La venganza de la exesposa multimillonaria - Capítulo 89
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89: Capítulo 89: ¿Así que ya no somos amigos?
89: Capítulo 89: ¿Así que ya no somos amigos?
El gerente soltó un suspiro de alivio.
Kieran, todavía conmocionado, preguntó: —Señor Halstead, ¿es Astrid realmente la mayor accionista de Starshore?
Lancelot respondió con calma: —¿Era tu exesposa.
¿No lo sabías?
Kieran realmente no tenía ni idea.
A medida que la conmoción se disipaba, recuperó lentamente la compostura.
Ya estaban divorciados, así que lo que hiciera Astrid ya no tenía nada que ver con él.
No era el tipo de hombre que se amargaba porque a una ex le fuera bien.
A un lado, el gerente le dijo en voz baja a un empleado: —Ve a buscar al modelo que pidió la señorita Blackwell.
—Sí, señor.
Justo después de dar esa orden, el gerente sintió de repente un escalofrío recorrerle la nuca, como si algo siniestro le estuviera respirando en la espalda.
Se giró y se topó con la mirada helada del jefe.
—¿Desde cuándo el Salón Nightfall se dedica a ese rollo de los «sugar babies»?
—preguntó en voz baja.
El gerente parpadeó, confundido.
—Jefe, desde que abrimos, este siempre ha sido nuestro modelo de negocio.
Solo entretenimiento, nada ilegal.
El jefe frunció el ceño, claramente sin tragarse el cuento.
El gerente se apresuró a añadir: —Por supuesto, no interferimos en la vida personal de nuestros empleados.
Los clientes VIP como la señorita Blackwell pueden tener acuerdos de exclusividad; el chico que la atiende no acepta otros trabajos.
Lo dijo con aire despreocupado, pero observaba la reacción del jefe sin perder detalle.
Y sí, esa expresión sombría no era solo irritación; una sospecha le cruzó por la mente.
Y ahora que lo pensaba, en la discusión de antes…
fue el jefe quien empezó, como si se estuviera metiendo a propósito con la señorita Blackwell.
Normalmente, si había algún roce, el jefe simplemente lo ignoraba.
Nunca era él quien empezaba nada.
Kieran se disculpó para ir al baño, pero Louis se quedó allí, sin moverse un ápice.
Al gerente no le quedó más remedio que esperar, incómodo, hasta que el empleado regresó con el modelo.
El gerente se secó instintivamente el sudor de la frente.
El modelo solo llevaba unos pantalones de vestir negros.
Iba sin camisa, con los músculos firmes y definidos y unos abdominales perfectamente esculpidos.
El semblante de Louis se ensombreció visiblemente.
—¿A esto le llamas apropiado?
Ponte una camisa, no estás en un espectáculo de striptease.
Y luego, ve a servir las bebidas.
Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó a grandes zancadas, con toda su espalda irradiando desaprobación.
El gerente soltó un suspiro de cansancio.
—¿A qué esperas?
Ve a vestirte.
Atiende al gran jefe.
—Ah, y busca a un par de novatos y llévaselos a la señorita Blackwell.
—Entendido.
*****
Rhea y Astrid no tuvieron que esperar mucho para que llegara Olivia.
—Siento el retraso.
Pero antes de nada, ¡un brindis!
—Anda, anda, siéntate ya —sonrió Astrid.
Olivia le entregó una pequeña caja de regalo.
—Para Caitlin.
La pequeña tenía gustos sencillos: cualquier cosa dorada y brillante era un acierto seguro; nada más le llamaba realmente la atención.
De vez en cuando, Astrid y Olivia le regalaban alguna pequeña joya de oro.
Rhea lo aceptó, negando con la cabeza.
—Vosotras dos la estáis malcriando por completo.
Olivia chocó su copa con las de ellas.
—No podré ir a su fiesta de cumpleaños porque tengo trabajo, así que he pensado en adelantarle el regalo.
El cumpleaños de Caitlin era un par de días antes de que Rhea tuviera que marcharse a Capitalis.
—No te preocupes, si es de oro, te perdonará —bromeó Astrid.
Las tres no pudieron evitar reír.
Al poco rato, el gerente regresó con tres modelos masculinos nuevos.
—Señorita Blackwell, el señor Wen no se encontraba bien, así que le he dicho que descanse.
Estos tres son nuevos.
Si le parecen bien, se quedarán.
Rhea solo se estaba desahogando antes.
Ahora que estaban charlando en privado, no quería más compañía.
—Es una noche de chicas.
No los necesitamos.
El gerente dejó las especialidades de la casa y se llevó a los modelos.
El trío se acomodó con la comida y las bebidas, y la conversación fluyó con naturalidad.
La mayor parte del tiempo, Olivia se dedicó a contar cotilleos: quién se estaba liando con qué patrocinador, qué novio de famosa acababa de salir del armario, qué pareja de un rodaje había sido pillada por los paparazzi…
Hacia las once, la noche llegó a su fin.
La asistente de Olivia vino a recogerla, y Astrid y Rhea pidieron un chófer.
En el aparcamiento, el chófer le devolvió las llaves a Astrid, pero no se fue de inmediato.
—Eh…
¿te importaría darme tu número?
Astrid levantó la vista hacia el joven que tenía enfrente y respondió con frialdad: —Estoy divorciada.
—¿Eh?
¿Era esa la nueva moda?
¿Que las chicas guapas usaran excusas raras para dar calabazas?
Estaba a punto de decir algo cuando un fuerte portazo resonó en el aire: alguien acababa de cerrar la puerta de un coche.
Un hombre alto y apuesto, con un aire distante, se dirigía hacia ellos.
El chófer captó la indirecta al instante y, con una sonrisa incómoda, dijo: —Ah, tienes novio.
Fallo mío.
—Y se marchó a toda prisa.
Astrid frunció ligeramente el ceño al reconocer a Lancelot; era evidente que el chófer había malinterpretado la situación.
De repente, el rostro de Louis apareció en su mente.
Al pensar en toda la mierda que Rhea había soportado a lo largo de los años, Astrid murmuró, molesta: —Tu hermano es un capullo de mucho cuidado.
Lancelot, que ya se había enterado de toda la historia por el gerente, asintió.
—Sí, en eso no hay discusión.
¿Acosar a una mujer de esa manera y usar los negocios como medio de presión?
Con razón seguía soltero.
Y añadió: —Pero que quede claro: yo no soy como él.
Astrid no respondió, simplemente entró en el ascensor.
Un ligero aroma a vino, apenas perceptible, impregnaba el pequeño espacio.
La mirada de Lancelot descendió hasta posarse en el lóbulo de su oreja; un sarpullido irregular le llamó la atención.
Parpadeó y, de forma inconsciente, se inclinó para ver mejor.
Astrid se apartó instintivamente.
—¿Qué haces?
—¿Eres alérgica al alcohol?
Su voz sonaba sorprendida.
Es que, ¿quién es alérgico al alcohol y aun así bebe?
Astrid se tocó la oreja.
—Estoy bien.
Sí, era alérgica, pero no de forma grave.
Un poco no le hacía daño, y solía tomarse una pastilla de antemano si tenía que beber por trabajo.
Nadie sabía de su alergia.
Y como hoy no pensaba beber mucho, no se había tomado la pastilla.
Por eso solo tenía un sarpullido leve.
Lancelot soltó una risita, pero en sus ojos no había ni rastro de diversión.
—Vamos, señorita Caldwell, ¿cree que estoy ciego?
Eso es claramente una reacción alérgica.
—¿Pero cuánto has bebido?
—¿Acaso tenemos tanta confianza?
No es que lo odiara, pero como una vez lo había mordido…
pues eso, había cierta tensión entre ellos.
Lancelot la observó a través del espejo.
—Pensaba que éramos amigos.
Supongo que me he hecho ilusiones.
Bajó la cabeza y su expresión se ensombreció, como si acabara de recibir un jarro de agua fría.
Astrid captó su expresión en el espejo, perpleja.
¿De verdad había sido tan borde?
Al recordar la semana entera que le había llevado comida casera…
sí, tal vez su respuesta había estado fuera de lugar.
El ascensor emitió un pitido.
Ella salió rápidamente, deseando escapar de la incómoda atmósfera.
Mientras abría la puerta, la voz de Lancelot sonó a su espalda, con un deje de exasperación: —¿Tienes siquiera medicamentos para la alergia en casa?
Su mano se detuvo.
No esperaba que siguiera preocupándose por ella.
—Sí.
—Entonces…
¿somos amigos?
La puerta se abrió con un pitido y su voz respondió: —Claro.
—Lo has prometido, así que no me falles.
Mañana te quiero aquí para probar los platos.
Dicho esto, le cerró la puerta.
Aunque los resultados de la Crema GlowSilk habían llegado hacía tiempo, él seguía enviándole mensajes para recordarle lo de las comidas.
Aquello de probar platos…
probablemente estaba relacionado con su promesa de alimentarla de por vida.
Pero si se casara, ¿seguiría haciendo esto?
¿Cómo podía hacer promesas así a la ligera?
¿Acaso no pensaba en las consecuencias?
¿Toda esa atención era solo por la culpa de haberle fastidiado la misión aquella vez?
Pero si ella ni siquiera había salido herida, ¡y encima le había mordido!
En todo caso, la que debería sentirse culpable era ella.
Mientras se tomaba una pastilla, Astrid recordó algo de repente.
Si Lancelot llegaba a tener novia…
¿cómo demonios iba a explicar la marca del mordisco?
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