Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 La Mancha en la Perfección
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1: La Mancha en la Perfección 1: La Mancha en la Perfección El campo de entrenamiento de la Universidad de Magia de Rolf estaba en silencio absoluto.
Todos los ojos estaban fijos en el centro de la arena.
Allí estaba Rury.
En ese momento, era la imagen de la perfección élfica.
Su cabello púrpura ondeaba suavemente con la brisa matutina, y sus ojos violetas brillaban con una concentración letal.
Su figura era esbelta, ágil, sin un solo defecto visible.
Los murmullos de admiración de los estudiantes de grados inferiores llenaban las gradas; todos querían ser como ella.
Rury inhaló profundamente.
Sabía que esta era la prueba definitiva.
No solo para aprobar, sino para demostrar que merecía saltarse el último año.
—¡Vórtice de Fuego!
—gritó, liberando el sello en su interior.
No fue una simple llamarada.
Fue una explosión controlada.
Una columna de fuego rugiente, teñida de un extraño color violeta por la pureza de su maná, ascendió hacia el cielo, girando con la fuerza de un huracán.
El calor fue tan intenso que los maestros en el estrado tuvieron que cubrirse los rostros.
Cuando las llamas se disiparon, Rury seguía de pie, respirando agitadamente.
—Impresionante —murmuró el Decano, ajustándose las gafas y anotando en su pergamino—.
El control es absoluto.
La potencia…
excesiva, pero efectiva.
Rury, por decisión unánime, te otorgamos el título de Maga y la graduación anticipada.
Felicidades.
Los aplausos estallaron.
Rury sonrió, triunfante.
Pero mientras saludaba, sintió ese cosquilleo familiar y temido bajo la piel.
Un calor que no venía del fuego, sino de sus propias células.
No ahora, rogó mentalmente.
Solo espera un poco más.
Pero su cuerpo nunca escuchaba.
Una hora después, en su habitación, el triunfo se sentía muy lejano.
—Mamá…
—la voz de Rury sonó ahogada, teñida de frustración—.
Podrías ayudarme a…
a cerrar esto, por favor.
Rury estaba frente al espejo de cuerpo entero, pero la elfa esbelta de la arena había desaparecido.
En su lugar, la figura que le devolvía la mirada era visiblemente más robusta, con los brazos y el abdomen hinchados, reteniendo el residuo del maná como si fuera líquido bajo la piel.
Su rostro, antes afilado, ahora se veía redondeado y suave.
La túnica de graduación, que había sido confeccionada con las medidas de esa mañana, ahora se negaba obstinadamente a cerrar en la espalda.
Elih, su madre, se acercó rápidamente.
Sus dedos ágiles intentaron unir la tela, pero el ajuste era demasiado severo.
—Ay, hija…
—suspiró Elih, y su voz cargaba una culpa que hizo que a Rury se le encogiera el corazón—.
Debimos prever este incidente.
Sabíamos que usar un hechizo de nivel intermedio tendría este efecto.
Cómo se me fue a pasar…
debí haber pedido una talla extra con encantamiento de elasticidad.
Elih se mordió el labio, mirando el reflejo de su hija con ojos tristes.
No por la apariencia, sino por saber lo que Rury estaba sintiendo.
Rury forzó una sonrisa, apartando la mirada del espejo.
Se irguió, tratando de recuperar la dignidad que sentía haber perdido en esa última hora.
—No te sientas mal, mamá.
Estoy perfectamente bien —mintió, aunque sentía la piel estirada y dolorida—.
Es solo mi hinchazón habitual.
Ya sabes, el precio de ser una genio.
En un par de horas bajaré de peso de nuevo.
Antes de que Elih pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Paul entró con la energía de un vendaval, sus pasos pesados haciendo vibrar las tablas del suelo.
Su rostro, marcado por cicatrices de viejas batallas, estaba iluminado por una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
—¡¿Dónde está?!
—bramó, ignorando por completo la tensión en el aire—.
¡Al fin mi pequeña se va a graduar!
¡Y un año antes que todos esos debiluchos!
—Paul se acercó y puso sus grandes manos sobre los hombros de Rury, sin importarle que la túnica estuviera a medio cerrar—.
Estoy tan orgulloso de ti, hija.
Una verdadera guerrera mágica.
Rury sintió el peso reconfortante de las manos de su padre.
Por un segundo, bajo su mirada, no se sintió hinchada ni deforme.
Se sintió poderosa.
—Gracias, papá —susurró.
—Bien, bien —Paul miró a Elih—.
¿Por qué esas caras largas?
¡Es un día de fiesta!
¡Terminen de vestirse, el pueblo entero espera ver a la prodigio!
Rury intercambió una mirada con su madre.
El pueblo entero, pensó Rury, y el nudo en su estómago se apretó.
Espero que solo vean a la prodigio y no a la otra Rury.
La ceremonia fue una tortura lenta.
Discursos interminables sobre la “pureza élfica”, la “armonía con la naturaleza” y la “belleza del espíritu”.
Puro bla, bla, bla vacío que Rury había escuchado mil veces.
Ella se mantuvo sentada, con la espalda recta, sintiendo cómo las costuras de su túnica se clavaban en su piel hinchada con cada respiración.
Finalmente, llegó el momento.
—Maga de Rango Espíritu Mayor: Rury —anunció el maestro de ceremonias.
Al ponerse de pie, el sonido de la multitud cambió.
Los aplausos educados que habían recibido los otros estudiantes se transformaron en un silencio incómodo, seguido inmediatamente por un zumbido de murmullos.
Rury caminó hacia el podio.
Para ella, el pasillo se sentía kilométrico.
A los costados, podía escuchar fragmentos de las conversaciones susurradas sin disimulo: —¿Esa es la prodigio?
Por los dioses, mira su tamaño…
—Es una ofensa visual.
¿Cómo permitieron que subiera así?
—Dicen que su magia la deforma.
Es grotesco.
En la sociedad de Rolf, donde la delgadez y la gracia etérea eran sinónimos de virtud, la figura robusta y redondeada de Rury no era vista como una condición médica, sino como un fracaso moral.
Una mancha en su lienzo perfecto.
Rury apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.
No los escuches, se ordenó.
Eres mejor que ellos.
Tienes más poder en un dedo que ellos en todo su cuerpo.
Levantó la barbilla, negándose a mirar al suelo, y subió los escalones con paso firme.
Frente a ella estaba el Director de la Academia, un elfo alto con una túnica de seda blanca inmaculada.
Él sostenía el diploma con la punta de los dedos, como si temiera ensuciarse.
Rury se detuvo frente a él y extendió la mano.
—Felicidades —dijo el Director.
Su tono fue plano, burocrático.
No la miró.
Sus ojos estaban fijos en un punto lejano sobre el hombro de Rury, evitando deliberadamente hacer contacto visual con ella.
Le entregó el pergamino rápidamente y retiró la mano como si Rury quemara.
Rury tragó el nudo de rabia en su garganta.
Tomó el diploma, se giró hacia la audiencia y se acercó al atril mágico para dar su discurso de aceptación.
Respiró hondo, reuniendo el poco orgullo que le quedaba.
—Compañeros, maestros…
—comenzó Rury.
Apenas salió la primera sílaba de su boca, tres estudiantes en la primera fila se pusieron de pie.
Rury los reconoció al instante: el grupo de “élites” que siempre se burlaba de sus notas perfectas.
Comenzaron un cántico rápido y coordinado, sus voces entrelazándose en un hechizo de Tierra menor.
—¡Terra Limum, Viscera Porci!
El aire sobre Rury vibró.
Antes de que pudiera levantar una barrera, una esfera de magia estalló justo encima de su cabeza.
No era fuego, ni hielo.
Era lodo.
Una cascada de barro espeso, maloliente y pegajoso cayó sobre ella.
Cubrió su cabello púrpura, empapó su diploma y manchó irremediablemente su túnica de graduación.
El peso del lodo la hizo trastabillar, y el olor a pantano llenó el escenario.
El silencio en el auditorio duró un segundo, roto por la voz chillona de uno de los elfos que lanzó el hechizo: —¡Miren!
¡Al fin se ve como lo que realmente es!
¡Una cerda revolcándose en su chiquero!
Las risas no tardaron en llegar.
No fueron solo los estudiantes.
Rury, cegada por el barro que le cubría los ojos, escuchó las risas de los padres, de los invitados, incluso algunas risas disimuladas de los maestros.
La “sociedad perfecta” de los elfos se estaba riendo de su humillación.
Rury se quedó inmóvil, con el lodo goteando de su nariz y sus orejas, sintiendo cómo algo se rompía dentro de ella que ninguna magia podría reparar.
Rury irrumpió en su casa como un huracán, azotando la puerta con tal fuerza que los cuadros en las paredes temblaron.
Corrió directamente al baño, abrió el grifo de la tina mágica al máximo y comenzó a frotarse la piel con furia.
—¡Malditos sean!
¡Malditos sean todos y sus perfectas caras hipócritas!
—gritaba, su voz quebrándose entre sollozos de rabia pura—.
¡Ojalá se ahoguen en su propio ego!
¡Basura!
¡Son todos basura!
El agua se tornaba marrón a sus pies, pero ella seguía restregándose, como si el lodo hubiera penetrado más allá de su piel, ensuciando su alma.
La puerta del baño se abrió.
Elih y Paul entraron, ambos con el aliento agitado por haber corrido tras ella.
Elih se acercó con una toalla, sus ojos llenos de dolor maternal.
—Hija, por favor, déjame ayu…
—¡NO!
—Rury se apartó bruscamente, lanzando la esponja contra la pared—.
¡Ya no aguanto más, mamá!
¡Se acabó!
Se giró hacia ellos, con el agua y el lodo goteando de su ropa arruinada, su pecho subiendo y bajando violentamente.
—Me voy de este lugar —sentenció.
No fue una pregunta, ni una súplica.
Fue un hecho.
Elih se llevó una mano a la boca, palideciendo.
—¿A…
a dónde irás?
—A donde sea.
A conseguir una cura para esta…
esta cosa —se señaló a sí misma con asco—.
No puedo aguantar vivir un día más en esta aldea infeliz.
Rury se pasó una mano por el cabello empapado, tratando de calmarse, pero la amargura brotaba de ella.
—Sé lo que van a decir —continuó Rury—.
Sé que aquí estamos seguros.
Sé que el bosque y las fronteras están protegidos gracias al territorio del Rey Demonio.
Sé que nada entra aquí.
Pero…
—su voz bajó de volumen, volviéndose ronca—.
Estos tipos, estos “elfos”…
me agotan más que cualquier monstruo.
Su desprecio me está matando lentamente.
No puedo permanecer aquí.
Hubo un silencio tenso, solo roto por el goteo del agua.
Elih miró a su esposo, esperando que él, el general estricto, pusiera orden y le prohibiera a Rury cometer esa locura.
Paul dio un paso adelante, su rostro sombrío.
Miró a su hija, vio la humillación en sus ojos, pero también vio el fuego de la ira.
—Hazlo, hija —dijo Paul con voz grave—.
Sal de este lugar.
Elih soltó un jadeo, girándose hacia él como si le hubiera crecido una segunda cabeza.
—¡Paul!
—exclamó, incrédula—.
¿Escuchaste lo que dijiste?
¿Vas a dejar que tu hija se vaya al peligro de allá afuera?
Paul no miró a su esposa; sus ojos seguían fijos en Rury, brillando con una mezcla de orgullo feroz y rabia contenida.
—Mujer, mírale la cara —gruñó Paul, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—.
Yo no puedo tolerar tampoco que estos idiotas se pasen de listos con mi hija.
Si se queda aquí, la destruirán por dentro.
Y si se queda…
—Paul hizo una pausa, y una vena palpitó peligrosamente en su frente—.
No podrán salir impunes sin ninguna repercusión.
Golpearlos no será suficiente.
Aunque…
—una sonrisa oscura y sádica cruzó su rostro— si golpeo a todo el pueblo, uno por uno, hasta que no puedan levantarse, podría funcionar.
Elih le dio un golpe seco en el brazo, aunque su propia expresión mostraba que compartía parte de su furia.
—¡Ni pienses en hacer eso!
—le reprendió, aunque su voz carecía de la convicción habitual—.
No puedes declarar la guerra a toda la aldea, Paul.
—Entonces que se vaya —dijo Paul, volviendo a mirar a Rury—.
Si la aldea no es digna de ella, que el mundo tiemble ante sus pasos.
Empaca, Rury.
Si te vas, te irás preparada.
La madrugada llegó envuelta en una neblina azul y fría.
En la sala de estar, Rury terminaba de ajustar las hebillas de su mochila.
El descanso de la noche había surtido efecto: la hinchazón severa había desaparecido casi por completo.
Su rostro volvía a tener los ángulos finos de su madre y su túnica de viaje le quedaba holgada nuevamente.
Era una cruel ironía que se viera mejor justo cuando se disponía a irse.
Paul entró en la sala, rompiendo el silencio con el tintineo de metal.
Traía un par de guanteletes de cuero oscuro, reforzados con placas de un metal negro mate que parecían absorber la luz.
—Toma, hija —dijo Paul, tendiéndoselos—.
Mis viejos Guantes de Supresión.
Rury los tomó.
Eran pesados, fríos al tacto.
Al ponérselos, sintió inmediatamente cómo la energía que siempre zumbaba bajo su piel se calmaba, como si le hubieran puesto una tapa a una olla hirviendo.
—Atenuarán tu maná —explicó Paul, cruzándose de brazos—.
Tu poder es como un faro en la oscuridad, Rury.
Las bestias mágicas del bosque pueden olerlo a kilómetros.
Con eso puesto, serás invisible para sus narices.
No te los quites a menos que sea cuestión de vida o muerte, toma esta espada tambien, eres una guerrera tambien, procura usar muy poca magia.
—Gracias, papá —dijo Rury, cerrando los puños.
Se sentía contenida, pero segura.
Elih se acercó entonces.
En sus manos llevaba un objeto largo envuelto en seda.
Con movimientos delicados, retiró la tela, revelando un báculo impresionante de mitril gris pulida, con una piedra en forma de luna engarzada en la punta que pulsaba suavemente.
—Y esto es para que no vuelvas a sufrir lo de ayer —dijo Elih, con una sonrisa triste—.
Este era mi báculo cuando era aventurera.
Se llama Susurro Lunar.
Rury acarició su baculo.
A diferencia de los guantes que “tapaban” su poder, el báculo parecía invitarla a usarlo.
—Te ayudará a tener un flujo de maná estable y limpio —continuó su madre—.
Si canalizas tu magia a través de él, tu cuerpo no sufrirá tanto estrés.
Quizás…
quizás te ayude a controlar tu condición mientras encuentras la cura.
Elih rebuscó en su bolsillo y sacó un último objeto: un pequeño medallón de plata con la forma de un cuervo tosco.
—Una última cosa.
Si vas a la Capital Real…
ten cuidado.
He oído que ahora es un nido de víboras donde humanos y demonios conviven en una paz tensa.
Es peligroso.
Elih le puso el medallón en la mano.
—Si te ves en problemas que no puedas resolver con magia ni espada, ve a los barrios bajos.
Busca a alguien que se hace llamar “El Cuervo”.
Muéstrale esto.
Nos debe un favor de los viejos tiempos.
—Gracias, mamá —exclamó Rury, guardando el amuleto con reverencia.
Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas—.
Los voy a extrañar mucho.
A los dos.
—Nada de lágrimas —dijo Paul, aunque su voz sonaba sospechosamente ronca—.
Vámonos.
Te acompañaremos hasta la linde del bosque.
Salieron de la casa en silencio.
La aldea de Rolf dormía.
Caminaron por las calles desiertas, pasando por la plaza donde horas antes Rury había sido humillada.
Ahora, bajo la luz tenue del amanecer, el lugar parecía inofensivo, casi fantasma.
Llegaron a la salida del pueblo, donde los grandes árboles del bosque exterior marcaban el fin de la seguridad y el inicio de lo desconocido.
Allí, bajo el arco de madera antigua que marcaba la frontera, se detuvieron para el último adiós.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nue_Nigth Me recuerda a la primera vez que sali a buscar trabajo a otro estado:3
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