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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Capítulo 44 – Carne y hierro
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44: Capítulo 44 – Carne y hierro 44: Capítulo 44 – Carne y hierro El campamento hervía en silencio.

Los hombres no hablaban, pero las manos no paraban: afilaban espadas, apretaban correas, revisaban escudos, amontonaban piedras.

El estómago vacío rugía más fuerte que cualquier tambor de guerra, pero nadie se quejaba ya.

El hambre se había hecho parte del cuerpo, como el sudor seco o las ampollas en los pies.

La XIII Gemina ocupaba el flanco derecho del campamento, en una posición ligeramente elevada.

Desde allí, se veían las columnas de humo al otro lado del valle.

Los helvecios, aquellos que habían huido días atrás, estaban de vuelta.

Más organizados.

Más furiosos.

Más numerosos.

—Ya no corren —murmuró Atticus, mientras se ataba el manípulo de cuero al antebrazo—.

Esta vez vienen a matar o morir.

Sextus no respondió.

Miraba su gladius, ahora más desgastado, pero más letal que nunca.

No pensaba en Marro, ni en su tierra, ni siquiera en sí mismo.

Pensaba en resistir.

En no caer.

En aguantar un día más.

Entonces, un cuerno sonó en el centro del campamento.

No era de alarma.

Era una llamada del general.

Los centuriones dieron orden inmediata: formación en media luna, sin armas, con el escudo a la espalda.

Cuando los hombres de la XIII llegaron a la explanada, ya estaban allí varias cohortes más, formando un semicírculo irregular ante la figura inconfundible de Cayo Julio César.

Sin capa, sin ornamentos, con el rostro endurecido por la falta de sueño, el general se adelantó unos pasos y los miró uno por uno.

Su voz, cuando habló, no fue alta.

Pero se escuchó como si cada palabra pesara un libra de hierro.

—Hemos caminado durante días.

Hemos luchado con el estómago vacío.

Hemos enterrado compañeros.

Y sin embargo… aquí estáis.

Miró hacia el horizonte, donde la columna enemiga se perfilaba ya como una marea oscura.

—Ellos creen que estamos débiles.

Que porque no hemos comido, no pelearemos.

Que porque ven nuestras sandalias rotas, han visto también nuestro espíritu roto.

Que porque estamos lejos de Roma, ya no somos romanos.

Entonces hizo una pausa.

Y alzó la voz.

—Demostradles que el hierro de nuestras armas es más fuerte que su número.

Que el fuego que lleváis dentro no necesita grano ni vino.

¡Que un legionario romano no se rinde ni con hambre ni con miedo!

Hubo un murmullo, casi un suspiro, que se convirtió en eco.

—Mañana lucharemos.

Y los nombres de los que sobrevivan serán recordados en Roma.

Y los de los que caigan… serán honrados como hombres de verdad.

Se giró.

No hizo gestos, no pidió vítores.

Pero las voces comenzaron a elevarse sin orden.

Un rugido empezó a formarse entre las filas.

Gritos rotos, puños alzados, golpes contra escudos.

Era ruido de acero contra desesperación.

Y de orgullo.

Sextus apretó los dientes.

No porque tuviera miedo, sino porque sentía que el peso del mundo lo empujaba hacia el combate.

No era por César.

Ni por Roma.

Era por él.

Por Marro.

Por no caer como un saco vacío bajo la mirada de sus hermanos.

Y esa noche, aunque no comieron, nadie tuvo hambre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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