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Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Bajo la luz de los hongos parte 1
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22: Bajo la luz de los hongos parte 1 22: Bajo la luz de los hongos parte 1 El pueblo satélite era exactamente lo que Rury había imaginado cuando escuchó por primera vez las palabras “pueblo minero”.

A diferencia de la metrópolis industrial de El Baluarte, este lugar era rústico, sucio y honesto.

Las casas eran de madera vieja y piedra sin pulir, las calles eran de tierra batida y el aire olía a polvo de carbón y sudor, sin ningún filtro mágico que lo disfrazara.

Mientras descargaban las últimas cajas de materiales en el almacén del Marqués, Rury se limpió el polvo de la frente.

—Esto sí es lo que esperaba —murmuró para sí misma, observando a un grupo de mineros tiznados salir de un turno—.

Nada de máquinas de vapor complejas ni rascacielos.

Solo picos y palas.

Bashi firmó el recibo de entrega y guardó la bolsa de monedas con el pago en su cinturón.

—¡Trabajo hecho y cobrado!

—anunció la líder con satisfacción—.

Buen trabajo, equipo.

Ahora, tengo una promesa que cumplir.

Vamos a comer como reyes antes de empezar la caminata de regreso a la ciudad.

No quiero que nos pille la noche en el camino sin el estómago lleno.

El grupo caminó un par de calles hasta llegar a un edificio de dos pisos con un letrero de madera que chirriaba con el viento.

Tenía pintado un ojo vertical de pupila afilada: “El Ojo del Gato”.

Al entrar, el ambiente cambió.

El lugar estaba lleno de mineros locales bebiendo cerveza barata y jugando a los dados.

“La Espada del Caos” tomó una mesa en una esquina y Bashi pidió jarras grandes y platos de costillas asadas para todos.

Mientras esperaban la comida, Rury decidió aprovechar la experiencia de sus compañeros.

—Oigan —dijo, jugueteando con su vaso de agua—, ustedes que llevan más tiempo en esto…

¿saben si hay muchos aventureros de rango alto operando por esta zona?

Pedro, que estaba afilando la punta de una flecha con una navaja, negó con la cabeza.

—No por aquí.

Este pueblo es territorio de Rango Hierro y Bronce.

Misiones de escolta, limpiar plagas de ratas topo…

cosas así.

Los peces gordos, los Rango Oro y Platino, no suelen venir a menos que haya una catástrofe.

—Ya veo…

—Rury trató de sonar casual—.

Entonces, si alguien muy fuerte viene aquí, debe ser noticia, ¿no?

—Definitivamente —intervino Bashi—.

Sería la comidilla del pueblo.

¿Por qué lo preguntas?

¿Buscas un mentor?

—Curiosidad —mintió Rury—.

Es solo que…

en el gremio escuché rumores sobre gente poderosa que trabaja sola.

—Ah, hablando de eso —dijo Pedro, bajando la voz y señalando discretamente hacia la barra, donde el tabernero hablaba con unos mineros preocupados—.

Justo escuché algo raro cuando fuimos a comprar provisiones.

»Dicen que hace unos cuatro o cinco días pasó por aquí un sujeto extraño.

No era del gremio local.

El corazón de Rury dio un vuelco.

—¿Cómo era?

—Nadie le vio la cara —continuó Pedro, mordiendo un trozo de pan—.

Llevaba una armadura completa, pesada, de color negro azabache.

Dicen que tenía un casco con cuernos raros.

—Uno en la frente y otro en la nuca —añadió Shilder con su voz grave, sorprendiendo a todos—.

Los guardias…

tenían miedo.

Bashi dejó su jarra sobre la mesa con un golpe seco, limpiándose la espuma de los labios.

—Ahora que lo mencionas…

sí.

Lo vimos.

Fue justo el día que pusimos la solicitud buscando un mago en el tablón del Gremio.

La paladín se estremeció levemente, un gesto raro en ella.

—No se me va a olvidar.

Estábamos clavando el papel cuando él pasó por detrás de nosotros.

Rury, ese tipo no caminaba, pesaba.

Irradiaba un aura muy siniestra.

No era solo magia oscura; se sentía como si la temperatura bajara diez grados a su alrededor.

Hasta los veteranos que estaban bebiendo se callaron cuando pasó.

—Lo vimos una vez más después de eso —añadió Shilder, su voz grave resonando como piedras rodando—.

Aquí mismo.

En este pueblo.

—¿Aquí?

—preguntó Rury, inclinándose sobre la mesa.

—Sí —dijo Pedro, jugando con una moneda—.

Cruzó el pueblo sin hablar con nadie y se dirigió directo a la entrada norte.

A la Mina Abandonada.

Rury frunció el ceño.

—¿Por qué abandonada?

¿No dijeron que este pueblo vivía de la minería?

—De la minería en las vetas seguras —corrigió Bashi—.

Esa sección específica está clausurada temporalmente.

Hace unos meses, los mineros cavaron demasiado profundo y despertaron a esa cosa…

la Bestia de Magma.

Desde entonces, el Marqués prohibió la entrada.

Nadie entra, nada sale.

O eso se supone.

Rury miró a sus compañeros, apretando las manos sobre sus rodillas.

Sabía que no podía seguir fingiendo simple curiosidad.

—Tengo que decirles la verdad —dijo, tomando aire—.

No pregunté por casualidad.

Yo…

estoy buscando a ese Caballero.

Es la razón por la que vine a esta región.

Hubo un momento de silencio en la mesa.

Bashi la miró con preocupación y Shilder parpadeó lentamente.

Pero Pedro, fiel a su naturaleza directa y sin pelos en la lengua, soltó un suspiro largo y negó con la cabeza.

—Pues ahórrate el viaje, chica —dijo el zorro con brutal honestidad—.

Porque ese tipo ya está muerto.

—No lo sabes —replicó Rury, sintiendo una punzada de defensa—.

Es muy fuerte.

—No se trata de fuerza, Rury —insistió Pedro, inclinándose hacia ella con seriedad—.

Es biología básica.

Incluso si fuera el guerrero más fuerte del continente y pudiera matar a la bestia con un estornudo…

el entorno lo mataría primero.

Pedro señaló hacia la montaña que se veía por la ventana.

—Esa mina no solo tiene monstruos.

Al estar cerrada y sin ventilación, se llena de gases tóxicos en cuestión de horas.

Grisú, vapores de azufre, monóxido…

ni los mineros con más experiencia y los mejores pulmones tienen la capacidad de aguantar ahí abajo sin equipo de bombeo de aire constante.

El arquero la miró a los ojos, sin intención de ser cruel, pero sin querer darle falsas esperanzas.

—Lleva ahí abajo casi una semana, ¿verdad?

Es imposible que alguien sobreviva tanto tiempo respirando veneno.

Esa es la verdadera razón por la que esa misión es un suicidio y nadie la toma.

Tu caballero, por muy siniestro que sea, ya debe ser un cadáver hinchado en algún túnel oscuro.

Rury se hundió en su silla, desinflándose por completo.

La lógica de Pedro era aplastante y cruelmente realista.

—Entonces…

se acabó —murmuró, mirando los restos de su comida sin apetito—.

Supongo que llegué demasiado tarde.

Ni siquiera podré darle las gracias por salvarme la vida aquella vez…

La mesa quedó en un silencio incómodo por unos segundos, hasta que una sonrisa pícara se dibujó en el rostro de Bashi.

La mujer lobo se inclinó sobre la mesa, apoyando la barbilla en sus manos y mirando a Rury con ojos brillantes y burlones.

—Oye, oye…

esa carita larga es sospechosa —dijo Bashi, bajando la voz a un tono conspirativo—.

Tanto interés en un hombre misterioso, querer buscarlo hasta el fin del mundo, ponerte triste porque no lo verás…

Bashi soltó una risita maliciosa.

—Dime la verdad, Rury.

¿Acaso ese Caballero de Ébano es tu amor platónico?

¿Te enamoraste del héroe oscuro?

Rury sintió que la sangre se le subía a la cabeza de golpe.

Sus orejas largas se pusieron rojas como tomates.

—¡¿Q-Qué?!

—tartamudeó, agitando las manos frenéticamente—.

¡No!

¡Por supuesto que no!

¡Nada de eso!

Es solo que…

él es importante para mi objetivo, ¡eso es todo!

Rury desvió la mirada, avergonzada, murmurando bajito: —Además…

no puedo pensar en cosas como el romance en este momento.

Tengo problemas mucho más graves que resolver antes de siquiera considerar tener pareja.

Bashi asintió con una expresión de sabiduría exagerada, levantando un dedo.

—¡Exacto!

¡Esa es la actitud, chica!

—exclamó la paladín, hablando fuerte para que todos la oyeran—.

Tienes toda la razón.

Una persona centrada no debe pensar en juntarse con nadie si quiere lograr algo grande en la vida.

Las parejas, los hijos…

todo eso solo te quita tiempo, dinero y libertad.

Mejor sola que mal acompañada, ¿verdad?

Bashi dijo todo esto con una sonrisa radiante, pero su tono tenía un filo sarcástico evidente.

Pedro, que estaba bebiendo un trago de cerveza, se atragantó un poco.

Bajó la jarra lentamente y miró a Bashi con los ojos entrecerrados, luego se señaló a sí mismo con el dedo índice, completamente sacado de onda.

—Oye…

—dijo el zorro, con una mueca de confusión—.

¿Eso fue una indirecta para mí?

¿Me estás diciendo que soy un lastre por tener familia?

Bashi lo ignoró olímpicamente.

Se puso de pie, estirándose.

—¡Bueno!

¡Qué buena comida!

—dijo la líder—.

Rury tiene razón, el enfoque es lo primero.

¡Vámonos, equipo!

¡El camino nos espera!

—¡Oigan!

¡No me ignoren!

—protestó Pedro, indignado, mientras las dos chicas se reían y Shilder, en silencio, le daba unas palmaditas de consuelo en la espalda al arquero.

El equipo salio del local y se dirijieron a la salida del pueblo para realizar su partida.

Cuatro horas de caminata bajo la sombra de los hongos gigantes resultaron ser mucho más agotadoras de lo que Rury había calculado.

Sin la comodidad de la carreta, el terreno irregular y húmedo del Bosque de Zang cobraba factura.

El sol ya se había ocultado por completo, dejando el bosque sumido en una penumbra azulada, iluminada únicamente por la bioluminiscencia natural de las esporas y los sombreros de los hongos.

—Uf…

—resopló Pedro, secándose el sudor de la frente—.

Definitivamente extraño a los caballos.

A este paso, no llegaremos a la ciudad hasta mañana al mediodía.

Bashi se detuvo en un claro protegido por tres tallos enormes que formaban un techo natural.

—No tiene caso forzar la marcha en la oscuridad —declaró la líder, soltando su mochila—.

Ni siquiera vamos a la mitad del camino que hizo la carreta.

Acamparemos aquí.

El grupo soltó un suspiro colectivo de alivio y comenzó a descargar sus cosas.

Bashi se giró hacia los chicos y adoptó su tono de mando.

—Muy bien, escuchen.

Pedro, Shilder.

Ustedes se encargan de la leña.

Busquen ramas secas, nada de cortar hongos vivos.

»Y lo más importante: cuando vayan a encender el fuego, quiero que le recen en voz alta al Espíritu de la Tierra.

Pídanle permiso para la luz y protección para la noche.

Que los escuche fuerte y claro.

No queremos que el dueño de la casa piense que somos intrusos irrespetuosos.

—Entendido, jefa —dijo Pedro, haciendo un saludo militar perezoso—.

“Oh, gran piedra, déjanos cocinar salchichas”.

Lo tengo.

Shilder asintió solemnemente y siguió al zorro hacia la espesura.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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