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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 – Nada más que deber
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42: Capítulo 42 – Nada más que deber 42: Capítulo 42 – Nada más que deber No habían pasado ni dos días desde la emboscada en el río cuando César ordenó avanzar.

No era una marcha solemne, sino una persecución despiadada.

Los restos de los tigurinos huían en desbandada hacia el norte, y las órdenes eran claras: “Que no quede ninguno que pueda reorganizarse.” El grupo de élite marchaba al frente de la columna, como punta de lanza, explorando sendas forestales y caminos de carro desiertos.

Las lluvias de la noche anterior habían embarrado los senderos, ocultando huellas, dificultando el paso.

Pero las marcas del miedo eran más claras que las del barro: ramas rotas, fogatas aún humeantes, sangre sin enterrar.

Sextus caminaba en tensión, los ojos barrían los arbustos a los lados.

Su mano no se alejaba del gladius.

Iban en formación ligera, separados por cinco pasos, cubriéndose mutuamente.

El sol apenas cruzaba el mediodía cuando sucedió.

Un grito ahogado al frente.

El legionario en punta cayó de espaldas con una lanza atravesándole el cuello.

Luego un rugido bárbaro, y la maleza explotó en enemigos.

Los tigurinos habían dejado atrás a un pequeño grupo de emboscada.

Tal vez por rabia, tal vez por desesperación.

Cinco, seis… no más de diez, pero tenían ventaja: la sorpresa.

Todo fue confusión.

Los legionarios se replegaron en pequeños círculos defensivos.

Sextus alzó su escudo justo a tiempo para frenar un golpe de hacha.

Retrocedió.

Tropezó.

Cayó.

Una figura salió de entre los árboles, lanza en alto, y corrió hacia él.

Sextus apenas tuvo tiempo de girarse cuando escuchó un golpe seco.La lanza no llegó.

En su lugar, el cuerpo de Marro, el veterano del grupo, se había interpuesto entre ambos.

El asta de la lanza le había atravesado bajo las costillas.

Cayó sobre Sextus, que apenas pudo sostenerlo.

—¡Marro…!

—jadeó.

—Levántate, idiota… —musitó el viejo, con una mueca más de rabia que de dolor.

Sextus rodó a un lado, se puso de pie, cortó al bárbaro con un giro limpio.

El resto de la escaramuza se disolvió rápido: Atticus degolló a uno, Scaeva llegó con refuerzos desde la retaguardia, y los enemigos, viendo la reacción romana, huyeron entre los árboles.

Pero Marro ya no se movía.

Sextus cayó de rodillas a su lado.

Le quitó el casco, buscó su mirada.

Aún respiraba, pero la sangre burbujeaba en su boca.

No quedaba tiempo.

—No tenías que… —susurró Sextus.

—Sí… sí tenía… —dijo Marro, con la voz rota—.

No eres uno más, chico.

Tú vas a llegar más lejos que nosotros.

Recuerda esto… Se le escapó un suspiro.Y se quedó quieto.

Sextus no dijo nada.

Cerró los ojos de su compañero, limpió la sangre del gladius con la tela del manto enemigo, y se levantó.

El grupo lo rodeó en silencio.

No hubo palabras, ni aplausos, ni gestos teatrales.

Solo un hueco nuevo en la formación.

Esa noche, bajo la lluvia fina y las brasas temblorosas del campamento, Sextus no durmió.

Miraba fijamente el filo de su espada.Marro había muerto para salvarlo.

Y eso, para él, era una deuda que no podía pagarse con más muerte.

Solo con deber cumplido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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