La vida decretada de una campesina como esposa - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Casa Grande de Azulejos
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7: Casa Grande de Azulejos 7: Casa Grande de Azulejos Ye Muyu rememoró los recuerdos de la dueña original y sintió que la razón era más verosímil.
Quizás los pensamientos de la dueña original eran simples, pero Chu Heng, un erudito, los tenía más profundos.
—Madre, todavía me queda algo de tela de flores en mi habitación.
—Al ver que Ye Muyu no hablaba, Chu Ziluo intentó tantearla.
No vio ninguna señal de ira en el rostro de su madre.
Ni siquiera percibió su enfado.
Esto sorprendió a Chu Ziluo, pero también la dejó confusa.
Sin embargo, en su subconsciente sentía que una madre así era muy buena.
Sería genial que no se enfadara con ella.
—Entonces ve a buscarla.
—Está bien.
—Chu Ziluo se levantó feliz.
La niña tenía la tez cetrina y era delgada, pero si se la miraba de cerca, tenía un rostro bonito y unas cejas preciosas.
Cuando sonreía, parecía una apacible luna creciente.
—Anda.
Cuando Chu Ziluo se fue, Ye Muyu volvió a bucear en los recuerdos de la dueña original.
Al cabo de un rato, se levantó y se dirigió al escritorio.
El escritorio estaba colocado bajo la ventana y, a la izquierda, había dos cajas de madera negras.
Aquella debía de ser la ropa de Chu Heng.
Podía mover la caja de arriba, pero Chu Heng le había indicado que no tocara la de abajo.
Además, esta última estaba cerrada con llave.
Junto al escritorio estaba la puerta de la habitación.
El patio de la familia Chu estaba bien construido.
Era un pequeño patio con cinco habitaciones y un salón.
La habitación en la que se alojaba era la estancia delantera del ala derecha.
Fuera del patio había una habitación de invitados y, al lado de esta, una leñera.
Frente a su habitación estaba la de Chu Ziluo, la hija mayor.
La habitación contigua a la de Chu Ziluo era de Chu Jin.
Al lado de la habitación de Chu Jin había un cobertizo para los carros de mulas.
Aparte de las habitaciones de ambos lados.
La estancia a la derecha del salón principal se usaba como almacén.
Chu Heng tenía a su nombre ocho arrozales y cinco parcelas de tierra.
Según recordaba, un campo medía unos 60 pies cuadrados y la cosecha era de unos 200 catis de arroz.
Con ocho arrozales, en un año, la cosecha era de 1600 catis.
Chu Heng era un erudito, por lo que gozaba de exención fiscal y no necesitaba pagar impuestos.
Sin embargo, debía dar al arrendatario el 40 % de la cosecha, por lo que le quedaban unos 960 catis.
No obstante, de 100 catis de arroz con cáscara solo se podían obtener unos 60 catis de arroz.
En total, quedaban unos 400 catis de arroz.
Normalmente, Chu Heng no estaba en casa, y solo se quedaban la dueña original y los dos niños.
No podían acabárselo todo ni de lejos.
Sin embargo, la hija, Chu Ziluo, tenía la tez cetrina y era delgada.
Era evidente que no solía comer hasta saciarse.
La razón era simple.
La dueña original había vendido la mitad del grano y lo había cambiado por plata para comprarle tela a Chu Heng.
Nunca había enviado esas telas a su familia.
De hecho, jamás se lo había mencionado a nadie.
Solo se las daba a Chu Heng a escondidas cada año para que a él no le faltara ropa.
Ye Muyu lo pensó un momento y abrió la caja de madera.
Tal como esperaba, dentro había varias telas, la mayoría de colores oscuros.
Chu Heng era un erudito, por lo que no vestía de blanco.
Por tanto, lo apropiado era que llevara una túnica verde o una túnica negra o marrón.
La mayoría de los plebeyos vestían ropas grises o blancas.
A Chu Heng no le gustaba vestir de verde.
La dueña original lo sabía, así que la mayoría de las telas que le compraba eran negras o marrones.
Tras un momento de duda, sacó una tela negra.
Encontró unas tijeras, se sentó junto a la cama y empezó a cortar lentamente.
Chu Ziluo trajo de su habitación la tela de flores de color claro y la cesta que solía usar para sus labores de costura.
—Madre, no queda mucha tela.
Solo nos da para hacer dos pares de zapatos.
—Es suficiente.
—Ye Muyu tomó la tela y la observó.
Le pareció que el color no estaba mal.
Era de un tono claro, así que quedaría aún mejor si le bordaba algún motivo.
Sin embargo, cuando tomó la aguja y se dispuso a bordar siguiendo los recuerdos de la dueña original, Ye Muyu sintió que el movimiento no era fluido.
Aunque en sus recuerdos supiera cómo hacerlo, en la vida real, ella nunca antes había hecho labores de aguja…
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