Legio XIII: Memento mori - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Capítulo 43 – El hambre no espera
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43: Capítulo 43 – El hambre no espera 43: Capítulo 43 – El hambre no espera Las sandalias resonaban como golpes sordos contra la tierra seca.
Una marcha más.
Otra jornada sin descanso.
La columna romana avanzaba bajo un cielo blanco y cruel, sin nubes, sin alivio.
Cada paso era una piedra más en la espalda, cada kilómetro un castigo impuesto por los dioses o por los hombres.
Sextus no recordaba la última vez que había comido pan seco.
El frumentum hacía días que no se veía.
Los soldados compartían lo poco que quedaba de las raciones de emergencia, mascando sin ganas raíces o migas rancias.
Algunos empezaban a tener fiebre.
Otros, mirada vacía.
La XIII Gemina marchaba con la frente alta, pero con el estómago vacío.
El destino era Bibracte, la gran ciudad de los eduos, aliados de Roma.
César había ordenado la marcha tras comprobar que los envíos de grano prometidos por sus anfitriones galos no llegaban.
Algunos oficiales murmuraban traición.
Otros hablaban de problemas logísticos.
Pero todos sabían lo mismo: si no comían pronto, no podrían luchar.
El grupo de élite de la XIII se mantenía unido, aunque la muerte de Marro se sentía como un hueco permanente en la formación.
Atticus no hablaba desde entonces.
Scaeva, el centurión, los mantenía ocupados con ejercicios duros y silencios largos.
Sextus se esforzaba por contener su rabia, pero cada noche, al ver su manto enrollado vacío al lado del fuego, sentía que algo no encajaba.
Que el deber costaba demasiado.
—¿Y si los eduos nos han vendido?
—susurró uno de los legionarios, mientras bordeaban una colina rocosa.
—Calla —le cortó Atticus—.
Y marcha.
Desde las colinas ya se divisaban las primeras torres de Bibracte, recortadas contra el horizonte.
Alta, poderosa, protegida por murallas gruesas, parecía un santuario de abundancia… pero no había nadie esperando.
Ninguna caravana de grano.
Ninguna señal de los anfitriones galos.
El silencio pesaba más que el hambre.
César había enviado mensajeros por delante, y ahora esperaba su regreso con el ceño fruncido.
Nadie hablaba en voz alta cerca de él.
Sabía que algo iba mal.
Sabía, quizás por experiencia o por instinto, que la calma no era más que el preludio de un golpe inesperado.
En el campamento improvisado al pie de la ciudad, los hombres clavaban estacas con manos entumecidas.
Algunos, desesperados, recogían hierbas del suelo y las hervían con agua caliente, esperando engañar al cuerpo.
Esa noche, Sextus no soñó.
Solo escuchó el viento entre los árboles y el crujir de dientes apretados.
Y al amanecer, el cuerno sonó de nuevo.
Pero no era una señal de marcha.
Era el toque de alarma.
Los exploradores venían al galope.Los helvecios no huían.
Volvían.
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