Legio XIII: Memento mori - Capítulo 71
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- Capítulo 71 - 71 Capítulo 71 — El nombre del otro lado del Rin
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71: Capítulo 71 — El nombre del otro lado del Rin 71: Capítulo 71 — El nombre del otro lado del Rin Los días de calma tras la victoria se habían vuelto pesados.
Los legionarios pulían sus armas, reforzaban empalizadas y bromeaban entre sí, pero algo flotaba en el aire.
Algo que ni el vino ni la gloria podían ocultar.
En una esquina del campamento, Scaeva compartía una hogaza de pan con Sextus, Titus y Atticus.
El humo de las hogueras y los ecos de las risas ocultaban lo que realmente se estaba cocinando entre tiendas.
—¿Lo habéis oído?
—dijo Atticus en voz baja.
—¿El qué?
—preguntó Titus, bebiendo con desgana.
—Que el enemigo que viene ahora no es galo.
Es germano.
Sextus frunció el ceño.
Scaeva tragó y asintió lentamente.
—Ariovisto.
Así le llaman.
Dicen que ha cruzado el Rin con miles de hombres.
Que toma rehenes de tribus aliadas a Roma.
Que el mismísimo César quiere hablar solo de eso en el consejo de esta tarde.
—¿Y quién es ese Ariovisto?
—preguntó Titus, masticando sin dejar de mirar el fuego.
—Una amenaza —dijo Scaeva—.
De las de verdad.
Mientras tanto, en el centro del campamento, dentro de la tienda más grande y custodiada, Julio César hablaba ante su estado mayor.
Labieno, Fonteius, varios tribunos y enviados galos escuchaban en silencio.
—Ariovisto fue reconocido por el Senado.
Eso es cierto —empezó César—.
Pero eso fue antes.
Antes de que tomara rehenes de nuestros aliados.
Antes de que exigiera tributos como si fuera rey de toda la Galia.
Antes de que se creyera invencible.
Abrió el mapa y señaló la región al este del río Saona.
—Los eduos nos han pedido ayuda.
Y no somos Roma si no respondemos.
Fonteius tomó la palabra: —¿Estás diciendo que vamos a cruzar hacia el este?
—Estoy diciendo —respondió César— que si dejamos a un germano gobernar Galia, mañana otros cruzarán el Rin.
Y al siguiente, estarán a las puertas de Massalia.
Roma no puede permitir eso.
—¿Y el ejército de Ariovisto?
—preguntó Labieno—.
¿Qué se sabe?
—Más de cien mil hombres.
Algunos dicen que sus soldados no sienten dolor.
Otros, que sus mujeres combaten como los hombres.
Yo digo que sangran como todos.
El silencio se impuso durante un instante.
Luego César añadió: —Nos moveremos pronto.
Antes de que sus refuerzos crucen.
Antes de que crea que puede negociar desde la cima.
En la distancia, la conversación no llegaba.
Pero el rumor sí.
Sextus y Atticus se miraron.
Titus se encogió de hombros, como quien ve llegar una tormenta y no se aparta.
Y Scaeva, simplemente, murmuró: —Será peor que Bibracte.
Pero no cambiaría mi sitio por el de nadie.
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