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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 Capítulo 49 — Rumbo a Bibracte
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49: Capítulo 49 — Rumbo a Bibracte 49: Capítulo 49 — Rumbo a Bibracte El sol aún no había salido cuando sonaron los cuernos.

Esta vez no anunciaban batalla, sino marcha.

La XIII Gemina se levantó con los huesos quejándose y los pies hinchados.

Los escudos estaban abollados, las túnicas sucias, y la mayoría aún tenía sangre —propia o ajena— bajo las uñas.

Pero nadie protestó.

El enemigo seguía vivo.

Y César no era hombre que dejase una tarea a medias.

—¿Cuánto crees que nos llevan de ventaja?

—preguntó Atticus mientras ajustaba su correaje.

—Un día, quizás dos —respondió Sextus—.

Pero arrastran a sus heridos.

Y nosotros, aunque destrozados, seguimos enteros.

Scaeva se les unió a mitad de la formación, cojeando levemente pero armado y firme.

—No pienso perderme la fiesta final —gruñó, al ver la expresión de Sextus—.

Ya he pasado peores heridas en Hispania.

La columna se puso en marcha al toque del segundo cuerno.

No era una marcha ligera.

Era una persecución.

A lo largo del camino, hallaban restos de hogueras apagadas, envoltorios de pan seco, herramientas rotas, incluso cadáveres que los helvecios no habían podido arrastrar consigo.

La tensión era como una cuerda tirante entre los soldados.

El enemigo no se había rendido.

Solo se replegaba.

Y César no les iba a permitir que eligiesen dónde y cuándo luchar.

A media mañana, en una intersección del bosque bajo, la columna se detuvo.

Un jinete se aproximó a galope, seguido por un pequeño destacamento de exploradores.

Llevaba un penacho rojo en el casco.

—¡Atención en la línea!

—gritó un centurión.

Del grupo de jinetes descendió un hombre de rostro anguloso, ojos penetrantes y porte de general.

Su túnica estaba limpia, pero su rostro curtido por mil campañas.

Tito Labieno desmontó sin prisa, inspeccionando la línea como si pudiera leer el ánimo de cada legionario con un solo vistazo.

Sextus lo reconoció sin necesidad de presentación.

Todo el campamento sabía quién era el brazo largo de César.

—¿La XIII?

—preguntó Labieno, con voz clara pero seca.

—Presente, señor —respondió Scaeva, adelantándose medio paso.

Labieno asintió.

—César os confía el flanco derecho en la persecución.

Vosotros, junto con la VIII, presionaréis sobre la columna helvecia desde la retaguardia.

Quieren llegar a Bibracte.

No se lo permitáis.

Luego su mirada recorrió a los hombres.

Se detuvo un segundo en Sextus.

—¿Ese es el muchacho que sostuvo la línea en la colina?

—El mismo —dijo Scaeva.

Labieno asintió sin sonreír.

—Buen trabajo.

Pero aún no habéis ganado esta guerra.

No os relajéis.

Volvió a montar con la misma naturalidad con la que había bajado.

Un gesto de su mano, y los jinetes giraron hacia el bosque, retomando la ruta.

—¿Te das cuenta?

—murmuró Atticus—.

El mismísimo Labieno.

César no envía a cualquiera a vigilar a su legión favorita.

Sextus no dijo nada, pero algo dentro de él se tensó.

La guerra no había terminado.

Solo se había hecho más seria.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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