Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Una noche tranquila
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24: Una noche tranquila 24: Una noche tranquila El regreso a El Baluarte fue tranquilo, aunque la silueta de la ciudad, con sus chimeneas escupiendo humo negro contra el cielo del mediodía, se sentía diferente ahora.
Ya no era un laberinto hostil de metal y ruido; era el lugar donde Rury tenía un hogar y un equipo.
Atravesaron las puertas de la ciudad, mezclándose con el flujo de comerciantes y trabajadores, y se dirigieron directamente al Gremio de Aventureros.
Al entrar, el familiar olor a cerveza rancia, pergamino y madera vieja los recibió.
Rury divisó inmediatamente la cabellera de slime detrás del mostrador.
—¡Emily!
—saludó Rury con entusiasmo, acercándose a la recepción.
La chica slime levantó la vista de sus papeles y sonrió ampliamente.
—¡Rury!
¡Volvieron!
Y por lo que veo, enteros.
¿Cómo les fue con los hongos?
—Digamos que fue…
explosivo —respondió Rury, compartiendo una mirada cómplice con Bashi.
Mientras Rury charlaba brevemente con la recepcionista, Pedro y Shilder se acercaron al Tablón de Misiones de Rango Oro.
Se quedaron allí parados, observando los carteles de caza mayor: Wyverns, Golems, Quimeras.
—Algún día, grandullón —murmuró Pedro, cruzándose de brazos—.
Algún día arrancaremos uno de esos y nos haremos ricos de un solo golpe.
Shilder soltó un resoplido bajo, asintiendo con respeto hacia las misiones que, por ahora, estaban fuera de su alcance.
Bashi, sin embargo, no perdió el tiempo soñando despierta.
Se acercó a Rury y le puso una mano firme en el hombro.
—Muy bien, la charla social terminó por hoy —dijo la líder con tono serio—.
Rury, ven conmigo.
—¿A dónde?
—preguntó la elfa, confundida.
—Al patio trasero.
Vamos a entrenar.
Bashi la guio hacia la zona de entrenamiento al aire libre que el Gremio mantenía en la parte trasera del edificio.
Era un terreno de tierra batida lleno de maniquíes de paja destrozados y marcas de quemaduras.
—Escúchame bien, Rury —dijo Bashi, desenvainando su espada bastarda y clavándola en el suelo—.
Tu magia es increíble.
Esa explosión contra el Rey Slime fue brutal.
Pero Gourang tenía razón en algo: si te quedas sin maná o te silencian, eres vulnerable.
Bashi señaló la espada barata que Rury llevaba en el cinto y que apenas había usado.
—Llevas un filo, así que vas a aprender a usarlo.
A partir de hoy, entrenaremos juntas todos los días que estemos en la ciudad.
Quiero que sudes, quiero que te duelan los músculos y quiero que aprendas a moverte sin depender de tu báculo.
¿Entendido?
Rury miró la determinación en los ojos de Bashi.
Sabía que tenía razón.
No podía ser siempre la maga que se queda atrás.
—Entendido, Bashi —dijo Rury, sacando su espada con un sonido metálico un poco torpe—.
Estoy lista.
—Bien.
¡En guardia!
Mientras el sonido del acero chocando comenzaba a resonar en el patio, la escena cambió hacia el interior del Gremio, donde el resto del equipo tenía sus propios asuntos que atender.
Mientras el sonido del acero y los gritos ahogados de esfuerzo llegaban desde el patio, Pedro y Shilder se sentaron en una de las mesas rústicas del salón principal, pidiendo un par de jarras de agua fría.
Pedro se recostó en la silla, jugando distraídamente con una moneda de cobre, haciéndola rodar sobre sus nudillos.
—Oye, grandullón —dijo el zorro, bajando la voz para que los de la mesa de al lado no escucharan—.
¿No te parece que nuestra nueva maga es…
un poco extraña?
Shilder dejó su jarra sobre la mesa con cuidado.
Sus ojos de reptil se posaron en Pedro con una mirada de reproche.
—No es honorable…
hablar mal a espaldas de los compañeros —retumbó su voz profunda y lenta—.
Rury es…
buena chica.
—¡No, no!
No me refiero a eso —se apresuró a corregir Pedro, agitando las manos—.
No estoy hablando mal de ella.
Me cae bien.
Es solo que…
¿no lo has sentido?
Pedro se inclinó hacia adelante, poniéndose serio.
—Tengo los sentidos agudos, Shilder.
Y cuando estoy cerca de ella, siento una presión en el aire.
Su cantidad de maná…
no es normal.
Es demasiado gigantesca para alguien de su tamaño o rango.
Se siente denso, pesado…
como si fuera una represa a punto de estallar en cualquier momento.
El hombre lagarto se quedó en silencio unos segundos, mirando el líquido temblar dentro de su vaso.
—Lo noté —admitió Shilder finalmente—.
Cuando curó sus heridas…
la magia sobraba.
Se desbordaba.
—Exacto —dijo Pedro—.
Es como si llevara una tormenta dentro.
Me pregunto qué clase de entrenamiento tuvo, o de dónde sacó tanto poder.
Shilder cruzó sus enormes brazos escamosos sobre el pecho.
—Todos tenemos secretos, Pedro.
Tú tienes los tuyos…
yo los míos.
Rury nos lo dirá…
cuando esté lista.
Hasta entonces…
la protegeremos.
Pedro sonrió, guardando la moneda.
—Tienes razón.
Eres sabio para ser tan verde, amigo.
Pasó cerca de una hora más entre charlas triviales sobre el mantenimiento de las armas y los precios del mercado, cuando la puerta trasera del Gremio se abrió de golpe.
Las cabezas de ambos se giraron y Pedro tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada inmediata.
Rury entró arrastrando los pies, completamente hecha polvo.
Tenía tierra en el pelo, la ropa desalineada y parecía que había rodado por todo el patio de entrenamiento.
Pero Bashi no estaba mucho mejor.
La inmaculada armadura blanca de la paladín estaba cubierta de hollín negro.
Tenía las puntas del cabello chamuscadas y humo saliendo de su hombrera izquierda.
Ambas se dejaron caer en las sillas vacías de la mesa, exhaustas.
—Lección número uno…
—jadeó Bashi, tosiendo un poco de humo—: Si vas a atacar a una maga con una espada de madera…
asegúrate de que no entre en pánico y te lance una bola de fuego a quemarropa.
Rury levantó la cabeza de la mesa, con una sonrisa culpable.
—Lo siento, Bashi.
Fue un reflejo.
Dijiste “piensa rápido” y…
bueno, mi cerebro pensó en fuego.
Shilder miró a la elfa cubierta de tierra y a la mujer lobo ahumada, y sus hombros comenzaron a sacudirse.
Un sonido grave y retumbante salió de su pecho.
—Jajajaja…
—rió el tanque, algo inaudito para su habitual frialdad—.
Parece que…
se divirtieron.
Pedro no aguantó más y se unió a la risa.
—¡Definitivamente!
¡Creo que el entrenamiento fue un empate técnico!
Las risas se apagaron cuando el sol terminó de ocultarse tras los muros de la ciudad, dejando que las lámparas de gas de El Baluarte tomaran el relevo.
El cansancio del viaje y el entrenamiento comenzó a pasar factura.
—Bueno, gente —dijo Pedro, estirándose hasta que su espalda crujió—.
Mi esposa me matará si no llego antes de que se enfríe la cena…
ah, cierto, están en Azmar.
Bueno, mi cama me espera.
Nos vemos mañana.
Pedro y Shilder se despidieron con un gesto de mano y desaparecieron por las calles concurridas, dejando a las dos chicas solas frente a la entrada del Gremio.
Rury miró a su alrededor, abrazando su báculo.
La noche anterior había tenido la suerte de quedarse con Emily, pero no quería abusar de la hospitalidad de la recepcionista y sus padres cada vez que volviera a la ciudad.
—Bashi…
—dijo Rury con un poco de timidez—.
No conozco mucho la zona residencial todavía.
¿Sabes de algún hostal barato que no esté lleno?
Si no es mucha molestia, ¿podrías ayudarme a buscar un lugar para pasar la noche?
Bashi se detuvo y la miró con una ceja arqueada, como si la pregunta fuera absurda.
—¿Buscar un hostal?
¿Y gastar las monedas que acabas de ganar?
Ni hablar.
La paladín le hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera.
—Tengo una casa aquí cerca.
Es pequeña, pero tengo un sofá decente o podemos compartir la cama si no pateas al dormir.
Te quedas conmigo.
—¿De verdad?
—Rury se iluminó—.
¡Te lo agradezco mucho, Bashi!
Caminaron unas pocas cuadras hasta llegar a un sector de viviendas antiguas, construidas con ladrillo gris y madera oscura.
Bashi se detuvo frente a una casa que, honestamente, pasaba desapercibida.
Era rústica, sin pintura en la fachada y carente de cualquier adorno floral o decorativo que la hiciera destacar.
Parecía una caja funcional para dormir, nada más.
Sin embargo, al entrar, Rury sintió una diferencia inmediata.
El interior estaba un poco desordenado, sí, pero era cálido.
Había alfombras gruesas de piel sintética en el suelo, una chimenea pequeña con brasas aún tibias y ese olor característico a cuero y aceite de armas que Bashi siempre llevaba consigo.
Tenía ese toque de cariño personal, un refugio contra el mundo metálico de afuera.
Bashi cerró la puerta y pateó unas botas que estaban tiradas en medio del pasillo hacia una esquina.
—Disculpa el desorden —dijo la mujer lobo, rascándose la nuca con un poco de vergüenza—.
Casi nunca llego a casa a descansar de verdad.
La mayor parte del tiempo duermo en las posadas durante las misiones o me quedo en los barracones del Gremio.
Solo vengo aquí pocas veces al mes para dejar cosas o cuando estoy muy agotada.
Rury miró alrededor, viendo una pila de libros sobre tácticas militares en una mesa y una armadura vieja en un rincón.
—No te preocupes, Bashi —dijo Rury con una sonrisa comprensiva—.
Lo entiendo perfectamente.
Ser aventurero es complicado y no deja mucho tiempo para limpiar o decorar.
Además…
—Rury inhaló el aire del lugar—.
Se siente hogareño.
Me gusta.
Bashi sonrió, relajándose visiblemente.
—Me alegra que no te asuste mi caos.
Ponte cómoda, voy a buscar algo de cenar en la alacena.
Mi casa es tu casa, Rury.
Bashi se dejó caer en una silla de madera vieja, soltando un suspiro que pareció vaciar sus pulmones por completo.
Hizo ademán de levantarse de nuevo para ir a la cocina, pero Rury la detuvo con un gesto suave.
—Ni se te ocurra —dijo la elfa, arremangándose la túnica—.
Tú ya hiciste suficiente por hoy, entre la misión y entrenarme hasta el cansancio.
Yo prepararé la cena.
Descansa un rato.
Bashi la miró con gratitud y no protestó.
—Está bien.
No voy a discutir contra eso.
Hay algo de carne seca, papas y cebollas en la despensa.
Haz tu magia, Rury.
Mientras Rury se movía por la pequeña cocina, cortando verduras y poniendo agua a hervir, observaba de reojo a su amiga.
Bashi había sacado un pedazo de pergamino arrugado y una pluma algo desgastada.
Estaba inclinada sobre la mesa, con el ceño fruncido y mordiéndose el labio inferior, como si el papel fuera un enemigo más peligroso que el Rey Slime.
Una vez que el guiso estuvo burbujeando y el aroma reconfortante llenó la habitación, Rury sirvió dos platos humeantes y se sentó frente a la paladín.
—¿Qué estás leyendo con tanta intensidad?
—preguntó Rury, dejando el plato frente a ella—.
Pareces querer asesinar al papel.
Bashi levantó la vista, algo avergonzada, y empujó el pergamino hacia el centro de la mesa.
—No lo estoy leyendo…
estoy intentando escribirlo.
Es una carta para la familia de Pedro.
Rury parpadeó, confundida.
—¿Para la familia de Pedro?
¿Por qué no la escribe él?
—Porque Pedro no sabe leer ni escribir —confesó Bashi, tomando un trozo de pan—.
Es un genio con el arco y las matemáticas del dinero, pero nunca fue a la escuela.
La única forma que tiene de comunicarse con su esposa y su hijo en Azmar es a través de nosotros.
Generalmente yo escribo lo que él me dicta y se lo enviamos.
Bashi soltó una risa seca y sin humor.
—El problema…
es que a mí también se me dificultan los textos largos.
Aprendí lo básico para leer contratos del Gremio y señales de peligro, pero redactar una carta sentimental…
es una pesadilla.
Rury tomó el pergamino con curiosidad.
La letra de Bashi era grande, tosca y llena de borrones de tinta.
Leyó el contenido: “Hola esposa.
Pedro manda dinero.
Mucho dinero este mes.
Pedro esta bien.
Comemos bien.
Tu hijo bien?
Saludos.” Rury reprimió una sonrisa.
Era directo, sí, pero carecía de toda la emoción que Pedro solía mostrar al hablar de ellos.
La gramática era casi inexistente y faltaban varias letras en las palabras.
Como Bashi había dicho, ella tampoco era buena escribiendo.
Reflejaba su infancia dura, donde sobrevivir era más importante que la educación.
Rury dejó la carta sobre la mesa y miró a Bashi con ternura.
—Es funcional —dijo Rury con diplomacia—, pero creo que podemos hacerlo mejor.
Pedro habla con mucho más amor que esto, y tú eres más inteligente de lo que este papel demuestra.
—Lo sé, pero las letras se me mezclan —admitió Bashi, frotándose las sienes—.
Soy una guerrera, Rury, no una escriba.
—Pues vas a ser ambas —decidió Rury, apartando los platos vacíos—.
Tengo una propuesta.
Mientras vivamos juntas o estemos en la ciudad…
yo te enseñaré.
—¿Enseñarme?
¿A escribir?
—Gramática, ortografía y redacción —asintió Rury—.
Tú me enseñas a usar la espada para que no muera, y yo te enseño a usar la pluma para que Pedro pueda decirle a su esposa cuánto la extraña de verdad.
¿Trato?
Bashi miró el papel lleno de borrones y luego a la elfa de ojos decididos.
Una sonrisa genuina se dibujó en su rostro.
—Trato hecho, profesora.
Pero no me tengas piedad.
Pasaron las siguientes horas bajo la luz de las velas.
La casa rústica se llenó de sonidos de plumas rasgando papel, las correcciones pacientes de Rury y las risas de Bashi cada vez que se equivocaba y escribía “pato” en lugar de “plato”.
Fuera, la ciudad industrial dormía, pero dentro de esa pequeña casa, dos amigas estaban construyendo algo más fuerte que cualquier armadura.
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