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Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 15

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15: El Baluarte del Crisol 15: El Baluarte del Crisol El sendero pedregoso finalmente se niveló.

Rury se detuvo, limpiándose el sudor de la frente, esperando ver las chimeneas humildes de un “pueblo minero” tal como lo había descrito Throk.

Lo que vio la dejó con la boca abierta.

No era un pueblo.

Ni siquiera estaba cerca.

Frente a ella, incrustada en la base de la montaña misma, se alzaba una fortaleza de metal y piedra negra.

Murallas de veinte metros de altura, reforzadas con placas de acero, rodeaban una urbe que escupía humo blanco y gris desde cientos de chimeneas industriales.

El sonido de martillos hidráulicos y el silbido del vapor se escuchaban incluso desde donde ella estaba.

Sobre la inmensa puerta de acero, un letrero grabado en bronce proclamaba como Ciudad Minera, El Baluarte del Crisol.

—¿Pueblo?

—murmuró Rury, incrédula—.

Throk y Cyra realmente necesitan actualizar sus mapas mentales.

Esto es una metrópolis.

Los guardias en la puerta, armados con ballestas pesadas, apenas la miraron cuando pasó.

Parecía que el tráfico de comerciantes era constante.

Al entrar, Rury se sintió pequeña.

No era la elegancia natural de la aldea de los elfos, ni el caos orgánico del Puesto Fronterizo.

Esto era ingeniería bruta.

Edificios de tres y cuatro pisos hechos de ladrillo rojo y tuberías de cobre se alzaban sobre calles pavimentadas.

Engranajes gigantes giraban en las esquinas, movidos por vapor subterráneo.

Era una maravilla de la tecnología que Rury no sabía que existía.

Mientras caminaba, esquivando carros llenos de mineral, su mente pragmática se activó.

Si esto es una ciudad real, debe tener burocracia real.

Recordó las palabras de Cyra sobre los permisos de viaje.

Si quería llegar a Azmar sin ser detenida en cada frontera humana o demoníaca, necesitaba un salvoconducto.

Un estatus que fuera respetado universalmente.

Un Gremio de Aventureros.

Si conseguía una licencia de rango, sería su pasaporte para el mundo.

Pero primero, necesitaba acero.

Su cintura seguía vacía, y el recuerdo del Golem casi aplastándola estaba fresco.

El sonido rítmico de un martillo contra el metal la guio.

Se detuvo frente a un local abierto que irradiaba calor.

El letrero decía “Hierro y Fuego”.

Entró.

El interior estaba lleno de armas colgadas: hachas, martillos, espadas y escudos, todos de una calidad robusta.

Detrás del mostrador, un enano de espaldas anchas y barba trenzada de color gris estaba puliendo un casco.

Al escuchar la campana de la puerta, se giró con una sonrisa comercial.

—¡Bienvenido a…!

Su sonrisa desapareció en el momento en que vio las orejas de Rury y su cabello púrpura.

El enano frunció el ceño, sus cejas pobladas juntándose.

—Una elfa.

—Escupió la palabra como si fuera vinagre—.

No solemos ver a los de tu tipo por aquí.

Si buscas flores o arcos de madera endeble, te equivocaste de tienda, orejas largas.

La florería está en el otro barrio.

Rury sintió el aguijón del racismo habitual, pero recordó su entrenamiento mental.

Enojarse no le conseguiría una espada.

Además, podía sentir el calor del horno y ver la calidad del acero en las paredes.

Este hombre sabía lo que hacía.

Rury se inclinó en una reverencia respetuosa, ignorando el insulto.

—No busco flores, maestro herrero.

Busco acero.

Y por lo que veo en sus paredes, no hay mejor lugar en esta ciudad para encontrarlo.

Sus forjados tienen un equilibrio excelente.

El enano parpadeó, sorprendido.

Esperaba una respuesta arrogante, típica de los elfos.

El halago técnico lo desarmó.

—Hmpf.

—Gruñó, pero su postura se relajó un poco—.

Tienes buen ojo, supongo.

Soy gundar.

¿Qué busca una elfa en mi forja?

—Una espada —dijo Rury—.

Perdí la mía en…

un incidente de viaje.

—Ya veo.

—Gundar señaló un estante—.

Esas son de aleación estándar.

Buenas, duraderas.

Rury se acercó.

Eran hermosas, pero cuando vio las etiquetas de precio, casi se atraganta.

—Quinientas monedas de oro…

Setecientas…

Eran demasiado caras.

Sus ahorros y lo que le dieron en el Puesto no cubrían ni la mitad de una de esas bellezas.

—¿Tiene algo más…

básico?

—preguntó Rury, un poco avergonzada.

Gundar resopló.

—Tengo acero simple al fondo.

Cincuenta monedas.

Cortan y no se rompen fácil, pero no esperes que corten escamas de dragón.

Rury asintió, resignada.

Mientras examinaba una espada sencilla, recordó su grimorio y la lección fallida con el Golem.

—Maestro Gundar…

—dijo, pasando el dedo por la hoja—.

Estas espadas son lisas.

¿Usted sabe…

sabe cómo trabajar con runas?

¿Imbuir magia en el metal?

El enano se detuvo en seco.

La miró con una nueva intensidad.

—¿Runas?

—Soltó una risa amarga—.

Niña, estás hablando de un arte antiguo.

Se limpió las manos en su delantal de cuero.

—Claro que sé.

Mi abuelo me enseñó.

Pero nadie pide eso hoy en día.

Los novatos quieren “Aleación de Titanio” o espadas hechas de colmillo de bestia.

Son materiales fáciles, rápidos de forjar.

Gundar tomó un martillo y lo miró con nostalgia.

—Las armas rúnicas…

ah, eso es otra cosa.

Son difíciles.

Tardadas.

Necesitas materiales conductores raros, polvo de mitril, sangre de bestia mágica…

y un herrero que se deje el alma en el grabado.

Pero el resultado…

una espada rúnica bien hecha no se mella, y golpea con la fuerza de un hechizo.

Son superiores.

Pero el arte se está perdiendo por la conveniencia.

Los ojos de Rury brillaron.

—Yo quiero una —dijo sin dudarlo—.

Una espada rúnica.

Que pueda canalizar mi magia.

Gundar la miró, evaluándola.

—Tienes ambición, elfa.

Me gusta.

Pero una personalizada así…

te costará.

No solo dinero.

Necesitaré materiales que no tengo aquí.

Rury bajó la mirada a su bolsa de monedas casi vacía.

—Entiendo.

No tengo el dinero ahora.

Gundar cruzó los brazos.

—Entonces haz lo que hacen todos los que llegan a “El Baluarte”.

Ve al Gremio.

—¿El Gremio de Aventureros?

—Sí.

Está en el centro de la ciudad, el edificio con el escudo del dragón y el pico.

Ve, regístrate.

Haz tu evaluación.

No te tomará más de medio día.

El enano sonrió por primera vez, una sonrisa torcida bajo su barba.

—Si demuestras que vales la pena y consigues los fondos…

vuelve.

Tal vez saque mis viejos cinceles de runas para ti, elfa.

Rury sonrió, sintiendo una nueva meta formarse.

—Es un trato, Maestro Gundar.

Volveré.

Compró la espada básica de cincuenta monedas (era mejor que nada) y salió de la herrería.

El ruido de la ciudad ya no le parecía abrumador; le sonaba a oportunidad.

Se ajustó su espada barata y comenzó a caminar hacia el centro, hacia el Gremio.

El edificio del Gremio de Aventureros no era difícil de encontrar.

Se alzaba en el centro de la plaza principal como una montaña artificial de piedra negra y madera reforzada.

Sobre la entrada doble, un escudo inmenso mostraba a un dragón enroscado alrededor de un pico de minero: el símbolo de la fuerza y la industria de “El Baluarte”.

Rury respiró hondo, acomodó su nueva espada barata en el cinto y empujó las pesadas puertas de roble.

El interior era cavernoso.

El techo estaba tan alto que las vigas se perdían en la oscuridad, y el aire estaba cargado con el olor a cerveza barata, sudor rancio, cuero viejo y carne asada.

El ruido era un estruendo constante de risas, gritos y jarras chocando.

Rury caminó hacia el mostrador de recepción, que se extendía a lo largo del fondo de la sala.

Detrás de la madera pulida, atendiendo a un grupo de exploradores ruidosos, había una figura peculiar.

Era una mujer, pero su piel era de un azul pálido y traslúcido, brillando suavemente bajo las lámparas de aceite.

Su cabello parecía estar hecho de líquido espeso que mantenía su forma, y cuando se movía, su cuerpo oscilaba suavemente como gelatina.

Era una mujer slime.

Rury esperó su turno.

Cuando la recepcionista finalmente la miró, le dedicó una sonrisa amable y profesional.

—Bienvenida al Gremio del Baluarte.

¿En qué puedo ayudarte, cariño?

Su voz tenía un eco acuoso, pero era clara.

—Vengo a hacer una solicitud —dijo Rury, tratando de que su voz no temblara ante la magnitud del lugar—.

Quiero registrarme como aventurera.

La mujer slime parpadeó con sus ojos brillantes.

—¿Registro nuevo?

Muy bien.

Primero necesitamos tus datos básicos.

Deslizó una hoja de pergamino amarillento y una pluma hacia Rury.

—Rellena el formulario.

Sé honesta con tus habilidades, o morirás en tu primera misión y eso es mucho papeleo para mí.

Rury tomó la hoja y buscó un lugar donde escribir.

El comedor del Gremio era inmenso.

Docenas de mesas largas estaban ocupadas por aventureros de todas las formas y tamaños.

Y todos parecían peligrosos.

Vio a un grupo de hombres lagarto con cicatrices profundas en sus escamas afilando sus lanzas.

En otra mesa, unos orcos jugaban a las cartas apostando dientes de oro.

Había demonios con armaduras abolladas que la miraron con desdén, y enanos que bebían de jarras más grandes que sus propias cabezas.

Rury sintió las miradas clavarse en ella.

Una elfa, sola, de aspecto suave y con el cabello púrpura, destacaba como una flor en un vertedero de chatarra.

Ignorándolos, se sentó en una esquina de una mesa libre y comenzó a escribir.

Nombre: Rury.

Raza: Elfa.

Edad: 20 (en años humanos).

Clase Principal: Maga.

Clase Secundaria: Guerrera.

Especialidad: Magia de destrucción y combate cercano.

Dudó en la sección de “Hazañas pasadas”.

No podía poner “lancé un meteoro”.

Escribió simplemente: “Supervivencia en zonas de alto riesgo”.

Terminó de escribir y regresó al mostrador.

La recepcionista slime tomó la hoja y la leyó rápidamente, asintiendo mientras su dedo gelatinoso recorría las líneas.

—Maga y guerrera…

ambicioso —comentó la mujer, dejando la hoja sobre la mesa—.

Y una elfa en el Baluarte.

Interesante.

La recepcionista salió de detrás del mostrador.

Su forma se movía con una fluidez hipnótica.

—Muy bien, Rury.

El formulario está en orden.

Pero el papel aguanta todo lo que le escribas.

Necesitamos verificar quién eres.

Hizo un gesto hacia un pasillo lateral, lejos del ruido del comedor principal.

—Sígueme, por favor.

Te llevaré a la Sala de Entrevistas.

Tengo algunas preguntas para ti antes de pasar a la prueba física.

La recepcionista slime la guio por un pasillo iluminado por piedras de luz hasta una puerta de madera reforzada.

—Entra —dijo, abriendo la puerta—.

No te pongas nerviosa.

Si no tienes nada que ocultar, será rápido.

Rury entró.

La Sala de Entrevistas era pequeña y austera.

Solo había una mesa, dos sillas y una lámpara.

Sentada detrás de la mesa había otra mujer.

Era una súcubo, de presencia imponente.

Tenía la piel de un tono lila pálido y unos pequeños cuernos negros y afilados que sobresalían de su cabello oscuro, recogido en un moño severo y profesional.

Unas alas de murciélago estaban plegadas rígidamente contra su espalda, apenas contenidas por el uniforme del gremio, y una cola delgada con punta de flecha tamborileaba impaciente contra la pata de la silla.

Sus ojos, de color ámbar brillante, examinaron a Rury sin ninguna calidez.

Sobre la mesa, frente a ella, descansaba una esfera de cristal transparente que emitía un zumbido bajo.

—Ella es Nalia —presentó la slime, sentándose a su lado—.

Nuestra Verificadora.

Ella sabrá si lo que dices coincide con la realidad.

Nalia no sonrió.

Solo señaló la silla vacía con una mano de uñas perfectamente cuidadas pero afiladas como garras.

—Siéntate, solicitante.

Pon tu mano sobre la esfera.

Rury obedeció, tragando saliva.

La presencia de una súcubo tan estricta era intimidante.

La esfera estaba fría al tacto.

—Empecemos —dijo la slime, leyendo el formulario—.

Nombre: Rury.

Raza: Elfa.

¿Es correcto?

—Sí —dijo Rury.

La esfera brilló con una luz blanca suave.

—Verdad —dijo Nalia con voz monótona, su cola dejando de tamborilear por un segundo.

—Dices aquí que eres Maga y Guerrera.

¿Tienes entrenamiento formal en ambas?

—Sí.

Me gradué con honores en magia y mi padre me entrenó en la espada.

La esfera brilló blanco otra vez.

—Verdad.

La entrevista continuó durante unos minutos.

Preguntaron sobre su edad, sus habilidades básicas y por qué quería ser aventurera (“Para viajar y hacerme fuerte”, dijo Rury, omitiendo la parte de la cura, lo cual la esfera aceptó como una verdad parcial pero no maliciosa).

Entonces, llegaron al final de la hoja.

—Hazañas pasadas —leyó la slime, entrecerrando sus ojos líquidos—.

Escribiste: “Supervivencia en zonas de alto riesgo”.

Rury sintió que el corazón le latía más rápido.

—Sí.

He viajado por el desierto y sobrevivido a ataques de monstruos.

La esfera brilló blanco.

Era verdad.

Pero entonces, Nalia, la Verificadora, frunció el ceño.

Se inclinó sobre la esfera, que aunque brillaba blanco, tenía una pequeña mancha gris en el centro que pulsaba.

Nalia se acercó al oído de la recepcionista slime y le susurró algo, sus ojos ámbar clavados en Rury.

La slime asintió lentamente.

Su expresión amable cambió a una más seria, casi depredadora.

—Rury…

Nalia me dice que aunque no mentiste, estás omitiendo una cantidad masiva de contexto en esa respuesta.

La esfera detecta una perturbación.

Una hazaña mucho más grande que simplemente sobrevivir.

Rury empezó a sudar frío.

—Yo…

bueno…

es que…

—¿Mentiste en tu solicitud?

—preguntó la slime, su voz volviéndose fría.

El pánico se apoderó de Rury.

Si la descubrían mintiendo, la expulsarían.

O peor.

—¡No mentí!

¡Solo…

solo no lo escribí porque fue un accidente!

—¿Un accidente?

—presionó Nalia, cruzando los brazos.

—¡El demonio de cuatro brazos!

—soltó Rury, levantándose de la silla de golpe—.

¡Atacó el Puesto Fronterizo!

¡Nadie podía detenerlo!

¡Así que usé un hechizo prohibido!

¡Lancé un meteoro!

¡Pero juro que fue para salvarlos!

¡No quería destruir el paisaje!

Hubo un silencio sepulcral en la habitación.

La slime y Nalia se miraron.

—¿Un meteoro?

—preguntó la slime, arqueando una ceja—.

¿Magia de destrucción de Nivel Catástrofe?

—…Sí —susurró Rury, encogiéndose en su silla.

La recepcionista slime suspiró profundamente y negó con la cabeza, tomando un tono grave.

—Ay, Rury.

Esto es malo.

Muy malo.

—¿Q-qué pasa?

—¿Conoces el Código de Regulación Mágica del Reino?

—preguntó la slime, sacando un libro grueso de debajo de la mesa—.

Artículo 4, Sección C: “Cualquier individuo no registrado que utilice magia de Nivel Catástrofe, con o sin víctimas, será considerado una amenaza para la seguridad nacional”.

Miró a Rury con seriedad.

—La pena es prisión obligatoria.

De diez a veinte años.

En una celda antimagia.

Rury sintió que el alma se le caía a los pies.

Su cara se puso pálida, luego azul, luego roja.

Su boca se abrió y se cerró como la de un pez.

—¡¿PRISIÓN?!

—chilló, agarrándose la cabeza—.

¡Pero fue defensa propia!

¡Era un demonio!

¡Soy una elfa buena!

¡No quiero ir a la cárcel!

¡Tengo que ir a Azmar!

¡Soy muy joven para usar un traje a rayas!

Rury estaba hiperventilando, sus ojos girando en sus órbitas de la pura desesperación.

Se imaginó a sí misma encadenada, vieja y sin haber encontrado la cura.

—¡Pfft!

Rury se detuvo.

La recepcionista slime se estaba cubriendo la boca, su cuerpo temblando.

Luego, soltó una carcajada sonora.

—¡Jajajaja!

¡Mira su cara, Nalia!

¡Es impagable!

Nalia, la súcubo severa, esbozó una pequeña sonrisa, mostrando un colmillo.

—Tiene un rango de expresiones faciales impresionante.

Adorablemente patético.

—¿Eh?

—Rury parpadeó, confundida, con una lágrima de pánico todavía en el ojo.

—Tranquila, niña, respira —dijo la slime, limpiándose una lágrima de risa—.

Es cierto que es ilegal.

Técnicamente.

Pero estamos en el Gremio.

Y el Código tiene una excepción muy importante: Defensa ante amenazas donde es casi imposible ganar.

La slime le sonrió, esta vez con calidez.

—Si mataste, o detuviste, a un Demonio de cuatro brazos…

eso no es un crimen aquí.

Es un currículum.

Rury se dejó caer en la silla, sintiendo que el alma le volvía al cuerpo.

—Eso…

eso no fue gracioso.

Casi me da un infarto.

—Lo siento, lo siento —dijo la slime, todavía riendo—.

Es que te ves tan inocente que no pude resistirme.

Además, me encantan tus expresiones.

Bienvenida al Gremio, Señorita expresiva.

La slime selló el documento con un golpe fuerte.

—Aprobada la entrevista por parte de Nalia y mía.

Ahora…

vamos a ver si puedes levantar una espada tan bien como lanzas rocas espaciales.

Ve al patio trasero para la prueba física.

Rury se levantó, todavía recuperando el aliento tras el susto.

La slime se levantó también, rodeando el escritorio con un movimiento fluido.

—Por cierto —dijo, ofreciéndole una mano húmeda pero firme—.

Perdona por la broma de antes.

A veces Nalia y yo nos aburrimos aquí dentro.

Soy Emily.

Bienvenida de verdad.

—Gracias, Emily —dijo Rury, estrechando la mano gelatinosa—.

Solo…

trata de no mencionarlo otra vez, por favor.

Emily rio y la guio a través de una puerta trasera que daba al exterior.

El patio trasero del Gremio no era un jardín.

Era un coliseo de entrenamiento al aire libre.

El suelo era de tierra batida y estaba lleno de maniquíes de paja destrozados, blancos de tiro y fosos de arena.

El aire vibraba con el sonido de armas de madera chocando y gritos de esfuerzo.

Había al menos cincuenta aventureros entrenando, probando nuevas armas o simplemente presumiendo de fuerza.

Pero en el centro de la arena, una figura destacaba sobre todas las demás.

Era un semi-humano enorme, de más de dos metros de altura.

Su piel estaba cubierta de un pelaje corto de color naranja brillante con rayas negras inconfundibles: un Tigre de Bengala.

Llevaba solo unos pantalones holgados de tela blanca y vendas apretadas alrededor de sus manos y pies.

Sus músculos estaban tan definidos que parecían esculpidos en roca, y una cola larga y poderosa se movía perezosamente detrás de él.

—Ese es el Maestro del Gremio —susurró Emily con respeto—.

Gourang.

—¿Él me va a evaluar?

—preguntó Rury, tragando saliva.

—Dijo que quería ver personalmente a la chica expresiva.

Buena suerte.

Emily empujó a Rury hacia la arena y luego se retiró a un lado.

Gourang se giró.

Sus ojos felinos, verdes y penetrantes, se clavaron en Rury.

No había hostilidad en ellos, solo una calma absoluta, la calma de un depredador que no necesita demostrar nada.

—Tú debes ser la elfa —dijo Gourang.

Su voz era un ronroneo profundo que resonó en el pecho de Rury—.

Emily me pasó tu ficha mentalmente.

Maga y Guerrera.

—Sí, Maestro —dijo Rury, haciendo una reverencia torpe.

—No soy un guerrero de espada —dijo Gourang, levantando sus manos vendadas—.

Mi clase es Monje.

Mi cuerpo es mi templo y mis puños son mi acero.

Te evaluaré en combate real.

No a muerte, pero no te contengas.

Gourang se giró hacia la multitud de aventureros que llenaban el patio.

—¡DESPEJEN LA ARENA!

—rugió.

No gritó, pero su voz cortó el ruido como un cuchillo—.

¡Evaluación de rango en proceso!

¡A las gradas!

Los aventureros obedecieron al instante, dejando de entrenar y corriendo hacia las gradas de madera que rodeaban el patio.

El murmullo comenzó de inmediato.

—¿Una elfa?

—Mírala, es preciosa.

—¿Esa cosita va a pelear contra el Maestro Gourang?

La va a romper.

—Apuesto diez cobres a que dura treinta segundos.

—Qué desperdicio de cara bonita…

Rury escuchó los susurros.

“Preciosa”.

“Cosita”.

“Cara bonita”.

Se colocó en su posición.

Llevó su mano a la cintura por instinto, donde tenia su nueva espada que acaba de comprar, pero desidio usar magia por esta vez antes que el ataque fisico.

Descolgó el báculo de su espalda y lo sostuvo con ambas manos, en posición defensiva.

Gourang adoptó una postura relajada, con las palmas abiertas.

El corazón de Rury comenzó a martillear contra sus costillas.

De repente, el Baluarte desapareció y se sintió de vuelta en la academia de elfos.

Me están mirando, pensó, sintiendo el sudor en sus manos.

No saben nada de mí.

Solo ven a una elfa “bonita”.

Piensan que soy débil.

Piensan que soy un adorno.

La inseguridad, esa vieja enemiga que creía haber dejado en el desierto, trepó por su espalda.

Si fallo…

se reirán.

Dirán que solo soy una cara bonita que intentó jugar a ser aventurera.

Dirán que soy un globo.

Sus manos temblaron ligeramente sobre el báculo.

Gourang, con sus sentidos de tigre, notó el cambio en su olor, el pico de miedo.

Sus ojos se entrecerraron.

Pero no hubo tiempo para el miedo.

Emily, desde el borde de la arena, levantó un pequeño martillo y golpeó una campana de bronce.

¡CLANG!

La señal de inicio resonó en el aire.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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