Las Cartas de Eldrim - Capítulo 33
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33: Sabio 33: Sabio En plena noche, un cálido resplandor anaranjado procedente de una tira que recorría toda la habitación iluminaba ligeramente el lugar.
No era suficiente para perturbar su sueño, pero sí para evitar que la habitación quedara completamente a oscuras.
No es que Nero o Gabriel tuvieran miedo de la oscuridad, sino que no era seguro que un lugar estuviera completamente a oscuras.
Los estudios sugerían que las probabilidades de que ocurrieran sucesos malditos aumentaban exponencialmente en la oscuridad total.
En las últimas dos semanas, el propio Nero había estudiado más de veintisiete tipos de Maldiciones de Aparición leves y básicas; es decir, maldiciones que pueden aparecer espontáneamente.
Estar rodeado de civilización, tecnología y muros no influía en tales cosas.
La habitación estaba en silencio, salvo por el suave sonido de la lenta respiración de dos chicos.
Pero la quietud de la noche se vio rota por un fuerte estruendo, a pesar de que las capas de aislamiento que ofrecía su habitación lo amortiguaban.
Nero abrió los ojos, presa del pánico, con el cerebro aún sin haberse adaptado a un despertar tan repentino.
Pero ya había desenvainado el cuchillo que llevaba atado al muslo, envuelto en una fría llama azul, incluso antes de darse cuenta de lo que ocurría.
El sonido de cristales rompiéndose llamó su atención, pero, antes de que pudiera identificar de qué se trataba, el edificio empezó a temblar.
Nero pudo «ver» cómo las robustas paredes de su habitación se tambaleaban como si fueran de gelatina.
Sus libros y objetos salieron despedidos de la mesa, pero Nero no tuvo tiempo de procesarlo.
Algo voló en la oscuridad hacia Nero y, sin un ápice de vacilación, este lanzó un tajo con su cuchillo, usando toda su fuerza.
Incluso la llama azul creció por un momento.
El sonido del metal entrechocando llenó la habitación cuando Nero bloqueó lo que fuera que fuese aquello, ¡casi arrancándole el cuchillo de las manos!
Pero, en lugar de detenerse, solo se desvió y cayó sobre su cama.
Estaba listo para atacar de nuevo, pero finalmente se dio cuenta de lo que era.
No era una criatura maldita ni un enemigo insidioso, era simplemente la rejilla que cubría el conducto de ventilación de su habitación, desprendida por lo que fuera que hubiese ocurrido.
La mente de Nero por fin asimiló lo que estaba pasando y se dio cuenta de que estaba despierto.
¿Qué había pasado?
¿Un terremoto?
¡Pero eso no explicaría el sonido!
De repente, se percató del tono rojizo que llenaba la habitación, mezclándose con el azul de su llama.
Miró y vio una vibrante arena roja fluyendo alrededor de Gabriel como para proteger su cuerpo.
A pesar de su inmunidad al frío, Nero sintió escalofríos al mirar la arena roja, como si pudiera sentir que era increíblemente peligrosa.
Era como un ser vivo, retorciéndose y girando a su alrededor como una armadura sin forma, lista para devorar cualquier cosa que osara acercarse.
Nero saltó de la cama y aterrizó en el suelo desordenado con todas sus cosas.
En algún momento, el edificio había dejado de temblar, pero él ni siquiera se había dado cuenta.
—¿Qué demonios ha pasado?
—preguntó, encendiendo las luces.
Las luces parpadearon, como si ellas mismas no estuvieran seguras, pero finalmente se encendieron.
Sin responder, Gabriel corrió hacia la ventana y levantó las persianas.
Pero aun así no podían ver el exterior, ya que su ventana estaba llena de cientos de pequeñas grietas.
Sin embargo, de algún modo, el cristal se mantenía en su sitio, un testimonio de la calidad del cristal inastillable.
—Sonó como una explosión —dijo Gabriel con gravedad mientras observaba el cristal por un momento.
Cogió una bolsa cerrada con llave de debajo de su cama y sacó de ella una espada corta.
Nero, mientras tanto, ya había salido de la habitación, sin coger nada más que su estuche de tarjetas.
Sus compañeros de piso, como de costumbre, no estaban en el apartamento por la noche, así que no se detuvo a ver cómo estaban.
Aún empuñando su cuchillo, aunque extinguió las llamas, salió del apartamento.
El pasillo estaba lleno de otros incontables estudiantes, muchos de ellos confusos y asustados.
Algunos, como Nero, empuñaban armas.
—¡Que todo el mundo evacúe el edificio de forma ordenada!
—gritaba alguien a lo lejos.
Otro temblor sacudió los edificios y las luces parpadearon una vez más, como si amenazaran con apagarse.
Nero esperó justo lo suficiente para que Gabriel saliera antes de unirse a la fila de estudiantes que salían a toda prisa.
No llegaban al punto de provocar una estampida, que era más o menos lo más ordenado que se podía conseguir en ese momento.
Como solo estaban en la primera planta, con su habitación cerca de la escalera de emergencia, apenas tardaron un minuto en salir del edificio y llegar al enorme campo exterior.
Una multitud de estudiantes se estaba reuniendo, como si convergieran en busca de la fuerza que dan los números.
Nero, por otro lado, se quedó en un rincón, alejado de la multitud.
—¿Has traído el móvil?
—preguntó, mirando a Gabriel.
Con las prisas, se había olvidado de coger el suyo.
—Sí, aquí, yo… —Gabriel se quedó helado al mirar una notificación que apareció en su móvil.
Nero, al darse cuenta, se asomó para mirar.
Pero incluso antes de leerla, escuchó la noticia.
—¡Es un Sabio!
—gritó un chico emocionado, al que siguieron otros incontables que imitaron su ejemplo.
—¡Ha venido un Sabio al Pico del Éter!
—¡No me lo puedo creer!
—¡Me pregunto si podremos verlo!
—¡Estamos salvados!
El ambiente solemne, lleno de vacilación y miedo, se evaporó rápidamente mientras la emoción se extendía entre los estudiantes.
—Ha aparecido un Sabio —repitió Gabriel, y le mostró a Nero la notificación en su móvil.
Era una alerta para toda la ciudad, que informaba a los residentes de que la reciente explosión era el resultado de un Sabio que había actuado contra algunos enemigos.
No había necesidad de entrar en pánico, ya que la situación estaba ahora bajo control.
—¿Por qué pareces preocupado?
—preguntó Nero, al notar la clara falta de emoción en la voz de su compañero de piso.
Un Sabio era el pináculo del poder en todos los países, y Kolar tenía seis, lo que lo hacía más grande y fuerte que sus dos países vecinos.
Un Sabio era el elemento disuasorio definitivo y el arma más poderosa que los humanos tenían contra las maldiciones de este mundo.
No sería una exageración decir que solo los pocos Sabios eran responsables de asegurar la continuación de toda su especie.
—La situación debe de haber escalado mucho para que aparezca un Sabio.
Creo que las probabilidades de que haya ruinas cerca… son muy altas.
Lo que significa que va a haber problemas.
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