Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Vuelo
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2: Vuelo 2: Vuelo Paul le había dado una palmada en el hombro, un gesto tan torpe y falto de emoción que Rury casi se ríe.
Pero vio que la mano de su padre, el legendario general, temblaba ligeramente.
—Recuerda las reglas, hija.
No confíes en nadie.
Y por el amor de los dioses, usa esa espada antes que tu magia.
Elih, por su parte, no podía ocultar sus emociones.
Sus ojos estaban enrojecidos, pero su voz era firme.
—El camino a través del Bosque Antiguo es largo.
Dos semanas a pie si no te detienes.
Pero es seguro.
—¿Seguro?
—preguntó Rury, ajustando el báculo a su espalda.
Rury asintió.
“Dos semanas”, pensó.
Una eternidad.
Su madre la abrazó por última vez, apretándola con fuerza.
—Te amamos, Rury.
Encuentra lo que buscas…
—susurró de nuevo en su oído, con la misma urgencia desesperada— Encuéntrala rápido.
Y entonces la soltó.
Paul y Elih se dieron la vuelta y caminaron de regreso a su hogar, sin mirar atrás.
Sabían que si lo hacían, podrían flaquear.
Rury se quedó sola ante la inmensidad del bosque.
Respiró hondo el aire fresco y dio su primer paso fuera del nido.
Las primeras horas fueron…
aburridas.
El bosque era antiguo y majestuoso, con árboles tan grandes que sus copas tapaban el sol.
Era hermoso, pero mortalmente silencioso.
Ocasionalmente, veía cosas.
Un par de ojos rojos brillantes la observaron desde la oscuridad de una cueva.
Un Lobo de Sombra, de casi dos metros de altura en el hombro.
Rury se tensó, su mano yendo instintivamente a la empuñadura de su espada.
El lobo la olió, resopló con desdén, y se dio la vuelta, desapareciendo entre las sombras.
El pacto del Rey Demonio era real.
Estaba completamente a salvo.
Y estaba increíblemente aburrida.
“Dos semanas”, volvió a pensar.
“Claro que no”.
Siguió caminando durante una hora más, adentrándose lo suficiente en el bosque para que, incluso si sus padres miraban desde la atalaya más alta, no pudieran verla.
Se detuvo en un pequeño claro.
El silencio era total.
Una sonrisa arrogante se dibujó en su rostro.
—Bien.
Es hora de hacer esto a mi manera.
Rury soltó su mochila, agarró firmemente el ‘Susurro Lunar’ y cerró los ojos.
Sus padres le habían advertido que no usara magia.
Ella sabía la verdad.
Los había estado engañando durante años.
Recordó sus días en la academia.
Mientras los otros estudiantes luchaban con hechizos básicos de levitación, Rury leía textos arcanos en la biblioteca restringida.
Sus padres la creían una guerrera que complementaba con magia, pero ella era una maga pura que complementaba con la espada.
Rury abrió los ojos en el claro del bosque.
“Solo un inconveniente”.
Canalizó su maná, no a través de su cuerpo, sino a través del ‘Susurro Lunar’.
El báculo de mitril cantó, absorbiendo su poder caótico y refinándolo.
Sintió la acumulación de poder, una sensación familiar y reconfortante.
—Ascendo.
No hubo explosión.
Simplemente, la gravedad la soltó.
Con un impulso de poder, salió disparada hacia arriba, atravesando el denso dosel de hojas como una flecha de plata azulada.
Emergió por encima de los árboles y la vista la dejó sin aliento.
Un mar interminable de verde se extendía en todas direcciones.
Era la primera vez que veía el mundo tan alto.
Sintió una libertad que nunca había experimentado en la aldea.
—¡Esto es!
—gritó al viento.
Se reorientó, sintiendo el flujo del mundo para encontrar el punto más débil en la “presencia” del bosque, y voló hacia el sur.
Lo que habría tomado dos semanas de caminata, sospechaba que podría hacerlo en dos, quizás tres días.
Pasó los siguientes dos días así.
Volaba durante horas, sintiendo el viento en su cabello, practicando sus maniobras.
Hacía giros cerrados, se detenía en seco en el aire, probaba ráfagas de velocidad.
El ‘Susurro Lunar’ hacía que todo fuera más fácil, más limpio.
Y, tal como esperaba, sintió el “costo”.
Aterrizó la segunda noche junto a un arroyo para rellenar su odre.
Se miró en el reflejo del agua.
Sus mejillas estaban visiblemente hinchadas, y sus dedos se sentían gruesos y torpes dentro de los guanteletes de su padre.
Era la “maldición” reaccionando a la sobrecarga de maná.
—Ugh.
Odio esta parte —murmuró.
Se sentó a descansar.
Comió algunas raciones.
Después de tres horas, la hinchazón comenzó a bajar, tal como siempre lo hacía.
Su cuerpo procesaba el exceso de maná y volvía a la normalidad.
Peligroso.
Sí, claro.
Pensó con sarcasmo.
Mis padres son demasiado dramáticos.
Solo necesito un pequeño descanso y estoy como nueva.
Sin saberlo, en lo profundo de su alma, la atadura invisible que contaba los segundos de su vida se había apretado un poco más.
Al tercer día de vuelo, lo sintió.
El aire cambió.
La sensación de “santuario” desapareció.
Miró hacia abajo y vio que el bosque interminable finalmente terminaba, dando paso a llanuras y colinas áridas.
Había llegado al borde del territorio élfico.
Descendió con cuidado, aterrizando en un barranco oculto a unos siete kilómetros del final del bosque.
Tan pronto como sus pies tocaron el suelo, sintió el precio de su viaje.
Sus mejillas estaban calientes e hinchadas, y sus dedos se sentían como pequeñas salchichas dentro de los guanteletes de su padre.
Se miró en el reflejo de un charco.
Genial.
Parezco una ardilla que guardó demasiadas nueces.
Miró hacia el horizonte.
El Puesto Fronterizo estaba cerca.
No podía llegar así.
Sería una desventaja.
Parecer hinchada no solo era un “defecto” estético, era una señal de debilidad; una señal de que acababa de gastar una cantidad masiva de maná.
Decidió acampar.
Encontró una pequeña cueva en el barranco, bloqueó la entrada con una roca y se sentó a meditar.
Era un “campamento frío”; sin fuego, sin luz, solo silencio.
Pasaron las horas.
La hinchazón era incómoda, pero familiar.
Para la medianoche, sus mejillas habían vuelto a la normalidad.
Para el amanecer, sus manos se sentían ágiles dentro de los guanteletes otra vez.
Estaba lista.
Bebió el resto de su agua, se ajustó la mochila y se cubrió la cabeza con la capucha de su túnica de viaje, asegurándose de que sus orejas quedaran bien ocultas.
Caminó los últimos cinco kilómetros.
El asentamiento era…
rústico.
Una empalizada de madera de aspecto débil rodeaba un conjunto caótico de edificios de barro, madera y tiendas de lona.
Olía a polvo, a ganado y a sudor.
Dos guardias bloqueaban la entrada.
Eran todo lo contrario a los elegantes guardias elfos de su hogar.
Uno era un ogro, pero sorprendentemente bajo, apenas de su altura, aunque el doble de ancho.
Se apoyaba en un garrote de hierro que parecía pesar más que él.
El otro era un semi-humano alto y larguirucho, con una túnica de guardia raída, del que sobresalían una nariz ancha y un par de cuernos de alce cubiertos de terciopelo.
El ogro gruñó cuando ella se acercó.
—Alto ahí.
El hombre-alce levantó una mano, hablando con una voz nasal mientras masticaba algo.
—Identificación.
Papeles de comercio o permiso de viaje.
El corazón de Rury se detuvo.
¿Papeles?
El pánico la invadió.
Sus padres le dieron armas, artefactos, advertencias sobre monstruos y humanos…
¡pero no le hablaron de burocracia!
—Yo…
—comenzó Rury, su mente buscando una excusa.
Su vacilación los alertó.
El ogro (cuyo nombre en una placa de madera decía ‘Brakk’) agarró su garrote con más fuerza.
El hombre-alce (con la placa ‘Rhen’) entrecerró los ojos.
Se inclinó, no para mirarla a la cara, sino hacia un lado de su cabeza.
—Oye, Brakk…
mira eso.
Rury se tensó, preparándose para el insulto.
Aquí viene.
‘Elfa gorda’, ‘¿te perdiste del circo?’, ‘mira sus mejillas’…
—Oye…
—Rhen estiró un dedo largo y huesudo y, antes de que Rury pudiera reaccionar, rozó el borde de su capucha—.
¿Es una oreja puntiaguda?
Brakk, el ogro, se acercó de inmediato, con una curiosidad infantil que no encajaba con su rostro tosco.
—¿En serio?
¡Déjame ver!
Rury retrocedió por instinto.
—¡Ohhh!
—exclamó Brakk, sus ojos como platos—.
¡Es verdad!
¡Es una elfa!
¡Nunca había visto una!
Rury se quedó helada.
¿Qué?
—¡Y mira el pelo!
—Rhen se emocionó un poco, señalando un mechón de su cabello púrpura que se había escapado—.
¡Qué color tan raro!
¿Todos ustedes son así?
—Creí que eran más…
delgados —dijo Brakk, ladeando la cabeza—.
Y más altos.
¿Eres una elfa enana?
—No seas idiota, Brakk, ¡es una elfa!
—dijo Rhen—.
¿Qué haces aquí, elfa?
¿Negocios?
Rury parpadeó, procesando la situación.
Toda su vida, su mayor inseguridad había sido su “defecto”, su apariencia robusta causada por el maná.
Se había preparado para la burla, para el desprecio…
Y a ellos no les importaba.
Ni siquiera lo notaron.
Estaban demasiado ocupados maravillándose con su raza, algo que para Rury era tan normal como respirar.
En este asentamiento caótico, ser “gordita” no era nada.
Ser una “elfa” lo era todo.
Una extraña ola de alivio, y una nueva forma de confianza, la invadió.
Se irguió, dejando que su arrogancia natural volviera.
—Vengo a comerciar —dijo, su voz firme—.
Y a buscar pasaje hacia la capital.
—¿La capital?
—resopló Brakk—.
Uf, qué aburrido.
Demasiados humanos con varas metidas en el…
—¡Brakk!
—lo cortó Rhen—.
Bueno, no traigas problemas, elfa.
Cuota de entrada son dos cobres.
Rury rebuscó en la bolsa que su madre le había dado y sacó dos monedas de cobre.
El hombre-alce las tomó.
Brakk le dio un golpe amistoso en el hombro que casi la tira al suelo.
—Adelante.
Y prueba el estofado del ‘Ogro Hambriento’.
¡Es bueno!
Rhen abrió la rechinante puerta de madera y la dejó pasar.
Rury entró al asentamiento, a un mundo de ruido, olores extraños y razas que nunca había imaginado.
Se puso en marcha, esta vez dentro del asentamiento.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nue_Nigth Asi es la vida de adultos, puro papeleo y papeleo
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