Legio XIII: Memento mori - Capítulo 63
- Inicio
- Todas las novelas
- Legio XIII: Memento mori
- Capítulo 63 - 63 Capítulo 63 — El precio de los vivos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
63: Capítulo 63 — El precio de los vivos 63: Capítulo 63 — El precio de los vivos I.
La cura La tienda olía a vino hervido, sangre seca y hierbas aplastadas.
Sextus apretaba los dientes mientras el médico militar limpiaba la herida del costado con un trapo empapado en vinagre caliente.
—Podrías gritar si quieres —dijo el galeno sin mirarlo—.
Algunos lo hacen.
Hasta los tribunos.
Sextus no respondió.
Solo miraba el techo de lona.
La batalla aún palpitaba en sus oídos.
Cuando el médico terminó de vendarlo, colocó una mano en su hombro.
—Sigues de una pieza.
Y eso es más de lo que muchos pueden decir esta mañana.
Sextus bajó del banco de campaña con esfuerzo.
Dolía todo.
Pero podía andar.
Podía pensar.
Y aún no había terminado nada.
—¿Dónde está Titus?
—preguntó.
—¿El loco del hacha?
En la celda.
Le llamaron por insubordinación.
Aunque muchos dicen que si no llega a lanzarse con esa furia, habríais caído todos.—Entonces tengo que verlo.
II.
La celda La prisión de campaña no era más que un cercado de estacas con dos tiendas.
Aún así, había guardias.
Y uno de ellos dudó en dejar pasar a Sextus.
—Optio o no, está castigado.
No puede recibir visitas sin permiso del centurión o del tribuno.
—¿Y si es el mismo hombre que le salvó la vida?
El guardia no supo qué responder.
Hizo una seña.
Otro soldado abrió la lona.
Dentro, Titus estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda contra un poste.
Tenía un ojo morado y una sonrisa torcida.
—¿Vienes a regañarme o a darme las gracias?
—preguntó.
—Depende.
¿Tú sabes cuándo no romper formación?
—Sabía que era el momento.
O lo sentí.
O… me lo dijo el viento.
Qué sé yo.
Sextus lo miró en silencio.
—Eres un insubordinado —dijo finalmente—.
Y también el único que corrió cuando debía.
—Suerte —respondió Titus—.
O instinto.
El caso es que funcionó.
—Eso es lo que me preocupa.
Ambos rieron suavemente.
—Sextus —añadió Titus, bajando la voz—.
¿Ya sabes qué va a pasar con nosotros?
—No.
Pero lo sabré pronto.
III.
La decisión de Labieno El campamento central era silencio y mapa.
Allí, en la tienda más amplia, Tito Labieno escuchaba a un mensajero del norte.
—Algunos jefes helvecios escaparon durante el caos.
Sabemos que se ocultan con grupos dispersos.
César cree que pretenden reagruparse más allá del río.
—¿Y qué quiere César?
—preguntó Labieno.
—Capturarlos.
O eliminarlos.
Antes de que siembren rebelión en la retaguardia.
El tribuno Fonteius, de pie junto a él, cruzó los brazos.
—Hay un joven en la XIII.
Un optio.
Peleó como diez.
Lo vi con mis propios ojos.
Su nombre es Sextus.
Labieno asintió.
—¿Puede liderar?
—Ya lo hace —dijo Fonteius—.
Solo que aún no lo sabe.
Más tarde, cuando Sextus entró en la tienda, aún vendado, Labieno lo observó un instante en silencio.
—Dicen que sobreviviste a todo.
Y que tus hombres lo harían todo otra vez si tú lo mandaras.—¿Es cierto?
—No lo sé —respondió Sextus—.
Pero no me dejaron morir.
Labieno le tendió un pequeño tubo sellado.
—Tienes una misión.
Cazar a los huidos.
Silenciosamente.
Y rápido.
Puedes escoger a alguien para acompañarte.
Sextus no dudó.
—Titus.
El rebelde.
Labieno levantó una ceja.
Fonteius sonrió.
—¿El que está preso?
—El mismo.
Tiene algo.
Y la suerte va con él.
—Entonces, que os acompañe.
Pero recuerda: suerte o no, si fracasan… no habrá segunda oportunidad.
Sextus asintió.
Y en ese gesto, se convirtió en algo más que un soldado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com