Las Aventuras de un Caballero Sobrepoderoso en Otro Mundo - Capítulo 573
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Capítulo 573: Capítulo 573-Por favor, salva a Cecilia (3)
—Subestimaron la amenaza y, antes de que pudieran darse cuenta, ya era demasiado tarde. Sin embargo, la oportunidad de rectificarlo todavía existe. Si las naciones humanas supervivientes y los semihumanos unen sus fuerzas, puede que tengamos una oportunidad.
Tanto Jerrel como los oficiales de alto rango que lo rodeaban miraron a Zerina con ojos incrédulos.
Ni siquiera sus compañeros Caballeros Sagrados fueron la excepción. Nunca habían sabido que su camarada albergaba tal ambición.
Si había alguien que no estaba sorprendido, ese era Reinhardt. Le sonrió a Zerina y asintió.
—Tiene razón. Solo si hacemos lo que nuestros ancestros no lograron, tendremos una oportunidad de derrotar a los demonios.
Jerrel cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, su mirada era clara y resuelta.
—Ya veo. Entonces la encontraremos. Mi reino da cobijo a semihumanos de docenas de tribus. Linajes antiguos, clanes olvidados, descendientes perdidos. Si todavía existe una Alta Elfa en este mundo, descubriremos el camino que conduce hasta ella.
Tras comprender la gravedad y todos los detalles del plan de Reinhardt, sintió la misma urgencia que este.
—Sí, cuento contigo.
La razón por la que se había molestado en revelarle su plan a Jerrel era porque ya consideraba a Rune y a los Caballeros Esmeralda como aliados potenciales. Quería su ayuda en el futuro para hacer frente a los demonios.
Tras su conversación, Jerrel los condujo personalmente a la aldea que ahora era el asentamiento asignado para los semihumanos en Rune.
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Cuando Jerrel, acompañado por sus caballeros y el séquito de Reinhardt, llegó a la aldea, fue recibido con miradas hostiles y recelosas.
Un marcado contraste con el ambiente de la nueva Aldea Toto.
Jerrel fue el primero en dar un paso al frente y se dirigió a la multitud.
—Pueblo de Rune, permitidme que os presente a Lord Reinhardt Arcknight, Gobernador de Picoblanco y Comandante del Templo de Luz. Procede de Solaris, donde los semihumanos viven abiertamente entre los humanos, como iguales.
Presentó a Reinhardt y enumeró muchos de sus logros.
—Si alguno de vosotros desea trasladarse a Solaris, se le concederá ciudadanía, tierras, protección y trabajo. Yo personalmente garantizaré un salvoconducto y el asentamiento.
Tras terminar de hablar, Jerrel esperó la respuesta de los semihumanos. Sin embargo, lo único que recibió fueron miradas escépticas y despectivas.
Si uno lo pensaba, era natural. Después de todo, esas gentes habían vivido toda su vida como una propiedad: comerciados, cazados, golpeados y criados como ganado.
Puede que Jerrel les hubiera dado la libertad, pero las cicatrices del miedo eran demasiado profundas como para desaparecer con una sola proclama. Para ellos, las promesas de los humanos, por muy sinceras que fueran, sonaban peligrosamente parecidas a las mentiras que una vez habían creído.
No solo Jerrel y sus caballeros fueron objeto de tales miradas; Reinhardt y su séquito no fueron la excepción.
La desconfianza se palpaba en el ambiente.
Fue entonces cuando dos figuras dieron un paso al frente por voluntad propia.
La primera en moverse fue Zerina, cuyos ojos rasgados y púrpuras recorrieron a todos los semihumanos.
—Mi nombre es Zerina, antigua Anciana de la Tribu Pantera de la Aldea Toto. Mi aldea estuvo durante mucho tiempo bajo el control de los demonios. Nuestros días eran un infierno y el futuro parecía desolador. La luz que nos sacó de ese infierno no fue otra que el Comandante Reinhardt…
—Él acabó con el control de los demonios, liberó a mi gente y reconstruyó nuestra aldea. Hoy, mi tribu vive en libertad, bajo su protección.
Zerina no se guardó nada y les reveló la verdad a todos.
Ver a una de los suyos, un miembro de la raza semihumana, hablar tan bien de un humano e incluso llevar una armadura y una capa con el mismo emblema que los caballeros fue toda una conmoción para ellos.
Entonces, como si la sorpresa no hubiera terminado, Elina dio un paso al frente. Se llevó la mano al corazón y habló con fluidez en la antigua lengua élfica.
Sus palabras eran como una hermosa melodía, una canción sagrada transmitida por sus ancestros.
Tras recitar su canción, centró su atención en las numerosas tribus semihumanas de la aldea.
—Soy Elina Sylverae Lirwen, hija del Linaje Silverwood. Guerrera de los elfos y descendiente de Elfenheim.
La multitud guardó silencio.
Zerina y Elina… en lugar de oírlo de boca de los humanos, para las tribus semihumanas era mucho más creíble escucharlo de su propia gente, de otros semihumanos.
—Sigo a Lord Reinhardt por elección propia. Él salvó a mi gente y nos devolvió la esperanza. Hoy ha venido aquí en busca de vuestra ayuda. Por eso, os ruego a todos que lo ayudéis.
Dicho esto, inclinó la cabeza. Delicia hizo lo mismo.
La tensión que antes se respiraba en el ambiente cambió. Innumerables miradas se clavaron en Reinhardt.
Aunque seguían cargadas de dudas y juicios, era una mejora notable en comparación a cuando estaban repletas de un desdén desmedido.
Fue una suerte que hubiera traído consigo a Zerina y a Elina.
Ver a una teriántropa y a una elfa a su lado facilitó el proceso, permitiéndole saltarse el tedioso paso de ganarse su confianza.
Para los semihumanos, nada era más elocuente que la presencia de los de su propia especie, de pie y sin cadenas, junto a los humanos.
Poco a poco, sus hombros se relajaron y el miedo que se había aferrado a ellos durante toda una vida disminuyó, aunque solo fuera ligeramente.
Reinhardt observaba en silencio desde la retaguardia, dejando todo el proceso en manos de las dos semihumanas. Zerina y Elina eran más que capaces de actuar según su voluntad.
Mientras ellas hablaban con los aldeanos, escuchándolos, preguntándoles y tranquilizándolos, Reinhardt se mantuvo a distancia, recorriendo el asentamiento con la mirada.
Observó las numerosas razas semihumanas que vivían en la aldea y su jerarquía. La aldea distaba mucho de ser homogénea.
Había gente pantera y gente lobo, gente zorro y gente oso, tribus aviares con alas plegadas como las arpías e, incluso, unos cuantos linajes silvanos como los elfos que vivían aquí.
Todos ellos tenían sus propias costumbres y tradiciones.
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Cuando Zerina y Elina terminaron, el sol ya había descendido, tiñendo el cielo de un profundo color ámbar.
—Comandante, hay muchos dispuestos a trasladarse. Más de los que esperaba. La mayoría no tiene nada que los ate a este lugar, ni tierras, ni lazos lo bastante fuertes como para mantenerlos arraigados.
Ambas le informaron de sus hallazgos.
Elina asintió, de acuerdo. —Creen que Solaris puede ofrecerles un futuro de verdad. Sobre todo, después de oír hablar de la Aldea Toto.
A Reinhardt no le sorprendió. Conocía el tipo de atractivo que representaba Solaris. Ver a otros miembros de sus tribus semihumanas pavonearse con orgullo y anunciar que eran ciudadanos de pleno derecho de Solaris era algo difícil de ignorar.
Después de todo, una vez vislumbrada, la esperanza es difícil de ignorar.
Dicho esto, aunque estaba contento con la decisión de los semihumanos de trasladarse a Solaris, donde estarían más protegidos y su sustento estaría asegurado, esa no era la razón por la que estaba allí.
—¿Y los elfos? ¿Algún rastro de sangre real?
Su objetivo principal era encontrar a la Sacerdotisa Alta Elfa y garantizar su seguridad.
Ambas negaron con la cabeza.
—No, las pocas familias de linaje silvano que viven aquí no son descendientes de Elfenheim. Sus cantos y su linaje difieren del nuestro —explicó Elina con expresión grave.
Zerina se cruzó de brazos, y su cola y orejas cayeron también, abatidas.
—He preguntado a los Ancianos. Aunque parecían conocer Elfenheim, no saben de ningún Alto Elfo superviviente.
Así que de eso se trataba.
Reinhardt suspiró y sacó la Semilla de Origen de su [Almacenamiento Dimensional].
La semilla latió suavemente en su palma y, al agitarla en todas direcciones, sintió un leve tirón de resonancia.
La dirección que le indicaba era hacia el oeste. Mucho más allá de las fronteras de Rune.
Aún hacia el oeste, ¿eh?
—Parece que no está aquí —constató, volviendo a guardar la semilla.
—¿Qué hacemos ahora, Lord Reinhardt? —preguntó Elina, con la preocupación patente en su rostro.
—Seguiremos buscándola. Nuestro viaje no ha hecho más que empezar.
Reinhardt sabía que la búsqueda de la Sacerdotisa Alta Elfa no sería fácil. Su intuición, que le advertía del peligro, nunca le había fallado.
Los habitantes del asentamiento semihumano, tras saber por Jerrel que podían trasladarse a Solaris sin problemas, estaban de un humor excelente.
Reinhardt y los demás no se quedaron mucho tiempo y se prepararon para marcharse. Justo entonces, se oyó una voz vacilante.
—D-Disculpe.
El sonido fue suave, apenas audible. Sin embargo, detuvo al grupo que estaba a punto de marcharse.
Reinhardt se dio la vuelta y observó a quien lo llamaba.
A poca distancia había una joven elfa, de figura esbelta y con los hombros tensos por el nerviosismo. Por sus orejas puntiagudas y ligeramente caídas y su mirada huidiza, estaba claro que había reunido todo su valor solo para llamarlo.
Zerina y Elina, a su lado, también se fijaron en ella.
Al ver a la joven elfa, que llevaba un suéter holgado y temblaba ligeramente ante ellos, la mirada de Elina se enterneció.
Se inclinó hacia Reinhardt y se la presentó. —Esta es Lirae, del linaje Silverbloom. Aunque puede que no sea descendiente de Elfenheim, hace mucho tiempo sus ancestros tuvieron alguna conexión con los nuestros.
Reinhardt asintió, estudiando a la chica con atención.
Del mismo modo, la elfa llamada Lirae también observaba a Reinhardt. Bueno, más que observar, era como si intentara mantener el contacto visual sin flaquear.
GLUP… Reuniendo valor, pronunció las palabras que tenía en la garganta.
—¿P-Por qué buscas a una elfa de linaje real?
Las palabras salieron de golpe, como si Lirae temiera que, si dudaba un segundo más, perdería el valor para preguntar.
???
Por un momento, se hizo el silencio.
Reinhardt no respondió de inmediato. Sus ojos continuaron estudiándola, en un intento de descubrir información a través de su postura y gestos sutiles.
—¿Conoces a alguna?
Lirae se puso rígida y, por reflejo, apretó las manos en puños.
—Y-Yo… he preguntado primero —dijo, aunque intentó ocultarlo rápidamente.
Desesperación, miedo y algo más… Reinhardt se cruzó de brazos y se reclinó ligeramente, con una expresión indescifrable. Su mente calculaba, intentando unir todas las piezas.
Cuando interrogó a las razas semihumanas de esta aldea, había dado instrucciones estrictas a Zerina y a Elina para que mantuvieran en secreto sus motivos y planes.
La razón para ello era que si sus planes llegaban a los oídos equivocados, existía la posibilidad de que llegaran a los demonios.
Si se corría la voz sobre la resurrección del Árbol del Mundo, la Semilla de Origen o la Sacerdotisa Alta Elfa, sin duda harían todo lo que estuviera en su mano para interponerse en su camino.
Aunque no le preocupaba que los demonios fueran tras él, tenía que tener cuidado de que no frustraran sus planes, sobre todo cuando aún no había asegurado la última pieza para llevarlos a cabo.
El destino de la Sacerdotisa Alta Elfa ya era desconocido. Si los demonios intervenían, podrían poner su vida en peligro. Quería evitar esa situación a toda costa.
Después de todo, solo quedaba en este mundo una única Alta Elfa con el potencial de convertirse en Sacerdotisa.
Este asunto no podía filtrarse.
Sin embargo, la forma en que la chica elfa lo confrontó hablaba de algo más, quizás una verdad enterrada durante mucho tiempo.
Reinhardt tomó su decisión.
—Estoy buscando a una superviviente del linaje real de Elfenheim. Alguien que podría ser una Alta Elfa.
Ante esa declaración, a Lirae se le cortó la respiración y sus pupilas se contrajeron bruscamente.
Reinhardt captó todo esto.
—No necesitas saber mi razón. Solo sabe que, sea quien sea y esté donde esté, la encontraré y la protegeré pase lo que pase. Arriesgando mi vida si es necesario.
Lirae lo miró a los ojos y, al ver que no albergaban falsedad ni engaño, sus emociones se convirtieron en un lío complejo. No podía entender por qué este humano llegaría tan lejos como para decir todo eso por una semihumana.
¿No odiaban todos los humanos a los semihumanos?
¿No los veían todos como meros objetos?
¿Por qué? Lirae, una joven elfa, tenía menos de cincuenta años. En edad élfica, era solo una niña adolescente.
Además, al vivir su vida en Rune, solo había visto el lado malvado y perverso de los humanos. Por lo tanto, no era de extrañar que su percepción de los humanos estuviera distorsionada.
Escuchar a Reinhardt proclamar audazmente que salvaría a la elfa que buscaba mientras caminaba junto a semihumanos la dejó profundamente perpleja.
Lirae abrió y cerró la boca, como si algo pesado le oprimiera los pulmones. Sus ojos, que deberían ser claros y serenos, estaban cargados de culpa y dolor.
—Si… —Lentamente, abrió la boca y preguntó con cada gramo de su fuerza—. Si esa persona realmente existe, ¿de verdad la protegerías? ¿Incluso si eso significara ir en contra de tu propia gente?
A un lado, Zerina y Elina fruncieron el ceño. Por las palabras de la chica elfa, se dieron cuenta de que sabía algo.
Algo que no había revelado antes cuando la interrogaron.
Reinhardt, inmóvil en su sitio, le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Sí, lo juro por mi nombre.
No hubo vacilación, ni adornos. Solo una respuesta simple e inquebrantable.
Durante varios largos segundos, Lirae no dijo nada. Entonces, finalmente, sus hombros se hundieron, como si una carga que había llevado durante años hubiera empezado a resquebrajarse.
Empezó a llorar y a sollozar.
—Snif, snif. P-Por favor, salva a Cecilia.
Los tres se miraron, el asombro era evidente en sus ojos.
Por fin, una pista.
Elina se apresuró a acercarse y abrazó a la niña que lloraba.
—Se lo ruego, señor, por favor, salve a Cecilia.
Reinhardt se adelantó y le ofreció su pañuelo.
—Habla con claridad.
Elina usó el pañuelo para secar las lágrimas de Lirae y calmar a la niña.
Poco después, cuando sus sollozos cesaron, empezó a contar su historia.
—Mis padres y yo vivíamos escondidos, mudándonos constantemente de un lugar a otro. Aunque era difícil, de alguna manera nos las arreglábamos. Mis padres siempre decían que los humanos eran peligrosos. Yo no lo entendía en ese entonces… —
—Solo sabía que cada vez que veíamos asentamientos humanos a lo lejos, el miedo llenaba sus ojos. Entonces, un día, nos encontraron. Un grupo de humanos, armados y a caballo. Eran despiadados y no atendían a razones. Solo nos veían como presas, esclavas para ser capturadas… —
—Mis padres me dijeron que corriera. Sin importar lo que oyera… sin importar lo que viera, tenía que seguir corriendo.
El cuerpo de Lirae temblaba al recordar aquellos dolorosos recuerdos.
Elina, a su lado, abrazó a la niña con fuerza, como si pudiera simpatizar con ella.
Tal y como le dijeron sus padres, Lirae corrió, corrió y corrió. Antes de darse cuenta, estaba dentro de un bosque, perdida y hambrienta. El trauma de perder a sus padres y el agotamiento la abrumaron.
Para empeorar las cosas, se vio rodeada por una manada de monstruos. Débil y herida, estaba lista para aceptar su destino.
Sin embargo…
—Y cuando pensé que iba a morir, la conocí.
Los ojos de Lirae, que hasta ahora habían estado sombríos y lúgubres, brillaron con un tenue destello.
—Una chica unos años mayor que yo. Cabello rubio platino que brillaba como la luz de la luna y ojos tan azules como gemas pulidas. Puede que ambas fuéramos elfas, pero incluso yo podía darme cuenta de que era especial… —
—Descendió de las copas de los árboles como un espíritu libre y derrotó a los monstruos. En un momento estaba mirando las fauces de un monstruo, y al siguiente, la criatura fue partida en dos por un destello de luz plateada… —
—Ese fue mi primer encuentro con Cecilia.
Reinhardt escuchaba tranquilamente a un lado; la vaga sensación de inquietud que había tenido todo este tiempo se hacía más pesada por momentos.
Lirae continuó.
Después de salvarla, Cecilia no le preguntó de dónde venía, solo le tomó la mano, le dijo que estaba a salvo y le dio fruta seca.
Luego, tras conocer la historia de Lirae, Cecilia incluso lloró por ella. Después, la llevó a su casa.
Una cabaña construida en lo profundo del bosque, en la cima de un gran árbol y oculta por capas de hojas y camuflaje natural.
Cecilia vivía allí con sus padres, lejos de las tierras humanas, protegiendo el bosque y pasando sus días en tranquilidad.
Lirae fue aceptada rápidamente en esa familia y, lentamente, con el tiempo, las heridas de su corazón comenzaron a sanar.
El tiempo pasó.
Ella y Cecilia entrenaron juntas.
Aprendió a cazar, aprendió a sobrevivir y aprendió a reír de nuevo.
Pero quizás incluso el destino estaba decidido a hacer miserables las vidas de los semihumanos.
Unos años más tarde, cuando Cecilia y Lirae se habían convertido en cazadoras capaces, se adentraron más en el bosque en busca de hierbas raras y perfeccionando sus habilidades como cazadoras.
Fue entonces cuando vieron a un humano siendo perseguido por monstruos.
La situación era clara; si no se hacía nada, el humano moriría.
Cecilia no dudó, se lanzó sin pensarlo dos veces. Sus flechas atravesaron a los monstruos como estelas de luz estelar.
Lirae, tras un momento de indecisión, también se unió, y juntas ahuyentaron a la manada de monstruos.
Gracias a su intervención, el humano sobrevivió.
El hombre se arrodilló ante ellas, inclinándose profundamente, agradeciéndoles una y otra vez, y se presentó como un aventurero del Reino de Rune, enviado en una comisión para encontrar una hierba medicinal rara.
Cecilia, curiosa por el mundo exterior, se ofreció a ayudar al humano mientras le hacía preguntas.
Para una elfa que había vivido toda su vida dentro del bosque, el mundo exterior debió de parecerle un mundo lleno de misterios y maravillas.
Ella no paraba de hacer preguntas, y el hombre respondía con total libertad.
Habiendo narrado hasta aquí, los ojos de Lirae perdieron su brillo una vez más. Resultó que, unos días después, su hogar fue atacado.
Una noche, mientras las dos regresaban de su exploración habitual, se dieron cuenta de que algo andaba mal.
El aire olía a metal, y el cielo en la distancia estaba bañado por una luz carmesí.
Para su sorpresa, cuando llegaron a toda prisa a su hogar, ya estaba medio destruido y en llamas.
La escena se desarrolló como una pesadilla. Su único refugio seguro, el lugar que podían llamar hogar, yacía en ruinas. Sangre, madera rota, hojas pisoteadas y huellas humanas, muchas, demasiadas.
Cecilia lloró y se precipitó dentro de la casa en llamas.
Lirae la siguió.
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