La Venganza de la Ex-Esposa: El Surgimiento de la Verdadera Heredera - Capítulo 215
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Capítulo 215: Él vino
—¿Lista para irnos? —Daniel le extendió la mano a Elara.
La joven estaba al borde de las escaleras, con el corazón latiéndole deprisa mientras miraba su mano nerviosamente.
No. No iban a casarse. Se suponía que eso ocurriría al día siguiente.
Era su llegada a la fiesta de celebración que sus padres y Daniel habían organizado para presentarla oficialmente al mundo.
Llevaba un vestido de gala azul real con pedrería plateada en las mangas acampanadas, que la hacía parecer una princesa. Un delicado collar con un colgante de gota adornaba su cuello y unos pendientes de campanillas de invierno le daban un aspecto etéreo.
Se había maquillado de forma ligera, pero la sombra de ojos era de un azul ahumado que la hacía destacar aún más de su aspecto habitual.
—No lo sé —resopló Elara, y Daniel le dedicó una sonrisa de aliento.
Él sabía que era difícil para ella enfrentarse a una multitud tan grande, sobre todo después de los rumores que circulaban sobre ella y de que la hubieran declarado muerta.
La gente hablaría, sin duda; algunos podrían incluso criticarla, porque la verdad tras su desaparición nunca se le había revelado al mundo.
—Tómate tu tiempo; estoy aquí, esperándote. Bajaremos en cuanto estés lista —dijo Daniel, y el corazón de Elara se henchía al ver la sincera preocupación en sus ojos.
—¿Te he dicho alguna vez que te amo? —preguntó Elara, y una comisura de los labios de Daniel se alzó.
—Que yo recuerde, no —dijo él, divertido al ver que Elara fruncía el ceño.
—Pues ahora tampoco lo vas a oír —rezongó ella, y el hombre se rio entre dientes antes de inclinarse y besarla en la zona bajo la oreja; sus labios le rozaron la piel con tanta suavidad que a ella le dio un vuelco el corazón.
—Oye, ¿y si alguien nos ve? —preguntó Elara.
—Pues que vean que estoy besando a mi futura esposa —dijo Daniel, dejando clara su postura. No le avergonzaba compartir que era su mujer; no le asustaba lo que otros pudieran decir y solo lo ocultaba por el bien de ella.
Aunque también sabía que no podrían mantenerlo en secreto por mucho tiempo. Después de todo, con unos deseos que no hacían más que aumentar con el tiempo, no creía que fuera a ser capaz de mantener sus manos y sus labios quietos cuando estaba cerca de ella.
—Vamos —dijo Elara tras unos segundos más, y subieron al escenario de la mano.
Los medios de comunicación empezaron a sacar fotos al instante.
En cuanto se detuvieron en el centro del escenario, el presentador anunció la presencia del heredero y propietario del Grupo Macros y de la heredera del Grupo Frost, y con eso, la fiesta dio comienzo oficialmente.
Al mismo tiempo, Carla salía de su pequeño y ruinoso apartamento, ataviada con un vestido plateado y lista para el evento.
A pesar del maquillaje cargado, no podía ocultar que tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
Elara le había dicho que podía faltar a este evento y cantar en otro, pero temía que, si lo hacía, le quitaran la oportunidad, y no quería dejarla escapar.
Sería difícil cantar canciones alegres y festivas apenas un día después de la muerte de su abuelo, pero era trabajo y tenía que hacerlo; por su familia y, más aún, por sí misma, para sentirse viva y útil.
Andrew, que había vuelto del trabajo un poco antes para ver el apartamento que Carla había elegido, se encontró a la joven vestida de gala.
Recordaba que ella le había dicho que cantaría en clubes. El hecho de que fuera vestida tan elegante le hizo sospechar, así que la sujetó del codo de inmediato.
—¿A dónde vas? —preguntó Andrew.
Carla tragó saliva con dificultad. No quería ni imaginar cómo reaccionaría su hermano al oír el nombre de Elara, así que lo ocultó y le dijo que iba a un evento donde le pagarían veinte veces su tarifa habitual.
Su apellido ya estaba por los suelos, la gente se burlaba de ellos, intentaban aprovecharse de ellos a toda costa y, en una situación así, ¿alguien ofrecía esa cantidad de dinero? Solo lo hacía todo más sospechoso.
Andrew temía que esa persona, fuera quien fuese, estuviera intentando aprovecharse de Carla, así que negó con la cabeza.
—No vas a ir —sentenció.
Las pupilas de Carla se dilataron.
—¿De qué hablas, hermano? Claro que voy a ir —dijo Carla.
Andrew volvió a negar con la cabeza. No. No permitiría que nadie se aprovechara de su ingenua hermana. Ella era astuta y manipuladora, pero a la hora de comprender lo retorcido que puede llegar a ser un hombre, pecaba de ingenua.
—No lo entiendes. Nadie paga tanto solo por cantar. Quieren algo de ti. No tienes por qué ir. Yo me encargaré. Confía en mí. Encontraré una solución y volveré a poner a nuestra familia en la cima —dijo Andrew.
Carla miró a su hermano y por fin comprendió lo que intentaba decirle. No pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.
Siempre se había comportado de forma tan malcriada, autoritaria y exigente que nunca se había dado cuenta de lo duro que trabajaba su hermano por la familia. Incluso con el corazón roto, él decía que se encargaría de todo.
—Voy a un evento musical de los Frost. No te preocupes, hermano. Nadie se aprovechará de mí. Tú confías en Elara, ¿no? Es su fiesta de celebración —dijo Carla.
Andrew iba a replicar de nuevo, pero se detuvo y dejó que la información calara.
Las palabras de Beatriz sobre cómo había matado a su propio hijo aquella noche resonaron en su cabeza, y retrocedió, sin aliento.
—¿Te ha invitado Elara? —preguntó Andrew para asegurarse, y aunque Carla asintió, él le sujetó la mano con fervor.
—Por favor, llévame contigo. Quiero pedirle perdón, Carla. Me ha bloqueado de todas partes y no sé cómo contactar con ella, porque también se ha mudado de apartamento. Por favor, ayúdame a verla, solo una vez —le rogó Andrew a su hermana.
Las pupilas de Carla se dilataron.
Ya había conseguido esta oportunidad de pura suerte. Si su hermano iba allí y montaba una escena, Elara nunca la perdonaría e incluso podría bloquearle todas sus oportunidades futuras.
—Lo siento, hermano. No puedo llevarte —dijo Carla antes de zafarse de su agarre, subir al taxi que había pedido y marcharse.
Andrew se quedó allí unos segundos antes de entrar en el ruinoso apartamento, derrotado.
Al mirar a su alrededor, su vista se posó sobre una tarjeta de invitación que había en el escritorio. Leyó la dirección y buscó información en internet sobre la fiesta de celebración.
Sin perder tiempo, se puso ropa decente y presentable y salió del apartamento en dirección a donde estaba Elara, dispuesto a disculparse por sus pecados y a decirle que por fin entendía por qué lo había abandonado.
Durante un tiempo, estuvo confuso. ¿Por qué le había ocultado la verdad? ¿Por qué no le contó lo que había pasado? Más tarde, por fin, lo comprendió.
Ya no lo consideraba digno. Había sufrido un aborto espontáneo por culpa de la trampa de Beatriz, en la que lo vio desnudo con otra mujer. ¿Por qué iba a compartir nada con un hombre como ese?
«Lo siento, Elara», susurró Andrew para sus adentros, repitiendo las palabras que quería decirle.
Por otro lado, tras la breve presentación, por fin llegó el momento del baile, y George se adelantó para tomar la mano de Elara y así evitar que se especulara sobre su relación.
—¿Me concedes el primer baile de la noche, hermana? —preguntó George con una reverencia caballerosa, y Elara sonrió mientras depositaba la mano en la suya.
George la llevó al centro del salón y empezaron a bailar suavemente. Poco después, Logan y Gabriella salieron a la pista para el segundo baile, y Elara se retiró a un lado con George.
—Pareces un poco triste. ¿Es por lo de Williams? —preguntó George.
Elara alzó la vista hacia él y sonrió entre lágrimas. Digeran lo que dijeran los demás, en el fondo seguía creyendo que un alma buena había dejado esta Tierra por su culpa.
Incluso había querido cancelar la celebración, pero Daniel no se lo permitió. Le dijo que ya había sufrido bastante por culpa de esa familia; no tenía por qué seguir sufriendo ni renunciando a su propia felicidad.
—¿Me concede su segundo y último baile, Señorita Elara? —Daniel extendió la mano hacia Elara, y ella enarcó una ceja.
Todos los medios de comunicación se volvieron hacia ellos, y los clics de las cámaras se multiplicaron. Evidentemente, no podía rechazar la oferta. Al fin y al cabo, no solo era Daniel Macros, sino también su jefe.
Depositó su mano en la de él con delicadeza, y él la llevó al centro del salón antes de atraerla hacia sí.
Elara ahogó un grito, con los ojos como platos, cuando sus pechos chocaron.
—¿Qué haces? —susurró ella, y el hombre sonrió con picardía antes de darle la vuelta y rodearle la cintura con las manos.
—Bailar con mi esposa. ¿Acaso es un crimen? Tienes suerte de que no esté devorando cada centímetro de tu piel ahora mismo, porque es exactamente lo que me apetece hacer —le susurró Daniel al oído, y ella estaba a punto de responder cuando lo oyeron.
¡Disparo!
¡Disparo!
¡Disparo!
El eco de tres disparos sembró el pánico entre los presentes, y Daniel ocultó a Elara tras de sí.
—Vaya, vaya, vaya… ¿no es esto una celebración? ¿Una a la que no me han invitado? —dijo Ashton mientras entraba en el salón, respaldado por veinte hombres.
La expresión de Daniel se oscureció cuando sintió a Elara tensarse a su lado.
Le había advertido a su padre que mantuviera a su hijo a raya, pero parecía que sus palabras habían caído en saco roto, y estaban a punto de descubrir lo que ocurría cuando alguien las ignoraba.
Nadie amenaza a su mujer. ¡NADIE! Daniel se hizo crujir el cuello, mientras su mano se deslizaba hacia su pistola.
—Ese es un error que no querría cometer si no quisiera arriesgar la vida de la mujer que amo —dijo Ashton a Daniel cuando vio que su mano se acercaba lentamente a su pistola.
Ashton caminó hacia el centro del salón, con aire orgulloso.
—Oh, los medios también están aquí —sonrió antes de mirar a Elara y caminar hacia ella a grandes zancadas.
Extendió la mano para tocarle la cara, pero la mirada fulminante de Daniel lo detuvo.
—Así que estaba viendo la transmisión en vivo de este evento y me di cuenta de que los Frost dijeron de todo, excepto la razón por la que la señorita Elara fue declarada muerta —dijo Ashton.
Entonces miró a Elara con una expresión dolida.
—Me desviví por ti, te prometí todo lo que pude, pero me traicionaste. ¿Qué tenía de malo mi amor? Sí, era un poco extremo, posesivo y obsesivo, pero ¿no es eso exactamente lo que las chicas quieren hoy en día? Lo leí en internet. Las chicas se mueren por tener un novio como yo. Soy guapo, rico, estoy relacionado con la mafia y, por encima de todo, te amo —le preguntó Ashton a Elara.
Elara, que se había estado escondiendo detrás de Daniel, tuvo de repente flashbacks de cómo él montaba en cólera si a ella no le gustaba algo de comer; tiraba cosas por los aires, a veces la arrojaba a la piscina y luego lo achacaba a su amor, diciendo que estaba enfadado porque se preocupaba por su salud.
Los recuerdos hicieron que quisiera acurrucarse en un rincón y no enfrentarse a ese hombre. Sin embargo, no quería demostrarle que era débil, que le tenía miedo y que él todavía tenía el mismo efecto sobre ella.
Por lo tanto, se quedó allí, mirándolo directamente a los ojos.
—Bueno, amigos míos, volvamos al grano. Así que… la razón por la que la señorita Elara fue declarada muerta fue para salvarla de mí —sonrió Ashton a Elara antes de mirar directamente a las cámaras.
—Verán, la secuestré hace cuatro años y quizá no pudo soportar la magnitud de mi amor y pensó que morir era una buena opción. Pero ¿cuánto tiempo puede una persona permanecer muerta de verdad? Miren, la encontré, como la mujer de mi hermano —escupió Ashton la última frase.
Elara, que temblaba de miedo, se quedó helada al oír su última frase.
Un momento. ¿Qué quería decir con «la mujer de su hermano»? ¿Qué estupidez estaba…? Levantó la vista hacia Daniel para confirmar que Ashton mentía.
Sin embargo, en el momento en que sus ojos se posaron en los de él, que pedían disculpas, algo se hizo añicos en su interior.
—¿Lo sabías? El hombre que atormenta mi vida era tu hermano, y me lo ocultaste —dijo Elara, más para sí misma que para él. Daniel negó con la cabeza.
—No, Elara, puedo explicarlo. Hicimos la conexión a través de ese número y nos dimos cuenta de que el Arnold del que no dejas de hablar era mi hermano, Ashton. Pensé que no me creerías si te decía la verdad. Por eso lo mantuve oculto. —Daniel le tomó la mano, obligándola a mirarle a los ojos y ver su sinceridad.
—Le advertí a mi padre que no dejaría a Ashton con vida si intentaba amenazar la tuya. En ese momento, estaba convencido de que mi padre detendría a Ashton, pero no sabía…
—¿Que aun así aparecería, verdad? —sonrió Ashton con aire socarrón.
Elara observó la confianza de Ashton, que prácticamente gritaba que sabía que su hermano nunca le haría daño, y luego los ojos suplicantes de Daniel, que querían que creyera que él heriría a cualquiera con tal de protegerla.
Ya no sabía a quién creer. Su corazón quería creerle a Daniel, pero su mente seguía reviviendo aquel trauma en el que nadie podía hacer nada contra Arnold, ni la mafia ni las autoridades.
Ahora por fin entendía por qué. Arnold también era un Macros.
Cuanto más pensaba Elara, más le dolía la cabeza, y sacudió la cabeza.
Retrocedió, alejándose de Daniel, con lágrimas rodando por sus mejillas. No le importaba lo que él pensara; el hecho de que le hubiera ocultado una verdad tan importante era algo que no podía sacarse de la cabeza.
Ashton sonrió con aire de suficiencia al ver la escena.
—Ahora por fin ves la verdad, Elara. Todo ese amor de ensueño por el que estabas cayendo se construyó sobre mentiras. La única persona que te ha amado de verdad he sido yo, y solo yo…
—¡Cállate! —gritó Elara, agonizante.
—¡Cierra la puta boca, cabrón! Arruinaste mi vida hace cuatro años. ¿Cómo te atreves a pensar que puedes hacer pasar tu obsesión enferma y retorcida por amor? —gritó Elara.
La sonrisa de suficiencia de Ashton vaciló y sus ojos se tornaron oscuros y depredadores.
—No sabes de lo que hablas —dijo Ashton.
Elara negó con la cabeza.
—Oh, sé perfectamente de lo que hablo. Eres la razón por la que duermo con una daga en la cintura. Eres la razón por la que siempre llevo un arma encima y la razón por la que nunca puedo confiar en la buena voluntad de nadie. Así que, Arnold Macros, por supuesto que sé de lo que hablo —dijo Elara antes de revolverse el pelo con rabia.
Se suponía que iba a ser su día de celebración, pero su pasado nunca la dejaría vivir en paz.
Y quería ponerle fin.
—Lárgate —dijo Elara antes de respirar hondo.
—Lárgate antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme el resto de mi vida. Fingí estar muerta para librarme de ti una vez; puede que esta vez te mate y acepte ir a la cárcel —dijo Elara.
Ashton soltó una risa, oscura y fría.
—¿De verdad crees que eres capaz de matarme? Mira a tu alrededor, Elara. El lugar está lleno de mi gente. Están en cada uno de los pisos. ¿Dónde está tu gente? —preguntó Ashton.
Elara miró a su alrededor y, tal como él había dicho, pudo ver hombres armados en cada piso, empuñando grandes rifles.
Entonces les ordenó a todos los que no quisieran perder la vida que abandonaran el lugar, incluidos los medios de comunicación.
Todos salieron corriendo del gran salón, presas del pánico, sin mirar atrás ni una sola vez.
Elara observó cómo todos se iban, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.
Su día de celebración estaba arruinado. Y por la forma maníaca y obsesiva con que Ashton la miraba, tampoco iba a dejar intacto su vestido de novia.
Ese hombre estaba intentando arruinarle la vida de nuevo.
Miró a sus padres, que a su vez miraban al hombre con rabia.
Elara sabía que estaban esperando una sola señal para intervenir, para proteger a su hija del monstruo, pero no podía permitirlo. No podía dejar que salieran heridos, no mientras ella estuviera allí.
Apretó los puños y miró a su alrededor con impotencia.
No era una heroína, ni una criatura de fantasía que pudiera tener un despertar repentino y los poderes para hacer frente a esta situación. Era humana, sí, un poco más fuerte y perspicaz, pero estaba desarmada.
Elara cerró los ojos para calmarse primero y pensar en qué podía hacer en esa situación.
—Elara —dijo la voz de Daniel, haciéndola abrir los ojos y mirarlo con dolor y miedo.
—Déjame encargarme de esto, por favor. Sé que me equivoqué al no decirte la verdad, but créeme cuando te digo que estaba preparado para esto, para protegerte de mi hermano, porque estaba dispuesto a matar por ti. —Daniel le tomó el rostro entre las manos.
Elara lo miró a los ojos.
—¿De verdad puedo confiar en ti? —preguntó ella.
—Siempre —dijo Daniel, y Elara asintió.
Ella le tomó la mano y la colocó sobre su abdomen, haciendo que el hombre hiciera una pausa al sentirlo.
El hecho de que Elara todavía sintiera la necesidad de llevar una pistola a un evento que se suponía que era meramente de celebración decía mucho del miedo que su hermano le había infundido.
Los ojos de Daniel se volvieron tormentosos.
—Si puedes salvarme, apretaré el gatillo contra Ashton, pero si no puedes, lo apretaré contra mí misma, poniendo fin a este tormento para todos de una vez por todas —dijo Elara.
Ella no era suicida. No tenía idea de por qué había dicho algo así; quizá para provocar al hombre, quizá para que viera hasta qué punto deseaba la muerte de Ashton. No lo sabía.
Lo que sí sabía era que ese día, aunque acabara en la cárcel, sería el fin del historial de tormento de Ashton.
—No necesitarás apretar ese gatillo —dijo Daniel antes de apoyar su frente en la de ella.
Ashton gruñó al ver la escena.
—Si yo fuera tú, tendría cuidado con lo que hago y… —No pudo terminar la frase. Vio la mano de su hermano moverse y bajarla de golpe, como una especie de señal, todo ello mientras abrazaba a Elara.
Ashton miró a su alrededor.
Sus hombres caían de repente a los lados, y algunos incluso se precipitaban por las barandillas, rompiéndose el cuello y salpicando sangre por todas partes.
Ashton observó, sorprendido.
Sus hombres habían tomado claramente esos pasillos y pisos. ¿Qué había cambiado? Se preguntó mientras miraba a su hermano, que lo miraba fijamente, con el rostro de Elara oculto en su pecho.
—¿De verdad pensaste que no estaría preparado para algo como esto? ¿Que confiaría en nuestro padre para controlarte a ti, él, que ni siquiera pudo controlar su polla y tuvo una aventura extramatrimonial? ¿Creíste que arriesgaría así la vida de mi mujer? —preguntó Daniel.
Ashton se quedó helado.
Pensó que su plan era infalible. Nadie lo habría sospechado porque nunca actuaba a la vista de todos.
Quería pillar a su hermano con la guardia baja, matar a su gente y luego secuestrar a Elara y marcharse para siempre, algo que no había conseguido hacer cuatro años atrás.
Entonces, ¿en qué había salido todo mal? Se preguntó Ashton, mientras sus pupilas se dilataban al ver entrar en el salón a la única persona que él creía que jamás lo traicionaría.
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