Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Un evento inexplicable
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19: Un evento inexplicable 19: Un evento inexplicable Llegó jadeando frente a “El Slime Glotón”.
Las luces del interior estaban apagadas, salvo por una vela en la barra.
El letrero de “CERRADO” colgaba en la puerta.
Rury tocó el cristal tímidamente.
—¿Hola…?
Un momento después, la puerta se abrió.
Emily apareció, ya sin su uniforme de recepcionista, llevando ropa cómoda de casa.
—¿Rury?
—preguntó sorprendida—.
¿Qué haces aquí tan tarde?
¿Pasó algo con el equipo?
Rury sintió que la cara le ardía de vergüenza.
—No…
el equipo está bien.
Es solo que…
busqué y busqué…
—Rury bajó la mirada—.
No encontré dónde quedarme.
Todo está lleno, Emily.
No conozco a nadie más y…
no quería dormir en la calle con los golems de limpieza.
Emily la miró un segundo y su expresión se ablandó en una sonrisa cálida.
Abrió la puerta de par en par.
—Ay, tonta.
Hubieras venido antes.
—¿No…
no molesto?
—Para nada —dijo Emily, haciéndose a un lado para dejarla pasar al calor del local, que olía a madera y especias—.
Mis padres tienen una habitación de huéspedes arriba.
Y yo tengo juegos de mesa y nadie con quien jugar.
Rury entró, sintiendo un alivio inmenso.
—Gracias, Emily.
Me salvas la vida…
otra vez.
—Es lo que hacen las amigas —dijo la slime, cerrando la puerta y bloqueando el frío de la noche industrial—.
Ahora sube, te prepararé un té antes de dormir.
Mañana tienes tu primera misión y necesitas descansar.
Justo cuando Emily se dirigía a la cocina para preparar el té, la puerta lateral se abrió y apareció la mujer slime de color rosa brillante que Rury había visto trabajando a toda velocidad durante el almuerzo.
Ahora, sin el delantal y con un ritmo más pausado, parecía mucho más maternal.
—¡Vaya, tenemos una invitada nocturna!
—dijo la mujer con una voz dulce y burbujeante.
Se acercó a Rury y le tomó las manos con calidez—.
Tú debes ser Rury.
Emily no ha parado de hablar de ti desde que volvió del trabajo.
—Buenas noches, señora —dijo Rury, haciendo una pequeña reverencia—.
Siento molestar a estas horas.
—¡Tonterías!
Aquí siempre hay sitio para una amiga de mi hija —respondió ella—.
Soy Carmila.
Y quiero disculparme por no haberme presentado antes, cuando vinieron a comer.
El restaurante estaba hecho un caos y si dejaba la barra un segundo, los enanos se habrían bebido hasta el agua de los floreros.
Rury sonrió, recordando el ajetreo del mediodía.
—No se preocupe, señora Carmila.
Lo entiendo perfectamente.
No se puede estar en todas partes a la vez, y la comida estuvo deliciosa.
—Eres un encanto.
—Carmila le dio unas palmaditas en la mejilla—.
Que descanses, querida.
Si necesitas algo, solo grita.
Después de tomar el té y despedirse de Emily, Rury subió a la habitación de huéspedes.
Era pequeña, con paredes de madera y una ventana que daba al jardín interior, lejos del ruido de la ciudad.
La cama tenía sábanas limpias que olían a lavanda.
Rury se dejó caer sobre el colchón.
El cuerpo le pesaba una tonelada.
Se quedó mirando el techo de madera oscura, con las manos entrelazadas sobre el pecho.
El silencio de la habitación invitaba a pensar.
Su mente comenzó a rebobinar los últimos días.
El bosque de los elfos parecía un recuerdo de otra vida, lejana y borrosa.
Luego el desierto.
El calor.
El Demonio de cuatro brazos y el terror de la muerte inminente.
La risa de Brakk, la lanza de Rhen, las plumas de Alya.
La despedida en el cruce.
Y hoy…
esta ciudad de hierro, el Gremio, la amenaza de prisión, la pelea contra el hombre tigre, su nuevo equipo.
—Es extraño…
—murmuró Rury en la oscuridad—.
Todo ha pasado tan rápido.
Sintió una opresión en el pecho.
No era miedo, exactamente.
Era una mezcla densa y pegajosa de nostalgia y soledad.
A pesar de estar rodeada de gente nueva y amable, a pesar de tener un lugar donde dormir…
se sentía pequeña.
El mundo exterior era inmenso, ruidoso y peligroso.
Y ella estaba allí, persiguiendo la sombra de un caballero y una cura que tal vez no existía.
—Siento algo de…
melancolía —susurró, reconociendo la emoción.
Los pensamientos de Rury se tornaron un poco sombríos.
Recordó la facilidad con la que Gourang había anulado su magia.
Recordó que olvidó su espada.
Recordó que casi muere hace una semana.
¿Realmente podré hacer esto?
¿O solo estoy teniendo suerte hasta que se me acabe?
El cansancio, tanto físico por la pelea como mental por el estrés constante de adaptarse, cayó sobre ella como una manta pesada.
Sus párpados se cerraron, pesados como el plomo.
La agitación emocional dio paso al agotamiento puro.
—Mañana…
—murmuró, su voz apagándose—.
Mañana será otro día.
Rury suspiró profundamente, dejó que sus músculos tensos se relajaran contra el colchón y, finalmente, se dejó llevar por un sueño profundo.
El mundo de los sueños no era un lugar de descanso.
Rury estaba de pie en medio de un océano blanco, infinito y estático.
El agua no le llegaba más arriba de los tobillos, pero era espesa, fría como mercurio líquido.
Caminaba.
Tenía que caminar.
Sobre su espalda no llevaba su mochila, ni su báculo.
Llevaba una esfera de piedra negra, inmensa, del tamaño de una casa pequeña.
La piedra no estaba atada con cuerdas; estaba fusionada a su piel.
Las raíces de la roca se hundían en sus omóplatos, escarbando carne, buscando hueso, bebiendo de su tuétano.
Pesa, pensó, pero el pensamiento no tenía sonido.
Arde, sintió, pero el dolor era un color gris opaco.
Cada paso que daba requería la fuerza de un titán.
Sus piernas temblaban, amenazando con partirse como ramas secas.
A lo lejos, vio siluetas.
Figuras familiares.
Vio una armadura brillante.
Bashi.
Vio una espalda ancha de escamas verdes.
Shilder.
Vio orejas de zorro.
Pedro.
Estaban parados en un círculo, riendo.
El sonido de su risa era cristal rompiéndose.
Rury intentó llamarlos.
Abrió la boca para gritar “¡Esperen!”, pero de su garganta no salió voz.
Salieron pétalos de flores marchitas, secos y polvorientos, que se deshicieron en el aire antes de tocarlos.
Extendió una mano hacia ellos.
La piel de su brazo comenzó a agrietarse.
Fisuras negras se abrieron en su porcelana pálida.
De las grietas no brotaba sangre, sino arena.
Se estaba desmoronando.
—Mírenme —suplicó en silencio—.
Soy fuerte.
No soy un globo.
Las figuras se giraron lentamente.
Pero no tenían rostros.
Donde debían estar sus ojos y bocas, solo había espejos.
Rury se vio reflejada en ellos.
Pero no vio a una elfa.
Vio un esqueleto pequeño, luchando por sostener la montaña negra que la aplastaba.
El cielo blanco se tornó de un púrpura enfermizo.
El agua de mercurio comenzó a hervir y subir.
Ya no cubría sus tobillos, sino sus rodillas, su cintura.
El líquido se volvió brea, pegajosa y oscura, jalándola hacia abajo.
La roca en su espalda se hizo más grande.
Crac.
Sintió su columna ceder.
Crac.
Sus rodillas golpearon el fondo lodoso.
La brea subió hasta su cuello.
Los rostros de espejo la miraban desde arriba, impasibles, mientras ella se hundía.
La oscuridad entró por su nariz.
La asfixia era fría.
La soledad era absoluta.
Nadie vendría.
La piedra era suya.
La tumba era suya.
—Te vas a romper —susurró el océano negro.
—¡HAH!
Rury se incorporó de golpe en la cama, con un grito ahogado atrapado en la garganta.
Su pecho subía y bajaba violentamente.
Estaba empapada en sudor frío, sus manos aferradas a las sábanas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.
Miró frenéticamente a su alrededor.
Paredes de madera.
Olor a lavanda.
Una ventana.
No había océano de brea.
No había piedra en su espalda.
Solo el silencio tranquilo de la habitación de huéspedes de Emily.
La luz pálida y azulada del amanecer comenzaba a filtrarse por las cortinas, pintando motas de polvo en el aire.
Rury se llevó una mano temblorosa a la cara, comprobando que su piel seguía allí, que no había grietas, que no era arena.
—Solo fue un sueño…
—susurró, su voz ronca—.
Solo un sueño.
Se quedó sentada un momento, esperando a que su corazón dejara de martillear contra sus costillas, viendo cómo la luz del sol comenzaba a ganar terreno a las sombras de la habitación.
Era hora de levantarse.
La misión la esperaba.
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