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Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 10

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10: El heroe desconocido 10: El heroe desconocido El estruendo fue absoluto.

El mundo se volvió blanco y sordo.

Una ola de choque barrió la plaza, lanzando a todos de bruces contra el suelo.

El aire, que segundos antes estaba frío por la noche, se calentó instantáneamente, cargado con el olor a ozono y a piedra quemada.

La tierra tembló violentamente durante varios segundos, y luego, un silencio ensordecedor se apoderó del Puesto Fronterizo.

Rury permaneció de pie por un segundo, con el báculo ‘Susurro Lunar’ todavía apuntando al cielo.

El poder la abandonó.

Fue como si le hubieran quitado el alma del cuerpo.

Sus piernas, que habían sostenido el peso de un hechizo celestial, se convirtieron en gelatina.

Sus ojos, que habían brillado con un poder púrpura, se quedaron en blanco.

El báculo se resbaló de sus dedos entumecidos y cayó al suelo con un clic metálico.

Rury se desplomó tras él, cayendo tendida sobre las piedras agrietadas, inconsciente antes de tocar el suelo.

—¡RURY!

Cyra fue la primera en moverse.

Ignorando el dolor punzante de su hombro destrozado, se puso en pie y corrió torpemente hacia la figura caída de la elfa.

Se arrodilló a su lado, apartando el cabello púrpura de su rostro sudoroso.

—Buen trabajo, niña…

—susurró Cyra, su voz temblando por el alivio y el agotamiento—.

Buen trabajo.

Mientras Cyra revisaba el pulso de Rury, los demás se ponían en pie, aturdidos.

El primero fue Throk.

Se apoyó en su único brazo, con el cuerpo cubierto de sangre (la suya y la del demonio).

Miró hacia donde había arrojado a la bestia.

Su aliento se atascó en su garganta de toro.

—Por…

mis cuernos…

—murmuró.

Los demás se unieron a él, cojeando hasta el borde de la muralla rota, mirando hacia el desierto.

Ya no había desierto.

Donde antes había colinas áridas y arena, ahora había un cráter.

Un abismo humeante, de un kilómetro de ancho, que brillaba con roca fundida en su centro.

El paisaje había sido reescrito.

Alya aterrizó a su lado, sus plumas erizadas por el shock.

—¡No queda nada!

—chilló, su voz aguda rompiendo el silencio—.

¡Ni colinas, ni rocas, ni Grawlers, ni demonio!

¡Solo…

un agujero!

Reha, el brujo, temblaba, pero no de miedo.

Era de asombro.

—Eso…

eso no es magia.

—dijo, su voz llena de pavor—.

He visto hechizos de destrucción.

Esto…

esto es un castigo divino.

¿Qué clase de poder tiene esa niña?

Brakk, el ogro, se rascó la cabeza con su mano ensangrentada, mirando el cráter y luego los fuegos que aún ardían en el pueblo.

—Bueno…

—dijo, con una lógica simple y brutal—.

Supongo que ya no tenemos que preocuparnos por los Grawlers.

Ni por nada…

en esa dirección…

nunca más.

Rhen simplemente tragó saliva, mirando a la pequeña figura de Rury al otro lado de la plaza.

—La…

la niña…

¿ella hizo eso?

—¡Reha!

—La voz de Cyra, repentinamente llena de pánico, los sacó de su estupor—.

¡Rápido, ayúdame!

Corrieron hacia ella.

—¿Qué pasa?

¿Está muerta?

—preguntó Throk.

—¡No!

¡Está respirando, pero…

miren!

Cyra señaló el rostro de Rury.

Estaba ocurriendo.

La maldición de la que Rury le había hablado.

La “hinchazón”.

Pero no era “un poquito”.

Era alarmante.

Su rostro se estaba hinchando rápidamente, sus mejillas se volvían rojas y tensas.

Sus manos, dentro de los guanteletes de su padre, debían estar bajo una presión inmensa.

Su respiración se estaba volviendo superficial y forzada.

—¡¡¡ESA MALDITA ELFA…

ME LAS PAGARÁ!!!

Un rugido que no era un rugido, sino una voz llena de odio puro, surgió desde el cráter.

El alivio y desesperacion se convirtió en hielo.

Todos se giraron, sus rostros pálidos de terror.

Una figura se estaba arrastrando fuera del epicentro.

Era el demonio.

Estaba ardiendo.

Literalmente.

Su piel negra estaba cubierta de llamas púrpuras y roca fundida que goteaba de él.

La mitad de su cuerpo era un desastre carbonizado, le faltaba un brazo y su cuerno se había roto.

Pero se estaba regenerando.

Mientras caminaba, tropezando, hacia el Puesto, nueva carne negra y humeante se formaba sobre sus huesos expuestos, más rápido que antes.

—Imposible…

—susurró Cyra, poniéndose de pie y colocando su cuerpo herido delante de Rury.

—¡No puede ser!

—gritó Reha—.

¡Sobrevivió a un meteoro!

—¡Estamos acabados!

—graznó Rhen—.

¡No nos queda nada!

El demonio levantó su único brazo funcional, que ya se había regenerado por completo.

La energía oscura comenzó a acumularse en su palma.

Apuntaba directamente a la plaza.

—¡Pagará…!

¡¡CLANG!!

Un sonido metálico, agudo y claro, cortó el aire.

Una nueva figura estaba en la brecha de la muralla, de espaldas a ellos, frente al demonio.

Era un hombre, o al menos tenía forma de hombre, enfundado en una armadura de placas de un color negro azabache, tan oscura que parecía absorber la luz de las llamas.

En su brazo izquierdo, un escudo negro y pesado había detenido sin esfuerzo el ataque de energía oscura del demonio.

El demonio rugió, sorprendido.

El caballero permaneció inmóvil.

Su casco era único, excepto por dos cuernos.

Uno, grueso, nacía en su frente y se curvaba hacia arriba.

El otro, más delgado, sobresalía de la nuca.

Un aventurero.

Pero uno que Rhen y Brakk, los guardias, no recordaban haber visto nunca.

En un ataque de furia desesperada, el demonio se lanzó, golpeando con su único brazo y sus garras regeneradas contra el escudo del caballero.

¡Clang!

¡Clang!

¡Clang!

El caballero no se movió ni un centímetro.

Soportó la embestida como si fuera una montaña, sus ataques no surtían efecto.

Era extrañamente fuerte.

Después de que el demonio agotara su ataque, el caballero bajó su escudo.

En su mano derecha, apareció una espada.

No era una claymore como la de Cyra, sino un estoque largo y delgado, negro como la medianoche.

El caballero se movió.

Fue un borrón, más rápido que el “Destello del Fénix” de Cyra.

Pasó de estar defendiendo a estar atacando en un instante.

La hoja negra atravesó el pecho del demonio, justo donde Rury lo había herido antes.

El caballero apareció detrás del monstruo, envainando su estoque.

“…Estoque Oscuro.” —dijo, su voz profunda y metálica, amortiguada por el casco.

El demonio se quedó quieto.

Miró hacia abajo, al agujero perfectamente limpio en su pecho, del cual no salía sangre, sino humo negro.

Su regeneración se había detenido.

Con un último gruñido de incredulidad, la bestia no cayó.

Se partió limpiamente por la mitad y se disolvió en cenizas y humo residual.

En la plaza, todos guardaron silencio.

Throk, el Minotauro, fue el primero en encontrar su voz.

—¿Quién…

quién diablos eres tú?

El caballero de negro se quedó de espaldas a ellos por un momento.

Lentamente, giró la cabeza, y dos puntos de luz roja brillaron desde el interior de la visera de su casco.

No respondió.

Con un paso tranquilo, caminó hacia la nube de ceniza y humo que el demonio había dejado…

y desapareció en ella.

Se había ido.

La tensión finalmente se rompió, pero fue reemplazada por una nueva urgencia.

—¡Reha!

—La voz de Cyra sonó, ahora llena de pánico—.

¡Olviden al caballero!

¡Ayúdame, ahora!

Corrieron hacia ella.

Rury, que había salvado la ciudad, estaba convulsionando.

La “hinchazón” era extrema, su rostro estaba de un rojo púrpura y su respiración era un silbido forzado.

—¡Está colapsando!

¡Usó demasiado maná!

¡Se está ahogando!

Un olor a madera de pino y especias débiles la despertó.

Era cálido.

Cómodo.

Rury abrió los ojos y vio un techo de madera con vigas que no reconoció…

y sin embargo, le resultaba familiar.

Giró la cabeza, cada músculo de su cuerpo protestaba con un dolor sordo.

Vio la pequeña mesa de madera, la silla, la ventana que daba al callejón.

Estaba en su habitación.

En la posada de Cyra.

Estaba en la cama, y no estaba sola.

Sentada en la silla junto a su cama, con la cabeza apoyada en el colchón y roncando suavemente, estaba Cyra.

Tenía el brazo herido vendado de forma tosca, y su rostro, incluso dormido, parecía agotado.

Su mano…

estaba sosteniendo la de Rury.

El movimiento de Rury la despertó.

Los ojos de Cyra se abrieron de golpe, con un pánico momentáneo que se convirtió en un alivio profundo.

—Rury…

—su voz era ronca—.

Por los nueve infiernos, niña.

Finalmente.

Rury intentó sentarse, pero le dolía todo.

—¿Cyra…?

¿Qué…

qué pasó?

El…

el meteoro…

—Tranquila.

—Cyra la ayudó a incorporarse, poniendo almohadas detrás de su espalda—.

El meteoro funcionó.

O algo así.

Rury se miró las manos.

Se sentía débil, vacía, pero…

normal.

No estaba hinchada.

—¿Cuánto tiempo…?

—Cuatro días —dijo Cyra—.

Has estado inconsciente durante cuatro días.

—¿Cuatro días?

—El pánico regresó a Rury—.

¡Pero mi maldición!

¡La hinchazón!

¿Cómo…?

—Eso —dijo Cyra, levantándose y estirando la espalda—, es una larga historia.

Y la escucharemos con comida.

Estás famélica.

Quince minutos después, Rury estaba sentada en una mesa en el bar principal (que tenía una tabla de madera temporal donde antes había una ventana), con un tazón de caldo caliente frente a ella.

Cyra estaba al otro lado, comiendo con un apetito feroz.

—Primero las cosas importantes —dijo Cyra, entre cucharadas—.

Lo que pasó después de que te desplomaste.

—Me hinché, ¿verdad?

—¿”Hinchaste”?

—Cyra soltó una risa seca—.

Niña, estabas colapsando.

Te estabas ahogando en tu propio maná.

Te pusiste de un color púrpura que hacía juego con tu cabello.

Creímos que ibas a explotar.

Rury palideció.

—Reha te salvó la vida.

Es un genio, aunque esté loco.

Trajo un ‘Fluctuador Arcano’, un artefacto que drena el exceso de maná.

La idea era almacenarlo en contenedores.

—¿Y funcionó?

—¡Ja!

Sí.

Llenaste sus diez contenedores de energía más grandes en menos de treinta segundos.

El artefacto estaba sobrecargado y tú seguías colapsando.

El problema no era solo la cantidad de maná, era la presión.

Cyra se inclinó hacia adelante.

—Así que Reha improvisó.

Tuvo una idea brillante y aterradora.

Nos gritó que te sujetáramos.

Conectó el artefacto de nuevo, pero esta vez…

lo usó para canalizar.

En lugar de drenar tu maná, lo usó como combustible.

—¿Combustible para qué?

—Para curarte —dijo Cyra, sus ojos brillando con asombro—.

Usó tu propio poder para lanzar hechizos de sanación de nivel maestro sobre ti.

Era la única forma.

El artefacto filtraba tu poder, lo hacía estable, y luego lo usaba para reparar el daño que la sobrecarga estaba causando.

Fue un círculo vicioso…

pero funcionó.

Te mantuvo con vida.

Rury se quedó en silencio, asimilando la ironía.

Su maldición casi la mata, y al mismo tiempo, fue la fuente de su supervivencia.

—¿Y los demás?

¿Throk?

¿Perdió su brazo…?

—Throk está bien —dijo Cyra, su tono volviéndose sombrío—.

Bueno, perdió su transformación Avanzada, perdió su brazo y su hacha, y está increíblemente furioso porque destruiste tres edificios con su cuerpo, pero está vivo.

Se recuperará.

Alya está bien.

Brakk y Rhen son los héroes del pueblo.

Rury respiró aliviada, pero una duda persistía.

—Cyra…

el demonio.

Mi meteoro.

¿Lo maté?

El recuerdo de esa voz resonó en su mente.

—No lo hice, ¿verdad?

—No, niña —dijo Cyra en voz baja—.

Tu meteoro fue…

un espectáculo.

Creó el cráter más grande que he visto.

Y el demonio se lo comió de lleno.

Todos pensamos que había terminado.

Pero…

no fue así.

Le contó cómo la bestia se había arrastrado fuera del cráter, ardiendo y regenerándose, lleno de odio.

—Estaba listo para borrarnos del mapa.

Estábamos acabados.

Reha estaba sin maná, Throk lisiado, yo apenas me tenía en pie.

Y tú estabas en el suelo.

—¿Entonces qué pasó?

—pregunto Rury—.

¿Cómo estamos aquí?

Cyra dejó su cuchara.

Su mirada se volvió distante.

—No lo viste.

Estabas inconsciente.

Pero…

algo, o alguien…

apareció.

Le describió la escena.

El ataque desesperado del demonio.

Y el caballero.

—Una armadura de ébano.

Un escudo negro que detuvo el ataque del demonio como si fuera un escupitajo.

Un casco con dos cuernos, uno al frente y otro en la nuca.

—¿Un aventurero?

—preguntó Rury—.

¿Uno que se quedó?

—Eso pensamos al principio.

Pero era…

diferente.

El demonio lo atacó con todo y sus golpes no surtían efecto.

Era extrañamente fuerte.

Cyra describió cómo el caballero se movió, la velocidad, el estoque negro.

—”Estoque Oscuro”, dijo.

Un solo golpe.

El demonio se partió en dos y se disolvió en cenizas.

Muerto.

De verdad.

—¿Quién era?

—preguntó Rury, fascinada.

—Eso es lo que todos nos preguntamos —dijo Cyra—.

Throk le gritó, le preguntó quién diablos era.

El caballero solo nos miró…

sus ojos brillaban de rojo dentro del casco.

Y entonces…

simplemente caminó hacia el humo que dejó el demonio y desapareció.

Se fue.

Rury se quedó callada, su caldo enfriándose.

Había sobrevivido.

Su pueblo improvisado había sobrevivido.

Pero ella no había sido la heroína.

Había sido el cañón, y habían necesitado a un asesino misterioso para dar el tiro de gracia.

—Así que…

—dijo Rury—.

Estamos a salvo.

—Estamos vivas —la corrigió Cyra—.

Y ahora, gracias a ti, medio continente va a querer saber qué demonios creó ese cráter ahí afuera.

Y gracias a ese caballero…

tenemos un nuevo misterio.

Come, niña.

Tienes que recuperar fuerzas, a y por cierto, tienes que visitar a Reha y darle las gracias por ayudarte, tambien te tiene una sorpresa, se que te gustara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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