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Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Pajaro enjaulado
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5: Pajaro enjaulado 5: Pajaro enjaulado Rury se despertó con el sol.

El colchón de paja había sido sorprendentemente cómodo, y por primera vez en días, se sentía realmente descansada.

Se vistió rápidamente y bajó las escaleras.

El “Ogro Hambriento” estaba más animado que la noche anterior.

Brakk y Rhen, los guardias, ocupaban una mesa de la esquina, desayunando algo que olía a carne ahumada.

Cyra estaba detrás de la barra, sirviendo una bebida humeante a un enano.

Vio a Rury y le hizo un gesto con la cabeza.

—Dormiste bien, niña.

Tu cara se ve menos…

estresada.

—Dormí bien —admitió Rury—.

Gracias.

—El desayuno está en la casa.

Pero tendrás que esperar para nuestro…

“recorrido” —dijo Cyra en voz baja—.

La hora pico de la mañana es un infierno.

Dame dos horas.

Cuando termine mi turno, iremos a ver a mi primer contacto.

Rury asintió y se sentó a esperar, comiendo un pan denso y una salchicha de reptil que Cyra le sirvió.

Observó al variopinto grupo de clientes: orcos, goblins y semi-humanos, todos haciendo sus negocios matutinos.

Dos horas después, Cyra se quitó el delantal.

—Bien.

Vamos.

Primera parada: la solución mágica.

Cyra la llevó a una tienda oscura en un callejón, que olía a ozono e incienso.

Dentro, un hombre lagarto pequeño y nervioso, con túnicas cubiertas de runas y unos lentes tan gruesos como los de Griznik, estaba ordenando cristales brillantes.

—¡Reha!

—llamó Cyra.

El hombre saltó, dejando caer un cristal.

—¡Cyra!

¡Por los nueve infiernos, no asustes así!

—Relájate, viejo amigo.

Necesito un favor.

Ella —dijo, señalando a Rury— necesita un viaje.

A Azmar.

O lo más cerca que puedas.

Reha miró a Rury con ojos llorosos.

—Azmar…

¿Azmar?

¡Eso es al otro lado del continente!

¡La carga de maná para un salto así es astronómica!

—Ella puede pagar —mintió Cyra.

Reha suspiró y le indicó a Rury que se parara en una plataforma de piedra en el centro de la habitación.

—Bien, bien.

Esto dolerá, costará una fortuna, y te dejará mareada, pero…

Reha comenzó a cantar.

Las runas en la plataforma brillaron con una luz azul…

que de repente chisporroteó y se volvió de un rojo furioso.

El aire se sintió denso, pesado, como antes de una tormenta eléctrica.

¡KRAK!

Una ola de energía pura estalló desde Rury, lanzando a Reha contra la pared trasera de su tienda.

Los cristales en los estantes se hicieron añicos.

—¡IMPOSIBLE!

—gritó Reha, limpiándose la sangre de la nariz—.

¿¡QUÉ DEMONIOS ERES TÚ, NIÑA!?

—¿Qué pasó?

—preguntó Rury, conmocionada.

—¡Tu maná!

—exclamó Reha, poniéndose de pie—.

¡Es un océano!

¡Es un caos!

¡Es como intentar teletransportar una tormenta!

¡Mi hechizo ni siquiera pudo anclarse!

¡Simplemente…

se canceló!

¡Anuló mi magia!

¡No puedo teletransportarte!

¡Nadie puede!

Salieron de la tienda, dejando a Reha barriendo cristales rotos.

—Bueno —dijo Cyra, con el rostro sombrío—.

Si la magia no funciona, lo haremos a la antigua.

—Bueno —dijo Cyra, con el rostro sombrío—.

Si la magia no funciona, lo haremos a la antigua.

Su siguiente parada fueron los establos del este, donde un enorme granjero Minotauro llamado Throk estaba herrando a una criatura parecida a un rinoceronte, golpeando el metal con un martillo que Rury dudaba poder levantar.

—¿Alquiler?

—rumió Throk, sin dejar de martillar, cuando Cyra le explicó la situación.

—Una carreta, o caballos.

Lo que sea más rápido para llegar a la ruta este —dijo Rury.

Throk se detuvo.

Dejó el martillo y se giró lentamente.

Su cabeza masiva se inclinó.

—Rento caballos.

Pero solo para viajes dentro de la zona segura.

—Su voz era un trueno grave—.

Si quieres ir al este, más allá del “Camino de la Muerte Segura”…

eso no es un alquiler.

Es un contrato de escolta.

—¿Y cuánto cuesta ese contrato?

—preguntó Rury.

—Mil quinientas piezas de oro.

Por adelantado.

Rury y Cyra se ahogaron.

—¿¡Mil quinientas!?

—exclamó Rury—.

¡Es un robo!

—Es el precio de mi vida, elfa —dijo el Minotauro con calma, cruzando sus brazos musculosos—.

Y el precio de mi equipo.

¿Crees que eres la primera que quiere ir a Azmar?

—Throk, el precio es una locura —intervino Cyra—.

¿Qué ha cambiado?

Sigue infestado de Gusanos de Arena y bandidos, ¿no?

—Los bandidos son la menor de mis preocupaciones —gruñó Throk—.

¿Nunca te has preguntado por qué ese camino es tan peligroso, Cyra?

¿Por qué es el único camino?

Rury miró a Cyra, confundida.

—Es la política de defensa del Rey Demonio —explicó Cyra en voz baja, con un toque de amargura—.

Se previene de los humanos.

Para proteger Azmar, que es una ciudad costera, el Rey se asegura de que cualquier invasión por tierra sea un suicidio.

—Exactamente —confirmó Throk—.

El Rey soltó cientos de bestias sin control en todas las zonas fronterizas.

Gusanos de Arena, Grawlers, Escorpiones de Roca, entre otras cosas desconocidas…

los puso allí como un escudo.

Un escudo viviente al que no le importa si se come a un soldado humano o a un comerciante enano.

—Eso es…

horrible —dijo Rury—.

¡Es un daño colateral!

¡Afecta a gente como nosotros!

—¡Claro que lo es!

—bramó Throk—.

¿Y sabes por qué solo hay una ruta?

Porque el resto de esa tierra está sin explorar al cien por cien.

Es un laberinto de cañones y desiertos movedizos.

Si tomas “otra ruta”, no es que te puedas perder.

Es que te vas a perder.

Y te va a cazar cualquier cosa que el Rey haya decidido abandonar allí.

—Pero…

dijiste que había pueblos en el camino —insistió Rury, recordando la conversación con Cyra.

—Los hay —dijo Throk—.

Pequeños asentamientos que se aferran a la vida.

Y honestamente, no tengo idea de cómo se mantienen vivos.

Probablemente pagan tributos a las bestias o tienen algún trato oscuro.

No me importa.

El Minotauro se inclinó hacia Rury.

—Mi punto es este: mil quinientas piezas de oro es lo que cobro por guiar una carreta blindada a través del zoológico personal del Rey Demonio, rezando para no ser devorado por su política exterior.

¿Lo tomas, o lo dejas?

Cyra suspiró, sabiendo que era una batalla perdida.

—Vamos, Throk.

Por los viejos tiempos.

¿Ni un descuento?

Throk la miró fijamente.

—Cyra, por los viejos tiempos, te estoy dando un ‘no’ gratis en lugar de reírme en tu cara.

Mi precio es firme.

Cyra asintió con cansada resignación.

—Vamos, niña.

Esta puerta está cerrada con llave y tranca.

Salieron del establo, dejando al Minotauro volviendo a su martillo, el sonido metálico resonando como otra puerta cerrándose.

—Queda una opción —dijo Cyra, claramente frustrada—.

Es sucia, y no me gusta.

Aventureros errantes.

Las llevó a un edificio destartalado que tenía un letrero de madera que decía “El Tablón Roto”.

—No confíes en nadie aquí al cien por cien, Rury.

La mayoría son escoria que trabajará para cualquiera que pague.

Abrieron la puerta, esperando un salón ruidoso…

y se encontraron con un silencio sepulcral.

El lugar estaba vacío, salvo por las sillas apiladas en las mesas.

En la recepción, una mujer con brillantes plumas azules en los brazos y rostro de águila estaba limpiándose las garras.

—Alya, ¿dónde está todo el mundo?

—preguntó Cyra.

—¡Oh, Cyra, querida!

¡No te lo vas a creer!

—dijo la semi-humana águila con una voz chillona—.

¡Llegó un edicto del sur!

¡Es el Festival de la Cosecha del Río, en la ciudad costera del Límite Humano!

¡Están pagando el doble por trabajos de escolta y seguridad!

—¿Y…?

—preguntó Rury.

—¡Y se fueron todos, dulzura!

¡No queda ni un solo aventurero, mercenario o incluso un cazarrecompensas borracho en todo el Puesto!

¡Partieron esta mañana!

¡Jajaja, el Puesto está completamente indefenso!

¿Divertido, no?

El sol se estaba poniendo cuando Rury y Cyra caminaban de regreso al “Ogro Hambriento”.

El aire de la noche era frío, y el ánimo de Rury estaba por los suelos.

Entraron en el local vacío.

Cyra encendió las lámparas de aceite, creando un cálido resplandor.

—Bueno —dijo Cyra, rompiendo el silencio—.

Eso fue un desastre total.

—Lo intentamos todo —dijo Rury, sentándose en el mismo taburete de la noche anterior.

—No todo.

Solo todo lo fácil —la corrigió Cyra.

Sirvió dos platos de estofado.

Comieron en silencio por un momento.

—Gracias, Cyra —dijo Rury finalmente—.

Por…

por pasar todo el día conmigo.

Por intentarlo.

Cyra le dedicó una pequeña sonrisa.

—No te dejes vencer, niña.

Encontrar un camino en este mundo toma tiempo.

Rury subió a su habitación, sintiéndose agotada.

Se lavó la cara y se tumbó en la cama, mirando el techo.

Teletransporte, imposible.

Alquiler, demasiado caro.

Aventureros, desaparecidos.

Pero Cyra estaba equivocada.

El tiempo era exactamente lo que no tenían.

Pasaron cuatro días.

El segundo día, buscaron a un mercader enano que, según se rumoreaba, iba al este.

Se había ido esa misma mañana.

El tercer día, Rury intentó comprar su propia bestia de carga, pero el Minotauro se negó a venderle una, diciendo que era un suicidio para ella ir sola.

El cuarto día, Kael y la caravana “Colmillo de Hierro” partieron al amanecer.

Rury los vio irse desde la ventana de su habitación, una larga fila de lagartos de carga desapareciendo en el horizonte.

Una punzada de pánico se instaló en su pecho.

Esa noche, la noche del cuarto día, el Puesto Fronterizo estaba inquietantemente silencioso.

La partida de los aventureros y de la caravana más grande había dejado el asentamiento con la mitad de su población.

A veinte kilómetros de distancia, en las colinas áridas, el líder de una manada de Grawlers—bestias del tamaño de un caballo, con seis patas y mandíbulas de hierro—levantó el hocico.

Había estado siguiendo un rastro durante días.

Un rastro de poder.

Un faro de maná puro y sin refinar que se había encendido en el bosque y ahora se había asentado en el valle del Puesto Fronterizo.

El líder de la manada aulló, un sonido que no llegó a la aldea.

Cientos de ojos rojos se encendieron en la oscuridad.

La comida estaba cerca.

Y con todos los protectores del asentamiento en un festival, no había nada que se interpusiera en su camino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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