Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Larga vida al Imperio Mexicano - Capítulo 32

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Larga vida al Imperio Mexicano
  4. Capítulo 32 - 32 Capítulo 32 Reuniones
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

32: Capítulo 32: Reuniones 32: Capítulo 32: Reuniones Punto de vista: Tercera persona Veracruz, Residencia de Leonez Después de las primeras emociones, guiaron a Leonardo al salón principal.

El resto de la tarde se les escapó sin que lo notaran, envueltos en conversaciones que iban desde anécdotas familiares hasta el tiempo que Leonardo había pasado con el ejército, y finalmente cenaron juntos más tarde, todavía inmersos en la charla.

Cuando terminaron, Elena acompañó a Leonardo por los pasillos de la casa.

La pequeña mansión de muros gruesos y techos altos estaba hecha para resistir el calor húmedo del puerto.

Tenía pisos de madera oscura, arcadas sencillas y ventanas amplias con celosías de madera tallada que dejaban pasar la brisa marina.

—Esta será tu habitación —dijo Elena mientras entraba en una habitación con él siguiéndola.

Leonardo entró en la habitación mirando lo espaciosa que era, después de cabalgar durante medio día y hablar la otra mitad no quería nada más que dejarse caer en la cama y dormir.

Pero antes de que pudiera siquiera sentarse en la cama, vio como Elena cerraba la puerta con ella todavía dentro.

—Tenemos que hablar —dijo Elena con una mirada seria.

—Suena grave.

—Lo es…

—finalmente habló después de pensar bien sus palabras— creo que deberías dejar de ver a Colette.

—Sabía que tarde o temprano sacarías ese tema.

—Pues ya llegó el momento, tienes que dejar de verla, a menos que quieras decirle a Catalina que tienes un amante antes de la fiesta —dijo Elena, burlándose un poco— tal vez lo acepte y no rompa el compromiso, seguro que Colette ya acepto ser tu amante al saber de tu compromiso.

—Es posible…

que aún no lo sepa —respondió Leonardo en un susurro que Elena escuchó.

—Leonardo, en este momento te encuentro repulsivo.

Leonardo se encogió de hombros, avergonzado.

Sabía que lo que hacía con Colette estaba mal; era consciente desde el principio, pero aun así terminó encariñándose con ella… más de lo que jamás imaginó.

Se había enamorado, y ese era el problema.

Tenía miedo.

Miedo de que, en cuanto le confesara que estaba comprometido, Colette se apartara de él para siempre.

—¿Y si…?

Escúchame antes de regañarme.

¿Y si no me caso con Catalina?

¿Y si… me caso con Colette?

Elena parpadeó.

Luego soltó una carcajada incrédula.

—Dime que estás bromeando.

Por favor, dímelo.

—Elena… —¡No!

Estás pensando con tu miembro, Leonardo.

Y eso, en esta casa, no se puede permitir.

Leonardo se puso de pie, algo a la defensiva, aunque sin levantar la voz.

—Elena, solo estoy diciendo que…

—No.

No lo estás pensando.

Lo estás sintiendo porque Colette te tiene la cabeza revuelta, pero ella ya no es una opción, lo fue antes, pero ya hiciste tu elección en el pasado.

Catalina viene de una familia seria, estable, y te aprecia de verdad.

Colette es… ahora solo es un problema.

Leonardo no respondió, sus ojos bajaron al suelo, intentando buscar una solución.

—Hermano… no quiero que cometas un error en este momento.

Y menos por un capricho.

—No es solo un capricho, lo sé, pero…

—No importa, tal vez la ames, tal vez solo sea lujuria, pero desde mañana mismo, mientras Catalina esté en Veracruz, saldrás con ella todos los días.

La acompañarás, la tratarás con respeto, y en cuanto a Colette… —Hablare con ella —dijo Leonardo, mirando a los ojos a Elena— Lo entiendo Elena, hay mucho en juego con mi matrimonio, en especial en el futuro próximo.

El rostro de Elena se mostró conflictivo, se mordió el labio antes de acercarse a Leonardo abrazándolo.

—Lo lamento, Leonardo —dijo Elena con un suspiro—, pero en estos tiempos, y con los planes que padre y tú tienen, no podemos darnos el lujo de cometer errores.

—…Lo sé, hermana.

Elena también sabía que aquello era injusto, pero desde que su padre y su hermano habían empezado a planear levantarse en armas contra el Imperio español, vivían al borde del abismo; un solo paso en falso bastaba para que toda la familia fuera arrestada, ejecutada y sus propiedades confiscadas.

Aun abrazándolo, Elena murmuró.

—Me comprometí.

—¿¡Qué!?

—Leonardo se separó de golpe, mirándola a los ojos.

Elena solo le devolvió una pequeña sonrisa.

—¿Qué?

¿Quién?

¿Cuándo?

—preguntó, completamente desconcertado.

Elena soltó una risa ligera.

—¿Pensabas que eras el único que se sacrificaba por la familia?

Padre, madre y yo también hacemos nuestra parte.

Lo tomó de la mano y lo guio hacia la cama, donde ambos se sentaron.

Leonardo se separó de Elena para verla a los ojos, pero ella solo le dedico una sonrisa.

—¿Qué?

¿Quien?

¿Cuándo?

—Leonardo preguntó confundido, lo que solo le gano una risa de Elena.

—Sabes, no eres el único que se está esforzando por nuestra familia, padre, madre y yo hacemos nuestro esfuerzo.

—No puedo hacer tanto como ustedes, pero… padre habló con el obispo para que me dieran un puesto de maestra, pensé que sería un buen entrenamiento para el futuro —Hizo una pausa, respirando hondo—.

Y padre lleva meses desesperado buscando una forma de conseguir mosquetes.

Hace un tiempo apareció una oportunidad; un comerciante prusiano ofreció una gran cantidad de mosquetes.

Era un trato arriesgado, así que… se llegó al acuerdo de que yo me casaría con su hijo.

—¡No!

No tienes que hacer eso, encontraremos otra manera —interrumpió Leonardo, apretando su mano.

Elena lo detuvo con un toque suave.

—Quiero ayudar a nuestra familia —dijo con firmeza—.

Además… conocí a Heinrich hace unos meses.

Es un hombre amable y me trata bien, aunque su español es terrible.

—Pero hermana…

—Cállate, Leonardo —lo cortó, aunque su tono seguía siendo afectuoso—.

Es mi decisión.

Un leve rubor apareció en sus mejillas —Y además… es bastante guapo.

No le dio tiempo de objetar más.

—Hablaremos de esto en otro momento.

Necesitas descansar.

Leonardo quería insistir, pero la verdad era que estaba agotado, Elena se puso de pie y antes de salir, agregó con una sonrisa maliciosa.

—Por cierto, traje a María y a Ana conmigo.

Hoy lograron evitarte, pero mañana tendrán su reunión feliz.

He entrenado bien a esas chicas… estoy segura de que te sorprenderán.

Aunque tú sigues muy presente en sus pensamientos, eres un tentador hermano.

Elena se retiró después de un suspiro, y Leonardo quedó inmóvil unos segundos, aturdido por todo lo que había escuchado.

Las imágenes de María y Ana se cruzaron por su mente, pero terminó desechándolas.

Necesitaba dormir, era parte de su rutina levantarse temprano, pero mañana dormiría hasta tarde.

Al día siguiente, unos golpes suaves despertaron a Leonardo.

La luz apenas asomaba por las ventanas cuando escuchó una voz que le resultó familiar, aunque no lograba ubicarla.

—¿Señor Leonardo?

—preguntó una voz femenina, suave y ligeramente nerviosa—.

Ya es hora del desayuno.

Leonardo parpadeó un par de veces, aún adormilado, antes de levantarse y abrir la puerta.

Frente a él había una joven con una falda larga azul y una camisa blanca con volantes; pero lo primero que captó su atención fue el cabello pelirrojo, los ojos verdes y el rostro salpicado de pecas.

—¡María!

—exclamó, sorprendido.

—¡Leo!

—respondió ella con una sonrisa espontánea, que enseguida ocultó bajo una expresión profesional—.

Señor Leonardo, disculpe.

Su hermana pidió que viniera a buscarlo.

A él le resultó extraño escucharla hablarle así.

Años atrás corrían juntos por los patios de la hacienda sin preocuparse por las formas.

Ahora comprendía a qué se refería Elena cuando dijo que había “entrenado” a María y Ana.

Y de pronto sintió curiosidad por ver en qué se había convertido Ana.

No le gustaba del todo esta versión rígida y profesional de María; prefería a la chica alegre y luminosa que recordaba.

Y, por un instante, se preguntó si sería capaz de romper esa máscara… como cuando ella había dejado escapar aquella sonrisa sincera al verlo.

Con una sonrisa traviesa, Leonardo dio un paso hacia ella.

La rodeó con los brazos y la levantó del suelo.

—¡María, me alegra verte!

Después de tanto tiempo… te extrañaba.

María soltó un pequeño grito, más de sobresalto que de miedo.

Cuando él la dejó en el suelo, su rostro pecoso estaba completamente rojo, los ojos muy abiertos… para diversión de Leonardo.

—¡E-el desayuno está listo en el comedor!

—chilló antes de salir corriendo por el pasillo, doblando una esquina y desapareciendo con rapidez.

Leonardo no pudo hacer más que sonreír.

Solo entonces se dio cuenta de que seguía en ropa de dormir, pantalones cortos y una delgada camisa de lino.

Restándole importancia, volvió a su habitación para ponerse el uniforme.

Había sido un buen primer reencuentro con María, ahora esperaría hasta que se le pasara la vergüenza para volver a hablar con ella.

Ahora vestido con su uniforme se dirigió al comedor.

Leonardo bajó los primeros escalones con el uniforme de capitán, todavía pensando en la reacción de María.

El pasillo olía a madera encerada y café recién hecho.

Apenas dobló la esquina, escuchó pasos rápidos, entonces la vio.

Ana venía por el corredor con la barbilla en alto, botas de montar hasta la rodilla, pantalones negros ajustados y una camisa blanca que dejaba ver su escote un poco más de lo normal.

El cabello castaño rizado y voluminoso estaba recogido de forma práctica, aunque un par de mechones rebeldes le caían a los costados, sin embargo, su mirada marrón, intensa, feroz, seguía igual.

Ana se detuvo en seco al verlo, su rostro no mostró sorpresa, pero sí una contracción leve en la mandíbula, casi imperceptible.

—…Leonardo.

Él sonrió, tranquilo.

—Ana…

Has cambiado.

Ella respiró hondo.

—Todos cambiamos —contestó con una voz firme, un poco más grave que antes—.

Aunque pensé que te vería más tarde.

Había cierta tensión, como si Ana fuera cautelosa, pero Leonardo sabía que tenía derecho a estarlo.

Él caminó hacia ella.

—Te ves bien.

—dijo con naturalidad.

Sus ojos se abrieron un instante, apenas un segundo, antes de volver a clavar la mirada en él.

—Entrenando.

Ya sabes cómo es —dijo con voz seca, pero no agresiva.

Un silencio breve se extendió entre los dos.

Ana bajó la mirada por un instante, respiró, y al volver a levantarla había recuperado algo de su antigua firmeza, esa que siempre usaba cuando entrenaban juntos.

—La última vez que te vi no pude… —se detuvo.

Ella parecía haber chocado con un recuerdo que no quería nombrar— No importa, fue hace mucho.

Leonardo comprendió de inmediato de qué hablaba, pero no presionó.

No podía permitirse herirla otra vez.

—Tenemos tiempo para hablar, si quieres —dijo en tono sereno.

Ana frunció los labios, como si algo dentro de ella dudara entre aceptar o huir otra vez.

Entonces habló mientras retomaban el paso hacia el comedor.

—Tal vez —fue todo lo que concedió.

Leonardo se limitó a seguirla.

—Y por cierto… —dijo sin mirarlo, pero con un dejo de orgullo—.

Si hoy volviéramos a entrenar, estoy bastante segura de que te ganaría.

Él arqueó una ceja, divertido.

—¿Ah, sí?

Te veo confiada.

Ana soltó un resoplido que casi fue una risa, pero no del todo.

—No soy la misma —replicó—.

Y tú tampoco, quiero ver cuánto has mejorado.

Eso no lo dijo como un reproche, sino como un reconocimiento.

Mientras caminaban, Leonardo bajó un instante la mirada.

Los pantalones de Ana marcaban la forma de sus piernas esbeltas y bien formadas.

No podía evitar notarlo.

Una mujer usando pantalones en esta época era tan raro como ver un unicornio.

Ana por supuesto que lo vio; giró hacia él con una sonrisa mínima, una mezcla de peligro y orgullo.

—Mirada al frente, Leonardo —dijo en tono bajo, pero firme—.

No seas idiota.

Leonardo soltó una exhalación que casi fue una carcajada.

—Lo lamento, me preguntaba si sigues haciendo ejercicio.

—Claro —dijo Ana sin creerle, volviendo la vista al frente— Te mostraré cuanto he mejorado, en el patio cuando entrenemos.

Llegaron al final del pasillo, se escuchaban voces en el comedor.

Antes de entrar, Ana se giró apenas.

—Te extrañé.

Leonardo se quedó quieto un instante.

La palabra le golpeó más fuerte de lo que habría querido admitir, sonrió y la siguió hacia el comedor.

Mientras caminaba detrás de ella, sintió cómo algo dentro de él se aflojaba.

Tal vez era alegría… o más bien una mezcla rara de alivio y hogar.

Había pasado demasiado tiempo lejos desde que se unió al ejército, lejos de casa solo con Mateo y Colette para hacerle compañía.

Ahora, ver otra vez a su hermana, a sus amigos… lo reconfortaba más de lo que esperaba.

Le recordaba y reforzaba su determinación de seguir adelante.

Le faltaba ver a sus padres y a sus hermanos pequeños, pero por primera vez en meses sentía que volvía al camino correcto.

Aunque la presión no desaparecía.

Sabía que debía hablar con Colette pronto.

La fiesta de los Dupont era en una semana, y no podía seguir postergándolo.

Cada día que pasaba sin decirle la verdad solo hacía el nudo más grande.

Pero tal vez lo haría mañana…

o pasado mañana, Leonardo encontraría tiempo.

——————– Glosario – Datos Veracruz en 1807 – Puerto del Imperio Español: En 1807, Veracruz era el principal puerto comercial de la Nueva España y la puerta de entrada al Atlántico.

Era una ciudad amurallada, fuertemente protegida por el Castillo de San Juan de Ulúa, considerado uno de los fuertes más importantes de América.

Su clima tropical y su ubicación lo convertían en un punto clave para el comercio con España y para el desembarco de tropas, pero también lo hacía vulnerable a enfermedades como la fiebre amarilla.

El tránsito constante de barcos mercantes y militares lo mantenía siempre activo, y su puerto era el más vigilado ante el temor de incursiones extranjeras, especialmente británicas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Monschatten_ ¿Tienes alguna idea acerca de mi historia?

Coméntalo y házmelo saber, me ayudas mucho con tu comentario.

¡Las piedras de poder me ayudan a saber si te gusta!

¡Gracias por leer mi historia!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo