Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 La Espada del Caos
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18: La Espada del Caos 18: La Espada del Caos De vuelta en el bullicio del Gremio, el ambiente había cambiado ligeramente.
La hora del almuerzo había terminado y los aventureros se preparaban para salir o regresaban de sus encargos matutinos.
El aire estaba cargado de expectativa.
Rury se dirigió hacia la pared derecha del gran salón, donde una multitud se agolpaba frente a dos enormes tablones de madera.
El primero, el más grande, estaba cubierto de pergaminos con sellos de colores: El Tablón de Misiones.
Cazabestias, recolección de hierbas, escoltas…
había de todo.
Pero Rury pasó de largo.
No podía tomar una misión si no tenía con quién hacerla.
Se detuvo frente al segundo tablón, un poco más pequeño pero igual de caótico: El Tablón de Reclutamiento.
—Vaya…
—susurró Rury, viendo la cantidad de papeles clavados unos sobre otros—.
¿Es así de fácil?
¿Solo arrancas un papel y consigues un equipo?
Comenzó a leer las solicitudes, buscando alguna oportunidad.
Sus ojos recorrieron las primeras filas, las que estaban a la altura de la vista, y su ánimo decayó un poco.
“Grupo ‘Los Rompehuesos’ busca Clérigo experto.
Requisito mínimo: Rango Plata.” “Se busca Tanque con armadura encantada para incursión en Nido de Wyverns.
Rango Oro indispensable.” “Mago de Fuego para artillería pesada.
Experiencia comprobable de 5 años.
Rango Plata.” —Oro, Plata, Plata, Oro…
—murmuró Rury con frustración—.
Parece que nadie quiere a los novatos.
Bajó la vista hacia la parte inferior del tablón, donde los papeles estaban un poco más arrugados y menos llamativos.
Allí estaban las solicitudes de Rango Cobre y Rango Hierro.
—Aquí vamos.
A ver…
Leyó varias opciones, pero pronto se encontró con otro problema.
“Grupo ‘Las Sombras Veloces’ busca miembro extra.
Ya tenemos: Pícaro, Mago y Arquero.” Rury negó con la cabeza.
—Ya tienen un mago.
Si me uno, seré redundante.
Necesito un equipo que tenga un hueco para mí.
Continuó buscando, descartando grupos que buscaban sanadores o guerreros puros.
Estaba a punto de rendirse y preguntar a Emily si había una lista de espera, cuando un panfleto llamó su atención.
El papel era sencillo, escrito con una caligrafía firme y clara.
¡SE BUSCA MIEMBRO!
Nombre del Grupo: La Espada del Caos.
Rango: Cobre/Hierro.
Miembros actuales: 1 Paladín (Tanque/Líder) 1 Arquero (Rango/Explorador) 1 Guerrero Pesado (Tanque secundario/Daño) Buscamos: MAGO OFENSIVO.
Nos falta poder de fuego y control de masas.
Si sabes hacer explotar cosas y no morir en el intento, te queremos.
Rury sonrió.
—Paladín, Arquero y Tanque.
Les falta magia.
Es perfecto.
Y el nombre…
“La Espada del Caos”.
Suena un poco dramático, pero me gusta.
Arrancó el panfleto con cuidado, sintiendo una chispa de emoción.
Tenía un objetivo.
Se abrió paso entre la multitud y regresó al mostrador, donde Emily estaba organizando unas fichas.
—¡Emily!
—llamó Rury, poniendo el papel sobre la madera—.
Encontré uno.
¿Conoces a este grupo?
La chica slime tomó el panfleto y leyó el nombre.
—¿”La Espada del Caos”?
—Emily soltó una risita—.
Ah, sí.
Los conozco.
Son un grupo de chicos bastante…
entusiastas.
Tienen buena reputación para ser novatos.
No se meten en problemas que no pueden manejar y siempre pagan sus deudas.
—Genial —dijo Rury, animada—.
¿Crees que puedas contactarlos?
Me gustaría hacer la prueba para unirme.
Emily asintió, devolviéndole el papel.
—Puedo hacerlo, claro.
Pero tendrás que tener un poco de paciencia, Rury.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo no están en la ciudad —explicó Emily, señalando hacia el reloj de la pared—.
Salieron hace dos días a una misión de recolección en el Bosque de Hongos, al sur.
Deberían estar por volver…
tal vez esta tarde o mañana temprano.
Rury sintió una pequeña decepción, pero asintió.
—Está bien.
Puedo esperar.
Mientras tanto, supongo que puedo prepararme y…
comprar esa espada que me falta.
—Buena idea —dijo Emily—.
Yo les dejaré un mensaje en cuanto crucen esa puerta.
Te avisaré.
UNo tuvo que esperar tanto como Emily había predicho.
Apenas una hora después, las puertas dobles del Gremio se abrieron de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire y un alboroto considerable.
—¡Te lo dije, Pedro!
—gritaba una voz femenina y enérgica—.
¡Esos hongos explosivos no se tocan si brillan en rojo!
¡Casi nos vuelas las cejas!
—¡Era investigación de campo, Jefa!
—replicó una voz masculina y risueña—.
¡Además, conseguimos las esporas!
Rury levantó la vista de su grimorio.
Emily, desde el mostrador, le hizo señas y señaló al grupo ruidoso que acababa de entrar.
Eran tres.
Y definitivamente llamaban la atención.
Se dirigieron directamente hacia donde estaba Rury, guiados por la recepcionista.
La que iba al frente, claramente la líder, era una mujer semi-humana de rasgos lupinos.
Tenía orejas de lobo blancas y una cola esponjosa del mismo color que se movía con energía.
Llevaba una armadura de placas brillantes con una capa azul corta: una Paladín.
Su presencia era magnética y desbordaba confianza.
—¡Hola!
—dijo la mujer lobo, deteniéndose frente a la mesa de Rury y apoyando las manos en la madera—.
Emily nos dijo que había una maga interesada en unirse a nuestro circo.
¿Eres tú la del panfleto?
Rury se puso de pie rápidamente, cerrando su libro.
—Sí, soy yo.
Me llamo Rury.
—¡Un gusto, Rury!
—La mujer le estrechó la mano con fuerza—.
Soy Bashi.
La líder de “La Espada del Caos”.
Y estos dos desastres son mi equipo.
Bashi arrastró una silla y se sentó al revés, con los brazos sobre el respaldo, indicando a los otros dos que hicieran lo mismo.
Rury se volvió a sentar, sintiéndose un poco intimidada pero emocionada.
—Muy bien, al grano —dijo Bashi, sus ojos amarillos fijos en Rury—.
Necesitamos magia.
Nos falta daño de área y alguien que no tenga que estar pegado al monstruo para golpearlo.
¿Qué tipo de magia manejas?
¿Sabes algo de apoyo?
—Sí —respondió Rury con seguridad—.
Conozco los fundamentos de la magia de apoyo y barreras, pero mi especialidad es la magia ofensiva.
Fuego, Rayo y Tierra son mis elementos más fuertes.
Puedo destruir objetivos a distancia.
Bashi silbó, impresionada.
—Ofensiva pesada, eh.
Eso nos gusta.
¿Te importa si vemos tu Tarjeta de Gremio?
Es protocolo estándar.
—Claro.
Rury deslizó su tarjeta recién impresa sobre la mesa.
Los tres aventureros se inclinaron para verla.
—Vaya…
—murmuró Bashi—.
Tus estadísticas de Inteligencia y Maná son…
altísimas para un Rango Cobre.
¿Segura que no eres una noble disfrazada?
—Y mira esto —señaló el arquero del grupo—.
“Clase Secundaria: Guerrera”.
Y lleva una espada al cinto.
Bashi miró la espada barata de Rury y asintió con aprobación.
—Eso es un punto enorme a tu favor, Rury.
Muchos magos se quedan inútiles si entran en una Zona de Silencio o se les acaba el maná.
Que sepas usar un filo significa que no tendremos que estar cuidándote la espalda cada segundo.
Entonces, Bashi notó la fecha de emisión en la esquina de la tarjeta.
—Hm.
Fecha de hoy.
—La mujer lobo levantó la vista, su expresión volviéndose un poco más suave—.
Acabas de registrarte, ¿verdad?
Eso significa que tienes cero experiencia en misiones oficiales.
Rury sintió un nudo en el estómago.
—Sí.
Es mi primer día.
Pero aprendo rápido y…
Bashi levantó una mano, interrumpiéndola con una sonrisa amplia que mostraba sus colmillos blancos.
—Tranquila, chica.
No es un problema.
Todos empezamos así.
Yo misma casi me clavo mi propia espada en el pie en mi primera misión.
Lo importante no es la fecha en la tarjeta, sino las ganas que tengas de trabajar.
Y por tus ojos…
veo que tienes ganas.
Rury soltó el aire que estaba conteniendo y le devolvió la sonrisa, aliviada.
—Gracias, Bashi.
No los defraudaré.
—¡Entonces está decidido!
—Bashi golpeó la mesa—.
¡Bienvenida a La Espada del Caos!
Ahora, presentemos a la tropa.
El hombre que había hablado antes se inclinó hacia adelante.
Era un semi-humano zorro, con pelaje rojizo y una sonrisa astuta y encantadora.
Llevaba un arco largo a la espalda y armadura ligera de cuero.
—Yo soy Pedro.
El arquero, explorador y el tipo guapo del equipo.
Si necesitas que algo sea disparado desde lejos o encontrar un atajo, soy tu hombre.
Finalmente, el tercer miembro, que había estado en silencio todo el tiempo, levantó una mano escamosa.
Era un hombre lagarto grande y robusto, con escamas verdes y una armadura pesada que parecía un muro de metal.
Llevaba un escudo inmenso en su espalda.
Rury sintió una punzada de nostalgia inmediata.
Su raza era idéntica a la de Reha, el hechicero del puesto fronterizo.
—Soy Shilder…
—dijo el hombre lagarto.
Su voz era increíblemente baja y suave, casi un susurro tímido que contrastaba totalmente con su apariencia monstruosa—.
Soy el tanque…
protegeré…
a todos.
—Shilder es un amor —dijo Bashi, dándole palmadas en el hombro al lagarto—.
No habla mucho, pero si una montaña se te cae encima, él la sostendrá.
—Un placer conocerlos a todos —dijo Rury, sintiendo que había tomado la decisión correcta.
Eran ruidosos, eran diferentes, pero se sentían como un equipo de verdad.
—¡Muy bien!
—Bashi se puso de pie—.
¡Basta de charlas!
¡Tenemos una nueva maga y hay que hacerla oficial y terminar con el papeleo!
Rury, prepara tus cosas.
El trámite fue rápido.
Emily sacó un formulario de “Asociación Temporal de Grupo”, Rury firmó con su nueva firma oficial (que había practicado mentalmente), y Bashi estampó su sello de líder.
La recepcionista selló el documento y sonrió.
—Oficialmente registrado.
Rury ahora es la maga de “La Espada del Caos”.
—¡Bienvenida a bordo, novata!
—exclamó Bashi, dándole una palmada en la espalda que casi le saca el aire—.
Ahora, hablemos de negocios.
Bashi desplegó un mapa sobre la mesa y señaló un punto cercano.
—Esta es la misión para mañana.
Es algo sencillo para empezar y probar nuestra coordinación, pero paga bien.
»Se trata de una Misión de Protección de Carga.
Un Marqués de la ciudad necesita transportar unos materiales de construcción especiales hacia un pueblo minero satélite, a unas seis horas al oeste de aquí.
—¿Seis horas?
—preguntó Rury—.
Suena cerca.
—Lo es —asintió Pedro, el arquero, jugando con una flecha—.
El camino es relativamente seguro, pero hay bandidos y coyotes de acero que suelen atacar caravanas no protegidas.
Nuestro trabajo es asegurarnos de que el carro llegue intacto.
—El detalle —intervino Bashi— es que es un viaje de ida.
El conductor y la carreta se quedarán en el pueblo para la construcción.
Así que, una vez entregada la carga, tendremos que regresar por nuestra cuenta a pie.
¿Tienes problemas con caminar?
Rury negó con la cabeza, recordando su travesía por el desierto.
—Puedo caminar todo el día si es necesario.
—¡Excelente!
—Bashi enrolló el mapa—.
Nos vemos mañana al amanecer en la Puerta Oeste.
No llegues tarde, Rury.
Odio esperar.
—Ahí estaré —prometió ella.
El grupo se despidió.
Bashi, Pedro y Shilder salieron del Gremio discutiendo sobre qué cenar, dejando a Rury sola y con una sensación de triunfo en el pecho.
Tenía equipo, tenía misión y tenía su identificación.
—Bueno —se dijo a sí misma, saliendo del Gremio hacia la noche que caía sobre El Baluarte—.
Solo falta una cosa.
Una cama.
Rury comenzó a caminar por las calles iluminadas por lámparas de gas, buscando un letrero de “Posada” u “Hotel”.
Encontró el primero: “El Descanso del Minero”.
Entró con una sonrisa.
Salió dos minutos después con el ceño fruncido.
Lleno.
Caminó tres cuadras más hasta “La Almohada de Hierro”.
—Lo siento, señorita —le dijo el dueño—.
Con la nueva veta de mineral que encontraron, llegaron doscientos trabajadores ayer.
No cabe ni un ratón.
Rury probó en tres lugares más.
Un hostal barato, una posada de lujo y hasta una casa de huéspedes dudosa.
“COMPLETO”.
“NO HAY VACANTES”.
“LLENO”.
La realidad de lo que Emily le había dicho sobre la “ciudad de oportunidades” la golpeó.
Tanta gente buscando oportunidades significaba que no había camas para nadie.
La noche se cerró sobre la ciudad.
El frío del desierto comenzó a bajar y el ruido de las máquinas nunca cesaba.
Rury se encontró parada en una esquina, abrazando su báculo, sin saber a dónde ir.
—No puede ser —gimió—.
Soy una aventurera oficial y voy a tener que dormir en un banco del parque como una vagabunda.
Entonces, recordó el único lugar donde se había sentido como en casa.
Sin más opciones, Rury corrió hacia la zona verde, hacia el restaurante de los padres de Emily.
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