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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 Capítulo 48 — “Hierro y polvo”
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48: Capítulo 48 — “Hierro y polvo” 48: Capítulo 48 — “Hierro y polvo” El aire olía a sangre seca y a barro removido.

Las cigarras no cantaban.

Los cuervos sí.

Los legionarios descendían la loma en silencio, arrastrando los pies, con los escudos rotos colgando de los brazos y la ropa hecha jirones.

Algunos ayudaban a compañeros heridos.

Otros solo caminaban, vacíos, con la mirada fija en algún punto que ya no estaba allí.

Sextus bajó el último, con el escudo prestado convertido en astillas y el gladius aún envainado, como si el metal necesitase descansar también.

Notaba el temblor en las piernas, el ardor en la muñeca, el sabor a hierro en la boca.

El campamento había cambiado.

Las tiendas estaban abiertas, los fuegos apagados, y las camillas se multiplicaban.

Un herido gritaba más allá, retorciéndose mientras un médico le extraía una lanza del costado.

Otro, más joven, suplicaba por agua.

Una mula chillaba con las tripas fuera.

Sextus no buscó ni comida ni sombra.

Buscó a Scaeva.

Preguntó sin alzar la voz, con la calma de quien no quiere saber la respuesta, pero sabe que debe hacerlo.

Le señalaron una tienda al fondo, junto al puesto médico.

Entró.

Scaeva estaba recostado en una litera baja, con el torso desnudo y vendado hasta el ombligo.

Tenía un tajo en el costado izquierdo, largo, limpio, y el hombro derecho cubierto por una capa empapada de vino hervido.

Pese a todo, mantenía el ceño fruncido y los ojos abiertos.

Como si no supiera cómo rendirse.

—Creí que estarías muerto —dijo Sextus, quedándose en el umbral.

Scaeva lo miró, lento.

Luego sonrió.

Una sonrisa pequeña, rota.

—Tú también pareces peor que una mula pisoteada.

—Estoy bien.

—Mientes como un senador.

Sextus se acercó.

No había sillas, así que se sentó en el suelo, cruzando los brazos sobre las rodillas.

No hablaban como soldado y centurión.

Hablaban como dos hombres que habían vuelto del borde.

—Perdimos a uno de los nuestros en la persecución —dijo al fin—.

El más viejo.

El que me enseñó a endurecer el escudo contra los impactos laterales.

Se interpuso entre mí y una jabalina.

Scaeva no dijo nada al principio.

Luego asintió una vez, lento.

—Así es como se va un buen romano.

—No alcancé a decirle gracias.

—No hacía falta.

Silencio.

—¿Volverás al frente pronto?

Scaeva ladeó la cabeza.

—Dependerá del vino, las vendas…

y Marte.

Pero sí.

Me sacarás tú mismo de esta litera si es necesario.

Sextus asintió.

Cuando se levantó para irse, Scaeva le habló sin mirarle: —No lo estás haciendo mal, muchacho.

—¿El qué?

—Ser soldado.

Ser romano.

Sextus salió de la tienda sin decir palabra, pero sintió que, por primera vez en muchos días, el peso sobre sus hombros se repartía con otro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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