Legio XIII: Memento mori - Capítulo 59
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- Capítulo 59 - 59 Capítulo 59 — Por encima de la rabia
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59: Capítulo 59 — Por encima de la rabia 59: Capítulo 59 — Por encima de la rabia El cuerno volvió a sonar.
Los gritos se alzaban al frente.
El enemigo había reorganizado su última línea.
El círculo de carros aguardaba.
Sabían que era el final.
Scaeva levantó el brazo.
Su voz se impuso sobre el estruendo: —¡Primera y segunda línea, conmigo!
Los hombres se pusieron en pie.
Sextus sintió cómo cada músculo protestaba.
El brazo le ardía por dentro, el cuello le latía.
Pero se levantó.
Escudo en mano.
Gladius en la otra.
Otra vez.
—¡Avanzamos!
La XIII cargó al paso firme, sin romper filas.
Las cohortes golpeaban con el peso del orden y el cansancio.
El enemigo gritaba, desesperado.
A apenas veinte pasos del choque, Sextus vio algo que no debía haber ocurrido.
Titus, un veterano de rostro curtido y mirada incendiada, rompía la formación.
Avanzaba solo, lanzando un grito ronco, gladius en alto, embistiendo sin esperar a nadie.
No era cobardía.
Era furia.
Rabia acumulada.
Heridas antiguas.
Locura de guerra.
—¡Titus, atrás!
¡Vuelve a la línea!
—gritó Sextus.
Pero el veterano no escuchaba.
Los helvecios lo vieron.
Se giraron.
Uno levantó una lanza.
Sextus corrió tras él sin pensar.
Dejó su puesto un solo segundo, lo suficiente para alcanzarlo, empujarlo hacia atrás, justo cuando la lanza descendía.
La punta se hundió en el costado de Sextus.
No atravesó el hueso, pero sí carne y músculo.
El dolor fue como una llamarada.
—¡Maldito loco!
—jadeó, sujetando a Titus por el hombro y arrastrándolo a la línea.
Los demás legionarios cubrieron la retirada con sus escudos.
Scaeva apareció como un trueno, gritando: —¡Recomponed la línea!
¡Escudo adelante!
Sextus cayó de rodillas, apretando la herida.
Titus, jadeando, lo miró sin saber qué decir.
Sus ojos ya no ardían.
Solo mostraban vergüenza.
—¿Por qué hiciste eso?
—susurró Sextus.
—Mi hermano…
estaba en la cuarta cohorte —respondió Titus, con la voz quebrada—.
Lo vi caer.
No pensé.
Sextus lo miró.
Luego asintió, sin juicio.
Solo cansancio.
—Entonces no lo desperdicies.
Sextus se levantó con esfuerzo.
Sangraba, pero estaba en pie.
Y la línea, a pesar de todo, seguía entera.
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