Las Cartas de Eldrim - Capítulo 183
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183: Cadáveres 183: Cadáveres —Nero, llevamos treinta y siete minutos dentro de la Bóveda —dijo Gabriel, sorprendido por sus propias palabras.
Era la primera vez que veía a Nero distraído de la tarea en cuestión, o que no aprovechaba una situación al máximo.
No podía entender por qué priorizaba indagar en asuntos olvidados hacía mucho tiempo cuando deberían centrarse en obtener toda la fuerza posible de esta Bóveda.
Nero lo miró y comprendió exactamente lo que el otro sentía.
Pero lo que Gabriel no entendía era que Nero estaba priorizando las cosas más importantes.
Aquellas ruinas no iban a irse a ningún lado y, a menos que Kolar perdiera la guerra, era muy probable que volviera a visitarlas.
No obstante, las probabilidades de volver a visitar la Bóveda eran mínimas.
Aunque al año siguiente la niebla se retirara y la instalación de investigación volviera a ser accesible, era poco probable que Nero siguiera siendo un Neófito.
Eso significaba que tenía que aprovechar al máximo los recursos disponibles.
Aquello lo dejaba con la opción obvia de peinar la Bóveda, tratando de obtener tantos beneficios como pudiera.
Pero Nero también valoraba enormemente toda la información que estaba consiguiendo aquí.
La Bóveda parecía diseñada específicamente para humanos, por lo que la información que pudiera obtener de allí sobre los Eldrim, o Lumina, o cualquier otro tema crucial, era mucho más probable que fuera relevante para él.
Quizá lo que aprendiera hoy podría ayudarle a desentrañar los secretos de la ciudad mañana.
Estaba pensando a largo plazo, pero también era cierto que, llegado a un punto, necesitaba dar prioridad a beneficios más inmediatos.
—Sí, sí, ya he acabado —dijo Nero mientras por fin se apartaba del ordenador—.
Descubrí el ala médica, como solicitaste, y también encontré dónde está el nodo de seguridad.
—¿Y las cartas?
¿Algo sobre las cartas?
—preguntó Gabriel con entusiasmo.
¿Cómo no iba a estarlo?
Se suponía que el origen de todas las cartas Eldrim era una de estas Bóvedas.
Si pudieran encontrar más…
—No he podido mirarlo todo en detalle.
Todo lo que saqué fue de un plano de la distribución de las Bóvedas.
No hay nada que sugiera algo ni remotamente relacionado con las cartas.
Sin embargo, sí que encontré lo que creo que es el despacho del director o del supervisor.
Gabriel enarcó una ceja con curiosidad.
—La palabra exacta que se usaba era «Reeve», así que solo puedo suponer que significa algún tipo de jefe.
Venga, primero desactivemos el nodo de seguridad.
Luego podemos ir a los otros dos sitios.
No creo que debamos pasar demasiado tiempo aquí.
No lo olvides, la niebla podría regresar en cualquier momento.
La niebla de la que hablaba Nero no era la que llenaba el sótano, sino la que solía cubrir por completo la instalación de investigación.
Sería trágico conseguir mejoras como no se habían visto en milenios, solo para morir a causa de la niebla.
—¿Aprendiste al menos algo interesante?
—preguntó Gabriel, incapaz de reprimirse.
La imagen que tenía de Nero era demasiado fuerte.
Era un hombre de ideas fijas.
No creía que Nero fuera a perder tanto tiempo con la historia solo porque fuera uno de sus pasatiempos.
—No es como si los ordenadores contuvieran diarios o bitácoras que pudieran decirme lo que ocurría en aquel entonces —dijo Nero, encogiéndose de hombros mientras los guiaba hacia la sala del nodo de seguridad.
—Revisé algunos documentos y traté de ver de qué iban.
En cuanto a la situación de entonces, solo puede deducirse a partir de pistas.
No se menciona a los berserkers ni a la corrupción, ni nada remotamente relacionado con eso.
Pero sí que vi expedientes del personal.
Había más de trescientos humanos trabajando en esta Bóveda.
Teniendo en cuenta que en todas las demás partes de estas ruinas a los humanos solo se los considera asistentes o especímenes de investigación, esto realmente plantea la pregunta de por qué estas Bóvedas son tan diferentes.
—La gente lleva cientos de años debatiendo eso —afirmó Gabriel.
—Aparte de eso, los ordenadores a los que accedí no tenían nada a lo que pudiera encontrarle sentido.
Intenté buscar la base de datos que registra a todo el que ha accedido a la Bóveda, pero no di con ella.
Tenía mucho interés en encontrar al antepasado de Jessie.
Había otra razón, aunque no la mencionó.
Dudaba que alguien hubiera estado en la Bóveda, teniendo en cuenta que estaba cubierta de niebla, pero si de algún modo lograba ponerle las manos encima a cualquier tipo de base de datos de esta instalación, podría encontrar pruebas de si alguien había accedido antes del terremoto.
Sin embargo, aun sabiendo que era improbable, solo podía buscar pruebas aquí, ya que era poco probable que pudiera acceder a los ordenadores en ningún otro sitio.
No tardaron en entrar en la sala del nodo de seguridad y se detuvieron.
En comparación con el resto de la Bóveda, que estaba en un estado impecable, esta sala era muy diferente.
En concreto, había tres cadáveres humanos.
Hacía tiempo que se habían convertido en esqueletos; sus ropas colgaban holgadas sobre los huesos y sus armas yacían en el suelo, junto a ellos.
Dos de los cuerpos estaban tirados de cualquier manera en el suelo, como si hubieran caído en combate, mientras que el tercero estaba sentado en el suelo, apoyado contra un ordenador.
La sala también mostraba señales de batalla, pues las paredes tenían grietas y arañazos, aunque eso era todo.
—¿Qué aspecto se supone que tienen exactamente los cadáveres con mil años de antigüedad?
—preguntó Gabriel mientras observaba los cuerpos.
A pesar del paso de un milenio, los cuerpos se encontraban en un extraordinario estado de conservación.
La ausencia de insectos y el flujo de aire constante y controlado del sistema de ventilación habían evitado la descomposición habitual.
El primer cadáver, desplomado cerca de la puerta, tenía un aspecto desecado y momificado.
Su piel estaba tensa y correosa, estirada sobre unos huesos que sobresalían con fuerza contra la carne encogida.
Sus rasgos aún eran discernibles, lo cual era increíblemente perturbador.
El segundo cuerpo había alcanzado un estado más esquelético.
Gran parte de su carne se había consumido, dejando un espantoso armazón de huesos entrelazado con fragmentos de piel seca y apergaminada.
Unos cuantos mechones de pelo rubio se aferraban al cráneo, y jirones de ropa colgaban de las frágiles extremidades.
Ambos cadáveres esqueléticos tenían, más o menos, el aspecto que cabría esperar de unos cuerpos de mil años de antigüedad.
En comparación, el tercero era extremadamente anómalo.
Este cuerpo estaba conservado de un modo que desafiaba la descomposición natural, como si hubiera muerto el día anterior.
La piel, aunque pálida y ligeramente translúcida, conservaba una apariencia de vitalidad, y los rasgos faciales estaban inquietantemente intactos; en sus ojos todavía se reflejaba una expresión de miedo.
El cabello, rubio y brillante, caía en cascada alrededor de la cabeza, inmune a los estragos del tiempo, añadiendo una tétrica sensación de inmediatez a la escena.
De hecho, hasta la sangre de su ropa parecía fresca.
Pero ¿cómo era posible?
¿Podría… podría haber entrado alguien antes que ellos y haber muerto en extrañas circunstancias?
Antes de que su imaginación se desbocara, Nero se fijó en algo y se arrodilló junto al cuerpo.
Con cuidado, le dio un toque en la cara al cadáver, como para comprobar si estaba vivo.
—Creo… creo que este era un Místico, o quizá de un rango aún mayor —dijo Nero.
—Pero ese no es el único problema, ¿verdad?
—preguntó Gabriel.
—No.
No lo es —respondió Nero con gravedad.
Si estos cuerpos tenían de verdad mil años, ¿cómo es que aún no estaban malditos?
Había una muy buena razón por la que Kolar y todos los demás países incineraban a sus muertos.
Nero por fin se levantó y rodeó el cuerpo para ver si el ordenador seguía funcionando.
Por suerte, y a pesar de que la pantalla estaba agrietada, así era.
—Ayúdame a averiguar cómo desactivar el nodo —dijo Nero mientras intentaba navegar por los procesos del ordenador.
Al final, tras un poco de ensayo y error, encontraron el protocolo para desactivar el nodo, pero se toparon con un problema totalmente distinto.
«Confirme la identidad para desactivar el nodo de seguridad», dijo una voz en alto.
Era la misma voz que les había dicho que confirmaran su identidad para poder continuar.
Oírla también hizo que Nero se diera cuenta de una cosa.
Los documentos de los ordenadores estaban todos en valen antiguo, pero el programa que hablaba lo hacía en valen moderno.
Nero se limitó a añadirlo a la lista de misterios antes de apretar la mano contra el escáner, pero fue rechazado.
«Autoridad insuficiente.
No se puede desactivar el nodo de seguridad».
Nero se detuvo un segundo y luego se giró para mirar el cadáver increíblemente conservado que había junto al ordenador.
—¿Tú crees…?
—preguntó Nero, mirando a Gabriel.
—Bueno, eso sería muy conveniente, ¿a que sí?
Volvieron a intentarlo, esta vez usando la palma del cadáver increíblemente bien conservado.
En realidad, fue toda una odisea, ya que el cuerpo pesaba mucho más de lo que aparentaba.
«Identidad confirmada: Carin Johnson.
Iniciando desactivación del nodo de seguridad».
Una fuerte sirena resonó por toda la instalación de investigación y, de repente, todo el mundo supo que el último nodo de seguridad había sido desactivado.
El centro de mando del exterior experimentó de pronto una oleada de actividad, a medida que más y más soldados entraban corriendo en la instalación, tratando de alcanzar el objetivo que se hubieran propuesto.
Con eso, la misión de Nero también estaba completa.
Ahora todo lo que tenía que hacer era salir del sótano sin morir.
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