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Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Puños contra Magia
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16: Puños contra Magia 16: Puños contra Magia El sonido de la campana, ¡CLANG!, apenas había terminado de vibrar en el aire cuando Gourang desapareció.

No hubo advertencia.

El enorme hombre-tigre, que un segundo antes parecía una estatua de calma, se convirtió en un borrón de rayas naranjas y negras.

Rury no lo vio moverse con sus ojos, lo sintió con sus instintos de supervivencia gritándole ¡MUÉVETE!

Se lanzó hacia la izquierda en un rodar desesperado.

Una fracción de segundo después, el puño de Gourang se estrelló en el lugar exacto donde había estado su cabeza.

¡BOOM!

La tierra estalló hacia arriba.

Rury se puso de pie a unos metros de distancia, con el corazón en la garganta, y miró hacia atrás.

El puño del Monje estaba enterrado en el suelo hasta la muñeca, habiendo creado un pequeño cráter de impacto.

Si me hubiera dado eso…

pensó Rury, tragando saliva.

No habría quedado nada de mi cara.

Gourang sacó su puño de la tierra con calma, sacudiéndose el polvo.

—Lentos reflejos —gruñó—.

Pero buen instinto.

Rury no esperó.

Sabía que en fuerza física estaba perdida.

Necesitaba control.

Apretó el baculo.

El anillo en su dedo brilló con una luz suave.

—¡Crecimiento de Espinas!

Golpeó el suelo con el báculo.

Raíces verdes y gruesas, cubiertas de espinas, brotaron de la tierra a los pies de Gourang, buscando enredarlo.

Su intención era reducir su aterradora velocidad.

Una de las enredaderas logró enrollarse alrededor del tobillo derecho del tigre.

—Trucos de jardín —se burló Gourang.

Con un simple tirón de su pierna, la enredadera se rompió como si fuera hilo de coser podrido.

Ni siquiera tuvo que usar las manos.

Pero Rury contaba con eso.

La enredadera era solo una distracción.

Mientras Gourang miraba hacia abajo para romper la planta, Rury ya estaba canalizando su siguiente hechizo.

—¡Bola de Fuego!

Una esfera de llamas naranjas salió disparada de la punta de su báculo.

No era un meteoro, pero era rápida y brillante.

Impactó justo frente al rostro de Gourang antes de que pudiera volver a mirarla.

Una explosión de humo y fuego envolvió la cabeza del Maestro del Gremio.

—¡Ahora!

—gritó Rury.

El público en las gradas contuvo el aliento.

El anillo de Rury cambió de color, de un brillo suave a un ámbar intenso.

Estaba subiendo de nivel.

Magia intermedia.

Rury plantó los pies y canalizó maná hacia la tierra.

—¡Manipulación Terrestre: Brazos de Titán!

El suelo detrás de Rury tembló y se abrió.

Dos enormes brazos hechos de roca sólida y tierra compactada se alzaron, flotando sobre sus hombros como guardianes.

Con un movimiento de su báculo, Rury los lanzó hacia adelante, atravesando la cortina de humo para golpear al tigre cegado.

Los brazos de tierra se precipitaron con una fuerza demoledora.

Pero del humo no salió un grito de dolor.

Salió un rugido.

—¡HAAA!

Una onda de choque de aire puro disipó el humo al instante.

Gourang estaba allí, intacto.

Ni una quemadura en su pelaje.

Vio los brazos de tierra venir hacia él.

No esquivó.

Con una velocidad cegadora, lanzó una ráfaga de puñetazos.

¡Bam-bam-bam-bam!

Sus puños, envueltos en un aura blanca tenue (Ki), impactaron contra la magia de Rury.

La roca sólida se hizo añicos.

En menos de dos segundos, Gourang había reducido los “Brazos de Titán” a una lluvia de guijarros y polvo.

—Fuerza decente —dijo Gourang, sacudiéndose la tierra de los hombros—.

Pero te falta enfoque.

Antes de que Rury pudiera reaccionar a la destrucción de su mejor hechizo, Gourang ya estaba sobre ella.

Había cerrado la distancia en un salto.

El tigre giró sobre su eje y lanzó una patada alta, dirigida a su costado.

Era un golpe destinado a romper costillas.

Rury vio venir la pierna masiva.

No tenía tiempo para esquivar.

Su mente corrió a las páginas del grimorio que había leído en la carreta hace apenas unas horas.

“Visualiza la esfera, no la pared…” Levantó su mano izquierda, la del anillo.

—¡Escudo Arcano!

Una barrera translúcida de energía azul se materializó frente a ella justo cuando la espinilla de Gourang impactaba.

¡CRACK!

El sonido fue ensordecedor.

La fuerza del impacto levantó a Rury del suelo.

Salió disparada hacia atrás como una muñeca de trapo, volando diez metros por el aire hasta estrellarse violentamente contra la pared de madera que delimitaba la arena.

El público gritó.

—¡Se acabó!

—¡La mató!

El polvo se asentó donde Rury había golpeado la pared.

Lentamente, la elfa se puso de pie, sacudiéndose las astillas.

Estaba despeinada, pero…

ilesa.

El Escudo Arcano había absorbido todo el daño físico del impacto, aunque la inercia la había mandado a volar.

—¡Uf!

—Rury escupió un poco de polvo—.

Gracias, Reha.

Ese libro vale oro.

Gourang, desde el centro de la arena, levantó una ceja peluda.

—Oh.

Una barrera de maná puro.

Impresionante reacción para una novata.

Rury no le dio tiempo para halagos.

Aprovechando la distancia que su propio vuelo le había dado, levantó su báculo.

Gourang estaba lejos.

Era el momento de un ataque de precisión a distancia.

El anillo brilló azul.

—¡Flecha de Agua!

El proyectil líquido, afilado y presurizado, salió disparado hacia el pecho del tigre, silbando en el aire.

Iba directo al blanco.

Gourang no se movió.

No levantó la guardia.

No intentó esquivar.

Simplemente, miró el hechizo que se acercaba y, con una voz calmada y autoritaria, pronunció dos palabras.

—Anulación Mágica.

No hubo un rayo de luz, ni una explosión.

Simplemente, la realidad pareció obedecerle.

A medio metro de su pecho, la Flecha de Agua de Rury…

dejó de existir.

Se deshizo en una inofensiva neblina de vapor que desapareció antes de tocar su pelaje.

Rury se quedó con la boca abierta, su báculo bajando lentamente.

—¿Qué…?

—susurró—.

¿Mi magia…

desapareció?

Desesperada, intentó canalizar otra vez.

Apretó los dientes y gritó mentalmente ¡Ráfaga de Viento!, tratando de empujar maná a través del Susurro Lunar.

Nada.

El báculo de mitril se sentía frío y pesado, como una simple vara de metal muerto.

No había flujo.

No había respuesta.

Era como si el aire mismo se hubiera vaciado de energía.

Gourang bajó su mano, la postura relajada regresando a sus hombros masivos.

—¿Qué pasa, niña?

—preguntó, su voz retumbando con una burla suave—.

¿Ya acabaste de conjurar?

¿Se te acabaron los trucos de luces?

Rury no respondió.

Su mente corría a mil por hora.

Anulación Mágica.

Era una técnica de alto nivel de los monjes, capaz de interrumpir el flujo de maná en un área cercana.

Sin magia, era vulnerable.

Gourang no le dio tiempo a procesarlo.

Dio un paso pesado hacia adelante, cerrando la distancia en un instante.

Levantó su brazo derecho y lanzó un revés brutal hacia la cabeza de Rury.

El movimiento disparó una alarma en el cerebro de Rury.

¡Es igual!

Era el mismo movimiento, el mismo ángulo despreocupado con el que el Demonio de cuatro brazos la había golpeado en la plaza, enviándola a volar contra los ladrillos.

Pero esta vez, era diferente.

Gourang era rápido, pero el demonio había sido una fuerza de la naturaleza.

Rury podía ver este golpe.

¡No me darás dos veces!

En lugar de retroceder, Rury se dejó caer.

Sus rodillas golpearon la tierra y el brazo de Gourang pasó silbando sobre su cabello, cortando el aire con un zumbido aterrador.

En ese instante de agacharse, Rury tomó una decisión.

Si la magia no servía, usaría el acero.

Abrió la mano izquierda y dejó caer el baculo.

El valioso báculo golpeó la tierra.

Su mano derecha cruzó su cuerpo hacia su cintura.

Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de la espada barata de cincuenta monedas que acababa de comprar.

—¡HAAAA!

Con un grito de esfuerzo, Rury desenvainó en un arco ascendente, aprovechando el impulso de levantarse.

Gourang, sorprendido por el cambio de táctica, retrocedió medio paso.

Sus ojos felinos se abrieron ligeramente.

Esperaba que la maga huyera, no que sacara una hoja.

El hombre-tigre intentó adoptar una nueva postura defensiva, bajando su centro de gravedad.

Pero Rury no lo dejó acomodarse.

Ya estaba frente a él.

Lanzó un tajo horizontal directo a las costillas de Gourang.

El monje giró la cintura, esquivando la hoja por milímetros.

Rury no se detuvo.

En su mente, una imagen brilló con claridad: Cyra.

Recordó a la súcubo en la plaza, herida y superada, pero moviéndose con una gracia letal.

Cyra no luchaba con fuerza bruta; ella danzaba con su espada.

Fluía como el agua, giraba como el fuego.

Muévete como ella.

No pienses.

¡Danza!

Rury se lanzó a la ofensiva total.

Tajo descendente.

Estocada.

Giro y corte reverso.

Sus movimientos eran rápidos, agresivos, una imitación casi perfecta del estilo de Destello del Fénix de Cyra, aunque sin las llamas mágicas.

La espada barata silbaba en el aire, buscando carne, era rapida, pero no tan rapida como Cyra.

El público en las gradas se puso de pie, murmurando con asombro.

—¡Mira eso!

—¡Sabe usar la espada!

—¡Es rápida!

Pero a pesar de su velocidad, a pesar de la sorpresa y de la técnica robada…

Gourang era un muro.

El Maestro del Gremio no atacaba, solo se defendía.

Pero su defensa era impenetrable.

Rury lanzaba una estocada al pecho; Gourang la desviaba con un leve toque de su muñeca vendada.

Rury lanzaba un corte al cuello; Gourang simplemente inclinaba la cabeza y la hoja pasaba de largo.

Rury giraba para atacar las piernas; Gourang levantaba la rodilla y bloqueaba el antebrazo de Rury, deteniendo el ataque en seco.

Era frustrante.

Era como intentar cortar el viento.

Rury jadeaba, el sudor cayéndole por la frente.

Estaba dándolo todo, usando cada gramo de su fuerza física y su entrenamiento de guerrera, bailando la danza mortal de Cyra…

Y Gourang ni siquiera estaba sudando.

Bloqueaba, desviaba, esquivaba.

Sin esfuerzo.

Sin más.

De repente, el ritmo cambió.

Rury intentó recuperar el aliento para una nueva ofensiva, pero Gourang ya no estaba esperando.

Con un movimiento fluido, el hombre tigre se deslizó bajo su guardia y barrió sus piernas con la cola.

El mundo de Rury se invirtió en un instante y su espalda impactó duramente contra el suelo de tierra batida, sacándole todo el aire de los pulmones.

El instinto de supervivencia la obligó a intentar levantarse de inmediato, pero una sombra gigantesca la cubrió.

Alzó la vista justo a tiempo para ver el enorme puño de Gourang descendiendo hacia su rostro como un meteoro.

La presión del aire que empujaba el golpe le aplastó los cabellos contra la frente.

«Estoy muerta», pensó, con la certeza absoluta de quien ve su final.

«Se le pasó la mano, me va a matar».

Cerró los ojos, tensando cada músculo a la espera del crujido final.

El golpe se detuvo en seco.

No hubo dolor, ni oscuridad.

Solo una ráfaga de viento violento golpeando su cara y, un segundo después, un leve y casi juguetón golpecito en la frente con un solo dedo.

—Bien hecho —retumbó la voz grave de Gourang.

Rury abrió los ojos, aturdida.

El puño del maestro de gremio estaba suspendido a milímetros de su nariz, firme como una roca.

Lentamente, él retiró la mano y relajó su postura de combate, volviendo a ser el examinador estoico.

—La prueba ha sido suficiente —dictaminó, sacudiéndose el polvo invisible de sus ropas.

Rury seguía en el suelo, tratando de calmar su corazón desbocado, cuando Gourang le tendió una mano garra para ayudarla a incorporarse.

Al ver que ella dudaba, él sonrió, mostrando sus colmillos, y miró a los demás aspirantes que observaban desde las gradas en completo silencio.

—Tienes muchas más pelotas que todos los inútiles aquí presentes —gruñó Gourang lo suficientemente alto para que todos lo escucharan, haciendo que varios apartaran la mirada avergonzados—.

Nadie más se ha animado a pelear conmigo cuerpo a cuerpo.

El hombre tigre soltó una carcajada ronca y profunda que hizo vibrar el pecho de Rury.

—¡Jajaja!

Y por los dioses, no esperaba que un mago tuviera tal velocidad y juego de pies.

Eres una rareza, chica.

Gourang le dio una palmada en el hombro que casi la vuelve a tirar al suelo, aunque el gesto era claramente de aprobación.

—Dirígete a la recepción.

Diles que ya has pasado y reclama tu tarjeta de aventurera.

Te la has ganado.

Rury, aún con las piernas temblorosas por el agotamiento y la adrenalina, hizo una reverencia profunda, respirando entrecortadamente.

—Gracias…

maestro Gourang —jadeó con sinceridad.

Sin decir más, recogió su arma y se retiró del campo de entrenamiento, caminando con dificultad pero con la cabeza alta, dejando atrás al imponente tigre que la observaba con una mezcla de curiosidad y respeto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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