La venganza de la exesposa multimillonaria - Capítulo 150
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150: Capítulo 150: Sin licencia, solo talento 150: Capítulo 150: Sin licencia, solo talento Astrid y Winter giraron la cabeza al mismo tiempo.
Un hombre de poco más de cincuenta años se acercó a toda prisa, gritando: —¡Winter!
A Winter se le llenaron los ojos de lágrimas en cuanto vio a su padre.
Su voz temblaba: —Papá…
—Mi nieto casi no sobrevive —dijo Derek Webb con seriedad; era evidente que ya se había puesto al día de todo por el camino—.
Ahora concéntrate en descansar.
Te prometo que haré que Colleen pague por esto.
—Papá, solo no dejes que Quill se entere de que estoy embarazada.
Quill era su ex.
Winter siempre había actuado como si viniera de una familia corriente, creyendo que lo había ocultado bastante bien.
Lo que no sabía era que Quill siempre había sabido la verdad.
Se le acercó deliberadamente y fingió que no le importaba que ella no pudiera tener hijos.
Winter se sintió conmovida en su momento, hasta que descubrió que él ya tenía una novia estable.
Su plan era que su novia diera a luz y luego criar al niño en la familia de Winter, haciéndolo pasar por una adopción.
Winter no tuvo ni idea hasta que la novia apareció y le soltó la noticia: ella había sido «la otra» todo el tiempo.
Ahora que de verdad estaba embarazada, si Quill llegaba a enterarse, conociendo el tipo de persona que era, jamás lo dejaría pasar.
Derek le dio unas suaves palmaditas en la cabeza a su hija, con la voz suave y llena de dolor.
—No te preocupes.
No dejaré que nadie te haga daño.
Winter parpadeó para contener las lágrimas y miró a Astrid, para luego presentarla: —Papá, ella es Astrid.
Gracias a ella pude conservar al bebé.
Es muy buena en lo que hace.
Derek miró a Astrid, asintió con seriedad y le hizo una profunda reverencia.
—Gracias, señorita Caldwell, por salvar a mi hija.
—No tiene por qué darme las gracias.
Solo hacía mi trabajo.
Tras incorporarse, se volvió hacia el doctor Darwin y le dijo con respeto: —Doctor Darwin, ¿podría examinar a mi hija también, por favor?
Era evidente que no quería que Astrid continuara con el tratamiento.
Astrid lo comprendió y se hizo a un lado para dejarles espacio.
Winter la agarró rápidamente de la mano y le dijo a su padre: —Papá, Astrid es la doctora que me está tratando.
No hace falta molestar al doctor Darwin.
Derek miró de reojo a Astrid y dijo con tono diplomático: —No es que no confíe en la señorita Caldwell.
Solo quiero una segunda opinión…
para quedarme un poco más tranquilo.
Winter, como enfermera que era, sabía perfectamente lo problemático que podía ser cambiar de médico a mitad de un tratamiento.
El doctor Darwin rondaba los sesenta años, era algo regordete y su expresión rígida denotaba un evidente aire de orgullo.
La mirada que le dirigió a Astrid ahora contenía un matiz de escrutinio.
—¿Por qué no ha dejado que tomara ni un poco de medicina occidental antes?
A Astrid no le gustó aquel hombre desde el momento en que lo vio.
Aun así, respondió con una rigidez cortés: —Winter ya ha tomado medicamentos tradicionales.
Mezclarlos innecesariamente con los occidentales podría provocar reacciones adversas.
No hay ninguna razón para hacerlo.
—¡Ridículo!
—espetó el doctor Darwin mientras se sentaba a tomarle el pulso a Winter, lanzando una mirada de reojo a Astrid—.
Se supone que la Medicina Tradicional y la moderna se complementan.
Pero la gente como usted, que ensalza ciegamente los métodos tradicionales y rechaza los modernos, solo hace que la Medicina Tradicional parezca una estafa.
—Está desprestigiando a toda la disciplina.
¿En serio?
Menuda acusación.
Astrid enarcó una ceja, con un tono neutro y poco impresionado.
—¿A usted qué le pasa?
Ese comentario sacó de sus casillas al doctor Darwin.
Se puso en pie de un salto, interrumpiendo la toma del pulso.
—¿¡Ahora me está insultando!?
Derek miró a Astrid, atónito.
¿Acaso no se daba cuenta de con quién estaba hablando?
—Señorita Caldwell, este es el doctor Darwin, presidente de la Asociación de Patrimonio de Salud.
Lleva décadas ejerciendo la medicina y ha tratado más casos difíciles de los que podemos contar —se apresuró a explicar Derek, con la esperanza de calmar los ánimos, ya que esa mujer acababa de salvar a su hija.
Por desgracia, Astrid no tenía el menor interés en limar asperezas.
Soltó un indiferente —Ah —y añadió—: No he insultado a nadie.
—¡Usted…!
—El Director Webb reaccionó con rapidez, interponiéndose ante el doctor Darwin con una sonrisa forzada—.
Doctor Darwin, todavía es joven y un poco impulsiva.
Por favor, no se tome a mal sus palabras.
Mientras hablaba, le lanzó una mirada a Astrid, indicándole claramente que se retractara.
Pero Astrid se quedó allí, tan tranquila como siempre.
Al ver que no iba a llegar a ninguna parte, cambió rápidamente de tema: —Doctor Darwin, confío plenamente en su experiencia.
Winter es mi única hija, por favor, examínela.
El doctor Darwin bufó y, a regañadientes, volvió a sentarse.
Astrid estaba a punto de marcharse, pero al bajar la vista, se encontró con los ojos suplicantes de Winter.
Vaciló un instante, pero al final se quedó, observando en silencio desde un lado.
Mientras el doctor Darwin le tomaba el pulso, su ceño se fruncía cada vez más, como si hubiera descubierto algo muy grave.
Finalmente, soltó la bomba: —Su cuerpo, por naturaleza, no es apto para el embarazo.
Esta vez…
hay un alto riesgo de aborto espontáneo.
—¿Qué?
El Director Webb se quedó de piedra.
Winter palideció por completo, con los ojos desorbitados por el miedo.
El doctor Darwin continuó: —Debe interrumpir el embarazo cuanto antes.
Si espera más, una vez que llegue a las etapas más avanzadas, podría provocar hemorragias graves, infecciones o incluso una rotura uterina.
Y si llega el momento de salvarle la vida, podría perder el útero por completo.
A Winter le brotaron las lágrimas de los ojos mientras negaba con la cabeza desesperadamente, sollozando: —No…
Astrid me dijo que el bebé está a salvo.
¡Solo confío en ella!
La expresión del doctor Darwin se endureció.
—Si no me cree, hágase una ecografía.
Luego se puso de pie, se ajustó el abrigo y le lanzó una mirada cortante a Astrid.
—¿Intentando demostrar su valía a su edad, actuando de forma temeraria solo para parecer competente?
¡Incluso se atreve a decir que puede salvar al bebé sin pensar en las consecuencias!
—La medicina no es un juego.
Dar falsas esperanzas a un paciente a la ligera es peligroso.
¿Quién la ha formado?
¿Tiene siquiera licencia médica?
—¡No la tiene!
Justo en ese momento, el Director Reid entró a grandes zancadas, con el rostro lleno de acusaciones y los ojos fijos en Astrid.
—¿Sin licencia y tratando pacientes por su cuenta?
Acupuntura, recetas…
Ha cruzado la línea.
¡Esto es ilegal!
No estaba solo; había varias personas más con él.
La mayoría de ellos sospechaba desde hacía tiempo que Astrid no tenía licencia, pero habían guardado silencio, pensando que realmente podría salvar al bebé de Winter.
Si el doctor Darwin no hubiera intervenido, quizá seguirían creyéndolo.
La ira del doctor Darwin se avivó aún más.
—¡No se debería permitir que alguien así se acerque a los pacientes!
¡Llamen a la policía, esto es intolerable!
El Director Webb no esperaba que las cosas se descontrolaran tanto.
Intervino rápidamente, tratando de calmar la situación.
—Era una urgencia.
La señorita Caldwell solo intentaba ayudar a mi hija.
Sus intenciones eran buenas.
Sabía quién era Astrid y creía en sus habilidades, pero las reglas eran las reglas.
No podía permitir que siguiera tratando a su hija.
Winter, por su parte, era un manojo de nervios.
La palabra «aborto» resonaba en su mente como una sentencia de muerte.
Entre lágrimas, miró hacia Astrid.
—Fui yo, yo le rogué que me ayudara.
¡Nada de esto es culpa suya!
Se le quebró la voz a medida que el nudo en su garganta crecía.
—Que ya no me trate más.
Winter podía aceptar perder al bebé, pero no arrastrar a Astrid con ella.
—Entonces…
acabemos con esto —susurró.
Astrid dio un paso al frente.
—Te lo dije, tu bebé puede salvarse.
¿Confías en mí?
Winter parpadeó y, de repente, las escenas de Astrid tratándola, concentrada y serena, inundaron su mente.
Levantó la vista, aturdida, y con voz temblorosa preguntó: —¿De verdad…?
—Sí.
—¡Te creo!
Astrid se giró ligeramente, sus ojos recorrieron la habitación y una media sonrisa se dibujó en sus labios.
—Es curioso.
Todos parecen estar tan seguros de que no tengo licencia médica.
Pero…
¿qué les hace estar tan seguros?
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