Larga vida al Imperio Mexicano - Capítulo 34
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34: Capítulo 34: Defensa de Veracruz 34: Capítulo 34: Defensa de Veracruz Veracruz, 5 de octubre de 1807 7 horas antes del ataque El viento del Golfo soplaba cálido y húmedo sobre la cubierta del HMS Indomitable, el navío de línea de primera clase que encabezaba la expedición británica.
Desde allí el teniente general Edward Hastings, comandante del ejército de invasión, y el almirante Thomas Pembroke, jefe de la flota, observaban la disciplinada flota naval que se desplegaba ante ellos.
En total, los británicos habían reunido un ejército de 14,000 infantes que eran fusileros, highlanders e infantería de línea, 800 jinetes, y 30 piezas de artillería, apoyados por ingenieros, zapadores y personal logístico.
Sumados todos, el ejército conformaba 16,200 hombres.
Era una operación anfibia ambiciosa… y arriesgada, pero Hastings confiaba en las posibilidades del Imperio británico.
A unas millas de distancia del puerto de Veracruz, algunas de las velas blancas comenzaron a cambiar de curso.
Tal como establecía el plan, la flota se dividió en tres cuerpos.
Pembroke observó por su catalejo la maniobra.
—Es hora —murmuró—.
Tal como estaba planeado.
El plan de Hastings era que la fuerza principal se dirigiera a Veracruz, conformado por 9,000 infantes, 500 jinetes y los 30 cañones.
Escoltados por el buque insignia, el navío de primera clase HMS indomitable, dos navíos de línea de segunda clase, tres fragatas y varios bergantines menores.
Era el golpe principal, con el objetivo de asaltar Veracruz, neutralizar el Fuerte de San Juan de Ulúa y capturar el principal puerto del virreinato.
Una segunda fuerza tenía el objetivo de interceptar refuerzos del cantón en Jalapa.
3,000 infantes junto a 300 jinetes; tenían el objetivo de desembarcar unas leguas al norte de Veracruz y adentrarse tierra adentro, apostándose en el camino entre Veracruz y Jalapa, interceptando cualquier refuerzo.
Finalmente, la tercera fuerza compuesta por 2,000 infantes y 100 jinetes tomarían el poblado al sur de Veracruz, “Alvarado”, interceptando una fuerza que según sus informes debería constar de menos de 500 defensores Pembroke cerró el catalejo.
—General Hastings, el fuerte de San Juan de Ulúa será el verdadero desafío.
Podemos suprimirlo con los tres navíos de línea durante el desembarco, pero si la ciudad resiste más de lo esperado, tendremos que encargarnos del fuerte antes de la ciudad.
Hastings respondió sin apartar la vista del horizonte.
—Tomaremos Veracruz en cuestión de horas.
Necesito sus cañones disparando al fuerte durante el desembarco.
Si no tomamos la ciudad, la misión habrá fallado y regresaremos a casa…
haga lo que sea necesario para suprimir ese fuerte.
Pembroke exhaló.
—Entonces será todo o nada.
—Asumiré la responsabilidad —dijo Hastings.
—Entonces supongo que hoy pondremos a prueba nuestra suerte… y la pólvora de Su Majestad.
Como estaba previsto que el buque insignia “HMS Indomitable”, debía entrar en un duelo de artillería directo con el fuerte.
Era demasiado arriesgado mantener al general Hastings a bordo.
—General, debe dirigirse a una fragata —ordenó Pembroke—.
No arriesgaré al mando del ejército en medio del intercambio de andanadas.
Hastings asintió sin discutir.
En minutos abordó una fragata de escolta mediante bote.
La fragata se retiró hacia la retaguardia de la formación para mantenerlo a salvo para observar la batalla naval previa al desembarco.
La flota británica avanzó en silencio disiplinado mientras el sol descendía hacia el horizonte occidental.
El mar, teñido de un naranja sombrío, comenzaba a oscurecerse a medida que la noche se acercaba.
A bordo del HMS Indomitable, el almirante Pembroke mantenía los ojos fijos en la línea del horizonte.
Sabía que, tarde o temprano se toparían con algún buque patrulla español.
No podía permitirse que un aviso temprano arruinara la sorpresa del ataque.
Pero sobrestimo la fuerza naval de España, el mar se mantuvo vacío… solo fue hasta que ya fue demasiado tarde que finalmente una goleta española apareció súbitamente al noreste de la formación.
—¡Velas a babor!
—gritó el vigía de proa.
La goleta, al reconocer la inmensidad de la flota británica, giró bruscamente sobre su quilla, bajo las velas y escapó rumbo directo a Veracruz.
—Ya es tarde para ellos —gruñó Pembroke, observando cómo el último rayo de sol desaparecía en el horizonte—.
Para cuando lleguen, ya estaremos encima del puerto.
La flota mantuvo rumbo sin alteraciones.
No valía la pena perseguirla; lo importante era llegar antes de que los españoles tuvieran tiempo de organizar una respuesta coherente.
La costa de Veracruz apareció primero como una franja oscura entre mar y cielo.
Con la noche descendiendo, las luces del puerto comenzaron a brillar; lámparas encendidas en atalayas, el faro del fuerte y en la ciudad misma.
Y entonces finalmente, lo vieron.
La silueta del fuerte de San Juan de Ulúa, las olas rompían contra sus muros de piedra, reforzados durante siglos para soportar todo tipo de asedio.
Antes de que la flota británica pudiera abrir fuego, el fuerte disparó primero.
Un fogonazo amarillo iluminó sus murallas.
El cañonazo cruzó el aire nocturno con un silbido violento y estalló en el mar frente a el casco del navío de segunda clase HMS Thunderclap, que iba al frente de la formación.
Pero tan solo un segundo después un segundo cañonazo del fuerte fue disparado, esta vez dando directo en la cubierta del HMS Thunderclap.
La madera crujió, astillas volaron, varios hombres cayeron, pero el navío continuó avanzando.
Solo después de que la primera bala dio directo en el navío, todo el baluarte suroeste abrió fuego cañón tras cañón en secuencia, con la gran mayoría impactando.
—¡Continuad hacia la posición!
Que los puertos vean quién manda estas aguas.
—ordenó Pembroke.
El Thunderclap, junto al Indomitable y al segundo navío de línea de segunda clase Pendragon, aceleraron vela, colocándose en formación triangular, cerrando sobre San Juan de Ulúa para iniciar un fuego cruzado.
Los tres navíos de línea británicos se colocaron alrededor del fuerte y las andanadas comenzaron.
Primero Ulúa con un rugido ensordecedor de cañones que iluminó el mar como un relámpago, seguida de una nube de humo.
Luego los británicos respondieron con una furia igual o mayor, el eco del choque resonó desde los muros y se multiplicó sobre el agua.
Los proyectiles trazaban líneas incandescentes en la noche.
En medio del intercambio, una fragata española y dos goletas armadas emergieron del muelle de Veracruz, avanzando con audacia hacia los navíos de línea británicos.
—No tienen posibilidades… pero son valientes —murmuró Pembroke desde su fragata.
Sin embargo, Pembroke ya había anticipado este movimiento.
Dos fragatas británicas, excluyendo aquella en la que viajaba el general, junto con dos bergantines armados avanzaron de inmediato para interceptarlas.
Apenas estuvieron a tiro, ambas fuerzas abrieron fuego entrando en un duelo de artillería.
La oscuridad se iluminó con destellos intermitentes mientras el combate se extendía entre las naves menores.
Mientras los navíos de línea y las fragatas británicas continuaban trabadas en su duelo de fuego con el fuerte de San Juan de Ulúa y los buques de guerra españoles, la flota de transporte comenzó a cerrar la distancia con la costa en dos puntos, norte y sur.
Eran decenas de navíos, transportes artillados, barcas y bergantines auxiliares, todos avanzando con rápides para evitar quedar atrapados en el fuego de artillería del fuerte.
Las cubiertas de los transportes estaban ya abarrotadas de soldados apiñados con su equipo completo, mochilas, cartucheras y fusiles.
La luz amarilla de los cañonazos iluminaba intermitentemente sus rostros tensos.
En el frente sur, tres bergantines se acercaron a la muralla de la ciudad de Veracruz para suprimir el fuego de los baluartes; lo que permitía atraer el fuego sobre los bergantines en lugar de los botes que desembarcarían en la playa.
Y del mismo modo otros tres bergantines hacían lo mismo en el norte.
Una vez seguros de que recibirían menos atención de la artillería, el general Hastings dio la orden para iniciar el desembarco.
—¡Compañías, a los botes!
—gritaban los oficiales, esforzándose por hacerse oír entre los truenos de los cañones.
Los soldados comenzaron a descender por cuerdas y redes laterales, cayendo en los botes de desembarco que se mecían violentamente por el oleaje.
Los marineros comenzaban a remar con fuerza para alejar los botes de los transportes, mientras se dirigirían a la playa.
En la fragata donde se encontraba ahora el teniente general Edward Hastings, el oficial observaba la operación con una mezcla de impaciencia y calma profesional.
Había repetido este plan con sus oficiales hasta la obsesión.
Cada movimiento estaba medido.
Solo podía esperar que fuera un éxito.
Mientras tanto, Leonardo, al mando de doscientos cincuenta milicianos, observaba desde detrás de la puerta de la muralla sur cómo el baluarte de Santiago recibía los primeros disparos de artillería y respondía con estruendo, no podía evitar recordar lo rápido que había cambiado la noche.
Tras despedirse de Elena y los demás, había corrido hasta el Gran Cuartel de Veracruz, donde encontró a los oficiales reunidos alrededor del gobernador y comandante de la plaza, José Manuel de Herrera y Rivero, intentando dar sentido al caos.
Leonardo se identificó, explicó su grado y su disposición inmediata a combatir; el gobernador, consciente de la falta de mandos, lo asignó sin demora al sector sur, donde cientos de milicianos necesitarían oficiales competentes.
El teniente coronel a cargo de los milicianos de esa puerta lo recibió con alivio, tenía setecientos cincuenta hombres, la mayoría jóvenes y hombres de oficio que nunca habían visto una batalla real, y necesitaba oficiales de inmediato.
Estos milicianos solo habían recibido entrenamiento regular para disparar un mosquete, marchar y formar medianamente filas.
Se les había entregado solamente una casaca gris y un mosquete; todos vestían sus botas, pantalones, y camisas civiles, pero con una casaca militar encima.
Le entregó el mando de doscientos cincuenta, instruyéndolo a mantener la línea y preparar a los milicianos para repeler cualquier intento de asalto y repeler el ataque británico.
Ahora, de regreso al presente, Leonardo veía los fogonazos británicos iluminar brevemente la noche.
Las murallas temblaban y el ataque a la ciudad había comenzado.
Las murallas vibraban con cada impacto que golpeaba el baluarte de Santiago.
Desde la puerta sur, Leonardo observaba cómo los fogonazos iluminaban el mar y la línea interminable de botes británicos avanzaba hacia la costa Sería una batalla dura si aún albergaban esperanza… pero una derrota inevitable si se era realista.
Según los informes que Leonardo había oído en el cuartel, una flota de ese tamaño solo podía significar entre diez mil y diecisiete mil soldados enemigos.
Dentro de la ciudad apenas había poco más de dos mil quinientos defensores, sin contar a los del fuerte…
y más de la mitad eran milicianos sin experiencia.
Las murallas tampoco eran un verdadero consuelo.
De menos de un metro de grosor y apenas dos metros de altura, una sola andanada concentrada bastaría para abrir una brecha, y los británicos lo sabían.
Junto al teniente coronel y otro capitán, Leonardo observaba en silencio cómo los primeros botes de desembarco avanzaban hacia la playa, acercándose como una fila interminable en la oscuridad.
La orden era mantenerse tras las murallas y esperar el ataque.
Pero Leonardo conocía demasiado bien la forma británica de combatir; si los dejaban llegar a la arena, formar líneas y desplegar su disciplina, los milicianos serían barridos en minutos.
Y la muralla no resistiría otra media hora si los cañones enemigos la tomaban como blanco fijo.
Lo comprendió de inmediato, si la defensa permanecía estática, estaban perdidos.
Pensó que los milicianos, sin el pulso ni la precisión para resistir líneas de fusileros profesionales, tendrían una oportunidad real solo si atacaban antes de que los británicos organizaran su formación en la playa.
Si se abalanzaban sobre los botes mientras aún estaban luchando contra las olas, vulnerables e incapaces de coordinar sus disparos.
Era la única ventana en la que un puñado de hombres mal entrenados podía matar ingleses más rápido de lo que los ingleses podían matarlos a ellos.
Leonardo señaló los botes que se acercaban.
—Teniente coronel…
creo que debemos salir al encuentro de los británicos —dijo con voz firme El teniente coronel desvió la mirada del mar.
—Explique, capitán Leonez.
—Si esperamos detrás de esta muralla, no resistiremos.
Es delgada, no fue diseñada para fuego naval moderno.
Si concentran sus cañones aquí, se vendrá abajo en minutos.
Y si los británicos alcanzan la playa y forman filas… no podremos detenerlos.
Todos sabemos cómo disparan la infantería británica.
El teniente coronel frunció el ceño, sin refutarlo.
Leonardo continuó —Nuestros hombres no son soldados profesionales… pero en la playa, antes de que formen líneas.
ahí sí tienen una oportunidad, sin dejar que establezcan su disciplina de fuego.
El capitán a su lado negó suavemente.
—¿Salir?
¿Con milicianos?
Es correr hacia la muerte.
Leonardo lo miró directamente.
—Tendremos una mayor probabilidad de resistir más tiempo.
—¿Resistir?
¿no “ganar”?
—preguntó el otro capitán.
Pero Leonardo no respondió, un silencio denso cayó sobre los tres oficiales.
Finalmente, el teniente coronel asintió.
—Muy bien.
Ordenemos a los hombres, debemos salir cuanto antes…
Que Dios nos ampare.
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