Legio XIII: Memento mori - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Capítulo 46 – Bajo la mirada del águila
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46: Capítulo 46 – Bajo la mirada del águila 46: Capítulo 46 – Bajo la mirada del águila El campo de batalla no olía a victoria.Olía a hierro, a sangre, a sudor y barro pisado.Y al humo de los cuerpos que ardían en una zanja al norte.
La XIII Gemina no había cedido terreno.Pero lo había pagado en carne y alma.
Sextus respiraba con dificultad.
Su brazo temblaba.
Su túnica estaba empapada.
A su lado, los hombres permanecían en formación, cubiertos de cortes, magulladuras, o envueltos en silencio.
Scaeva, atendido por los médicos de campaña, seguía con vida, pero inconsciente.
—Estuviste bien —murmuró Atticus, con la voz ronca—.
Mejor de lo que esperaba.
Mejor que cualquiera de nosotros.
Sextus no respondió.
Miraba el horizonte.
Sabía que volverían.
Los helvecios no se habían retirado.
Solo se estaban reagrupando.
Entonces los exploradores anunciaron una figura que avanzaba a pie por la línea de la colina.
Cayo Julio César.
Sin guardia visible.
Sin pompa.
Solo él, con el manto echado atrás, el rostro imperturbable y la mirada aguda.
Iba deteniéndose frente a cada cohorte, observando con atención.
A veces hacía una pregunta al centurión, otras simplemente miraba.
Sabía lo que buscaba.
Cuando llegó al sector derecho, detuvo el paso.
Sus ojos se posaron en el espacio vacío que dejaba la ausencia de Scaeva.
Luego se detuvieron en Sextus, cubierto de sangre seca, con el gladius en la mano y las piernas aún firmes.
No dijo nada.Solo le sostuvo la mirada.
Largo.
Directo.
Después miró a Atticus, y luego a los demás.
—¿Quién sostuvo esta posición?
—preguntó.
Atticus dio un paso al frente.
Señaló a Sextus con el mentón.
—Él.
Cuando Scaeva cayó, no dejó que nos rompiéramos.
César asintió lentamente.
Se acercó un paso más, hasta estar a apenas dos metros de él.
—¿Nombre?
—Sextus, hijo de nadie, legionario de la XIII —respondió sin levantar la voz.
César lo estudió unos segundos más.
Luego habló solo para él.
—Recuerda esto: Roma no elige a sus héroes.
Los forja.
Y sin más, siguió caminando por la línea.
El silencio tras su partida fue más denso que el humo del campo.
Sextus no dijo nada.
Solo sintió que algo en su interior se había asentado.
Ya no era el campesino que seguía órdenes.Ahora era parte del acero que mantenía la línea en pie.
Y cuando, una hora después, el cuerno volvió a sonar para el segundo choque, nadie dudó en seguirlo.
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