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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Capítulo 54 — La quietud antes del hierro
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54: Capítulo 54 — La quietud antes del hierro 54: Capítulo 54 — La quietud antes del hierro La tierra bajo sus pies era firme.

El cielo, gris.

El aire no se movía.

La centuria de Scaeva estaba en primera línea.

La XIII Gemina formaba al centro del frente romano, con la VIII a su derecha y la XI más atrás, como refuerzo.

En esa línea, esa columna compacta de escudos, lanzas y respiraciones contenidas, estaba Sextus.

De pie.

En su sitio.

Con la vitis en la mano y el corazón donde debía estar.

Los helvecios estaban justo delante.

Una línea extensa, irregular pero compacta, donde se mezclaban escudos de madera, lanzas largas, guerreros tatuados y estandartes tribales que temblaban sin viento.

Entre ellos no había tambores.

No había cuernos.

Solo ojos.

Miles de ellos.

Fijos.

Atticus golpeaba lentamente el borde de su escudo con el gladius, marcando un ritmo que nadie le había enseñado.

Algunos lo imitaban.

Otros solo tragaban saliva.

El sudor se pegaba al interior del yelmo como una segunda piel.

Scaeva pasó caminando despacio por delante de la línea.

—Escudos juntos.

Brazos firmes.

Nadie habla —dijo sin gritar.

Cuando llegó junto a Sextus, se detuvo un instante.

—Mira al frente —le dijo en voz baja—.

Que el primero que caiga los vea a los ojos.

Sextus asintió.

No necesitaba más.

A su izquierda, uno de los nuevos reclutas vomitaba en silencio.

Nadie se burlaba.

Nadie le miraba siquiera.

El miedo era un huésped conocido, aceptado, compartido.

Sextus recorrió la línea con la vista.

Unos lo conocían bien.

Otros solo sabían su nombre.

Pero todos esperaban una cosa de él ahora: que aguantara.

Que les recordara cómo se respira cuando el suelo tiembla.

Se colocó en su lugar, al flanco derecho de Scaeva.

—¿Listo?

—susurró Atticus, sin girarse.

—No —respondió Sextus—.

Pero aquí estoy.

El cuerno romano sonó una vez.

Largo.

Grave.

No era la orden de carga.

Era la última llamada a la calma.

Frente a ellos, un estandarte helvecio cayó al suelo por el peso del mástil.

Un guerrero se agachó para recogerlo.

Nadie disparó.

Nadie se movió.

Solo existía ese instante.

La quietud antes del hierro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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