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Larga vida al Imperio Mexicano - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 La calma antes de la tormenta
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31: Capítulo 31: La calma antes de la tormenta 31: Capítulo 31: La calma antes de la tormenta Punto de vista: Tercera persona 21 de septiembre de 1807 Kingston, colonia británica  En el bullicioso puerto de Kingston, la actividad cotidiana de trabajadores, vendedores y comerciantes se mezclaba con la constante vigilancia de los soldados británicos que patrullaban las calles, asegurando el orden y la estabilidad.

Sin embargo, en aquellos días la presencia militar era inusualmente alta, generando una atmósfera cargada de tensión.

Seis imponentes navíos de guerra de línea con tres cubiertas habían atracado hacía tres días y, desde entonces, miles de soldados habían desembarcado para descansar y reabastecerse.

En la sede de gobierno de Kingston, una amplia oficina iluminada por la luz que se filtraba a través de las altas ventanas albergaba una reunión de oficiales militares, almirantes y políticos locales.

En el centro de la habitación, una gran mesa sostenía varios mapas detallados del puerto de Veracruz y sus alrededores, marcados con anotaciones y rutas de ataque.

—Solo podrás contar con tres fragatas y mil soldados adicionales; no puedo dejar el puerto indefenso —declaró con firmeza un hombre mayor vestido con un elegante traje político.

—Será suficiente —respondió el oficial británico al mando, cuya voz resonó con seguridad.

El teniente general Edward Hastings, un hombre alto y fornido de poco más de treinta años, con cabello castaño y un bigote meticulosamente cuidado, se erguía imponente en su deslumbrante uniforme rojo y blanco adornado con galones dorados.

—¿Suficiente?

¿Planeamos atacar uno de los puertos mejor defendidos del Imperio Español con solo catorce mil hombres?

¿Realmente crees que será suficiente?

—cuestionó un almirante, arqueando una ceja con escepticismo.

Un comerciante elegantemente vestido, con una sonrisa arrogante, intervino.

—No se preocupen.

Mis contactos en el virreinato aseguran que las defensas estarán debilitadas para cuando lleguemos.

Esta invasión será un éxito.

—Más vale que así sea —replicó un oficial con un suspiro—.

Este plan ha debilitado las fuerzas que el teniente general John Whitelocke necesitaba para su campaña en el sur.

—Todo saldrá bien, tomaremos Veracruz antes de que tengan tiempo de reaccionar —proclamó Hastings con confianza—.

Zarparemos en cinco días; el resto de la flota ya nos espera a cincuenta millas al este.

Llegaremos a Veracruz a inicios de octubre y luego iniciaremos nuestro ataque.

¡Por el Imperio Británico!

—¡Por el Imperio Británico!

—corearon los oficiales con fervor.

Una vez terminada la reunión, todos comenzaron a salir de la habitación a excepción del teniente general Hastings y el almirante Thomas Pembroke, quienes tomaron asiento junto a la mesa, mientras un sirviente les servía a ambos un vaso de whisky.

—General, si se me permite —preguntó Pembroke, acercándose—.

¿Por qué Veracruz?

La última vez escuché que nos centraríamos en la invasión al virreinato del Río de la Plata.

Centrarse en Nueva España parece incongruente.

—Los planes cambian siempre, almirante —contestó Hastings—.

Pero si necesita una respuesta…

algunas personas influyentes presionaron para apoderarnos del norte de Nueva España, sin contar que debemos debilitar al Imperio Español, que se ha aliado con Napoleón.

—¿El desolado norte de Nueva España?

—preguntó Pembroke.

—Parece que algo ahí ha llamado la atención de ciertos miembros del Imperio.

—Bueno, en ese caso, más vale que tengamos éxito.

Ciudad de México, Capital del Virreinato de la Nueva España Dentro de un carruaje escoltado por varios guardias, cuatro jóvenes mujeres viajaban rumbo a Veracruz, la conversación fluía entre ellas mientras el traqueteo de las ruedas marcaba el ritmo del trayecto.

—Señorita Elena, esta fiesta a la que vamos…

¿Quién dices que es el anfitrión?

—preguntó Catalina, la joven de cabello castaño rizado, sentada frente a Elena.

Elena esbozó una sonrisa juguetona antes de responder.

—Catalina, eres la prometida de mi hermano, así que llámame simplemente Elena.

Y sobre tu pregunta, el baile lo organiza la familia Dupont en Veracruz.

Catalina abrió los ojos con emoción.

—¿Entonces es posible que veamos a Leonardo en esta fiesta?

En su última carta mencionó que estaba cerca de Veracruz… Tal vez pueda volver a verlo.

—Por supuesto, ese es el principal motivo por el que te invité —respondió Elena con un tono amable, pero con una chispa de travesura en los ojos—.

Sé que no ha tenido tiempo de visitarte, así que pensé que esta sería una buena oportunidad para que se reúnan.

—Te agradezco la consideración —dijo Catalina con una sonrisa.

—No me agradezcas, es lo que una cuñada debe hacer.

Elena le devolvió una sonrisa cálida, pero por dentro no podía ocultar una satisfacción maliciosa.

En realidad, estaba bastante molesta con Leonardo.

Cuando él partió para unirse al ejército, le prometió que regresaría a visitarlos, pero en todo ese tiempo no se había dignado a volver ni una sola vez, ni para verla a ella ni al resto de la familia.

¿Y qué había descubierto recientemente?

Que sí se tomaba el tiempo de visitar con frecuencia a la señorita Colette Dupont.

Oh, su querido hermano estaba demasiado ocupado para visitar su hogar, pero no para frecuentar a una amante.

Al principio, Elena había sido comprensiva, entendía que él tenía muchas responsabilidades y por eso ignoró los rumores sobre sus amoríos.

Incluso llegó a justificarlo un poco.

Pero ahora… ahora estaba francamente enojada.

Sabía que su molestia era algo infantil, pero no podía evitarlo.

Si Leonardo tenía tiempo para ciertas visitas, entonces ella tenía todo el derecho de hacerle una pequeña “broma”.

Por eso había organizado todo con especial cuidado.

Sentada en el carruaje, rodeada por Catalina, la prometida de Leonardo, María, la sirvienta con un apego casi obsesivo y Ana, la chica con la que había entrenado y a la que Leonardo besó antes de desaparecer sin dejar rastro… Elena sonrió para sí misma.

Y si sus fuentes no le fallaban, faltaba una más: Colette Dupont, la amante de su hermano, la única a la que había visitado con regularidad.

—Oh, Leonardo, querido hermano…

prepárate, porque tendrás una noche que no olvidarás —pensó con diversión, conteniendo la risa.

—Sin duda, será una reunión interesante —murmuró, mirando por la ventana del carruaje mientras la ciudad quedaba atrás, adentrándose en el camino que llevaba a Veracruz.

Veracruz, pueblo de Alvarado Leonardo despertó con los primeros rayos del sol que se filtraban a través de la lona de su tienda.

Se estiró para desentumecer los músculos antes de ponerse en pie.

Afuera, el campamento ya cobraba vida, los soldados formaban filas en el centro del terreno.

Leonardo se vistió con su uniforme de capitán, la casaca azul oscuro con galones dorados, la pechera roja con botones de oro y la faja ceñida a la cintura, y salió para inspeccionar la formación de sus hombres.

Durante los últimos meses había consolidado su posición como líder.

Sus soldados, aunque al principio reacios a aceptar a un capitán tan joven, ahora lo veían con respeto.

Había impuesto disciplina con mano firme, pero también ofrecido recompensas.

Su entrenamiento estaba inspirado en las técnicas militares que recordaba de su otra vida, más modernas y efectivas que las de la Nueva España.

Al principio aquello le trajo mucha desaprobación entre sus hombres, pero cuando comenzó a ofrecer cerveza de su propio bolsillo como recompensa por el esfuerzo, se ganó su aprobación.

En comparación con otras compañías que se limitaban a holgazanear mientras vigilaban y enviaban una patrulla ocasional; la 9.ª compañía de Leonardo tenía un horario estricto, ejercicio físico por la mañana, seguido de práctica de formaciones grupales y finalmente, combate cuerpo a cuerpo con mosquete.

Mientras observaba los ejercicios desde la entrada de su tienda, un soldado con una bandolera al hombro se acercó y le entregó una carta.

—Capitán, hay correo para usted.

—Buen trabajo —respondió Leonardo, tomando el sobre y rompiendo el lacre con destreza— puedes retirarte.

Dentro estaba la confirmación de la invitación al baile de la familia Dupont.

Ya sabía de antemano que asistiría, pero lo que realmente llamó su atención fue la nota adjunta de su padre informándole que su hermana Elena había viajado a Veracruz unos días antes.

Su familia había adquirido una pequeña propiedad en la ciudad, donde se hospedarían hasta el evento.

Según sus cálculos de él, Elena debía estar a punto de llegar.

Leonardo dobló la carta y miró alrededor.

Sabía que Mateo podía encargarse del campamento en su ausencia; lo vio dando órdenes y asintió con satisfacción.

—Ensillen mi caballo —ordenó a un soldado antes de entrar a su tienda.

Caminó hacia su escritorio por su sable y su pistola.

Mientras ajustaba su equipo, Mateo apareció en la entrada.

—Diez jinetes te escoltarán a Veracruz —anunció su segundo al mando, sentándose en el catre—.

¿Seguro que no puedo acompañarte?

—Ya lo hablamos, Mateo.

Te quedarás al mando hasta que regrese.

Mateo suspiró, pero asintió.

—Está bien.

Yo me encargaré.

Me aseguraré de que todos se mantengan en orden.

Leonardo avanzó hacia la salida de la tienda, pero se giró antes de cruzar.

—Por cierto… el señor Alberto del pueblo habló conmigo en la última misa.

—¿Qué Alberto?

No conozco a nadie con ese nombre —Mateo se tensó.

Leonardo negó con una sonrisa divertida.

—El dueño de la panadería que visitas cada tres días.

Dice que, si quieres ver a su hija otra vez, primero tendrás que casarte con ella.

Hasta entonces, te sugiere que la dejes en paz.

Mateo desvió la mirada y murmuró una maldición.

—Está bien —dijo al fin, a regañadientes.

Leonardo salió de la tienda y se dirigió hacia los jinetes que lo esperaban fuera del campamento.

Montó su caballo y dio una última mirada al lugar antes de partir.

—¡Vamos!

Quiero llegar lo antes posible —ordenó.

El grupo de caballería comenzó a galopar en dirección a Veracruz.

Leonardo cabalgó a paso acelerado junto a su escolta durante varias horas hasta divisar la ciudad.

Una vez que llegaron a la ciudad portuaria, Leonardo y su grupo trotaron por las calles hasta acercarse a la casa que su padre había mencionado en la carta.

Leonardo observó que había un carruaje frente a la entrada, y varios sirvientes descargaban maletas y las llevaban hasta la puerta.

Cuando se aproximaron, una joven de cabello castaño salió a recibirlos.

Caminaba con un porte elegante.

Era su hermana Elena.

—Disculpe, capitán, ¿ha visto usted al idiota de mi hermano?

—preguntó ella con una sonrisa.

Leonardo ignoró el comentario y desmontó de inmediato.

Corrió hacia Elena y la abrazó con fuerza, tomándola por sorpresa.

—¡Leonardo!

—exclamó ella—.

¿Qué estás haciendo?

—Te he extrañado mucho, hermana —dijo él sin soltarla—.

No sabes lo difícil que es estar solo lejos de casa.

Extraño la hacienda… habría sido bueno que me hubieran desplegado cerca de Guadalajara.

—Yo… yo también te extrañé, hermano —respondió Elena en un tono bajo mientras lo abrazaba.

Al verlo así y escuchar sus palabras, comprendió que había malinterpretado a Leonardo.

De inmediato sintió un profundo arrepentimiento por lo que había estado planeando.

—¡Leonardo!

Una voz interrumpió el abrazo.

Ambos voltearon, y Leonardo sintió confusión seguida de pánico cuando su mirada se encontró con una hermosa chica de cabello castaño rizado.

—¿Catalina?

¿Qué haces aquí?

—preguntó, separándose de Elena.

—Vengo a verte, por supuesto —contestó feliz Catalina, acercándose para saludarlo.

Leonardo se recompuso de inmediato, ocultando su nerviosismo.

Tomó la mano de su prometida y la besó con delicadeza.

Catalina bajó la mirada, sonrojada.

—Me alegra verte, Catalina —dijo él con una expresión impasible.

—A mí también me alegra, Leonardo —respondió ella con una sonrisa—.

Estoy feliz de que Elena me haya invitado.

Leonardo miró brevemente a su hermana antes de indicarle a sus hombres que se encargaran de los caballos.

Luego acompañó a Elena y a su prometida hacia el interior de la casa.

——————– Glosario – Datos Primera Invasión Inglesa al Virreinato del Rio de la plata (1806): En junio de 1806 una expedición británica al mando del comodoro Sir Home Riggs Popham y el teniente general William Carr Beresford desembarcó cerca de Buenos Aires.

Aprovechando la debilidad militar del virreinato, tomaron la ciudad sin mucha resistencia el 27 de junio.

Hasta el 12 de agosto de 1806, cuando una fuerza criolla y española dirigida por Santiago de Liniers retomó Buenos Aires.

Segunda Invasión Inglesa al Virreinato del Rio de la plata (1807): En febrero de 1807 los británicos atacaron Montevideo, esta vez con un ejército mayor comandado por el teniente general Sir Samuel Auchmuty.

Posteriormente, en julio retomaron el intento sobre Buenos Aires bajo el mando de John Whitelocke.

Capitulación de Whitelocke: El 7 de julio de 1807, tras sufrir enormes pérdidas y sin lograr someter la resistencia civil y militar, el general Whitelocke aceptó capitular ante Buenos Aires.

El tratado obligó a los británicos a evacuar Montevideo y abandonar toda pretensión en la región.

########## He estado pensando mucho en esta historia.

Al principio no tenía intención de continuarla, incluso consideré reescribirla desde cero, pero finalmente decidí que quiero terminar lo que empecé.

Gracias por haber seguido aquí a pesar de la pausa.

Esta semana organizaré mi calendario para definir en qué días subiré nuevos capítulos.

Gracias por su apoyo y por seguir leyendo mi historia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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