Legio XIII: Memento mori - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 Capítulo 70 — El final de unos el principio de otros
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70: Capítulo 70 — El final de unos, el principio de otros 70: Capítulo 70 — El final de unos, el principio de otros El campamento se desperezaba al amanecer.
Las brasas aún humeaban en las fosas y los centuriones pasaban revista en voz baja.
A lo lejos, el sonido metálico del estandarte agitándose al viento acompañaba el paso de una columna de legionarios que comenzaba su marcha.
Entre ellos, bajo el resplandor del águila dorada de la XIII, caminaban Sextus y Titus, hombro con hombro.
—¿Alguna vez has sentido el peso de algo sagrado?
—preguntó Titus, alzando la vista al estandarte que relucía sobre sus cabezas.
Sextus lo miró de reojo.
—Ahora mismo.
Y no me refiero al águila.
Titus sonrió.
Ya no era el mismo que había llegado al campamento semanas atrás.
Y Sextus, aunque aún joven, caminaba como si su sombra arrastrase historia.
En la tienda de mando, Julio César desplegaba un mapa sobre la mesa de madera.
A su alrededor, Labieno, Fonteius y varios tribunos escuchaban en silencio.
—Los helvecios han sido derrotados y devueltos a su tierra —dijo César, señalando con un dedo la zona montañosa que marcaba su antigua patria—.
Los boios, por decisión mía, se establecerán bajo la protección de los heduos.
Roma no necesita más migraciones.
Necesita estabilidad.
—¿Y el botín?
—preguntó Fonteius—.
¿Se reparte hoy?
—Al anochecer —respondió César—.
Con ceremonia.
Esta victoria no fue solo táctica.
Fue un mensaje.
Labieno cruzó los brazos.
—Los pueblos galos lo han recibido.
Pero ya se oyen nombres nuevos.
Ariovisto.
El Rin.
Germanos en suelo galo.
César asintió.
—Roma protege a sus aliados.
Si un bárbaro reconocido por nuestro Senado oprime a nuestros amigos… entonces tendremos que decidir si seguimos la voluntad del Senado… o la voluntad de Roma.
Todos callaron.
Nadie osaba contradecir aquella lógica.
La marcha seguía.
El sol ascendía.
En la formación, Sextus miró hacia atrás un instante.
No al enemigo.
No al pasado.
Sino al símbolo que ahora portaban.
Al águila.
Al destino.
—¿Sabes qué pienso?
—murmuró Titus.
—¿Qué?
—Que vamos a volver a estar en el centro de todo.
—No digas tonterías —respondió Sextus, aunque en el fondo lo supiera.
Y el estandarte avanzó, alto e inmóvil, como un faro de bronce entre la marea de hombres.
El conflicto con los helvecios se cerraba.
Pero Roma nunca duerme.
Y ya otros nombres, otras guerras, se asomaban más allá del horizonte.
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