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Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Sin escapatoria
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6: Sin escapatoria 6: Sin escapatoria El sol del atardecer golpeaba la polvorienta caravana Colmillo de Hierro mientras esta se abría paso por el inicio del Camino de la Muerte Segura.

Las seis enormes bestias-lagarto tiraban de las carretas, y los mercaderes se abanicaban, quejándose del calor.

Kael, el líder hombre-lobo, trotaba al frente en su propia montura, satisfecho.

Detrás de él, dos comerciantes semi-humanos, un jabalí-hombre y un reptil, charlaban ociosamente.

—¿Viste el alboroto de la otra vez en el Puesto?

—dijo el jabalí-hombre, rascándose las cerdas del cuello—.

¡Esa elfa de cabello púrpura!

¡Levantó a Griznik como si fuera un saco de papas!

—¡Jaja!

¡Lo vi!

—respondió el reptil, su lengua bífida probando el aire—.

Y bastante bonita, si te gustan con algo más de carne.

Una pena que Kael no la dejara venir.

Un rostro así habría hecho el viaje más agradable.

Kael escuchó la conversación y soltó un gruñido despectivo, dándose la vuelta en su montura.

—¿”Bonita”?

¿Esa elfa?

Bah.

—Se rio, un sonido áspero y seco—.

No era más que un costal de huesos.

No sirven de nada esas aventureras novatas.

—Pero, jefe —dijo el jabalí-hombre—, parecía fuerte…

—¡Parecía suave!

—espetó Kael—.

Una boca extra que alimentar.

¿Creen que es bonita?

Yo vi una carga.

Un berrinche andante que se quejaría de las raciones y atraería problemas.

No transporto peso muerto.

Tuvimos suerte de dejarla atrás.

Con los aventureros que sí tenemos, este viaje será…

—¡¡CONTACTO!!

El grito vino de uno de los escoltas orcos que iba en la retaguardia.

—¡Polvo al este!

¡Vienen rápido!

Kael maldijo y se subió a su montura para ver mejor.

Una nube de polvo masiva se acercaba a una velocidad antinatural.

De ella, emergieron docenas de ojos rojos.

—¡Grawlers!

—gritó Kael.

La caravana se detuvo.

Los comerciantes gritaron, buscando refugio.

Los aventureros y guardias contratados desenvainaron sus armas, formando un círculo defensivo alrededor de las carretas.

Los dos orcos gigantes, los mismos que Kael le había mostrado a Rury, se pararon al frente, golpeando sus hachas contra sus escudos.

Kael, sin embargo, relajó su postura.

Soltó una carcajada.

—¿Grawlers?

¿Tanto alboroto por unos Grawlers?

¡Jajaja!

¡Parece que tendremos suerte, muchachos!

¡Una presa fácil y algo de carne extra para la noche!

¡Haganlos pedazos!

Los aventureros vitorearon, envalentonados por la confianza de su líder.

Pero los Grawlers, una manada de al menos cincuenta, hicieron algo que no se suponía que debían hacer.

A cien metros de distancia, se detuvieron en seco.

No atacaron de inmediato.

Se quedaron allí, sus cuerpos del tamaño de caballos tensos, sus seis patas arañando el suelo.

—¿Qué están haciendo?

—murmuró uno de los aventureros, su confianza flaqueando.

De entre la manada, una criatura emergió.

Era un Grawler, pero era diferente.

Era el doble de grande que los demás, su pelaje era negro como el carbón y sus ojos brillaban con una inteligencia malévola.

El Grawler líder caminó hacia el frente y se detuvo.

Y entonces, su cuerpo cambió.

Hubo un sonido repugnante de huesos rompiéndose y carne desgarrándose.

Las seis patas de la bestia se doblaron en ángulos imposibles.

Su espalda se arqueó y se partió, y de las heridas abiertas brotaron dos brazos adicionales…

y luego dos más.

Su cráneo se partió, abriéndose como una flor horrible, y de dentro surgió un nuevo rostro.

La criatura se irguió.

Ya no era una bestia de seis patas.

Se alzaba sobre dos poderosas piernas que terminaban en pezuñas de obsidiana.

Su piel era de un rojo profundo, cubierta de placas óseas.

Cuatro brazos musculosos se flexionaban a sus costados, cada uno con garras como dagas.

Era más grande que una casa, una silueta de pesadilla mientras se ocultaba el sol.

Un demonio.

El silencio de la caravana fue absoluto.

—¿Qué…

qué es eso?

—susurró Kael, su arrogancia evaporándose como agua en el desierto.

Los dos escoltas orcos, valientes pero estúpidos, gritaron un grito de guerra y cargaron.

—¡Por la Horda!

El demonio no se movió.

Simplemente extendió dos de sus cuatro brazos.

Agarró a cada orco por la cabeza a mitad de la carrera, levantándolos del suelo.

Hubo un sonido horrible, como el de dos sandías gigantes siendo aplastadas.

El demonio arrojó los cuerpos sin vida a un lado y soltó un rugido que hizo temblar el suelo.

Los Grawlers “normales” aullaron en respuesta.

Kael, el hombre-lobo, estaba paralizado.

Su arma se resbaló de sus manos temblorosas.

El líder de la caravana, el hombre que se había burlado de la fuerza de Rury, miraba fijamente al demonio que había matado a sus mejores guerreros sin siquiera moverse.

El demonio giró su cabeza masiva.

Sus ojos, brasas del infierno, se fijaron directamente en Kael.

El jefe de la caravana “Colmillo de Hierro” no pudo hacer nada más que soltar un gemido aterrorizado.

Una hora después, la escena estaba en silencio.

La caravana era un matadero.

Las carretas estaban volcadas y en llamas, las mercancías esparcidas por la arena manchada de sangre.

Los cuerpos de los aventureros, comerciantes y bestias de carga estaban destrozados.

El demonio, ahora de nuevo en su forma de Grawler líder de seis patas, se paró sobre el cuerpo de Kael.

Olfateó el aire.

El rastro que había estado siguiendo, el mismo rastro de maná que su manada había detectado desde el bosque, no estaba aquí.

Se giró hacia el oeste.

El olor era más fuerte allí.

El Grawler líder soltó un aullido, no de victoria, sino de caza.

La manada se reunió.

La masacre había terminado; la cacería real acababa de comenzar.

Se dirigían directamente al Puesto Fronterizo.

Mientras tanto un tiempo despues en el asentamiento fronterizo, era la hora más oscura de la madrugada, esa hora silenciosa en la que el mundo contiene la respiración antes del amanecer.

Pero Rury estaba despierta.

Daba vueltas en la cama de la posada, incapaz de dormir, con una opresiva sensación de fracaso.

Se sentó y miró por la ventana la calle vacía del Puesto Fronterizo.

Era inútil.

Había estado tan confiada al salir de casa.

“Dos semanas a pie”, ¡qué arrogante!

Había usado su magia como un juguete, solo para terminar varada aquí.

Se lamentó en silencio.

Si tan solo hubiera tenido más tiempo.

Si les hubiera preguntado a sus padres cómo era el mundo, en lugar de solo escuchar lo que no debía hacer.

¿Cómo se negociaba con un semi-humano?

¿Cómo se detectaba a un estafador?

¿Cómo se sobrevivía cuando la fuerza bruta y la magia no podían comprar un pasaje en una caravana?

Su padre tenía razón: ella era una guerrera primero, una maga después.

Pero, ¿de qué servía ser ambas si no tenía la sabiduría para usarlas?

Se sintió pequeña, ingenua y terriblemente sola.

Un sollozo silencioso se escapó de su garganta, una frustración por su propia impotencia.

¡¡KABOOOOOM!!

Un estruendo ensordecedor sacudió el edificio.

El vaso de agua sobre la mesita de noche de Rury vibró y cayó al suelo, haciéndose añicos.

El sonido no fue un trueno; fue una explosión, profunda y violenta, seguida de gritos distantes.

El miedo y el lamento de Rury se evaporaron, reemplazados por la adrenalina pura.

Su entrenamiento se activó.

Saltó de la cama, sin siquiera pensar.

Se puso las botas, se ajustó los guanteletes de su padre y agarró sus dos armas: el báculo en su mano izquierda y la empuñadura de su espada en la derecha.

Salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras de dos en dos.

La sala principal del “Ogro Hambriento” estaba oscura, iluminada solo por la luna que entraba por las ventanas.

Pero Cyra ya estaba allí.

Había desaparecido la amable posadera del delantal.

En su lugar, había una guerrera.

Cyra llevaba una armadura de cuero endurecido de color rojo oscuro, con placas de metal en los hombros y las caderas.

Sus alas de súcubo estaban tensas, y su rostro, normalmente cálido, era una máscara de concentración letal.

En su espalda, Rury vio algo que la dejó sin aliento: la empuñadura de una enorme espada de dos manos, una claymore, que sobresalía de su vaina.

—¿Cyra?

¿Qué fue eso?

¿Qué está pasando?

—preguntó Rury, su voz temblando por la adrenalina.

—Nos atacan —dijo Cyra, su voz baja y fría, mientras ataba la última hebilla de su guantelete.

Justo en ese momento, la puerta del bar se abrió de golpe.

Brakk, el guardia ogro, y Rhen, el hombre-alce, entraron tropezando, sin aliento y aterrorizados.

Brakk tenía un corte profundo en el brazo y a Rhen le faltaba uno de sus cuernos de alce, la herida sangraba profusamente.

—¡Están aquí!

¡Cyra, están por todas partes!

—gritó Brakk, tratando de levantar su garrote.

—¡Una manada de Grawlers!

—graznó Rhen con pánico, su voz nasal más aguda que nunca—.

¡Han estado atacando la muralla oeste por media hora!

¡No podíamos detenerlos!

¡Son demasiados!

—¿Y ese estruendo?

—preguntó Cyra, agarrando su espada.

—¡La Puerta Este!

—gritó Brakk—.

¡Ese fue el sonido!

¡Acaban de derribar la Puerta Este!

¡Están dentro!

Cyra miró a Rury.

No había miedo en sus ojos, solo una resolución aterradora.

—Una manada de Grawlers ha roto las defensas.

Rhen y Brakk vinieron a avisar justo cuando escuchaste la explosión.

Significa que el Puesto está a punto de ser invadido por dos frentes.

—¿Qué hacemos?

—preguntó Rury, apretando su báculo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—Nosotras no huimos —dijo Cyra.

Con un movimiento fluido, desenfundó su espada de dos manos.

La hoja era más larga que Rury, brillando con una luz roja tenue a la luz de la luna—.

Vamos a la Puerta Este.

Es donde la brecha es más grande.

Si no contenemos la marea allí, todo el Puesto será masacrado antes del amanecer.

Cyra se dirigió a los guardias.

—¡Brakk, Rhen!

¡Ustedes reúnan a los civiles que puedan en los sótanos!

¡Nosotras compraremos tiempo!

—¡Pero, Cyra, son…!

—¡AHORA!

—rugió la súcubo, su voz resonando con un poder demoníaco que hizo temblar a Rury.

Los guardias asintieron, aterrorizados, y salieron corriendo.

Cyra se giró hacia Rury.

—Niña.

¿Lista para usar esa fuerza de la que tanto te quejabas?

Rury miró a la súcubo guerrera, luego la hoja de su propia espada, y finalmente el báculo en su mano.

Asintió.

—Bien.

Sígueme.

Y no mueras.

Cyra pateó la puerta principal y ambas salieron corriendo hacia el caos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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