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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50 - 50 Capítulo 50 — Lo que espera tras la colina
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50: Capítulo 50 — Lo que espera tras la colina 50: Capítulo 50 — Lo que espera tras la colina El terreno se elevaba poco a poco.

El sol golpeaba sin piedad sobre los cascos y las corazas, y el polvo del camino se pegaba a la piel como una segunda capa de castigo.

La XIII Gemina llevaba horas avanzando, con el ritmo firme de quien sabe que el enemigo está cerca.

Los exploradores iban y venían como sombras entre los árboles.

Scaeva caminaba a la cabeza, sin quejarse, aunque de vez en cuando llevaba la mano al costado vendado.

Atticus no se separaba de Sextus.

El silencio era tenso.

Solo se rompía con el crujir de las sandalias sobre la tierra o el zumbido lejano de insectos.

—Nos estamos acercando —dijo Atticus, más para sí mismo que para los demás.

Sextus no respondió.

Tenía los ojos fijos en la cresta de la colina que se alzaba ante ellos.

No era alta, pero sí lo suficiente como para ocultar lo que había más allá.

El terreno era ideal para una defensa: visibilidad amplia, pendiente moderada, suelo firme.

Si él fuera helvecio, habría acampado allí.

Cuando alcanzaron la cima, no hubo gritos.

Solo el sonido de decenas de soldados deteniéndose al mismo tiempo.

Algunos entrecerraron los ojos.

Otros tragaron saliva.

El ejército helvecio estaba allí.

Campado al pie de Bibracte, en un valle amplio y rodeado de árboles, había miles de hombres.

Más de los que Sextus había visto jamás reunidos.

Eran como un mar inmóvil de lanzas, estandartes de tela rugosa, escudos redondos de madera oscura.

Mujeres y niños se agrupaban en el centro, junto a los carros.

Era un pueblo entero decidido a no rendirse.

—Por los dioses… —murmuró un legionario detrás.

Sextus no decía nada.

Solo observaba.

Medía distancias.

Calculaba el terreno.

Aprendía.

Scaeva se detuvo junto a él.

—¿Lo ves?

—Sí.

—¿Tienes miedo?

—Claro —respondió Sextus—.

Pero ya no me paraliza.

El centurión sonrió con una mueca torcida.

Luego miró al horizonte.

—Pues prepárate.

Porque lo que va a venir no es una escaramuza.

Es la guerra de verdad.

En ese momento, un jinete descendió desde la retaguardia, portando un pergamino sellado.

Se lo entregó a Scaeva, que lo rompió sin ceremonia.

Lo leyó en silencio.

—Órdenes de César —dijo—.

Acampamos aquí.

Nos reagrupamos.

El ataque será mañana al alba.

Sextus sintió cómo le pesaba el cuerpo.

No por cansancio.

Sino por certeza.

Mañana, todo se decidiría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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