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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 72

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  4. Capítulo 72 - 72 Capítulo 72 — La marcha de los hijos de Marte
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72: Capítulo 72 — La marcha de los hijos de Marte 72: Capítulo 72 — La marcha de los hijos de Marte El cuerno sonó antes del alba.

Un sonido largo, grave, que rompía el sueño como una orden divina.

Sextus se incorporó con los músculos pesados, todavía húmedos del rocío nocturno.

No fue el único.

A su alrededor, toda la XIII se movía como un organismo vivo: se plegaban mantos, se apagaban brasas, se ajustaban sandalias.

Volvía la marcha.

Las primeras luces del día apenas rozaban el horizonte cuando las cohortes se formaron.

Las líneas eran rectas, las columnas compactas.

Cada legionario cargaba lo suyo: su escudo, su casco, su gladius, dos pilum, su ración diaria, utensilios y herramientas.

La “mula de Mario” seguía viva, encarnada en cada soldado.

—¿Qué crees que vendrá ahora?

—preguntó Titus, ajustándose el yelmo.

—Dolor en los pies —dijo Atticus, sin humor—.

Y tal vez una guerra más fea que la anterior.

Scaeva marchaba delante, con paso firme.

No decía nada, pero su porte bastaba.

El veterano caminaba como si la tierra le debiera respeto.

César no marchaba con ellos, pero su sombra se sentía en cada orden, en cada desvío del camino.

A lo lejos, los carros rodaban pesadamente, con los suministros.

La caballería exploraba los flancos y la vanguardia ya se adentraba en un terreno que olía a pino, humedad y peligro.

El camino no era llano.

Había tramos empedrados, otros de tierra, otros simplemente desgastados por los cascos de miles de soldados antes que ellos.

Pero nadie se quejaba.

Cada paso era parte del contrato tácito que habían firmado con Roma.

A media mañana, una breve parada.

No para descansar, sino para beber, revisar el equipo y seguir.

Los oficiales marcaban el ritmo con bastones y órdenes breves.

La XIII avanzaba como una serpiente de hierro y cuero, deslizándose hacia el este.

—Dicen que los germanos no construyen caminos —comentó Sextus.

—Entonces no tienen por dónde huir —replicó Titus con una sonrisa.

La jornada continuó bajo un sol débil y unas nubes que amenazaban con lluvia.

Algunos cantaban para mantenerse despiertos.

Otros murmuraban oraciones.

En los bordes del bosque, algunas sombras parecían seguirlos.

Pero nadie rompía la formación.

Cuando al fin se detuvieron para montar el campamento, el cielo empezaba a apagarse.

Sextus descargó su equipo con un suspiro que le arrancó parte del alma.

Titus dejó caer el escudo como si fuera de plomo.

Atticus se tumbó en la hierba con los brazos abiertos, mirando al cielo como si buscara una señal de los dioses.

Scaeva, como siempre, se limitó a revisar los perímetros.

—Mañana más —dijo.

—¿Y si no llegamos a mañana?

—preguntó Titus, medio en broma.

Scaeva no respondió.

Solo señaló con la cabeza hacia el este.

—Roma no se detiene.

Y ellos tampoco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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