Legio XIII: Memento mori - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 Capítulo 51 — Los que trazan la victoria
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51: Capítulo 51 — Los que trazan la victoria 51: Capítulo 51 — Los que trazan la victoria La tienda del general no era la más grande.
Ni la más ornamentada.
Pero nadie dudaba cuál era.
Estaba al centro del campamento, protegida por una doble línea de centinelas y con una mesa de madera desplegada bajo un toldo lateral.
Sobre ella, mapas, piedras, anotaciones, plumas y un cálamo medio roto.
Julio César no dormía.
Tampoco sus oficiales.
Tito Labieno sostenía un cuenco de vino sin beber, de pie, observando los movimientos en el valle desde una pequeña elevación a unos pasos.
El propio César repasaba en silencio un mapa desplegado, marcando con un punzón la posición estimada de las tribus helvecias y la situación de sus propias legiones.
—Han acampado con disciplina —dijo Labieno finalmente, sin girarse—.
No están desorganizados.
Y han puesto a las mujeres y los carros en el centro.
No tienen intención de huir.
—Eso es lo que quiero —respondió César—.
Que luchen con todo.
Que pierdan con todo.
Solo así terminará esta migración.
A su derecha, el legado Quinto Tulio Cicerón carraspeó.
Era más joven, menos endurecido que Labieno, pero no menos atento.
—Se calcula que aún conservan más de sesenta mil hombres capaces de empuñar un arma, general.
Nosotros tenemos…
¿qué?
¿Veinticinco mil?
—Veintiocho —corrigió Labieno.
—Y mejor entrenados —añadió César—.
Con un objetivo más claro.
Ellos luchan por sobrevivir.
Nosotros, por la república.
Por Roma.
El silencio volvió por un instante.
—¿Y si ganan?
—preguntó Cicerón, con un tono que no era miedo, sino deber.
César levantó la vista del mapa.
—No ganarán.
—¿Y si no?
—Entonces ganarán mañana.
Y morirán pasado.
Nadie sobrevive a Roma.
Labieno dejó el cuenco sobre una roca, sin haberlo tocado.
—¿Qué haremos al alba?
César se acercó a la mesa, marcó tres líneas y señaló los flancos.
—La XIII y la VIII presionarán por retaguardia.
Tú las llevarás, Labieno.
Yo dirigiré el centro con la X y la XI.
Nos alinearemos frente a su vanguardia, sin esperar que ellos vengan.
Nosotros atacaremos.
—¿De frente?
—De frente.
Rápido.
Como un puñal directo al corazón.
Cicerón asintió, pero aún tenía algo que decir.
—¿Y si se atrincheran?
¿Si se encierran en su círculo de carros?
César alzó una ceja.
—Entonces los rodeamos.
No quiero tribus nómadas escapando por los bosques.
Esta guerra se gana aquí.
No alargada durante meses.
Labieno sonrió con una sombra de orgullo.
—Así habla un cónsul de Roma.
César miró hacia la colina donde aguardaba la XIII Gemina.
—Mañana nos recuerden…
o no…
sabrán que estuvimos aquí.
Que detuvimos el caos con orden.
Que hicimos lo necesario.
Y luego, con un tono más bajo: —Prefiero que me teman los bárbaros a que me lloren los senadores.
Nadie añadió nada.
La noche descendió sobre el campamento con el silencio de los que saben que la historia se decide con sangre.
Y en lo alto de la loma, bajo el estandarte de Roma, César seguía de pie.
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