Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Ecos de valor
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11: Ecos de valor 11: Ecos de valor Rury salió del Ogro Hambriento y respiró hondo por primera vez en cuatro días.
El sol de la mañana era brillante, casi doloroso.
El aire del Puesto Fronterizo ya no olía a especias y polvo; ahora olía a madera quemada, a serrín y a una débil pestilencia a azufre que venía del cráter lejano.
El asentamiento no estaba en silencio.
Estaba lleno de ruido.
El sonido de martillos golpeando clavos, de sierras cortando madera nueva.
Vio a un grupo de orcos y semi-humanos trabajando para despejar los escombros de un edificio derrumbado.
Eran los ladrillos donde ella se había estrellado.
Mientras caminaba, la gente la miraba.
No con la curiosidad o la burla del primer día.
La miraban con asombro, y con un poco de miedo.
Le abrían paso.
Supongo que crear un cráter gigante te da esa reputación, pensó Rury, sintiéndose incómoda.
Se dirigía a la tienda de Reha, como Cyra le había instruido, cuando oyó que la llamaban.
—¡Señorita Rury!
Se dio la vuelta.
Brakk y Rhen corrían hacia ella, o más bien, Brakk cojeaba rápidamente y Rhen trotaba a su lado.
—¡Señorita Rury, está de pie!
—exclamó Brakk, su rostro de ogro iluminado con una sonrisa genuina.
—¡Qué alivio!
—graznó Rhen, su voz nasal llena de emoción—.
¿Cómo se encuentra?
¡Oímos que estuvo durmiendo cuatro días seguidos!
¡Estábamos preocupados!
Rury no pudo evitar sonreír.
Eran tan diferentes de los guardias indiferentes que la habían recibido en la puerta.
—Estoy…
adolorida —admitió—.
Pero viva.
Gracias a ustedes.
Si no me hubieran sacado de esos escombros…
—¡Ah, no fue nada!
—dijo Brakk, agitando su mano buena—.
¡Teníamos que hacerlo!
—¿Por qué?
—preguntó Rury—.
Estaban rodeados.
Era peligroso.
Brakk y Rhen intercambiaron una mirada, y por primera vez, Rury vio que el hombre-alce se sonrojaba.
—Bueno, verá, señorita —comenzó Rhen, rascándose el cuello—.
Cuando vimos a esa…
cosa…
reaparecer.
Y luego…
cuando la vimos a usted…
—¡Pensamos que estaba loca!
—interrumpió Brakk, riendo—.
¡Totalmente loca!
¡Disculpe el lenguaje, señorita, pero cargar contra un demonio de cuatro brazos con esa espadita!
¡Fue el peor movimiento táctico que he visto en mi vida!
El rostro de Rury se enrojeció de vergüenza.
—Yo…
yo solo vi que tenía a Cyra…
—¡Exactamente!
—dijo Rhen—.
¡No lo pensó!
Brakk y yo estábamos…
bueno, para ser honestos, estábamos listos para correr.
Muertos de miedo.
Habíamos visto lo que esa cosa le hizo a Throk, ¡y Throk es Throk!
—Pero entonces la vimos a usted —continuó Brakk, su voz volviéndose seria—.
Una niña elfa, cubierta de polvo, que acababa de ser lanzada contra un edificio.
Y aun así, se levantó y cargó para salvar a su amiga.
Y Rhen y yo nos miramos y dijimos…
“Si esa niña tiene las agallas para hacer eso, no podemos dejar que muera enterrada en ladrillos”.
—¡Su determinación, señorita Rury!
—concluyó Rhen—.
¡Nos dio valor!
¡Nos hizo recordar que éramos guardias!
¡Por eso fuimos a salvarla!
Rury se quedó atónita.
Su acto más estúpido e impulsivo…
¿había sido su inspiración?
—Así que…
¿mi estupidez los inspiró?
—¡Jaja!
¡Exactamente!
—rugió Brakk—.
¡Fue la estupidez más valiente que hemos visto!
Mientras hablaban, habían llegado a la calle principal.
Rury vio la tienda de Reha, que milagrosamente seguía en pie.
—Debo ir a ver a Reha —dijo Rury—.
Cyra dijo que tenía algo para mí.
—¡Ah, el brujo!
¡Buena idea!
—dijo Rhen—.
La escoltaremos hasta la puerta.
Es lo menos que podemos hacer.
Caminaron el resto del trayecto, con Brakk y Rhen actuando como una guardia de honor improvisada, haciendo que Rury se sintiera, por primera vez, no como una marginada, sino como parte de algo.
Rury se despidió de Brakk y Rhen en la puerta de la tienda de Reha, agradeciéndoles de nuevo por la escolta.
Ellos le hicieron un saludo torpe pero respetuoso y volvieron a sus deberes de reconstrucción.
Ella empujó la puerta de la tienda, que chirrió.
El interior era un desastre, peor que antes.
La explosión del teletransporte original había destrozado la mayoría de los cristales, pero ahora, el estante de libros principal se encontraba destruido, probablemente por el temblor del meteoro.
—¿Reha?
¿Estás aquí?
—llamó Rury.
—¡Ahí!
¡Detrás del grimorio!
¡No te muevas, pisa con cuidado!
Reha salió de detrás de una pila de libros caídos, tosiendo polvo.
Llevaba las mismas túnicas, ahora manchadas de hollín, y sus gafas estaban torcidas.
—¡Señorita Rury!
¡Estás viva!
¡Maravilloso!
¡Simplemente maravilloso!
—exclamó, con una energía frenética.
—Reha, yo…
—comenzó Rury—.
Quería darte las gracias.
Por la Maldición del Umbral.
Y por…
salvarme la vida después.
Cyra me lo contó todo.
Reha agitó la mano, desestimándolo.
—¡Ah, no fue nada!
¡Bah!
¡El Umbral fue un fracaso de mi parte, aunque admito que el resultado fue espectacular!
¡La forma en que tu magia pura simplemente anuló la suya!
¡Y el meteoro!
¡Ay, el meteoro!
—sus ojos brillaron con locura científica—.
¡Sublime!
¡Una catástrofe sublime!
¡La resonancia arcana fue palpable!
El brujo comenzó a caminar en círculos, olvidándose de que Rury estaba allí, perdido en sus propios pensamientos.
—Estuve pensando, ¿sabes?
¡Cuatro días sin dormir!
¿Por qué un demonio de esa clase, un ‘Devorador Alfa’, estaría tan lejos de los yermos del este?
¿Por qué aquí?
¿Qué lo atrajo?
Rury se quedó callada, dejando que el brujo se disociara.
—¡Mi conclusión!
—dijo, deteniéndose en seco—.
Esas bestias, no son cazadores normales.
Se vuelven más fuertes al consumir oponentes poderosos.
¡Throk en modo Avanzado, Cyra!
¡Y luego tú!
¡Fue una escalera de poder!
¡Quería consumirlos a todos!
Pero, ¿qué lo atrajo aquí en primer lugar?
Reha se giró y señaló a Rury con un dedo tembloroso.
—¡Tú!
¡Fuiste tú!
—¿Yo?
—se sorprendió Rury—.
¿Por el meteoro?
—¡No, no, no!
¡Antes de eso!
—dijo Reha, cada vez más agitado—.
¡La explosión!
¡Aquí!
¡Cuando intenté teletransportarte!
¡Eso no fue una simple explosión, niña!
¡Fue una liberación de maná puro!
¡Una onda de pulso que, según mis cálculos, abarcó más de mil kilómetros a la redonda!
¡Fue un faro!
¡Gritaste ‘CENA GRATIS’ a todo ser en este continente capaz de sentir el poder!
¡Esa bestia vino a devorarte!
Rury sintió un escalofrío.
Así que todo…
la destrucción del Puesto, el brazo de Throk, la herida de Cyra…
todo había sido su culpa.
Al ver el terror en el rostro de Rury, Reha pareció volver a la realidad.
Carraspeó, su tono volviéndose más profesional.
—Pero…
ejem…
vi la difícil situación.
Y como soy, en parte, responsable de sonar la campana de la cena…
trabajé en algo para ti.
Se dirigió a su mesa de trabajo, apartando frascos rotos.
—Tú problema es doble: te detectan y te sobrecargas.
Así que necesitas dos soluciones.
Sacó un brazalete de plata simple, grabado con runas azules que parecían absorber la luz.
—Primero, esto.
Es un Ocultador de Flujo.
Mucho más refinado que esos guanteletes toscos que traias esa vez.
Esos solo contienen el maná, como poner una tapa en una olla hirviendo.
Esto lo enmascara.
Detiene el flujo de maná residual al exterior.
Para las bestias que rastrean el poder…
serás invisible.
Un punto ciego en el mapa.
Rury tomó el brazalete con reverencia y se lo puso.
Se sintió frío y tranquilizador.
—Y segundo…
—Reha sacó un anillo de plata delgado, con un solo cristal transparente del tamaño de una lágrima—.
Esto.
Vi lo que pasó después del meteoro.
El colapso de maná.
Esta es tu válvula de seguridad.
Rury se puso el anillo en el dedo índice.
—El anillo monitorea tu gasto de maná.
Si usas magia básica, como encender un fuego o mover una roca, no hará nada.
Si empiezas a canalizar algo de clase intermedia, como tu hechizo de vuelo…
el cristal brillará de color ámbar.
—¿Y si uso algo fuerte?
—preguntó Rury, temiendo la respuesta.
—Empezará a emitir un pitido agudo —explicó Reha—.
Un pitido de advertencia.
Te dirá la cantidad de maná que puedes gastar de forma segura.
Tiene un límite recomendado.
Ahora…
—Reha la señaló con un dedo admonitorio—…tú decides si hacerle caso o no.
No puedo detenerte.
Pero al menos ahora, sabrás cuándo estás a punto de volarte a ti misma por los aires.
Rury miró el anillo.
Ahora podía usar su magia.
Magia básica, hechizos de clase intermedia…
podía volver a ser una maga, no solo una guerrera.
—Reha…
esto es…
no sé cómo agradecértelo.
—No lo hagas —dijo el brujo, ya volviendo a sus libros caídos—.
Considera que estamos a mano por casi volar mi tienda…
dos veces.
Ahora, vete.
Y por favor, señorita Rury…
intenta no lanzar más meteoros dentro de los límites de la ciudad.
—– Rury salió de la tienda de Reha sintiendo el peso reconfortante del brazalete en su muñeca y el anillo en su dedo.
Por primera vez, su poder no se sentía como una bomba de tiempo incontrolable, sino como un arma que podía elegir cuándo usar.
Suspiró, aliviada.
Tenía una última visita que hacer.
Se dirigió a los establos del este.
El granero principal, como Throk había gritado en la batalla, ya no existía.
Era un montón de vigas carbonizadas.
Pero la granja seguía en pie, y varios semi-humanos con rasgos de cabra estaban trabajando en silencio, reparando una cerca rota.
Uno de ellos vio a Rury y señaló hacia la casa.
Rury asintió con gratitud y llamó a la puerta.
—Adelante —retumbó una voz grave, debilitada por el cansancio.
Rury entró.
La casa era sencilla y olía a heno y a ungüento medicinal.
Throk, el Minotauro, estaba en una cama que era casi cómicamente grande, reforzada con vigas de hierro.
Estaba recostado sobre un montón de almohadas, y el lugar donde debería haber estado su brazo izquierdo estaba cubierto por un bulto masivo de vendas limpias.
Dos jóvenes semi-humanas con rasgos de ciervo estaban a su lado; una le daba de comer con una cuchara y la otra le cambiaba un paño húmedo de la frente.
—Señorita Rury —dijo, su voz era un murmullo comparado con su rugido habitual.
Las ciervas hicieron una reverencia y se retiraron a un rincón, dándoles espacio.
Rury se acercó, sintiéndose pequeña y profundamente culpable.
—Throk…
yo…
vine a agradecerte.
Salvaste a Cyra.
Y me salvaste a mí…
arrojaste al demonio.
Si no fuera por ti…
El Minotauro resopló, un sonido que hizo temblar la cama.
—Tch.
Y tú salvaste a todo el maldito pueblo.
Creo que estamos a mano.
—Hizo una pausa, mirándola con sus grandes ojos de toro—.
Te subestimé, niña.
Gravemente.
No pensé que una elfa tan pequeña pudiera…
bueno.
Borrar el horizonte.
Tienes el poder de un dios enfadado.
—No sirvió de nada —murmuró Rury, avergonzada—.
No lo mató.
—No.
Pero lo detuvo —dijo Throk—.
Y eso nos dio tiempo para el verdadero evento principal.
Dime, niña…
¿alcanzaste a verlo?
Al final.
El caballero de negro.
Rury negó con la cabeza.
—No.
Cuando el meteoro cayó…
colapsé.
Cyra me dijo que alguien apareció y…
terminó el trabajo.
—”Terminó el trabajo” no le hace justicia —gruñó Throk, con un nuevo tipo de energía en su voz.
Era respeto de guerrero—.
Yo estaba allí.
Lo vi todo.
Ese poder…
no era de los nuestros.
—¿Qué quieres decir?
—preguntó Rury, acercándose—.
¿No era un demonio?
—¡Oh, no!
—se rio Throk—.
He luchado contra docenas de generales del Rey Demonio en mis días de juventud.
Siento su magia.
Es caliente, caótica, como el azufre.
Esto…
esto era diferente.
Era frío.
Limpio.
Vacío.
Throk se acomodó, haciendo una mueca de dolor por su hombro perdido.
—Me recordó a la magia humana.
O al menos, a las historias que nos contaban.
Magia desconocida, de más allá del Límite del Río.
—¿Un humano?
—Rury estaba confundida—.
¿Pero por qué nos ayudaría?
¡Mis padres dijeron que los humanos nos odian!
¡Que son los villanos!
—¡Y lo son!
—afirmó Throk—.
Por eso no tiene sentido.
Un humano salvaje que esta dentro de territorio demoniaco, es algo peligroso y me llena de dudas, uno de esos fanáticos de sus reinos, nos habría asesinado a todos sin dudarlo, aprovechando que estábamos débiles.
A Cyra, a ti, a mí.
Pero este caballero…
no le importamos.
Ignoró al resto de los Grawlers.
Solo mató al demonio.
Y se fue.
El interés de Rury se disparó.
Este misterioso guerrero era una anomalía que no encajaba en su visión del mundo.
—¿Y sabes algo más de él?
¿A dónde fue?
Throk la miró fijamente.
—Sí.
Después de que se disolvió en el humo, todos perdieron su rastro.
Pero mis ojos no son los de un elfo o un humano.
Puedo ver el calor y el movimiento a kilómetros.
Desapareció de la vista, pero no de la mía.
Hizo una pausa, como si calculara.
—Se movía rápido.
Sin prisa, pero con propósito.
Se dirigía al sur.
Hay un pequeño pueblo minero, un cruce de caminos, a no más de setenta kilómetros de aquí.
Si tuviera que apostar, diría que se detuvo allí.
Rury sintió una sacudida de adrenalina, la misma que sintió antes de la batalla.
Azmar seguía siendo el destino final, pero esto…
esto era una pista.
Un misterio que su padre le advirtió (evitar a los humanos) y una anomalía que podría tener respuestas.
Tenía que saberlo.
—Throk —dijo, su voz firme—.
Gracias.
Por todo.
Recupérate pronto.
El Minotauro soltó una risita grave.
—No te preocupes por mí.
Solo trata de no volar más pueblos, ¿quieres?
Rury le dedicó una sonrisa rápida.
Se giró y salió corriendo de la granja.
Ya no cojeaba por el cansancio.
Tenía un propósito renovado.
Atravesó las calles del Puesto Fronterizo, de vuelta al local de cyra.
Tenía que hablar con Cyra.
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