Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Ecos bajo el sol parte 1
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20: Ecos bajo el sol parte 1 20: Ecos bajo el sol parte 1 El amanecer en El Baluarte tenía un sabor metálico.
El sol apenas lograba perforar la capa perpetua de humo industrial, tiñendo el cielo de un naranja sucio y cobrizo.
Rury caminaba hacia el punto de encuentro frente al Gremio, abrazando su báculo con fuerza.
Aunque estaba despierta, la sensación del sueño persistía.
Sentía un peso fantasma en la espalda, como si la roca negra todavía estuviera allí, invisible, presionando sus vértebras.
Es solo cansancio, se repitió mentalmente.
Solo un mal sueño.
A lo lejos, divisó a su nuevo equipo.
Eran imposibles de perder: una mujer lobo hiperactiva, un zorro limpiando un arco y una montaña de escamas verdes.
—¡Hey!
¡Por aquí, Rury!
—gritó Bashi, agitando la mano con entusiasmo.
Rury aceleró el paso, tratando de componer una sonrisa valiente.
—Buenos días, equipo.
Perdón si llego justo a tiempo.
Bashi se acercó, cruzándose de brazos y examinándola de arriba abajo con una mirada crítica.
Sus ojos amarillos se entrecerraron.
—Hmm…
—murmuró la paladín, inclinándose hacia la cara de Rury—.
Oye, te ves terriblemente pálida.
Más de lo normal.
¿Segura que desayunaste?
Pareces un cadáver que se escapó de la morgue.
¿No tendrás anemia o algo así?
Porque si te desmayas a mitad de camino, Shilder no te va a cargar, ¿eh?
Rury se tensó de golpe.
El comentario, aunque inofensivo, golpeó justo en su inseguridad nocturna.
Te vas a romper, había dicho la voz en el sueño.
Eres débil.
—Yo…
no, estoy bien —tartamudeó, tocándose las mejillas frías—.
Es solo que…
no dormí muy bien y…
—¡Pfft!
¡Jajajaja!
Bashi soltó una carcajada sonora y le dio un golpe amistoso en el hombro que casi la desestabiliza.
—¡Relájate, chica!
¡Es una broma!
—Bashi le guiñó un ojo, sonriendo con todos sus colmillos—.
Tienes la piel perfecta.
Blanca como la leche y suave.
Ya quisiera yo que el sol del desierto no me dejara el pelaje como estropajo.
Estás radiante, Rury.
Rury parpadeó, soltando el aire que había contenido.
—Ah…
gracias, Bashi.
Me asustaste por un segundo.
—Esa es la idea.
Hay que mantener los reflejos alerta —dijo Bashi, girándose hacia los otros—.
¡Muy bien, tropa!
La carroza nos espera en la Puerta Oeste.
¡Andando!
Caminaron juntos hacia la salida de la ciudad.
Allí, en una zona de carga, esperaba una carreta robusta, cargada con cajas de madera selladas con el emblema de un marqués local.
—Rury, tú sube a la parte trasera de la carreta —ordenó Bashi, asumiendo su rol de líder—.
Busca un lugar cómodo entre las cajas.
Pedro irá en el techo vigilando, y Shilder y yo iremos a pie a los lados.
—Entendido —dijo Rury.
Trepó a la carreta, acomodándose sobre unas mantas viejas entre dos cajas grandes.
Desde su posición, podía ver todo el movimiento de la puerta.
Mientras Rury se acomodaba, vio a Bashi dirigirse hacia un hombre bien vestido, con aspecto de mayordomo, que sostenía una tablilla de apuntes.
—Capitana Bashi, de La Espada del Caos, reportándose —escuchó decir a la mujer lobo con un tono profesional que contrastaba con sus bromas anteriores—.
Estamos listos para la escolta.
¿Los papeles de la carga están en orden?
Rury observó a su líder gestionar la burocracia con confianza, sintiendo que, por primera vez, estaba en manos capaces.
El peso fantasma en su espalda pareció aligerarse un poco.
La carreta se puso en marcha con un crujido de ejes y el sonido de los cascos de las bestias de carga golpeando el camino empedrado.
Poco a poco, la silueta humeante y metálica de la ciudad quedó atrás, devorada por la distancia.
A diferencia del viaje desde el Puesto Fronterizo, que había sido una travesía monótona de arena y rocas calcinadas, este camino hacia el oeste ofrecía una vista que Rury jamás habría imaginado.
A medida que avanzaban, la vegetación escasa del desierto comenzó a mutar.
Los cactus y arbustos secos dieron paso a formas extrañas y colosales.
Rury se asomó por el borde de la carreta, con los ojos abiertos de par en par.
No eran árboles.
Eran hongos.
Hongos gigantescos, con tallos tan gruesos como torres de castillo y sombreros anchos que se alzaban hacia el cielo, bloqueando parcialmente la luz del sol.
Sus colores variaban desde el violeta pálido hasta un azul eléctrico vibrante, y algunos soltaban esporas brillantes que flotaban en el aire como polvo de hadas.
—Es…
es increíble —susurró Rury, estirando el cuello para ver la copa de uno que parecía tocar las nubes—.
Nunca había visto algo así.
Bashi, que caminaba al lado de la carreta con su paso firme, notó la fascinación de la elfa y sonrió.
—Impresionante, ¿verdad?
Se le conoce como el Bosque Fúngico de Zang.
La mujer lobo señaló el suelo, que era de un color tierra oscuro y húmedo, muy diferente a la arena.
—Esta zona es única en el mundo.
La tierra aquí tiene una concentración de nutrientes mágica absurda.
Cualquier cosa que plantes crece diez veces su tamaño, pero los hongos ganaron la guerra territorial hace siglos.
De repente, el suelo tembló levemente.
No fue un terremoto, sino una vibración profunda y rítmica, como un latido.
Rury se agarró del borde de madera, alarmada.
—¿Qué fue eso?
—Tranquila —dijo Bashi, bajando la voz—.
Es el dueño de la casa.
—¿El dueño?
—Esta zona está controlada por un Elemental de Tierra Ancestral —explicó Bashi con respeto—.
Es un ser inmenso, hecho de la misma roca y micelio del bosque.
Es increíblemente fuerte, capaz de aplastar montañas si se lo propone.
Pero no es agresivo.
Mientras no intentemos quemar el bosque o destruir su territorio, nos dejará pasar.
Solo está…
respirando.
Rury miró hacia la profundidad del bosque de hongos con un nuevo respeto y un poco de temor.
El mundo era mucho más grande y vivo de lo que pensaba.
Desde el techo de la carreta, Pedro, el hombre zorro, se descolgó con agilidad y se sentó en el borde, con las piernas colgando cerca de Rury.
—Oye, Rury —dijo, masticando un pedazo de carne seca—.
Viendo cómo miras todo esto como si fuera magia nueva…
tengo curiosidad.
¿De dónde vienes exactamente?
Rury lo miró.
—¿Por qué la pregunta?
Pedro se encogió de hombros, sus orejas rojizas moviéndose.
—Porque, como dijo Emily, es raro ver a una elfa de raza pura por estos lados.
De hecho, en todos los años que llevamos viajando como equipo…
—miró a Bashi y luego a Shilder—, creo que solo hemos visto a uno más.
Y fue de lejos.
—Es cierto —agregó Bashi—.
Los elfos puros suelen ser…
reservados.
Así que tener a una aquí, viajando en una carreta de carga con un grupo de semihumanos ruidosos, es toda una novedad.
Rury sintió las miradas de curiosidad de sus compañeros.
No había malicia en ellos, solo interés genuino.
Rury tomó aire antes de responder, consciente de que lo que iba a decir sonaría extraño para cualquiera que no fuera de su tierra.
—Vengo de un pueblo muy al norte…
—dijo, bajando un poco la voz—.
Está ubicado en el corazón del Bosque Maldito.
Bashi tropezó levemente en su caminata, pero se recuperó rápido.
Shilder, el inmenso hombre lagarto, giró su cabeza escamosa bruscamente hacia la carreta.
—¿El Bosque Maldito?
—preguntó Bashi, con los ojos abiertos—.
¿Ese lugar que ni siquiera aparece en los mapas imperiales?
—El mismo —asintió Rury—.
Es un territorio protegido directamente por la magia antigua del Rey Demonio.
Existe una barrera natural: nadie externo puede entrar.
Si no eres un elfo puro con la sangre adecuada, el bosque simplemente…
te expulsa.
O te devora.
Pedro dejó de masticar su regaliz, escuchando con atención desde el techo.
—Dicen que los monstruos de ahí son de pesadilla —comentó el zorro.
—Lo son —confirmó Rury, recordando las sombras que acechaban cerca de los límites de su aldea—.
Las bestias que habitan esa zona son…
diferentes.
No solo son fuertes físicamente.
Tienen una presencia, un aura oscura.
Su simple cercanía hace que el aire se vuelva pesado y frío.
Es una presión psicológica tan fuerte que, si no estás preparado, hace que quieras morirte ahí mismo antes de que te toquen.
Hubo un silencio breve en el grupo, solo roto por el crujir de las ruedas.
La idea de criaturas que inducían suicidio por miedo era aterradora.
—¡Wow!
—exclamó Pedro de repente, rompiendo la tensión con una risa despreocupada—.
No creo que algo me haga querer morir solo con verlo.
¡Claramente nunca han visto a mi esposa cuando se enoja porque llegué tarde a cenar!
¡Esa mujer con un sartén en la mano es mucho más temible que cualquier bestia legendaria!
¡Jajajaja!
Rury parpadeó, sorprendida por el cambio de tono.
Pedro se reía con ganas, limpiándose una lágrima de la risa.
Rury miró a Bashi, luego a Pedro, y luego de vuelta a Bashi.
—Espera…
—dijo Rury, atando cabos sueltos en su cabeza—.
¿Tú y Bashi son pareja?
Bashi se detuvo en seco.
Su cara se contrajo en una mueca de horror absoluto, sacando la lengua como si hubiera probado limón podrido.
—¡¿QUÉ?!
—chilló la mujer lobo—.
¡Por los dioses, no!
¡Ni hablar!
¡Ni en un millón de años!
—¡Oye!
—protestó Pedro, ofendido—.
¡Tampoco tienes que reaccionar así!
¡Todavía tengo mi encanto!
—Rury, míralo bien —dijo Bashi, señalando acusadoramente al zorro—.
¡Este sujeto es un anciano!
¡Me lleva como quince años!
—¡Tengo cuarenta y dos, no ochenta!
—replicó Pedro.
—La única razón por la que estamos juntos —explicó Bashi a Rury, ignorando las quejas de Pedro—, es porque ambos nacimos en la misma aldea.
Somos paisanos.
Él me vio crecer, prácticamente es como ese tío molesto que cuenta chistes malos en las fiestas.
Por azares del destino, ambos terminamos aquí en El Baluarte y decidimos formar el equipo.
Pero nada más.
¡Guácala!
Rury soltó una risita ante la reacción exagerada de su líder.
La dinámica entre ellos era genuinamente familiar, no romántica.
Pero entonces, la curiosidad volvió a picarle.
Miró hacia arriba, donde Pedro seguía sentado.
—Entonces, Pedro…
—preguntó Rury, con un tono un poco más suave—.
Si tienes una esposa a la que mencionas tanto…
¿qué haces aquí?
¿Por qué decidiste viajar y dejarla sola en tu aldea?
La sonrisa de Pedro se mantuvo, pero sus ojos se suavizaron, perdiendo ese brillo burlón por un momento y tornándose en algo más cálido y nostálgico.
—Ah, esa es una buena pregunta, pequeña elfa…
una muy buena pregunta.
Pedro suspiró, recostándose un poco sobre el techo de la carreta, con la mirada perdida en el extraño follaje azul de los hongos gigantes.
—Es un poco complicado, Rury —comenzó, su voz perdiendo el tono de broma—.
No la dejé porque quisiera alejarme de ella.
Al contrario.
Estoy aquí porque tengo que cuidar de alguien más.
Tenemos un hijo.
Las orejas de Rury se alzaron con sorpresa.
—¿Tienes un hijo?
—Sí.
Un pequeño cachorro de zorro que come como si tuviera un agujero negro en el estómago y rompe más ropa de la que podemos comprar —dijo Pedro con una sonrisa de orgullo paternal—.
Vivir en nuestra aldea era tranquilo, pero…
pobre.
La cosecha no siempre es buena y los impuestos suben.
Quiero que él tenga opciones.
Que pueda estudiar magia, o ser un comerciante, o lo que quiera, sin preocuparse por si habrá cena mañana.
Pedro sacó una pequeña bolsa de monedas de su cinturón y la hizo sonar.
—Ser aventurero es peligroso.
Puedes morir por un resbalón, por un monstruo o por mala suerte.
Lo sé.
Pero es la forma más rápida y honesta de ganar dinero en grandes cantidades si eres bueno en ello.
»Cada mes, le mando a mi esposa una suma considerable.
Lo suficiente para que vivan tranquilos, sin dificultades.
Es mi forma de estar presente, aunque esté lejos.
Rury asintió, comprendiendo el sacrificio.
No era avaricia; era amor a distancia.
—¿Y dónde están ellos ahora?
—preguntó—.
¿En tu aldea natal?
—No, se mudaron hace poco para estar más seguros —dijo Pedro—.
Están en Azmar, la capital del Señor Demonio.
Rury casi se cae de las cajas.
Se incorporó de golpe, con los ojos brillando de emoción.
—¿Azmar?
—repitió—.
¡Ese es mi destino!
Tengo que llegar allí.
Pedro arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Vas a la Capital Oscura?
Vaya, es un viaje largo.
Y no es fácil entrar si no conoces el camino.
Las rutas comerciales principales están llenas de controles y bandidos.
—Lo sé —dijo Rury, desanimándose un poco—.
Por eso estoy buscando información.
No tengo idea de cómo llegar a salvo.
Pedro sonrió y se inclinó hacia ella desde el techo.
—Bueno, estás de suerte.
Hay muchas rutas secretas, caminos de contrabandistas y senderos antiguos que casi nadie conoce.
Yo me sé un par.
El hombre zorro miró hacia el horizonte, como si visualizara su futuro.
—Escucha, Rury.
Tengo un plan.
Mi meta es juntar una fortuna específica.
Calculo que, al ritmo que vamos con este equipo, me tomará unos dos años más.
»En dos años, pienso retirarme.
Colgaré el arco, tomaré todo mi oro y regresaré a Azmar para siempre, a ver crecer a mi hijo y molestar a mi esposa todo el día.
Pedro señaló a Rury con el dedo.
—Quédate con nosotros.
Aprende, hazte fuerte, gana dinero.
Y cuando pasen esos dos años…
te llevaremos nosotros mismos.
Iremos todos juntos a Azmar.
Será mi última misión: escoltar a la maga del equipo a su destino.
¿Qué dices?
Rury sintió un calor en el pecho.
Una promesa.
Un plan a futuro.
Ya no estaba sola vagando sin rumbo; tenía una fecha y compañeros.
—Me parece un trato increíble, Pedro —dijo ella con una sonrisa genuina—.
En dos años, iremos a Azmar.
Bashi, que escuchaba desde abajo, soltó una risa suave.
—Suena a un buen retiro, viejo zorro.
Cuenta conmigo para esa escolta.
—Me encantaría viajar con ustedes —respondió Rury, con una sonrisa que borraba cualquier rastro de la pesadilla de la noche anterior—.
Trato hecho.
En dos años, nos vamos a Azmar.
Pedro estaba a punto de celebrar el acuerdo cuando los caballos de tiro relincharon con pánico y frenaron en seco, haciendo que la carreta se sacudiera violentamente.
—¡¿Pero qué…?!
—exclamó Bashi, desenvainando su espada larga en un movimiento fluido.
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