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Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Primeros lazos
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13: Primeros lazos 13: Primeros lazos El sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo de un naranja polvoriento cuando la carreta de Porco se detuvo.

Habían estado viajando hacia el sur durante varias horas, dejando el cráter y el Puesto Fronterizo muy atrás.

—¡Aquí está bien!

—anunció Porco, su voz aguda rompiendo el traqueteo de las ruedas—.

Hay unas rocas grandes, buen refugio contra el viento…

¡y contra cualquier cosa con dientes!

Alya, que había estado volando en círculos por encima de ellos, aterrizó en la parte superior de la roca más alta, sus ojos de águila escudriñando el desierto que se oscurecía.

Brakk y Rhen saltaron de la parte trasera de la carreta, sus huesos crujiendo.

—¡Uf!

—gruñó Brakk—.

Prefiero que me golpee un Minotauro a estar sentado en esa caja de madera tanto tiempo.

Rury bajó, sintiendo sus propios músculos entumecidos.

Mientras Porco desenganchaba a las bestias de tiro, Brakk y Rhen se pusieron a trabajar con una eficiencia sorprendente, iniciando un pequeño fuego de campamento con yesca seca.

Pronto, el olor de la carne seca friéndose y el pan de viaje calentándose llenó el aire.

Se sentaron alrededor del fuego.

Porco estaba visiblemente nervioso, pero tener a Brakk, Rhen y Alya como escoltas parecía calmarlo un poco.

Brakk fue el primero en romper el silencio, después de darle un gran mordisco a un trozo de carne.

—Muy bien, Señorita Meteoro…

sin ofender, pero ¿qué rayos?

Rury, que estaba bebiendo de su odre, casi se atraganta.

—¿Qué rayos…

qué?

—¡Brakk!

¡Modales!

—lo regañó Rhen.

—¡No, no!

¡Es una pregunta justa!

—insistió el ogro, señalando a Rury con su carne—.

Salvaste el pellejo de todos.

Lanzas meteoros.

Los duendes te estafan.

Los demonios te persiguen.

Cyra y Throk te tratan como a una vieja amiga.

¿Cuál es tu historia?

¿Qué hace una elfa como tú, sola, en el Puesto Fronterizo más feo del continente?

Alya bajó de su percha, claramente interesada.

—¡Sí!

¡Yo también quiero saber!

¡Toda esa historia, Cyra me conto un poco de tu maldicion!

Rury miró las caras de sus compañeros.

No la miraban con miedo, como la gente del pueblo.

La miraban con una curiosidad genuina.

Estos eran los guardias que habían arriesgado sus vidas para salvarla de los escombros.

Se merecían una respuesta.

—Yo…

estoy en una aventura, supongo —comenzó Rury, mirando las llamas—.

Pero con el proposito de vivir una vida y conocer el mundo.

Nací con…

una condición.

Una maldición.

Explicó lo básico.

—Mi cuerpo produce demasiado maná.

Más de lo que puede manejar.

Es por eso que…

bueno, es por eso que me veo así —dijo, la vieja inseguridad regresando por un momento—.

Cuando uso magia poderosa, como el meteoro…

me sobrecargo.

Me hincho.

Reha lo llamó un colapso de maná.

Casi me mata.

—¡Vaya!

—dijo Rhen—.

Así que eres literalmente un cañón andante.

Y el anillo que te dio Reha es el seguro.

—Exacto —dijo Rury—.

Mi misión…

mi verdadera misión…

es ir a Azmar.

A la Capital del Rey Demonio.

Cyra me dijo que allí, en sus bibliotecas, podría encontrar una cura.

Una forma de controlarlo.

Hubo un momento de silencio mientras asimilaban la información.

—Eso es…

increíblemente valiente, Señorita Rury —dijo Rhen, su voz llena de un nuevo respeto—.

Dejar tu hogar para enfrentar algo así, sola…

—Bueno, ¡eso explica por qué vas a Azmar!

—dijo Brakk—.

¡Pero no explica esta pequeña excursión!

Rury parpadeó.

—¿Qué?

—Azmar está al este —dijo Brakk, señalando con el pulgar hacia la oscuridad—.

Estamos yendo al sur.

Cuando llegaste a Cyra ayer, estabas como poseída.

“¡Tengo que ir al pueblo minero!

¡Ahora!” ¿Qué hay en el Cruce de Roca que es tan importante como para desviarte de la cura de tu vida?

Alya se inclinó, sus ojos de pájaro brillando.

—¡Sí!

¿Es un tesoro?

¡Me dijeron que las minas de allí están llenas de gemas!

—¡Solo hay rocas y mineros gruñones!

—chilló Porco desde el fondo, temeroso de que hablaran de tesoros.

—- Rury sonrió levemente.

Miró el fuego.

—No es un tesoro.

Es…

una historia.

Brakk levantó una ceja.

—¿Una historia?

—No estaba buscando oro —explicó Rury—.

Estaba buscando al caballero.

—Ah…

—Rhen asintió con seriedad—.

El Caballero de Ébano.

—Ese tipo sí que era impresionante —comentó Brakk, asintiendo con su enorme cabeza—.

Su armadura…

y la forma en que simplemente…

cortó a esa cosa.

—Su comportamiento…

—dijo Rury, pensativa—.

Me recordó a una historia que leí en mi aldea.

No teníamos muchos libros del mundo exterior, pero había uno.

Un cuento de niños llamado ‘El Héroe Escarabajo’.

—¿El Héroe Escarabajo?

—rio Brakk—.

Es ese cuento famoso.

—Exacto ese mismo —explicó Rury, ignorándolo—.

Con una armadura que decían parecía el caparazón de un insecto.

Nadie sabía quién era.

Pero la historia decía que siempre aparecía en el último segundo.

Salvaba a los pueblos que estaban a punto de ser destruidos, a los que no tenían esperanza…

y luego desaparecía sin decir palabra, sin aceptar pago.

Cuando Cyra y Throk me contaron lo que hizo el Caballero de Ébano…

y lo que ustedes mismos vieron…

cómo nos salvó y se fue…

me pareció similar.

Rhen, que estaba masticando un trozo de pan, se detuvo en seco.

—Espera un segundo.

¿’El Héroe Escarabajo’?

¿En tu aldea aislada?

Señorita Rury…

¡esa es una historia famosa aquí!

¡Es una leyenda muy conocida en todas las tierras fronterizas!

¡Todos los niños crecen con ella!

Creíamos que era solo un cuento de fogata para darnos esperanza.

—Pero Throk dijo algo más —continuó Rury—.

Dijo que su poder era frío.

Que le recordaba…

a la magia humana.

Rhen dejó caer el pan.

—¿Magia humana?

¿Y un acto heroico?

Esas dos cosas no van juntas.

—¡Exactamente!

—dijo Rury—.

¡No tiene sentido!

¡Mis padres dijeron que los humanos son los villanos!

Un humano salvaje nos habría matado a todos.

¡Pero este actuó como el Héroe Escarabajo del cuento!

Rhen se inclinó hacia adelante, sus ojos de alce muy abiertos, conectando las piezas.

—Señorita Rury…

en el cuento.

El casco del Héroe.

¡Era exactamente como el suyo!

¡Con los dos cuernos!

¡Uno al frente y otro en la nuca!

—¡Como un escarabajo rinoceronte!

—exclamó Alya, batiendo sus alas—.

¡Lo conozco!

¡Mi abuela me contaba esa historia!

Rhen estaba algo pensativo.

—Por todos los dioses…

—Y…

—continuó Rury, su voz bajando— Throk lo vio irse.

Tiene una vista increíble.

Se dirigió al sur.

Directamente hacia el Cruce de Roca.

Se hizo silencio.

El único sonido era el crepitar del fuego.

—Tengo que saber quién es —dijo Rury, su voz firme—.

Tengo que saber por qué un guerrero con magia humana actúa como un héroe de leyenda.

Si ‘El Héroe Escarabajo’ es real…

tengo que verlo.

— Rury miró a su alrededor, a sus compañeros.

Porco estaba roncando suavemente al lado de la carreta, ya dormido.

Brakk, Rhen y Alya, que habían escuchado su historia, ahora estaban en silencio, procesando la idea.

—Una última pregunta —dijo Rury, su voz suave en la quietud de la noche—.

Ya que estamos contando cosas personales.

¿Que los trajo al asentamiento?

¿Por qué están aquí, en el Puesto Fronterizo?

¿De dónde vienen?

Alya, que había estado acurrucada en la roca, levantó la cabeza.

—¡Yo puedo empezar!

—chilló, sus ojos brillantes con el reflejo del fuego—.

Yo fui una aventurera.

Durante mucho tiempo.

—¡Sí!

—dijo Brakk, asintiendo—.

¡Alya formaba parte de un equipo bastante famoso en su día!

—¡Éramos los ‘Garras Indomables’!

—dijo Alya, con una risita de vergüenza—.

Sí, sé que el nombre es un poco…

el líder no era muy bueno poniendo nombres.

Éramos un grupo de cinco.

Todos éramos guerreros con garras, de diferentes razas, ¡pero todos con garras!

Era la especialidad del equipo.

—¡Y eran buenos!

—dijo Rhen—.

Los vi una vez en una taberna.El lider un hombre hibrido mitad Leon con garras de sombra, un Vampiro con garras de piedra, una chica pantera con garras de hierro, un hombre lobo…

—¡Y yo, por supuesto!

—interrumpió Alya, hinchando el pecho—.

¡Garras de águila!

Pasamos diez años juntos.

¡Diez años de aventuras!

Rescatando a nobles, matando bestias salvajes, encontrando tesoros…

¡fue increíble!

—¿Y luego?

—preguntó Rury, fascinada.

Alya miró el fuego, y por un momento, su energía burbujeante se calmó.

—Después de un tiempo…

me cansé.

De la sangre, del peligro, de los gritos.

De siempre mirar por encima del hombro.

Mis compañeros…

algunos se casaron, otros…

otros ya no están.

Y yo solo quería un lugar tranquilo.

—Así que te mudaste al Puesto Fronterizo —dijo Rury.

—¡Exacto!

—dijo Alya—.

Era seguro.

O bueno, era seguro antes de que el demonio de cuatro brazos decidiera que éramos un buen lugar para cenar.

Pero me encantaba.

Está cerca del Gran Bosque Verde, al norte.

Y a unos pocos kilómetros al este…

hay un acantilado con una vista perfecta.

Me encantaba volar allí por la mañana, ver el bosque y el desierto encontrarse.

¡Era mi lugar favorito!

Paz.

Rury asintió.

Podía entender eso.

El Puesto Fronterizo, con toda su rudeza, había sido un refugio.

Miró a los otros dos guardias, que escuchaban atentamente.

—Entiendo tu historia, Alya.

¿Pero y ustedes dos?

—preguntó Rury, girándose hacia Brakk y Rhen—.

No parecen el tipo de personas que elegirían retirarse.

Brakk soltó una carcajada que sonó como un deslizamiento de rocas.

—¡Retirarnos!

¡Jaja!

¡Buena esa, señorita!

¡No, nosotros no vinimos aquí por la paz!

—Brakk, sé educado —dijo Rhen, ajustándose junto al fuego—.

Nuestra historia es un poco…

más aburrida que la de Alya.

Nosotros fuimos asignados aquí.

—¿Asignados?

—preguntó Rury—.

¿Desde dónde?

—Desde el norte —dijo Rhen, su voz volviéndose un poco nostálgica—.

El lejano norte.

Un lugar llamado ‘La Ciudad de las Nieves’.

—¿La Ciudad de las Nieves?

—¡Tal como suena!

—gruñó Brakk—.

Nieva.

Todo.

El.

Maldito.

Año.

¡Nieve en primavera, nieve en verano!

¡No extraño ese lugar ni un poco!

¡Mis bigotes se congelaban solo por respirar!

¡Este calor seco es una bendición!

—Brakk odia el frío —explicó Rhen con una sonrisa paciente—.

Pero es nuestro hogar.

Allí es donde nos conocimos.

—¿En la ciudad?

—En la academia —dijo Rhen—.

En nuestra etapa de entrenamiento para convertirnos en guardias de la ciudad.

Brakk y yo estábamos en el mismo pelotón.

—¡Sí!

—añadió Brakk—.

¡Yo era el más fuerte de todos los reclutas ogros!

—…Y yo era el único recluta semi-humano que sabía leer mapas y no se perdía en una tormenta de nieve —terminó Rhen, riendo—.

Nuestros instructores nos pusieron juntos.

El cerebro y la fuerza.

Nos hicimos amigos inseparables desde entonces.

—¿Pero cómo terminaron en el Puesto Fronterizo?

—preguntó Rury—.

Está al otro lado del mundo, ¿no?

Rhen suspiró, su tono volviéndose más formal.

—Órdenes de nuestros superiores.

Hace cinco años.

Decidieron que el Puesto Fronterizo necesitaba una…

‘rotación de personal experimentado’ para mantener la paz en la frontera.

—Nos exiliaron —resopló Brakk—.

Probablemente porque le rompí la nariz al hijo de un capitán en una pelea de taberna.

—¡Brakk!

—lo regañó Rhen—.

El punto es, señorita Rury, que nos transfirieron aquí.

Pensamos que era el peor destino del mundo.

—¿Y lo fue?

—preguntó Rury.

Brakk miró el fuego, luego a Rhen, y luego a Alya, que estaba escuchando desde su roca.

—No.

Para nada.

—No nos arrepentimos ni un solo día de haber llegado —dijo Rhen, su voz suave y honesta—.

La Ciudad de las Nieves era…

rígida.

Llena de reglas, de nobleza, de miradas frías.

Aquí…

bueno…

—¡Aquí la gente es loca!

—rio Brakk—.

¡Es ruidoso, es sucio, la comida es extraña y casi nos mata un demonio!

—¡Pero es honesto!

—concluyó Rhen—.

Nadie aquí finge ser algo que no es.

Es nuestro hogar.

Y no lo cambiaríamos por nada.

Rury asintió, entendiendo.

Cada uno de ellos, Alya, Brakk y Rhen, habían encontrado un hogar en el lugar más improbable del mundo.

Un silencio cómodo se instaló entre ellos, solo roto por el crepitar del fuego.

Rury se dio cuenta de que estaba sonriendo, una sonrisa genuina y tranquila.

—Es…

es bueno —dijo, su voz suave.

Brakk levantó una ceja.

—¿Qué es bueno?

¿Mi historia?

¡Lo sé!

—No, solo…

esto —dijo Rury—.

Escucharlos hablar.

Nunca…

nunca había tenido una conversación así de extensa y profunda con alguien.

Rhen la miró con curiosidad.

—¿Nunca?

¿Ni en tu hogar?

Rury negó con la cabeza, su sonrisa volviéndose melancólica.

—Especialmente no allí.

Se hizo un ovillo, abrazando sus rodillas.

—En mi aldea, los elfos…

no son como mis padres.

No tienen mucha fuerza física, y la mayoría no tiene mucho maná.

Así que lo único que les queda…

lo único que valoran por encima de todo…

es presumir su belleza.

—Rayos —murmuró Brakk—.

No sabía que los elfos tenían una regla tan estricta en la belleza.

Suena…

superficial.

—¡Lo es!

—dijo Rury, con una chispa de frustración—.

¡Para ellos es todo!

Y yo…

bueno…

—se señaló a sí misma— …yo no encajaba.

Miró a sus compañeros, que la escuchaban con atención.

—Cada vez que usaba magia en la academia…

magia de verdad, más allá de los hechizos básicos…

mi maldición actuaba.

Mi cuerpo no podía manejarlo y…

me hinchaba.

Los otros estudiantes me llamaban globo o rana inflada.

Algunos de los niños preferían hacer los entrenamientos solos, sin compañero, antes de hacer equipo conmigo.

Se burlaban de mí a mis espaldas, creyendo que no los oía.

—Eso es horrible, señorita Rury —dijo Rhen, con el ceño fruncido.

—Yo…

yo lo tomaba con mucha calma —dijo Rury, mirando fijamente las llamas—.

O al menos, fingía hacerlo.

Pero sí…

sí me llegó a afectar.

Hizo una pausa, y su expresión se endureció con una determinación familiar.

—Pero eso no me desanimó.

Al contrario.

Me hizo darme cuenta de que podía hacer más.

Si no podía ser bonita como ellos, entonces sería la más inteligente.

Y la más fuerte.

Me encerré en la biblioteca.

Decidí estudiar cada hechizo, cada texto, cada pizca de teoría que pude encontrar.

Y salí de la academia con el mayor título que un elfo podría alcanzar en magia.

Miró sus manos, ahora cubiertas por los guanteletes de su padre y el anillo de Reha.

—Pero como vieron…

la magia más fuerte que lancé, la que aprendí en esos libros…

casi me mató también.

Así que…

supongo que todavía estoy tratando de encontrar el equilibrio.

Brakk y Rhen se quedaron en silencio, procesando la historia de Rury.

Alya, que había estado limpiando sus plumas en la roca, soltó un chillido que sonó a risa.

—Niña, escúchame.

Rury levantó la vista.

—Esos elfos de tu academia —dijo Alya, su voz de pájaro ahora seria y aguda—, suenan como un montón de polluelos asustados.

En el mundo del que ellos vienen, la “belleza” es su armadura.

Es lo único que tienen para protegerse.

Pero aquí fuera…

—Alya extendió un ala hacia el oscuro y vasto desierto que los rodeaba— …aquí fuera, la belleza no te salvará de un Gusano de Arena.

No detendrá a un demonio.

No reconstruirá un pueblo.

Alya se inclinó hacia adelante, sus ojos de rapaz brillando con intensidad.

—Ellos se reían de ti porque te “hinchabas”.

Pero Brakk me dijo que levantaste a un goblin estafador con un solo brazo.

Y yo te vi lanzar un maldito meteoro del cielo.

Aquí fuera, en el mundo real, a eso no lo llamamos “ser rara”.

Lo llamamos “ser una maldita amenaza”.

Y eso, Rury…

es mil veces mejor que ser una cara bonita.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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