Larga vida al Imperio Mexicano - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 Defensa de Veracruz Parte 2
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35: Capítulo 35: Defensa de Veracruz Parte 2 35: Capítulo 35: Defensa de Veracruz Parte 2 (Mapa de Veracruz 1807) —¡Saldremos de las murallas al encuentro del ejército británico, prepárense!
La orden llegó, rompiendo la tensión acumulada de los milicianos.
Leonardo inhaló hondo, levantó el brazo para llamar a su compañía.
—¡Compañía, a la puerta sur!
¡En formación de columna!
—gritó, con un tono que ocultaba su ansiedad, después de todo esta sería su primera batalla en esta vida.
Los 250 milicianos que le habían asignado se movieron torpemente al principio, pero la urgencia los alineó rápido, no había tiempo que perder.
El sonido de los pasos, voces apuradas y el fuego de artillería llenaba el ambiente.
Después de que la compañía de Leonardo salió de la puerta, la segunda compañía emergió tras ellos, otros doscientos cincuenta milicianos que se desplegaron siguiendo la columna de Leonardo, guiados por el segundo capitán.
La tercera compañía hizo lo mismo, dando forma a una línea ancha e irregular.
Los tres grupos juntos sumaban setecientos cincuenta hombres, extendiéndose como una franja gris en la penumbra, desde la ciudad extendiéndose hacia el sur.
El retumbar de cascos anunció la llegada del teniente coronel.
Montado en su caballo oscuro recorrió la formación, su silueta recortada por la luz intermitente de los cañonazos y las diferentes antorchas.
El teniente coronel se colocó detrás del centro de la línea, levantando su sable.
—¡Adelante, soldados!
¡Marcha ligera, mantengan la línea!
A la distancia, los botes británicos seguían avanzando, oscuros contra la espuma blanca de las olas.
Los setecientos cincuenta milicianos comenzaron a caminar hacia la playa, decididos a enfrentarse a los británicos.
Leonardo al frente de la formación miro a estos milicianos con rostros tensos y brazos temblorosos.
Jóvenes que jamás habían visto morir a un hombre… pero que estaban a punto de enfrentar a uno de los ejércitos más temidos de Europa, y pensó en levantar la moral.
—¡Soldados recuerden!
¡Peleamos por la patria, por dios y por el rey!
—¡Por el rey!
—¡Por dios!
Los milicianos gritaron, apoyando el grito de Leonardo, y el grito se expandió por las tres compañías mientras continuaban acercándose a los botes británicos, hasta que los vieron.
A unos ciento cincuenta metros, en la playa, siete o nueve botes británicos ya habían tocado tierra y descargaban hombres apresuradamente; y más de dos decenas de botes se acercaban detrás, aún en el mar.
En total habría poco más de ciento cincuenta soldados británicos, iluminados por varias antorchas, la mayoría todavía con los pies en el agua o tratando de plantar su bandera de compañía en la arena para orientar a los recién llegados.
Aun así, cuando detectaron la masa oscura de los milicianos avanzando, los oficiales británicos actuaron rápidamente.
Gritaron órdenes cortas y urgentes, unos cuarenta fusileros comenzaron a formar una línea básica frente a los botes, y detrás de ellos más británicos comenzaron a formarse.
Leonardo vio a los británicos levantar sus mosquetes y prepararse para disparar; con los británicos defendiendo y la milicia avanzando, serían los primeros en abrir fuego, el plan del teniente general era acercarse lo mayor posible a los británicos antes de abrir fuego y lanzarse a la carga inmediatamente después.
Y así, cuando llegaron a ochenta metros de distancia, Leonardo levantó el brazo con su sable desenvainado para detener a sus hombres, y los capitanes de las otras compañías hicieron lo mismo.
La línea española se detuvo torpemente, los milicianos sostuvieron sus mosquetes, algunos tragando saliva y otros murmurando oraciones.
Antes de que las desorganizadas filas de milicianos pudieran prepararse para disparar, Leonardo escucho un grito entre las líneas británicas.
—¡Fire!
La descarga enemiga retumbó como un solo trueno.
Las balas silbaron sobre la milicia, Leonardo vio cómo cerca de veinte de sus hombres caían de inmediato, algunos cayeron con un grito y otros desplomándose sin hacer ruido.
Otro par de milicianos se desplomaron más atrás, llevándose las manos al pecho o al abdomen.
Los demás milicianos se asustaron al ver a tantos de los suyos caer, pero la voz de Leonardo reavivo su coraje.
—¡Soldados mantengan la fila!
—Leonardo siguió levantando su sable— ¡Prepárense!
Los hombres ocuparon los lugares de los hombres caídos, la primera fila levantó sus mosquetes, con algunos temblando y otros apretando los dientes.
Leonardo bajó el brazo con su espada.
—¡FUEGO!
La noche se encendió en una larga línea de fogonazos anaranjados; el estruendo fue irregular, más desordenado que el británico, pero poderoso por pura cantidad.
El humo se expandió hacia adelante de los mosquetes, se escucharon los gritos de los británicos alcanzados.
Cerca de cuarenta soldados británicos cayeron muertos o heridos, era un resultado lamentable considerando que era el fuego concentrado de al menos trescientos milicianos.
Pero Leonardo escucho una trompeta desde la retaguardia, era el teniente coronel ordenando la carga.
—¡A la carga!
—gritó Leonardo apuntó su sable hacia los botes, y sacó su pistola de su funda.
Y los setecientos cincuenta milicianos, empujados por el miedo, la furia y la adrenalina, se lanzaron hacia adelante rugiendo como un solo cuerpo.
Después de la descarga española solo quedaban cerca de ciento diez de los ciento cincuenta británicos que habían logrado desembarcar; para estos soldados la visión de siete veces sus números lanzarse a la carga fue estremecedora, pero solo pudieron continuar cargando sus mosquetes, esperanzados en otra descarga antes del combate cuerpo a cuerpo.
Sin embargo, Leonardo llegó al frente de la carga seguido por los milicianos antes de que terminaran de cargar; con su sable desvió el mosquete de un británico a un lado, y después disparó con su pistola al soldado junto a él, que intentaba apuñalarlo.
Más milicianos se unieron a la lucha, usando las bayonetas de sus mosquetes, o usando los mosquetes como garrotes.
Los soldados británicos rápidamente cayeron bajo la superioridad numérica, hasta que solo quedaban las milicias de pie, y solo entonces Leonardo notó los botes que estaban llegando a la playa, algunos británicos disparaban desde los botes a los milicianos.
Leonardo sabía que tenía que reformar la línea, retrocedió unos cuantos metros del agua y rápidamente levantó su espada.
—¡Soldados!
¡Reformen la línea!
¡A mi lado!
Los milicianos tardaron un tiempo, pero finalmente volvieron a formar una fila irregular frente al mar.
—¡Recarguen!
La línea de milicianos seguía firme sobre la arena húmeda y el aire estaba saturado de humo, pólvora y gritos.
Durante más de media hora habían mantenido la cadencia, cargar, apuntar y disparar, una y otra vez, abriendo fuego hacia los botes que intentaban acercarse a la playa; con cada descarga arrancaba astillas del bote y hacían caer a los marineros y soldados británicos.
El estruendo era constante, el retroceso de los mosquetes sacudía a los milicianos, algunos caían por algún disparo de los botes, pero ninguno abandonaba la fila.
Leonardo al frente con sable en mano, gritaba órdenes, señalando botes que debían ser prioritarios.
—¡Mantengan la línea!
—rugió, arrancando su voz por encima del caos—.
¡No dejen que toquen tierra!
Los botes británicos seguían llegando, la gran mayoría flotaban llenos de agujeros y otros se habían volcado por el pánico.
En lo alto de su caballo, el teniente coronel observaba la escena con el ceño fruncido; la pólvora ardía demasiado rápido, cada descarga de mosquete de al menos trescientos hombres consumía una parte importante de suministros, y el combate apenas comenzaba.
No podían permitirse quedar sin munición en campo abierto, y no quería replegarse a las murallas para reabastecerse, los británicos aprovecharían para desembarcar.
—¡Ustedes!
—ordenó, girándose hacia un par de soldados—.
Formen un destacamento y busquen munición dentro de la muralla.
¡Llévenla en un carruaje y tráiganla aquí afuera!
Los milicianos asignados respondieron con un “¡sí, señor!” jadeante antes de retroceder hacia la ciudad a toda prisa; cruzaron la puerta y comenzaron a cargar cajas de pólvora y cartuchos.
El rechinar del carruaje que tiraron hacia fuera anunció que, al menos por ahora, tendrían cómo seguir luchando sin reagruparse dentro.
El teniente coronel respiró hondo, tomó su catalejo y lo alzó hacia el horizonte; primero contó los botes, demasiados para detenerlos indefinidamente, luego enfocó todavía más lejos… hasta que la silueta oscura de los transportes británicos apareció entre la bruma marina.
—No podremos resistir así por mucho tiempo… —murmuró, más para sí mismo que para los hombres que lo rodeaban.
Después de un tiempo más, el teniente general Hastings permanecía de pie sobre la cubierta de la fragata, con el catalejo apoyado firmemente contra su ojo.
El vaivén del mar no lograba apartarlo de la visión obstinada que tenía al frente, aquella delgada línea de milicianos locales que increíblemente, llevaba una hora completa impidiendo su desembarco.
—Tenían que haberse quebrado ya… —dijo con irritación.
Había esperado que su primera oleada estableciera una cabeza de playa mínima, lo suficiente para que las siguientes compañías la consolidaran.
Una hora atrás había supuesto con amarga frialdad, que tomar Veracruz costaría sangre, pero no había esperado que una simple milicia impidiera su desembarco.
Miró nuevamente, la línea de milicia seguía intacta, retrocediendo apenas lo necesario para reabastecerse y reformar la fila, manteniendo un ritmo de fuego desorganizado que sus hombres no lograban superar…
ya había perdido más de lo razonable.
Unas pisadas apresuradas detrás de él lo sacaron de sus pensamientos.
—Mi general —saludó un oficial joven, jadeante— traigo noticias, el desembarco en la parte norte es un éxito, el regimiento ya se organiza para avanzar hacia la muralla norte.
Hastings asintió brevemente.
—Bien, al fin algo que va como debe —respondió, sin apartar la vista del frente.
El oficial se retiró tras un gesto de despedida.
Hastings volvió la mirada hacia el capitán de la fragata, detrás de él, que supervisaba la situación del fuerte.
—Capitán —dijo Hastings con un tono grave, pero controlado— ¿Alguna de nuestras naves puede bombardear esa maldita línea en la playa?
El capitán negó de inmediato.
—Lo lamento, mi general.
No queda ninguna nave de guerra disponible, las que tenemos están comprometidas.
No podemos retirar las que atacan el fuerte… ni las que aún se baten contra las fragatas y goletas españolas, y solo algunas naves de transporte tiene menos de diez cañones.
Hastings exhaló lentamente por la nariz, un gesto breve pero cargado de irritación.
—Por supuesto que no… —musitó.
Entonces su mirada se deslizó más allá de la playa, más allá del caos del desembarco, hasta fijarse en tres siluetas que rugían con sus cañones cada pocos minutos, los tres bergantines británicos que bombardeaban el baluarte sur de Veracruz.
—No resistirán ahí para siempre— pensó, pero tampoco podía seguir sacrificando hombres inútilmente.
El teniente general Hastings cerró el catalejo con un chasquido seco, los botes británicos seguían acercándose… y seguían siendo destrozados antes de tocar la arena.
—Entonces —dijo con resolución— Capitán, haga señales al bergantín de la izquierda; Ordene que abandone el ataque al baluarte y gire al sur, Quiero sus cañones apuntando a esa línea de milicia, que cubra el desembarco.
—Pero, mi general…
eso.
—¡Ahora capitán!
—A la orden, mi general.
Inmediatamente el capitán llamó al marinero a cargo de las señas, el hombre tomó sus banderas y comenzó a moverlas con precisión, enviando el mensaje a través del humo de pólvora.
Desde la distancia, el bergantín de la izquierda respondió, poco tiempo después, lentamente su casco comenzó a girar, acercándose a la playa; lo suficientemente lejos para no encallar.
Leonardo en la playa estaba al frente de la línea, sable en mano, vigilando cómo su compañía terminaba de recargar.
El humo grisáceo de la pólvora flotaba a ras de playa.
Los hombres respiraban rápido, manos temblorosas, pero aún mantenían la formación y disparando… hasta que algo llamó su atención.
Desde el mar, uno de los bergantines que minutos antes disparaba al baluarte empezó a girar lentamente, mostrando ahora su costado artillado hacia la playa.
Leonardo entrecerró los ojos…
ese barco venía por ellos.
—No… Maldita sea… —murmuró, sintiendo un escalofrió en su espalda.
Parece que el teniente coronel también notó al bergantín; de inmediato a lo largo de la línea, los oficiales comenzaron a gritar órdenes sobre el estruendo de la batalla.
—¡Retirada!
¡Retirada!
¡Cúbranse, atrás malditos bastardos…
atrás!
Pero la milicia no era un ejército entrenado, el simple rumor del bergantín apuntando sus cañones a la playa bastó para que el frágil orden se quebrara.
Los hombres empezaron a correr sin esperar a sus mandos, chocándose entre ellos y dejando sus puestos.
Leonardo también retrocedió, había intentado mantener el orden, pero la línea ya estaba rota, volcada en un repliegue caótico, y al ver la situación, él también corrió.
Fue entonces cuando, a su espalda, escuchó el sonido estruendoso de una andanada completa de un barco de guerra.
—¡Dios…!
—jadeó.
No pensó, simplemente se lanzó al suelo, clavando el pecho en la arena húmeda.
En el mismo instante, el aire sobre él se desgarró con el silbido brutal de los proyectiles.
Las balas de cañón pasaron rugiendo a pocos metros, arrancando columnas de arena, destrozando cuerpos, pulverizando el orden ya inexistente.
A su izquierda, donde un grupo de milicianos corría demasiado juntos, una esfera de hierro impactó de lleno.
Hubo un estallido de carne, arena y gritos, junto una lluvia roja de sangre.
Leonardo sintió la tierra temblar bajo él, por algunos impactos que chocaron en el suelo y rebotaron.
Entonces el bergantín dejó de disparar, sabía que acababa de terminar su andanada, él supo que esa era su única oportunidad para huir.
Se impulsó con fuerza, corriendo tras los grupos dispersos de milicianos que quedaban, mientras corría giraba la cabeza para vigilar al navío de madera que se cernía sobre ellos.
El bergantín con su casco pintado en franjas negras y amarillas avanzaba, mostrando su batería de veinte cañones.
Leonardo trataba de adivinar el momento exacto en que volvería a disparar.
Pero algo cambió.
El sonido poderoso de piezas de artillería terrestres retumbó desde su derecha, desde el baluarte sur.
Leonardo se frenó un segundo, mirando hacia el mar.
Los fogonazos anaranjados del baluarte iluminaron la fortificación.
Estaban disparando… pero no a los barcos que tenían enfrente.
Estaban concentrando todos sus cañones en el bergantín que acababa de disparar a la milicia.
Cuando el bergantín giro para disparar su andanada contra la milicia, mostraba su costado a la playa… pero en ese movimiento expuso por completo su popa hacia el baluarte.
Un error fatal.
Los proyectiles del baluarte cruzaron la oscuridad con un silbido, tres impactos se incrustaron en la parte trasera del bergantín, la zona más débil del casco, pero el cuarto disparo penetró más profundo.
¡KA—BOOM!
Y entonces, un golpe de luz amarilla estalló desde el centro mismo de la nave, como si la noche entera se iluminara, junto a un trueno ensordecedor que siguió a la luz.
La explosión envolvió al bergantín en una columna de fuego que se elevó sobre el mar, iluminando la playa, los cuerpos caídos y los milicianos que huían.
El proyectil tuvo la fortuna de impactar en el almacén de pólvora del bergantín, eliminándolo.
Leonardo simplemente soltó un gran suspiro, mientras las piezas ardientes del bergantín flotaban en el mar, convertidas en escombros flamantes.
Leonardo finalmente volvió a correr, persiguiendo a los milicianos para volver a intentar reformar la línea y volver a marchar sobre la playa.
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