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Larga vida al Imperio Mexicano - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 Un año después camino a Veracruz
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24: Capítulo 24: Un año después, camino a Veracruz 24: Capítulo 24: Un año después, camino a Veracruz Punto de vista: Leonardo Leonez 11 de Noviembre de 1805  ———- Espero que esta carta te encuentre bien y que la distancia que nos separa aún no te haya hecho olvidar de mí, como yo no me he olvidado de ti.

Desde mi última carta me han pasado tantas cosas que me gustaría contarte, pero me limitaré y solo te relataré lo más relevante.

Hace unos días ocurrió algo muy divertido, mi madre y yo fuimos al mercado del Parián y encontramos un vendedor de frutas.

Compramos una cesta de fresas frescas; me las comí todas en el camino de regreso a casa, y cuando llegamos tenía los labios manchados de rojo.

También quería hablarte de las pinturas que te envié con esta carta.

Una es el paisaje de las montañas y la vida natural alrededor de Guanajuato, y la otra es un autorretrato mío, pintado frente al espejo tal como me sugeriste en tu última carta.

Lo hice especialmente para ti.

Me gustaría saber qué te parece, si te gusta o no; me encantaría saber que te hace sentir algo al verla.

Me encantaría mucho volver a verte, Leonardo.

Me gustaría que estuvieras aquí conmigo para que pudiéramos caminar juntos por el mercado y comer fresas frescas, pero sé que no es posible… al menos no por ahora.

Así que te enviaré mis pensamientos y mis sueños, y esperaré a que podamos volver a reunirnos pronto.

Tal vez dentro de algunos días realmente pueda ir a verte a Veracruz, si te envían para allá.

De cualquier modo, estaré esperando nuestro próximo encuentro.

Además, antes de que lo olvide, por favor envíame más de tus historias; siempre me entretienen y me suben el ánimo.

Te quiero más que nunca, Catalina de la Huerta ——— Actualmente estaba sentado en mi catre, en una tienda, con la carta de Catalina en mis manos.

Después de terminar de leerla la doblé para guardarla en mi chaleco.

Entonces mi atención se dirigió a las dos pequeñas pinturas de unos 20 x 35 centímetros junto a mí, encima del catre.

Una era un paisaje natural con montañas y algunas casas; la otra era un retrato de Catalina sentada frente a su lienzo en una habitación.

Mi sugerencia del “selfi” en nuestra época de 1805.

Desde que llegué a Jalapa había estado intercambiando cartas con mi prometida, Catalina.

Enviábamos por lo regular una carta al mes.

Al inicio, aunque ella no lo mencionara, podía notar en sus palabras que no estaba muy interesada en compartir correspondencia, por lo que llegué a la conclusión de que quizás fue obligada por su madre o su padre a mantener un mínimo de relación.

Al menos era lo que haría mi madre si estuviera en casa.

Por mi parte, me sentía culpable, así que me empeñé en continuar enviándole cartas.

Después de unos cuantos intercambios, nuestra interacción fue mejor, y unas cartas después ya platicábamos de nuestros días e intereses.

Ella me habló de sus pinturas, de su interés por la lectura y de su vida en Guanajuato.

Yo le contaba de mi gusto por la música, nuestro entrenamiento en el cantón y mis rutinarios días.

Entonces decidí aprovechar mis conocimientos del futuro para escribirle historias y cuentos que serían famosos mucho después.

A Catalina le encantaron y me pedía más.

Con el tiempo se volvió rutina que yo enviara cartas contando mis días junto con relatos e historias.

Catalina también me enviaba cartas relatando los suyos, además de las pinturas que hacía.

Así, nuestras conversaciones por carta se hicieron más amenas.

Hace un tiempo, Catalina me dijo que había conseguido un lindo vestido que deseaba mostrarme.

Recordando las selfis, le sugerí que se pintara con el vestido puesto frente al espejo, y parece que tomó mi idea al pie de la letra: esta vez me había enviado su autorretrato.

Tomé la pintura del catre para observarla.

Catalina seguía siendo una belleza: piel blanca como la leche, ojos marrones, cabello castaño rizado y una figura armoniosa.

Sin duda era una linda chica.

Con un suspiro me puse de pie y saqué un cofre debajo del catre.

Estaba lleno de cartas, pinturas y algunos libros.

Puse dentro las dos pinturas nuevas antes de cerrarlo.

Me levanté de nuevo y saqué la carta doblada para leerla otra vez.

Me acerqué a la entrada de la tienda y miré afuera.

Me encontraba en un campamento junto a tres mil hombres, a mitad de camino entre Jalapa y Veracruz.

El sol apenas empezaba a salir por el horizonte y algunos soldados ya estaban levantando el campamento o patrullando.

Me ajusté el cinturón con mi sable colgando.

Estaba a punto de volver a leer la carta cuando vi a un jinete acercarse, pero al notar que era Mateo continué mi lectura.

Sentí cómo se detenía junto a mí y desmontaba.

—Fue tal como predijiste.

El coronel quiere hablar con todos en una hora, antes de continuar nuestro camino a Veracruz —dijo Mateo.

—Era de esperar —respondí, desviando mi atención de la carta hacia él—.

Te ves ansioso por llegar a Veracruz.

—¿Cómo no voy a estar ansioso?

Escuché que hay muchas jóvenes guapas en Veracruz.

Quiero ver si lo que dijo el señor Carlos es cierto —negó con la cabeza—.

Jalapa resultó ser una gran decepción.

No pude evitar reír.

En Jalapa, Mateo encontró pocas —o ninguna— mujeres interesadas en él.

—Lo que dijo Carlos es cierto: las mujeres sí se interesan por un soldado, pero si no entiendes conceptos básicos de economía, tal vez no lo comprendas —dije.

—¿A qué te refieres?

—preguntó Mateo.

—Velo así: en Jalapa, cerca del 70 u 80 por ciento de la población son militares.

Si hay tantos soldados que ya es común ver cientos en las calles, solo eres uno más.

Las chicas difícilmente te notarán, sin contar que tienes mucha competencia.

Se trata de mercado y demanda.

Es gracioso: tu principal motivo para ir a Jalapa fueron las chicas, pero en cambio tu vida de mujeriego se redujo.

—Es lamentable.

Es una gran ironía —soltó un suspiro.

—¡Vaya!

Aprendiste el significado de ironía.

Tal vez no fue una pérdida de tiempo estar en Jalapa —me reí.

—¿Sabes qué otra cosa es una gran ironía?

—dijo, molesto, mirando la carta—.

Que todo este tiempo no hayas visto a tu prometida mientras se escribían cartas, pero por otro lado, la señorita Colette te haya visitado cuatro veces en el cantón.

Cuando mencionó eso, mi risa cesó.

Miré una última vez la carta antes de guardarla en mi chaleco.

Luego levanté la vista hacia el sol para reflexionar sobre Colette.

Lo que estaba pasando entre ella y yo se había salido de control.

En un inicio solo quise burlarme de Colette y molestarla, pero era tan encantadora que no pude resistirme.

Pensé que podría divertirme un poco antes de separarme de ella, que sería una distracción momentánea… algo fugaz.

Pero caí profundamente en un abismo con Colette.

No pude trazar la línea entre diversión y algo más.

Al final, me encariñé con ella, y cuando me di cuenta, ya era muy tarde.

Me gustaba pasar tiempo con ella y me preocupaba por ella.

Ya no podía sacarla de mi vida.

Durante todo este tiempo nos tratamos como amigos: compartíamos correspondencia y ella me visitaba en el cantón.

Solo platicábamos y pasábamos el tiempo cómodamente, pero al terminar la conversación yo no podía evitar acercarme, abrazarla, tocarla y besarla.

Todo esto era posible porque su padre quería que Colette me sedujera para casarnos.

La obligaba a buscarme constantemente y mantener una buena relación.Y Colette le decía a su padre que podía convencerme, pero que necesitaba tiempo.

Eso también formaba parte de su plan para que no la obligara a casarse y ganar tiempo para escapar con su hermano.

Esto funcionaba porque mi compromiso con Catalina era un secreto que solo pocos conocían.

Por lo tanto, su padre no lo sabía… pero tampoco se lo había contado a Colette.

En este tiempo ella me había contado toda su historia desde pequeña, sus secretos y su plan de escape.

Yo también le conté muchas cosas, pero aún le ocultaba mis conocimientos del futuro y mi compromiso con Catalina.

En este punto era innegable mi amor por ella y nuestra conexión profunda.

Ninguno de los dos había confesado nada; tratábamos lo nuestro como una aventura de pasión y deseo, pero ambos sabíamos que ya había afecto y amor de por medio.

Pero ¿qué podía hacer?

Mi compromiso ya estaba decidido con la familia de la Huerta.

Aunque cancelarlo sería una ofensa para esa influyente familia y casarme con Colette también era una opción… si ella escapaba, el plan de mi padre para establecer una alianza poderosa quedaría arruinado.

Debía elegir entre el amor y una alianza para sobrevivir a la guerra de independencia.

Lamentablemente, ya había tomado una decisión desde que salí de mi casa hace un año: casarme con Catalina y su rica familia para tener el apoyo de las minas de Guanajuato.

Aun así… decidí disfrutar mi tiempo con Colette mientras durara, antes de mi matrimonio con Catalina.

—Leonardo, lo lamento.

No debí mencionarlo —dijo Mateo, sacándome de mis pensamientos.

—No te preocupes.

Pásame mi casaca que está sobre la mesa.

Es hora de que vayamos a ver al coronel Ortiz —respondí, señalando la mesa al fondo de la tienda.

Después de poco más de un año, todo se estaba complicando rápidamente y faltaba poco para que el caos en Europa envolviera al virreinato.

Tres regimientos enviados a Veracruz eran prueba de que los problemas se asomaban en el horizonte.

No había tiempo para pensar en chicas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Monschatten_ ¿Tienes alguna idea acerca de mi historia?

Coméntalo y házmelo saber, me ayudas mucho con tu comentario.

¡Gracias por leer mi historia!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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