Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 3

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro
  4. Capítulo 3 - 3 El olor del mundo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

3: El olor del mundo 3: El olor del mundo El interior del Puesto Fronterizo era un asalto a los sentidos.

Rury nunca había visto tanta vida caótica en un solo lugar.

La aldea de Rolf era tranquila, ordenada, verde y olía a pino.

Esto…

esto olía a sudor, a metal caliente, a especias desconocidas y a estiércol.

Decenas de vendedores ambulantes gritaban sus mercancías en las calles embarradas.

Puestos de lona ofrecían de todo: brochetas de carne de reptil que chisporroteaban sobre brasas, pociones de colores dudosos, y armaduras hechas de caparazones de insectos gigantes.

Rury vio a un hombre-lagarto regateando con un enano por un puñado de gemas.

Vio a un goblin afilando cuchillos con una velocidad hipnótica.

Se sentía completamente fuera de lugar, pero también extrañamente aliviada.

Los guardias tenían razón: nadie aquí le prestaba la más mínima atención a su figura.

Todos estaban demasiado ocupados en sus propios asuntos.

Mantuvo su capucha puesta, pero su paranoia sobre su apariencia fue reemplazada por una nueva paranoia sobre su ingenuidad.

Su primer objetivo era práctico.

Se acercó a un puesto cubierto de pergaminos y mapas, dirigido por un viejo goblin con unas gafas de aumento tan gruesas que sus ojos parecían huevos cocidos.

—Busco un mapa —dijo Rury, intentando sonar más segura de lo que se sentía.

—Mapas tengo de sobra —graznó él—.

¿Mapa de qué?

¿De las minas locales?

¿Del bolsillo del alcalde?

—De la región —dijo Rury—.

Y…

uno del continente entero, si tiene.

El goblin la miró con ojo crítico, luego sacó dos pergaminos enrollados.

—Mapa regional.

Te muestra el Puesto Fronterizo, las primeras ciudades humanas al oeste y los primeros pueblos demoníacos al este.

Cincuenta cobres.

Rury frunció el ceño.

Rhen y Brakk me cobraron dos cobres por entrar…

me está estafando.

—Te doy treinta —replicó Rury, con la voz fría de su padre.

El goblin sonrió, mostrando dientes afilados.

—Treinta y cinco.

—Hecho.

¿Y el del continente?

—Cien.

No es negociable.

Es piel de draco.

Rury pagó.

Era una fortuna, pero lo necesitaba.

Guardó los mapas y se dirigió a su segundo objetivo, siguiendo el olor del estofado que Brakk le había recomendado: “El Ogro Hambriento”.

El local era un edificio de piedra sólida, pero por dentro estaba sorprendentemente limpio.

Y vacío.

Aparte de un enano solitario que roncaba en una esquina, no había nadie.

Detrás de la barra de madera pulida, una mujer limpiaba un tarro con un trapo.

Rury se detuvo.

La mujer era, sin duda, la criatura más hermosa que había visto en su vida.

Tenía el cabello de un color rojo fuego intenso, recogido en una trenza.

Dos pequeños cuernos negros y curvados nacían en su frente, y de sus caderas surgían dos grandes alas de murciélago, elegantemente plegadas.

Era una súcubo.

La súcubo levantó la vista, y su sonrisa profesional se congeló por una fracción de segundo.

El tarro que sostenía se resbaló de sus manos y se estrelló contra el suelo de madera, haciéndose añicos.

—¡Mil demonios!

—maldijo ella, agachándose de inmediato para recoger los trozos.

—¿Estás bien?

—preguntó Rury, acercándose.

—Sí, sí, yo…

—La súcubo se levantó, sin mirar directamente a Rury.

Su rostro estaba pálido—.

Se me resbaló, eso es todo.

Bienvenida al Ogro.

¿Mesa para una?

Rury asintió, sintiendo que algo extraño había pasado.

Se quitó la capucha, revelando su cabello púrpura, y se sentó en la mesa más alejada.

La súcubo (cuyo delantal decía “Cyra”) se acercó, ya recompuesta.

Pero sus ojos no dejaban de analizar a Rury.

No miraba su figura, sino su cabello, sus ojos, sus orejas…

como si buscara algo.¿Qué le pasa?, pensó Rury.

Es incluso peor que los guardias.

—¿Qué te sirvo, cariño?

—preguntó Cyra, su voz ahora dulce como la miel.

—El estofado que recomiendan los guardias.

—El especial de Brakk.

Buena elección.

Vuelve uno fuerte —rió ella, y se fue a la cocina.

Regresó minutos después con un cuenco humeante.

El estofado era espeso, oscuro y olía increíblemente bien.

Rury dio un bocado y sus ojos se abrieron de par en par.

Era delicioso.Mientras comía, Rury sacó el mapa regional que acababa de comprar y lo extendió sobre la mesa.

Cyra se acercó, rellenando su jarra de agua.

—¿Planeando un viaje?

—Algo así —murmuró Rury—.

Intento llegar a la capital.

Cyra soltó una risita seca.

—¿La capital humana?

¿Por qué querrías ir a esa pila de rocas pretenciosa?

—Me dijeron…

me dijeron que es un lugar neutral.

Donde todas las especies pueden…

bueno, estar.

—”Estar” no es lo mismo que “vivir” —dijo Cyra, su tono volviéndose serio.

Se sentó en la silla de enfrente, apoyando la barbilla en la mano—.

Fui aventurera durante veinte años.

Conozco cada rincón de este continente.

La Capital Humana es “neutral” solo de nombre.

Es su territorio.

Te dejarán entrar, sí.

Pero te registrarán, te vigilarán, y al primer elfo, orco o demonio que cause “problemas”, lo meterán en un calabozo del que no saldrá.

Es una jaula de oro, niña.

Rury se quedó helada.

Esto contradecía todo lo que había asumido.

—Pero…

entonces, ¿a dónde voy?

Necesito encontrar…

información.

Sobre mi…

condición.

Cyra la miró, y por un segundo, su rostro se llenó de una tristeza que Rury no comprendió.

—Miras hacia el lado equivocado del mapa —dijo Cyra.

Señaló el pergamino—.

Estás aquí.

—Marcó el Puesto Fronterizo—.

La Capital Humana está al oeste.

Es un viaje peligroso a través de tierras humanas hostiles.

Su dedo se deslizó hacia el este, atravesando cadenas montañosas y ríos dibujados.

—Si buscas un lugar donde realmente no importe quién eres, o cómo te ves, vas por el camino equivocado.

Señaló la costa este del continente, donde estaba dibujada una gran ciudad con el símbolo de una luna creciente y un tridente.

—La Capital del Rey Demonio.

Azmar.

—¿La capital del Rey?

—Rury repitió, sorprendida.

—El Rey actual es un hombre razonable.

Azmar es una ciudad costera, un crisol de verdad.

Comercio, conocimiento, poder.

Demonios, orcos, hombres bestia, e incluso elfos que han huido de los humanos.

Ahí es donde encontrarás la información que buscas.

Está la biblioteca más grande del mundo, y nadie te hará preguntas mientras pagues tus cuotas.

Rury estaba fascinada.

—¿Está muy lejos?

—A cientos de kilómetros.

Pero el camino es más seguro para gente como nosotras.

—Cyra trazó una ruta en el mapa con su uña pintada de rojo—.

Tomarás la Ruta de la Sal hacia el este.

Pasarás por pueblos aliados.

El Cañón de Piedra Seca, la ciudad de Viento de Arena?…

te tomará meses, pero llegarás.

Rury miró a la súcubo, asombrada por la cantidad de información.

—¿Por qué me ayudas tanto?

Cyra se levantó, recogiendo el cuenco vacío.

Su sonrisa regresó, pero era melancólica.

—Digamos que tu cabello púrpura…

y esos ojos testarudos…

me recuerdan a una vieja amiga.Hizo una pausa, mirando por la ventana.

—Era una elfa.

Terca como una mula y más fuerte que cualquier hombre que haya conocido.

También tenía un apetito terrible.Cyra se rio para sí misma, un recuerdo lejano.

Luego miró a Rury.

—Buena suerte, niña.

Y un consejo de ex-aventurera: no confíes en nadie que te ofrezca algo demasiado fácil.

Especialmente en los humanos.

Rury se sintió llena de una nueva determinación.

¡Un plan real!

¡Un destino!

Iba a Azmar.

Empezó a enrollar su mapa con cuidado.

—Muchas gracias, Cyra.

Esta información es…

—Espera un segundo…

—interrumpió Cyra, entrecerrando los ojos—.

¿Ese es el mapa que estás usando?

¿El que acabas de comprar?

—Sí —dijo Rury, orgullosa.

Se lo había regateado al goblin—.

Me costó treinta y cinco cobres.

Cyra se tapó la boca, pero no pudo ocultar el sonido.

Era una risita que se convirtió rápidamente en una carcajada abierta.

Se inclinó sobre la mesa, riendo tan fuerte que sus alas se agitaron.

—¿Qué?

¿Qué es tan gracioso?

—preguntó Rury, su orgullo desinflándose como un globo pinchado.

—¡Oh, cielos!

¡Ay, mi estómago!

—Cyra se secó una lágrima—.

Cariño, ¿te lo vendió el viejo Griznik?

¿El goblin con las gafas gruesas?

—Sí…

—¡Te estafó!

¡Te vio la cara de novata y te vendió una reliquia!

—Cyra señaló el mapa, todavía riendo—.

¡Este mapa está terriblemente desactualizado!

—¿Qué?

¡Pero si me dijo que…!

—¡Mira!

—Cyra señaló la ruta que ella misma había trazado—.

¿Ves aquí donde dice ‘Ciudad de Viento de Arena’?

¡Ese lugar se lo tragó un Gusano de Arena gigante hace diez años!

¡Ahora es solo un cráter!

Y la ‘Ruta de la Sal’…

¡Nadie la llama así desde la última plaga de escorpiones!

¡Ahora es el ‘Camino de la Muerte Segura’!

La cara de Rury pasó del pálido al rojo intenso.

La humillación era total.

No solo la habían estafado, sino que la amable súcubo se estaba riendo de ella.

—Ese…

ese…

¡ENANO VERDE!

—gruñó Rury.

—Tranquila, tranquila —dijo Cyra, tratando de recuperar el aliento—.

Mira, el mapa continental (Rury le mostró el otro) está bien.

Es difícil arruinar un continente.

Pero el regional es basura.

Rury se puso de pie de un salto, su silla chirrió contra el suelo.

Su arrogancia herida era peor que cualquier insulto.

—¡Treinta y cinco cobres!

¡Me debe treinta y cinco cobres y una disculpa!

Cyra suspiró, su diversión desvaneciéndose en una sonrisa cansada.

—No vas a recuperar tu dinero.

Pero si vas a ir, un último consejo: Griznik es un estafador, pero es el único cartógrafo decente en cien kilómetros.

No le rompas más de un brazo.

Pero Rury ya no escuchaba.

Salió del restaurante como un pequeño vendaval púrpura, con el mapa basura apretado en el puño y una mirada asesina en los ojos.

—¡VOY A ARRANCARLE LAS GAFAS DE LA CARA!

—gritó mientras golpeaba la puerta al salir.

Cyra negó con la cabeza y empezó a recoger los platos.

—Ah, sí…

—murmuró para sí misma, sonriendo—.

Que nostalgia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo