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Las cenizas de Liria - Capítulo 12

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12: Capítulo 12 – El eco de los huesos rotos 12: Capítulo 12 – El eco de los huesos rotos Dorian despertó con la sensación de que alguien le había usado el cuerpo como un saco de entrenamiento…

y luego lo había olvidado en un sótano.

El aire era bajo.

Pesado.

El techo estaba tan cerca que sentía que, si se estiraba mal, le rozaría la frente.

Las paredes sudaban humedad, y el suelo, cubierto de polvo viejo, se pegaba a sus manos cuando intentó incorporarse.

Un dolor seco le cruzó el costado.

—Mierda…

—escupió, con la voz rota.

Le faltaba el aire.

Cada respiración era un esfuerzo consciente, como si el pecho no quisiera expandirse del todo.

Algo crujió dentro de él cuando apoyó el peso en la pierna izquierda.

No gritó.

Solo apretó los dientes.

Había aprendido a no gritar.

El pasillo se extendía hacia adelante, angosto, torcido, como una garganta.

Las sombras no estaban quietas: se movían apenas, parpadeaban, y por alguna razón absurda, Dorian tuvo la certeza de que lo olían.

Avanzó arrastrando el pie, usando la pared como apoyo.

Cada paso era una negociación con el dolor.

Entonces escuchó la risa.

No era fuerte.

No era clara.

Era una risa nerviosa, quebrada…

demasiado familiar.

Dorian se tensó al instante.

—No…

—murmuró—.

No otra vez.

Apretó los puños.

Los nudillos le ardían, hinchados, cubiertos de costras recientes.

Su cuerpo estaba hecho pedazos, pero el instinto seguía ahí, aferrado como un perro viejo que se niega a morir.

La risa venía de una puerta entreabierta.

Dorian embistió.

La atravesó de una patada torpe y cayó dentro de la habitación con un gruñido, los puños arriba, listo para destrozar lo que fuera que tuviera la osadía de usar su voz.

—¡SAL DE MI CABEZA!

Una chispa de fuego explotó frente a su cara.

Dorian retrocedió de inmediato, cubriéndose por reflejo.

—¡¿QUÉ CARAJOS—?!

—¡NO TE ACERQUES!

—chilló Grek.

El kobold estaba al otro lado de la sala, encorvado, con hollín en el rostro y los ojos desorbitados.

Tenía una mano alzada, temblando, mientras la otra dibujaba símbolos torcidos en el aire.

—¡No funcionó!

¡No funcionó!

—mascullaba—.

Juro que no funcionó…

Dorian lo vio moverse, vio el fuego fallar, chisporrotear y apagarse como una cerilla mojada.

Y su estómago se hundió.

—No…

—susurró—.

Tú no.

El castillo se rió.

No con una carcajada.

Con un eco.

—Grek…

—dijo Dorian, pero su voz salió distorsionada.

Sonó como la de la botella.

Más profunda.

Más burlona.

Grek chilló y lanzó un rayo torcido que golpeó la pared y la partió en dos.

—¡NO ME ENGAÑAS!

—gritó—.

¡YA TE VI MORIR!

Dorian cargó hacia él como un león.

No pensó.

No calculó.

Solo atacó.

Grek gritó cuando Dorian lo embistió, ambos cayendo contra el suelo.

Dorian lanzó un puñetazo corto, preciso, que pasó a centímetros del rostro del kobold cuando Grek rodó torpemente.

—¡DETENTE!

—chilló Grek— ¡NO ERES REAL!

Dorian respondió con otro golpe.

Su puño impactó contra el suelo, y el dolor le subió por el brazo como una descarga.

—¡CIERRA LA MALDITA BOCA!

—rugió—.

¡NO VOY A VOLVER A HABLAR CON UNA SOMBRA!

Ambos se separaron, jadeando.

El aire vibró.

Entonces la tercera voz habló.

—¿Ven?

—dijo, usando la voz de Dorian…

y luego la de Grek, superpuestas—.

Ni siquiera entre ustedes pueden confiar.

El silencio cayó de golpe.

Dorian y Grek se quedaron quietos, respirando con dificultad.

—Eso…

—dijo Dorian, lento—.

Eso no fui yo.

Grek bajó la mano temblorosa.

—Tampoco yo.

Algo se arrastró dentro de las paredes.

No caminaba.

No reptaba.

Se ensamblaba.

La madera crujió.

Las sillas del banquete anterior se doblaron, partiéndose en extremidades torcidas.

Cuerdas colgaron como tendones.

Fragmentos de mesas se encajaron unos con otros, formando una masa torpe que avanzaba hacia ellos.

Y en el centro, grabada con torpeza, una runa brillaba débil.

Grek la vio…

y casi se desmayó.

—No…

—susurró.

Era su letra.

Torcida.

Apresurada.

Inconfundible.

—¿Qué es eso?

—preguntó Dorian, dando un paso adelante pese al mareo.

—Es…

—Grek tragó saliva—.

Es mía.

La criatura chilló, y de su interior salió la voz de la botella.

—¿Por qué huyes de ti mismo?

Dorian gruñó y se colocó frente a Grek.

—Haz lo que tengas que hacer —dijo—.

Yo lo detengo.

—¡Te va a matar!

—Ya casi lo logra antes.

La cosa se lanzó.

Dorian recibió el impacto de lleno.

La masa lo arrojó contra el suelo, aplastándolo.

Algo crujió en su costado.

Vio estrellas.

Aun así, rodeó la estructura con los brazos, usando todo su peso para mantenerla contra el piso.

—¡AHORA, MALDITA SEA!

La criatura imitó la voz de Dorian, susurrándole al oído: —Nunca vas a salir de aquí.

Dorian escupió sangre.

—Cállate.

Grek se arrodilló, desesperado, y comenzó a trazar el sello.

No tenía tinta.

No tenía tiempo.

Se mordió el antebrazo.

La sangre cayó caliente sobre el suelo y completó la runa.

La habitación tembló.

La criatura gritó mientras las líneas se cerraban alrededor de ella, atrapándola, comprimiéndola, obligándola a replegarse dentro de sí misma.

Con un último chillido, quedó inmóvil.

Silencio.

Dorian soltó el cuerpo y cayó de costado, respirando con dificultad.

—Odio…

—jadeó—.

Este lugar.

Grek se acercó y lo sostuvo antes de que se desplomara del todo.

No fue un gesto amable.

Fue miedo puro.

—Eso no está muerto —susurró—.

Solo está…

contenido.

Caminaron juntos por el corredor que se estrechaba, el castillo respirando a su alrededor.

—¿Quién carajos diseñó este lugar?

—preguntó Dorian, sin aliento.

Grek miró al suelo.

—Creo que…

yo.

La puerta al frente se abrió sola.

Y la risa de la botella volvió a escucharse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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