Legio XIII: Memento mori - Capítulo 47
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- Capítulo 47 - 47 Capítulo 47 – Aquellos que no ceden
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47: Capítulo 47 – Aquellos que no ceden 47: Capítulo 47 – Aquellos que no ceden El cuerno volvió a sonar.Grave.
Lento.Como un eco que arrastraba el peso de los muertos.
La línea romana se cerró de nuevo.
Las cohortes volvían a su posición sobre la loma, reorganizadas, malheridas, pero aún en pie.
Los hombres tenían la vista fija, los labios secos, el alma tensa.
No había arengas.
Solo silencio.
Solo el hierro de los escudos temblando levemente bajo los brazos agotados.
Los helvecios regresaban.Más disciplinados.
Más furiosos.
Sextus estaba otra vez al frente, con un nuevo escudo prestado, el gladius limpio y los ojos muy abiertos.
Atticus permanecía a su izquierda.
Nadie discutía sus órdenes ya.
Nadie dudaba de su sitio.
—No vendrán como antes —dijo Atticus, entre dientes—.
Ahora saben que no rompemos fácil.
—Entonces atacarán más fuerte —respondió Sextus—.
Pero no más inteligente.
El enemigo llegó como una ola más contenida.
Avanzaban en formación, protegidos con escudos redondos, lanzas largas al frente, lanzadores detrás.
Una descarga de jabalinas precedió el choque.
Varias impactaron en la línea romana.
Un legionario cayó junto a Sextus con una saeta en el cuello.
—¡Escudos arriba!
¡Espalda contra espalda!
—gritó.
El impacto fue brutal.
Los helvecios empujaban con furia renovada.
La línea se dobló, pero no se rompió.
Sextus sintió cómo sus pies se enterraban en el barro.
Todo era fuerza.
Ruido.
Gritos.
Golpes sordos.
Sangre.
Uno de los galos logró colarse entre las filas.
Un bárbaro enorme, tatuado hasta el pecho, con un hacha de guerra.
Arremetió directo contra un joven legionario que dudó un segundo.
Sextus no lo pensó.
Cortó el paso, desvió el hachazo con el escudo y hundió el gladius en la base del cuello enemigo.
El bárbaro gruñó, escupió sangre, y cayó como un roble talado.
—¡Mantened la línea!
¡No cedáis ni un paso!
Los hombres respondieron con un rugido seco.
Ya no eran campesinos ni pescadores ni esclavos.
Eran una muralla de carne decidida a no morir aún.
La lucha duró lo que dura la luz al atardecer.
Cuando la sombra de la colina cubrió la pendiente, los helvecios comenzaron a retirarse.
No en desbandada, sino paso a paso, arrastrando heridos, dejando atrás los cuerpos de los que no volverían.
La XIII Gemina no se había movido.
Sextus respiró hondo.
Su brazo ya no le respondía bien.
Su escudo estaba astillado, su túnica era un tapiz de sangre ajena.
Pero estaba vivo.
Y sus hombres también.
—¿Cómo supiste que entraría por ese hueco?
—le preguntó Atticus, aún jadeando.
Sextus miró la línea.—Porque yo también habría entrado por ahí.
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