.
“No puedo dejar que vayan así.
Están cansados y débiles.
Primero deben comer algo”.
“Pero, señor, no hay tiempo que perder.
Debemos encontrarnos con Paltio”, protestó Ron.
“Lo sé, pero primero comeremos.
Luego saldremos a primera hora”, sentenció Rodelos, cruzándose de brazos.
Antes de que Ron pudiera replicar, el rugido de sus estómagos resonó en la cueva, confirmando las palabras del anciano.
Una vez que todos terminaron de comer y prepararse, emprendieron el camino hacia la ubicación secreta de la resistencia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com