Larga vida al Imperio Mexicano - Capítulo 2
- Inicio
- Todas las novelas
- Larga vida al Imperio Mexicano
- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 ¿Guardia y doncella
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Capítulo 2: ¿Guardia y doncella?
2: Capítulo 2: ¿Guardia y doncella?
Un hombre viejo revisaba cada parte de mi cuerpo mientras yo permanecía sentado en mi cama.
Después de tocarme por casi todos lados, finalmente se alejó de mí y se lavó las manos con agua mientras hablaba con mi padre, quien estaba sentado en una silla junto a la cama, con dos hombres de pie detrás de él.
—Su hijo se encuentra bien, don Pedro.
Aparte del golpe en la cabeza, parece no tener nada —dijo el doctor—.
Pero sugiero que se quede en cama por un tiempo.
—Entendido, doctor.
Gracias.
Puede retirarse; José lo acompañará afuera y le pagará —respondió mi padre.
Luego se volvió hacia un hombre detrás de él y añadió— Y cuando salgas, dile a esos dos que entren.
El doctor fue escoltado fuera por el hombre detrás de mi padre.
Un rato después de que se marcharon, entraron un joven y una niña que conocía desde pequeño; había jugado algunas veces con ellos.
—¡Leonardo!
Después de esto estás en grandes problemas.
Se te prohibirá salir de la hacienda, montar a caballo sin compañía y tus clases aumentarán —gruñó mi padre, aunque después se calmó—.
Además, ya conoces a Mateo Reyes, hijo de José.
Él será tu guardia y se encargará de que te mantengas a salvo a toda costa.
Cuando terminó de decir esto, Mateo dio un paso adelante e inclinó la cabeza antes de volver a su posición.
Mateo Reyes era un chico dos años mayor que yo, de piel bronceada, cabello castaño claro y ojos marrones; hijo de José Reyes, el hombre a cargo de los caballos.
—Y también María.
Ella se encargará de ayudarte mientras estés en cama —añadió mi padre.
La niña junto a Mateo dio un paso al frente, sostuvo los costados de su vestido y se inclinó, para después volver a su lugar.
Ella era María Morales, hija de James Morales, un hijo de irlandés nacido en Nueva España que fue abandonado; ahora era el capataz de la hacienda y la mano derecha de mi padre.
María, al igual que su padre, era una niña de cabello pelirrojo y rizado, ojos verdes y rostro redondo.
Siempre jugaba conmigo y con mis hermanos, por lo que la conocía bien.
—Ellos dos, de ahora en adelante, se encargarán de cuidarte, de que asistas a tus clases y de que no te escapes a los establos —dijo mi padre.
Luego, notando mi mirada perdida, ordenó— Ahora todos retírense.
Quiero hablar con mi hijo.
Una vez más, todos obedecieron.
Cuando la puerta se cerró y quedamos solos, mi padre se puso de pie junto a mi cama, mirándome sin decir nada.
Tras lo que pareció una eternidad, habló.
—¿Cómo te sientes?
—Bien, padre.
Solo tengo un ligero dolor de cabeza —respondí.
—Está bien.
No volverás a montar en un tiempo… Me alegra que estés bien —dijo mientras me daba la espalda y comenzaba a retirarse de la habitación.
Pero antes de que saliera, lo llamé.
—¡Padre, de hecho…!
Me gustaría hablarte de algo.
Posteriormente le relaté la gran mayoría de los recuerdos que no eran míos y sobre la guerra sangrienta que, en el futuro, llegaría hasta nuestra hacienda.
Omití detalles específicos, pero le di la idea general.
Cuando terminé —una hora más tarde— él seguía allí de pie, observándome.
Tras un par de minutos, habló.
Don Pedro me miró con una expresión seria.
—Leonardo, hijo… no sé qué está pasando contigo.
Pero debes tener cuidado.
No debes hablar de esto con nadie, ¿entendido?
Asentí.
—Entendido, padre.
Don Pedro se levantó y se fue, dejándome con mis pensamientos, hasta que Mateo y María entraron a mi habitación.
Rápidamente se acercaron y me bombardearon con preguntas sobre mi salud y sobre cómo había caído del caballo.
Satisfechos con mis respuestas, me dejaron descansar.
—Tu padre dijo que en dos días retomarás tus estudios, así que recupérate.
Estaremos afuera por si necesitas algo —dijo María antes de que ella y Mateo salieran.
Pensé que finalmente tendría un descanso, pero poco después de quedarme solo, las puertas se abrieron otra vez y entraron mis hermanos, abrumándome con abrazos sobre la cama.
Tenía dos hermanas y un hermano.
Mi hermana mayor, Elena Leonez, era tres años mayor que yo.
Era la primogénita de la casa Leonez, una pequeña dama elegante de cabello rubio oscuro, largo y recto, ojos azules claros y serenos, rostro ovalado con pómulos altos y complexión delgada.
Tomaba clases para comportarse como una dama recta y distinguida, pero era muy cariñosa y protectora con nosotros.
Mi hermano menor, Gabriel Leonez, tenía dos años menos que yo y era el tercer hijo de la familia.
Tenía cabello castaño oscuro, ojos marrones y un rostro redondo.
Era enérgico, como yo, pero con menos responsabilidades.
Y finalmente, mi hermana menor, Lucía Leonez, la más pequeña y cuarta hija de la familia.
Tenía cuatro años menos que yo, cabello rubio claro y rizado, ojos verdes y un rostro ovalado.
Todos me abrazaron preocupados.
Siempre habíamos tenido una buena relación y jugábamos juntos cuando había tiempo.
A pesar de mis pensamientos y problemas, los ignoré para disfrutar el momento con mis hermanos.
Platicamos y nos divertimos hasta que los llamaron a comer.
Todos, excepto yo, fueron al comedor; estaba obligado a quedarme en cama, así que María me trajo un plato y se quedó conmigo para que no me sintiera solo.
Solo hasta la noche, cuando estuve completamente solo, tuve tiempo de pensar en los recuerdos de mi vida pasada.
Me sentía confundido, como si hubiera vivido otra vida entera durante el tiempo que estuve inconsciente.
Pero decidí ignorar esa vida y centrarme únicamente en el conocimiento útil que había adquirido para superar las adversidades futuras.
Entonces me puse de pie y caminé a mi escritorio.
Saqué papeles, encendí una vela y empecé a escribir todo lo que podía recordar del futuro.
Parecía imposible olvidar algo así, pero aun así quería estar seguro, así que anoté lo más importante.
Pasó mucho tiempo hasta que la puerta de la habitación se abrió.
—¿Leonardo?
—preguntó María, que había entrado porque creyó escuchar un ruido—.
¡¿Qué haces despierto?!
Deberías estar descansando.
—Lo siento, María, pero esto es importante.
Una vez que acabe me iré a dormir —respondí.
—¡Pero…!
Está bien, pero acaba rápido.
Si don Pedro se entera de que estás despierto, me regañará —dijo, quedándose detrás de mí, de pie, mirando por encima de mi hombro lo que escribía—.
¿Qué significa “entrenamiento físico militar y fle… flexiones”?
¿Qué estás escribiendo?
—¿Ya aprendiste a leer, María?
—pregunté sorprendido; ella había tenido dificultades con la lectura.
—Todavía tengo problemas —respondió con un ligero sonrojo en el rostro.
—Entonces… ¿qué te parece si te enseño a leer y tú guardas este secreto para mí?
—¿En serio?
¿Harías eso por mí?
¡Claro que lo guardaré!
—dijo sonriendo.
Me quedé aturdido por un momento.
Su sonrisa me pareció linda y sentí mi rostro caliente; probablemente estaba sonrojado.
Pero entonces me paralicé.
¿Desde cuándo pensaba que una niña era linda?
Antes de mi accidente jamás habría pensado eso.
Y entonces recordé los recuerdos de mi otra vida, chicas tomadas de mi mano, abrazos, besos… y… y… Rápidamente me levanté del escritorio y corrí a mi cama, ocultándome bajo las sábanas.
—¡Lo siento, María!
¡Te enseñaré a leer otro día!
¡Buenas noches!
—grité desde debajo de las cobijas.
Escuché la puerta cerrarse un rato después.
Asomé la cabeza para ver si María se había ido.
Al confirmar que estaba solo, me preparé para dormir.
—Esto será más difícil de lo que pensé —murmuré antes de quedarme dormido.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Monschatten_ Hola, está es mi primera novela y agradecería sus opiniones y consejos sobre como mejorar.
Espero que les guste esta novela y la disfruten, saludos cordiales.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com