Larga vida al Imperio Mexicano - Capítulo 33
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33: Capítulo 33: El inicio del caos 33: Capítulo 33: El inicio del caos Veracruz, 5 de octubre de 1807 Tercer punto de vista Elena caminaba con paso rápido hacia el patio de la mansión, siguiendo el sonido del acero chocando una y otra vez.
Al llegar, vio a Leonardo y a Ana envueltos en un duelo feroz, girando alrededor del otro sobre la arena marcada por pisadas y golpes.
Quiso llamar su atención, pero decidió esperar.
Con ellos dos, interrumpir a mitad del combate no era una opción inteligente.
Unos minutos después, el choque de metales cesó.
El sable de Leonardo quedó apuntando al cuello de Ana, a escasos centímetros.
—Bueno… eso deja el marcador cuarenta y dos a mi favor y veintisiete al tuyo —dijo Leonardo entre jadeos.
—No te pongas arrogante, Leo —replicó Ana con un suspiro—.
Si tuviera mi espada ropera, no te iría tan bien.
Leonardo estaba por contestar cuando la voz de Elena cortó el aire como un cuchillo.
—Ana, ve a prepararte para la noche.
—¿Qué?
¡Pero si apenas estamos calentando!
—protestó Ana—.
Danos unos… —Ahora.
La mirada de Elena no dejó espacio para discusión.
Ana se encogió de hombros, guardó la espada y se retiró.
Leonardo también enfundó la suya, con intención de escabullirse hacia su habitación, pero se detuvo al sentir la mirada helada de su hermana.
—¡Leonardo Leonez!
—dijo Elena con voz firme y fría—.
Imagino que ya estás preparado para la fiesta de esta noche, ¿verdad?
—Claro, ya estoy… —Y supongo que también ya hablaste con esa chica, Colette.
Leonardo se quedó callado.
Elena llevaba días insistiendo en que hablara con Colette antes de la fiesta, pero Leonardo había evadido el tema, ocupándose con Catalina, los entrenamientos con Ana y cualquier otra cosa que evitara enfrentar lo inevitable.
—Es problema tuyo, Leonardo —Elena suspiró, aunque la dureza no se le fue del rostro—.
Tú te encargarás de eso.
Solo asegúrate de no hacer una escena.
Se dio la vuelta con un movimiento seco.
—Ahora vete a vestir.
No falta mucho.
Y sin más, Elena se marchó hacia su habitación, dejando a Leonardo con la espada en la mano, el sudor en la frente y una sensación creciente de que esta noche nada saldría bien.
Leonardo regresó a su habitación con pasos rápidos, todavía sintiendo la adrenalina del duelo en los brazos.
Cerró la puerta detrás de él y soltó un largo suspiro.
Dejó el sable sobre la mesa.
No tenía tiempo para relajarse, pero tampoco podía ir a la fiesta oliendo a sudor y polvo de entrenamiento.
Se dio un baño rápido para quitarse la suciedad y despejarse.
Al terminar, se vistió con su uniforme de capitán y revisó su reflejo en el pequeño espejo.
Su cabello estaba largo con una media melena con sus afilados ojos verdes, en una postura recta, y con rostro orgulloso.
Salió de la habitación y descendió las escaleras con paso tranquilo, todavía acomodándose el cuello del uniforme.
Al llegar al salón principal, lo encontró vacío.
Ni rastro de Elena, Catalina o Ana… lo cual solo podía significar que todavía se estaban arreglando.
Suspiró con resignación divertida.
—Debí saberlo.
Sus ojos se dirigieron automáticamente hacia el piano de cola junto a la pared.
Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había tocado ahí durante la semana; las chicas lo pedían con frecuencia, sobre todo Catalina.
Y a él… bueno, jamás le molestaba tener un motivo para sentarse frente a las teclas.
Se acercó, se acomodó las mangas y se sentó con naturalidad.
Dejó que los dedos descansaran un segundo sobre el marfil.
Luego empezó a tocar “Clair de Lune”, pieza que siempre lo hacía desconectarse del mundo.
La mansión quedó envuelta en una calma suave.
Leonardo se dejó llevar; cada nota y cada acorde fluía sin esfuerzo.
Por un momento dejó de pensar en la fiesta, en el futuro, en planes familiares.
Se perdió en el ritmo de la música hasta que finalmente la última nota se desvaneció.
Y entonces escuchó aplausos suaves a sus espaldas.
Leonardo, sorprendido, giró el rostro y ahí estaba Catalina, a su lado, sonriendo con esa mezcla de admiración y timidez que siempre lograba desarmarlo.
—No pretendía interrumpir —dijo ella con voz baja—.
Pero… tocaste hermoso.
Leonardo esbozó una sonrisa lenta, cálida.
—Sabes que no me molesta tener público.
Menos si es alguien que disfruta escucharlo.
Catalina sostuvo la mirada apenas un segundo antes de desviarla, sonrojándose.
—Es que… siempre me parece increíble cuando tocas.
No sé cómo explicarlo; siento que podría escucharte todos los días y no cansarme.
Leonardo sonrió divertido y se inclinó un poco hacia ella.
—¿Todos los días?
—dijo con un tono burlón—.
Tendrías que vivir conmigo para eso.
Catalina se congeló un instante con un rubor más profundo que el anterior.
—Pues… —murmuró casi sin voz— supongo que… cuando nos casemos… podría disfrutarlo.
Leonardo soltó una risa suave, genuina, pensando que esta chica era muy linda; y que no era justo lo que le estaba haciendo.
—Entonces no me quedará más remedio que practicar más seguido.
No voy a dejar que mi esposa se aburra de escucharme.
Ella lo miró de reojo, todavía sonrojada, pero con una sonrisa pequeña y sincera.
—No creo que eso pase.
Leonardo sonrió cálidamente y volvió a apoyar los dedos sobre las teclas, sin tocar, solo por costumbre.
—Podría enseñarte, si quieres —dijo de pronto—.
Es más fácil de lo que parece, y me gustaría hacerlo.
Catalina levantó la vista, sorprendida.
—¿A mí?
—Claro.
—Entonces… lo aceptaré —respondió ella, con una sonrisa.
En ese momento escucharon pasos rápidos en el pasillo y las voces de Elena y Ana discutiendo sobre quién tardó más.
Catalina suspiró con resignación.
—Ahí vienen.
Leonardo se levantó del banco del piano, cuando las puertas del salón se abrieron y Elena apareció, con un elegante vestido blanco.
—Estamos listas —anunció.
Leonardo estaba a punto de preguntarle algo, pero la frase murió en su garganta cuando notó la figura que avanzaba detrás de su hermana.
Se quedó completamente inmóvil.
Era Ana… sí, definitivamente Ana.
Pero vestida de manera que jamás habría imaginado, con un tricornio oscuro que ocultaba su cabello, saco negro, camisa blanca, chaleco, pantalones, zapatos de hebilla.
La viva imagen de un joven mayordomo atractivo y demasiado… delicado.
Ana lo miró con el ceño fruncido.
Y su ceño empeoró cuando la sonrisa de Leonardo empezó a crecer.
—Un gusto volver a verlo, señor García —dijo él, haciendo una reverencia burlona.
Ana resopló y apartó la mirada como si su paciencia estuviera al límite.
Leonardo dio un paso más cerca, examinándola con descaro divertido.
—Lo que no entiendo es… ¿Cómo demonios pareces realmente un hombre?
—murmuró, mientras su mirada descendía hacia el pecho perfectamente aplanado—.
¿Cómo es eso posible?
—¿Dónde estás mirando?
—soltó Ana, roja hasta las orejas—.
Mis ojos están acá arriba.
Leonardo se enderezó de golpe y tosió.
A su lado, Catalina frunció el ceño y Elena solo suspiró, acostumbrada a ambos.
—Bueno… —intentó recomponerse Leonardo—.
Lo del cabello es más sencillo, imagino.
Ana suspiro, claramente queriendo escapar del tema anterior.
—Un moño bajo el sombrero —respondió, tocándose el tricornio con gesto práctico—.
Eso es todo.
—Claro —dijo Leonardo.
Elena decidió intervenir levantando la mano.
—Leonardo, ¿por qué no verificas si el carruaje ya está listo?
No queremos retrasarnos.
—Voy en seguida.
Leonardo salió a la calle empedrada, donde el aire húmedo del puerto le golpeó el rostro.
A unos metros, el carruaje esperaba bajo la luz tenue del atardecer.
Dos sirvientes se ocupaban de ajustar las correas y calmar a los caballos, que relinchaban con impaciencia.
Estaba por acercarse cuando el movimiento en la esquina de la casa llamó su atención.
Los diez soldados de su compañía salían por la puerta de servicio de la mansión Leonez.
Al verlo, todos se detuvieron de inmediato y lo saludaron.
Leonardo respondió al saludo con una inclinación de cabeza.
—Soldados —dijo, acercándose—.
¿Cómo han pasado estos días en Veracruz?
¿Han podido descansar?
Uno de ellos, un cabo robusto, soltó un suspiro largo y negó con la cabeza como si acabara de vivir la mayor injusticia del mundo.
—Señor, en estos días tuvimos que intervenir en una disputa de borrachos en una taberna… y detener a un ladrón que intentó robar en el mercado.
Nada grave, pero no es nuestro trabajo.
Otro soldado añadió.
—Parece que un regimiento de los guardias de Veracruz se marchó al norte para lidiar con una revuelta de indios.
Al parecer no es nada serio, pero enviaron un regimiento para asegurarse.
La seguridad aquí bajó un poco estos días, aunque la guarnición restante lo mantiene bajo control.
—Entiendo —Leonardo respondió, después de pensar por un momento—.
Si hubiera algo realmente serio ya lo sabríamos.
Igual, gracias por mantenerse alerta.
Los soldados asintieron.
—Bien, váyanse.
Leonardo suspiro, mientras veía a su compañía desaparecer calle abajo rumbo a la taberna más cercana.
Luego volvió su atención al carruaje.
Todo estaba listo.
Leonardo dio un último vistazo al carruaje, satisfecho con el estado de los caballos, justo cuando escuchó la puerta principal abrirse detrás de él.
Al girar, vio a Elena y Catalina salir acompañadas de Ana.
Todas avanzaron hacia él con paso seguro.
No tardaron en subir al carruaje.
Ana se acomodó junto a la puerta, con postura recta y el sombrero ligeramente inclinado para ocultar mejor su identidad.
Mientras los sirvientes cerraban la portezuela, escuchó a Elena dar la orden de avanzar.
El carruaje avanzó con suavidad, el traqueteo de las ruedas marcando un ritmo constante mientras avanzaban por las calles iluminadas por faroles.
Durante el trayecto conversaron de manera ligera.
Elena hablaba de los invitados importantes que seguramente asistirían; Catalina escuchaba con interés, aunque sus ojos volvían a Leonardo.
La plática y el movimiento del carruaje hicieron que el tiempo pasara sin sentirse.
Finalmente, el vehículo disminuyó la marcha al llegar al centro de la ciudad.
Frente a ellos se alzaba la mansión Dupont.
Era una gran casa colonial de muros claros y balcones decorados con faroles encendidos.
Las ventanas dejaban escapar un cálido resplandor, y a través de la música distante podía sentirse la magnitud de la celebración.
Carruajes elegantemente alineados y parejas descendiendo con atuendos de gala.
El carruaje de los Leonez se detuvo.
—¿Están listos?
—preguntó Elena, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja mientras sonreía con esa elegancia que siempre la caracterizaba.
Ana fue la primera en moverse.
Con un gesto eficaz abrió la puerta desde afuera, y se bajó con total naturalidad, Elena realmente la había entrenado para que actuará como mayordomo además de guardia.
Leonardo descendió después, sintiendo el aire más fresco del anochecer y el murmullo festivo que llegaba desde el interior de la mansión.
Tendió la mano hacia Catalina primero; ella la tomó con delicadeza, sus mejillas ligeramente sonrojadas.
Luego ayudó a Elena, que bajó con gracia impecable.
Elena tomó la delantera, avanzando por el camino adoquinado hacia la entrada principal.
Catalina se acercó a Leonardo para tomar su brazo con suavidad, sin notar la cara preocupada de Leonardo.
Él le dedicó una mirada breve, antes de seguir adelante con paso firme.
El ruido llenaba el salón, violines, voces y risas se mezclaban bajo las lámparas de cristal.
Catalina avanzaba del brazo de Leonardo, con Elena guiando al grupo entre los invitados.
Leonardo estaba nervioso, buscando en todas direcciones del salón de baile; hasta que la vio.
Estaba al otro extremo del salón, rodeada por un pequeño grupo de invitados.
Vestía un traje francés color marfil con bordados dorados que hacían resaltar sus ojos azules y su cabello rubio; lo que la hacía destacar entre todos.
Su cabello rubio recogido dejaba ver la curva elegante de su cuello prístino.
Reía por algo que había dicho alguien, pero Leonardo reconocía que era la risa falsa de su mascara social… pero su risa se apagó en cuanto cruzó la mirada con él; o más específicamente como Catalina sostenía su brazo, antes de volver su mirada a él.
Colette fue la primera en moverse.
Con pasos seguros se abrió paso entre la gente, su mirada nunca se desvió de él.
Colette cruzaba el salón con determinación, abriéndose paso entre gente que la saludaba sin que ella devolviera siquiera una sonrisa.
Sus ojos estaban fijos en él, en una línea recta inevitable.
Catalina seguía sonriendo, ajena al peligro que se acercaba.
—Qué hermoso es este salón —comentó.
Leonardo apenas la escuchó.
Elena notó a Colette, y su expresión se volvió de alarma inmediata.
—Catalina —dijo Elena con una dulzura exagerada, tomando a la joven del brazo—.
Acabo de ver a una vieja amiga.
Tienes que conocerla, te va a agradar.
—¿Ahora?
—preguntó Catalina, sorprendida.
—Ahora —insistió Elena, sin dejar opción.
Catalina apenas tuvo tiempo de mirar a Leonardo antes de ser arrastrada con elegancia por su cuñada.
Ana, aún disfrazada de mayordomo, también fue arrastrada por Elena para su molestia.
En el mismo instante en que Catalina se alejó, Colette llegó ante él.
Leonardo tragó saliva.
—Colette…
—¿Quién era esa chica?
— Colette ni siquiera dejo terminar a Leonardo.
—Tenemos que hablar, Colette —dijo en voz baja.
—Entonces hablemos —replicó ella sin romper el contacto visual.
—En privado.
Un destello de impaciencia cruzó el rostro de Colette.
Su pequeña mano agarró con fuerza la manga del uniforme de Leonardo.
—Ven.
Sin esperar respuesta, lo jaló hacia una puerta lateral discreta entre dos columnas.
Salieron del salón, atravesando un corto pasillo que conducía al jardín trasero.
El ruido festivo quedó atrás, amortiguado.
Colette lo soltó al llegar junto a una fuente de piedra iluminada por faroles.
Se volvió hacia él, con el rostro hermoso, pero totalmente gélido, solo hubo silencio durante un rato hasta que ella lo rompió.
—Dime Leonardo, ¿Quién es ella?
Leonardo abrió la boca, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
Había ensayado este momento muchas veces.
Pero no parecía servir ahora.
No cuando la veía así, tan fría y tan herida al mismo tiempo.
Colette dio un paso más cerca, apenas un metro entre ellos.
—Respóndeme.
Él tragó saliva, ya no podía huir.
—Es mi prometida —dijo finalmente, sintiendo cómo la palabra se clavaba en el pecho—.
Catalina de la Huerta.
Colette no parpadeó, gritó y no lo golpeó.
Solo tensó la mandíbula, y sus labios temblaron en un gesto que ella misma aplastó de inmediato.
El silencio cayó entre ambos.
—¿Desde cuándo estás comprometido?
—su tono era gélido.
Leonardo intenta hablar.
—Colette, yo quería decirte… Ella lo interrumpe, porque no soporta escucharlo poner excusas.
—¿Desde cuándo?
—Desde el día en que dijiste que no querías casarte conmigo…
en el baile del virrey.
Colette no pierde la compostura, pero su rostro cambia.
—Entonces fue… poco después de conocernos —la voz de Colette se quiebra al final—.
Entonces… ¿qué fui yo para ti?
Leonardo intenta acercarse, desesperado.
Pero ella retrocedió un paso; no quiere que la toque…
no en ese momento.
Leonardo sabía que lo había arruinado.
Ella no lo decía, pero él la conocía y sabía que estaba sufriendo a pesar de su mascara impasible.
Ahora solo podía ser sincero.
—Colette… sabes que te amo, no lo planeé, pero me enamoré de ti.Y si pudiera romper este compromiso… lo haría; y me casaría contigo.
Colette inhaló bruscamente y se quedó inmóvil, mientras le temblaba un poco la mano.
—No… no digas eso —la voz de Colette se quebró y bajo la mirada, pero solo un segundo después volvió a mirarlo a los ojos con las cejas fruncidas y una mirada enojada— ¿Qué se supone que haga con eso?
no es justo… ¿Por qué tuviste que enamorarte de mí?
—Colette…
—No me digas que me amas… si vas a casarte con otra.
—ella se cierra completamente, y su mascara social vuelve a estar presente, con mirada gélida y postura recta— A partir de ahora mantendrás tu distancia… capitán Leonez.
Leonardo sintió que algo dentro de él cedía.
—Colette…
¿tú me amas?
Colette no dijo nada, y el mundo pareció detenerse.
Ella solo continuó mirando el rostro de Leonardo con expresión seria.
Estaba a punto de hablar, pero un sonido en la distancia la detuvo.
¡BOOM!
¡BOOM!
¡BOOM!
¡BOOM!… Colette frunció el ceño, confundida.
Pero Leonardo, en cambio, lo reconoció de inmediato.
Era artillería.
Ese ritmo no era ceremonial ni de práctica, sino de combate.
No sabía que pasaba, pero tan solo un momento después.
¡BOOM!
¡BOOM!
¡BOOM!
¡BOOM!
¡BOOM!
Más disparos, más rápidos y más numerosos.
Leonardo sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Contó mentalmente la cadencia y la dirección.
Provenía desde el puerto…
o más bien el mar; y al menos sesenta cañones disparando en secuencia.
Artillería naval.
Solo había una clase de navío capaz de eso.
—¿Navíos de línea…?
Las naciones que podían desplegar navíos de línea en Veracruz se podían contar con los dedos de una mano, y la mayoría de ellas no era aliado del Imperio Español.
En el patio, la luz tenue de los faroles caía sobre ellos.
Colette seguía respirando agitada, con el rastro de la discusión reciente todavía entre los dos… hasta que vio su expresión endurecida.
—Leonardo… —preguntó, confundida—.
¿Qué está pasando?
—No hay tiempo para explicaciones —dijo él, directo—.
Colette, escucha, ve por tu hermano menor ahora mismo y encuéntrate con Elena, Catalina y Ana en la puerta principal.
Ella frunció el ceño, sorprendida por el tono, por la urgencia, por el cambio brusco.
—¿Por qué?
¿Qué sucede?
—Es posible que la ciudad esté bajo ataque —dijo finalmente—.
Y no pienso arriesgar a nadie de mi familia… ni a ti.
Debemos movernos ya.
Colette se quedó helada un instante.
La pelea que habían tenido minutos antes se evaporó de su rostro.
El orgullo, la molestia, todo quedó en segundo plano, cuando pensó en la seguridad de su hermano.
—¿Un ataque?
—susurró asustada, pero firme—.
Está bien, voy por él.
—No tardes —ordenó Leonardo.
Ella asintió y salió corriendo hacia un pasillo lateral de la mansión.
Leonardo cruzó el patio de vuelta al edificio principal.
Al empujar las grandes puertas hacia el salón, vio a gente confundida y asustada, el ruido de los cañones aún estaba en el ambiente.
Leonardo avanzó entre la gente, con los sentidos encendidos, buscando a Elena y Catalina antes de que la situación explotara.
Las personas ya empezaban a caminar rápidamente a la puerta, empezando el caos.
—¡Elena!
—llamó, elevando la voz entre el ruido creciente.
Elena estaba al lado de Catalina, ambas cerca de una columna, claramente inquietas.
Catalina había tomado el brazo de su futura cuñada como si temiera que la multitud las arrastrara.
Ana se encontraba a unos pasos, observando alrededor con expresión de alerta.
—¿Leo?
—preguntó Elena al verlo acercarse—.
¿Qué sucede?
—Escúchenme bien, no podemos perder el tiempo —dijo con voz baja y en tono de mando—.
Es posible que la ciudad esté bajo ataque.
Debemos salir ahora mismo.
—¿Qué hacemos?
—preguntó Ana.
—Vete por el carruaje ya.
Espéranos afuera —dijo Leonardo.
Ana asintió sin dudar y salió casi corriendo.
Leonardo se volvió hacia las otras dos.
—Elena, Catalina, van a ir con Ana, María… y con Colette.
Deben abandonar Veracruz y dirigirse a Xalapa —¿Con Colette?
—Catalina no lo cuestionó, simplemente sonó confundida.
—Ella va con ustedes —dijo Leonardo sin explicar.
Leonardo llevó a las dos mujeres hacia la salida, cuando llegaron al exterior, Ana ya estaba con el carruaje detenido frente a la mansión.
Colette llegó en ese momento, jalando del brazo a su hermano menor, claramente asustado.
Leonardo abrió la puerta del carruaje.
—Suban todos, rápido.
Elena entró primero, seguida de Catalina, cuidando de no pisar su vestido, después Colette y su hermano.
Ana ya estaba en el asiento del conductor, tomó las riendas y esperó indicaciones.
Leonardo cerró la puerta.
—Van a ir primero a la mansión por María —ordenó—.
No la dejen atrás, después salgan por la Puerta de México, tomen el camino a Jalapa y no se detengan por nada.
—Leo… —murmuró Elena, asomándose por la ventanilla—.
¿Qué harás tú?
—Averiguar qué está pasando…
y ayudar.
Soy un oficial, Elena.
—Pero… —No hay más que hablar —dijo Leonardo con severidad—.
Ana, márchense ya.
Ana chasqueó las riendas, mirando brevemente a Leonardo.
El carruaje comenzó a moverse.
—¡Leonardo!
—gritó Elena desde dentro—.
¡Cuídate!
Él dio un paso atrás, observando cómo el carruaje tomaba velocidad calle abajo.
Sin perder un segundo, echó a correr hacia los barracones de la ciudad, buscando a quien estuviera a cargo de la defensa de Veracruz.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Monschatten_ ¿Tienes alguna idea acerca de mi historia?
Coméntalo y házmelo saber, me ayudas mucho con tu comentario.
¡Las piedras de poder me ayudan a saber si te gusta!
¡Gracias por leer mi historia!
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