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Las cenizas de Liria - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 - El credo de la carne
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8: Capítulo 8 – El credo de la carne 8: Capítulo 8 – El credo de la carne Elarith despertó con el sabor del hierro en la boca.

La luz era roja, húmeda.

No provenía del sol, sino de los vitrales que colgaban sobre ella como heridas abiertas.

Cada uno mostraba una escena distinta…

y cada escena se movía.

En el primero, un coro de ángeles lloraba sangre.

En el segundo, una mujer arrodillada —con su mismo rostro— extendía las manos hacia una hoguera.

En el tercero, un trono vacío goteaba desde las alturas, como si el cielo mismo estuviera pudriéndose.

Elarith intentó levantarse, pero sus rodillas cedieron.

El suelo era blando.

Cuando bajó la vista, descubrió que estaba arrodillada sobre carne.

No piedra, no alfombra: carne.

palpitando, tibia, con venas que subían y bajaban como si respiraran.

Su símbolo sagrado colgaba de su cuello, ennegrecido.

Lo tomó con fuerza, murmurando una oración que ya no recordaba completa.

“Dame luz en la oscuridad…

dame…

fe…” El eco le devolvió otra voz, más suave, casi maternal.

“Fe no.

Dolor.” Las velas de la capilla se encendieron al mismo tiempo, aunque no había llama alguna.

Y en el altar, entre columnas que parecían latir como costillas, una figura se formó.

Alta.

Con alas de hueso y plumas mojadas.

Su rostro era una máscara lisa, blanca, pero debajo se movían músculos y ojos como insectos atrapados.

Elarith retrocedió.

El suelo gimió.

—¿Quién…

eres?

—preguntó.

—Un eco de lo que veneras —respondió la figura, con una voz tan bella que dolía—.

Tú me creaste, cuando tu fe empezó a pudrirse.

El aire se llenó de olor a incienso y sangre fresca.

El ángel extendió una mano.

Su piel resplandecía como vidrio derretido.

—Has pedido redención, niña del altar.

—No la pedí.

—Todos la piden, incluso cuando sangran por ella.

El ser avanzó, cada paso dejando huellas de luz que chispeaban sobre el suelo carnoso.

Elarith retrocedió hasta chocar con una columna.

El ángel le rozó el rostro.

Fue como si le vertieran fuego líquido por la piel.

El símbolo en su pecho se derritió, fusionándose con su carne.

“El dolor es fe”, susurró la criatura.

“Solo los que sangran se pueden salvar.” Elarith gritó, cayendo de rodillas.

Las venas del suelo se enredaron en sus muñecas, sujetándola.

El altar comenzó a cambiar: ya no era piedra, sino una mesa de huesos humanos.

En el centro había un cuchillo ceremonial, oxidado, esperando.

—Paga tu ofrenda —dijo el ángel—.

O el Castillo la cobrará por ti.

Elarith entendió, entre sollozos y dientes apretados.

El sacrificio.

La fe como carne.

Recordó los sermones de su infancia, su padre hablándole del deber, del precio de servir.

“Los dioses escuchan solo cuando la plegaria duele.” Y entonces comprendió: El Castillo no escuchaba plegarias.

Las devoraba.

El ángel sonrió.

Era una sonrisa sin boca, apenas un movimiento bajo la máscara.

De su pecho brotaron hilos de luz, formando palabras en el aire.

“Córtala tú.

O lo haré yo.” Elarith temblaba.

Tomó el cuchillo.

Las lágrimas le corrían mezcladas con sudor.

El filo temblaba sobre su muñeca izquierda.

—No…

no puedo…

—La fe no pide permiso.

Solo piel.

Y entonces gritó.

Y el grito resonó en todas las paredes, rebotando, creciendo hasta que la capilla pareció reírse de ella.

El cuchillo bajó.

Hubo sangre.

Sangre caliente, que se propulsaba de manera imposible fuera de su cuerpo.

La figura aplaudió suavemente.

—Así es como se reza.

Elarith cayó al suelo, respirando con dificultad.

El cuchillo se deslizó de su mano.

Intentó hablar, pero su garganta solo produjo un gemido húmedo.

El ángel se inclinó sobre ella.

“Ya puedo verte rezar desde adentro.” La tocó en la frente.

Un fogonazo de luz blanca.

Y luego, oscuridad.

…

Despertó en el suelo frío de piedra.

Ya no había vitrales, ni carne, ni sangre.

Solo silencio.

Su mano estaba intacta.

Pero en el centro de la palma, donde había sentido el filo…

un ojo la observaba.

Vivo.

Húmedo.

Parpadeando con ritmo irregular.

Elarith gritó horrorizada y cayó hacia atrás.

El ojo la siguió, moviéndose con ella, como si fuera parte de su cuerpo.

Y entonces, en su mente, una voz —su propia voz, pero más profunda— susurró: “No hay redención sin deuda.

Y tú ya sabes a quién le debes.” Se miró la mano.

El ojo se cerró lentamente.

Al hacerlo, sintió que algo dentro de ella también se cerraba.

Como si una puerta se hubiera trancado por dentro.

Desde lejos, el Castillo suspiró.

Y el sonido del suspiro era igual al de una plegaria pronunciada al revés.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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